Cuando el PRI era un partido totalitario en un sistema político cerrado y bajo su control, las alianzas opositoras eran la alternativa para romper ese blindaje histórico y edificar un Estado democrático abierto y plural. Esa gran encomienda ciudadana legitimaba la unidad de las divergencias doctrinarias. El objetivo común era un nuevo modelo de desarrollo cifrado en el concurso de todas las fuerzas ideológicas, con reglas y oportunidades iguales para todas. Hoy día, las "alianzas" opositoras sólo son una muestra del fracaso democrático y de la descomposición política del país. Hoy no hay diferencias doctrinarias –porque no hay idearios- ni el sentido de un modelo de país. Hoy no hay convicción política ni moral pública. El país es un desastre completado a cabalidad por la alternancia partidista y la incompetencia de los opositores al PRI, que llegaron al poder con la promesa de erradicar los vicios del viejo régimen y fundar un nuevo orden nacional. Lo único que hubo fue una nueva demagogia triunfalista desgastada por una retórica intrascendente y aburrida, y en el hundimiento progresivo y el desencanto el electorado ha preferido volver sobre sus pasos y fortalecer al partido de los viejos tiempos, que a fin de cuentas sintetiza a todos los demás. Las alianzas opositoras que hoy se fraguan sólo exhiben el aventurerismo mercenario y la falta de escrúpulos de los opositores, que se aferran a las hilachas del poder porque lo suyo es lucrar. La diversidad política y doctrinaria hoy día no pasa de las nomenclaturas y los olvidables nombres con que se bautizan los contubernios mafiosos entre los grupos de interés, que se “coaligan” para disputarse los saldos del abstencionismo en una elección. Cada vez hay menos pudor político y menos virtud ciudadana para acabar con él.