Los taxistas de Quintana Roo, cuyos monopolios sindicales fueron forjados por la corrupción priísta, operan en los municipios de todos los signos políticos con mayor arbitrariedad e impunidad que nunca; sus líderes siguen sacándole jugo al negocio de las campañas políticas metidos en cualquier partido, medran en los ayuntamientos donde son funcionarios y en los gremios donde son caciques. La vulgaridad transportista contribuye a la declinación de la imagen turística. Los pleitos entre las pandillas sindicales se multiplican y sobran en las calles –como sobran tantas concesiones entregadas en la feria de la rapiña pública–. Esta plaga que ataca al estado y atenta contra la competitividad en el sector, es más peligrosa que la influenza. De ésta no hay poder que nos libre. La autoridad es sinónimo de complicidad.