2018: año inédito

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El ser humano y por ende la sociedad viven una degradación sin precedentes.

                Esta bajeza moral y ética tiene que ver con la falta de confianza mutua debida a la violencia que se ejerce en contra de la sociedad gracias a la impunidad y corrupción de los líderes, en muchos países del orbe.

                Los conflictos se recrudecen en todo el mundo,  en muchos casos alentados por facciones políticas, castrenses o viles saqueadores del dinero público. Son muchos los problemas irresolutos que se han ido acumulando a lo largo de los años.

                La violación de los Derechos Humanos, la gravedad de las armas nucleares, la volatilidad mental de quienes pueden apretar el botón para usar las armas nucleares, las graves decisiones de unos cuantos que afectan a la humanidad, el cambio climático, el hambre o la incertidumbre que depara el futuro cercano, son solo algunos de los profundos males no resueltos.

                En México vemos ya sin sorpresa y casi sin indignación, la violencia selectiva en contra de las mujeres, la xenofobia dirigida a los indígenas, el tráfico de infantes, la brutal corrupción de innumerables políticos, la impunidad de la que gozan y por ende, el terrorismo imperante y casi generalizado en el país.

                Las palabras expresadas por el Secretario General de la ONU, Antonio Gutérres, al despedir 2017, son alentadoras pero quizás están arando en el desierto. “El mundo ha retrocedido en aspectos fundamentales.

“Podemos resolver los conflictos, superar el odio y defender los valores compartidos. Insto a los dirigentes de todo el mundo a cumplir con el siguiente propósito: reduzcamos las diferencias, superemos las divisiones, restablezcamos la confianza uniendo a las personas en torno a objetivos comunes”.

¿Cuál sería ese ‘objetivo común’ que uniría a los mexicanos? Hasta donde se ve, millones se aferran esperanzados a un cambio de gobierno para las próximas elecciones. ¿Nada más? ¿Ahí para el compromiso ciudadano? ¿No podemos hacer más?

¿De qué manera se podrían reducir las abismales diferencias que se viven en México? ¿Cómo vamos a hacer para superar las divisiones y restablecer la confianza?

¿Acaso ayuda la denuncia pública? ¿Saber, por ejemplo, que el PRI está pagando 2 mil pesos a diversos sectores para obtener su voto?

Tal parece que esa “parálisis política” –por llamarla de alguna manera- que ha sufrido el mexicano promedio, se va diluyendo. Un síntoma del hartazgo nacional es el fenómeno AMLO. Esa clase media conformista, alienada, despolitizada, ‘corporativizada’ por el PRI está considerando su voto al tabasqueño.

Está claro que el PRI, el timorato PAN, el rijoso PRD o las pequeñas rémoras como el Verde o Movimiento Ciudadano no solamente no representan el sentir y las necesidades del pueblo, sabe también que esos partidos son negocios millonarios para unos cuantos.

Muestras hay muchas, tal vez incontables. Ahí está el recién llegado a México, Roberto Borge, a quien el Ministerio Público lo acusa del desvío de más de 900 millones de pesos del erario público estatal, o el reloj del gobernador de Veracruz, o el desvío de recursos para las campañas del PRI que orquestó el chihuahuense César Duarte. Y las canalladas del otro Duarte, el veracruzano.

Esas son parte de las ‘abismales diferencias’ de las que habla el Secretario de la ONU y que se podrían reducir si la riqueza estuviera mejor repartida. A manera de ejemplo, la policía se juega la vida por 9 mil pesos al mes, por tanto, ese salario es el comienzo de la extorsión y violencia en cadena que sufre la ciudadanía a manos de los cuerpos policiacos.

Para restablecer la confianza –y parece perogrullada- hay que invertir para capacitar a todo el aparato judicial, así sabrá aplicar la justicia y los Borges y Duartes no andarán sueltos, felices, y rodeados de guaruras pagados por nosotros. O en el peor de los casos, por el ejército.

Todos sabemos que a los aduaneros gringos no les importa el tráfico masivo de armas hacia México, finalmente es un negocio millonario para todo el aparato bélico de nuestros vecinos. Y las aduanas mexicanas, embarradas por la corrupción, dejan pasar todo de ida y vuelta. Drogas y armas.

Si las aduanas son inmensas coladeras putrefactas, el gobierno federal debe enviar a las fuerzas castrenses a sellar las fronteras para no dejar pasar armas. Y al mismo tiempo, entregar el control de las cárceles a los militares para que sean verdaderos centros sociales de readaptación.

Son solo unas pocas ideas manejadas con antelación por estudiosos y especialistas del tema.

Ideas que cualquier gobierno próximo tendrá que considerar seriamente si quiere un país en vías de paz.

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