2018, punto de quiebre

2018, punto de quiebre

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La humanidad ha vivido, desde siempre, con diversas drogas, sustancias tóxicas que ha admitido en sus costumbres, tradiciones e incluso rituales.

                Las grandes civilizaciones de antaño las conocieron y las usaron para diferentes propósitos ya sea medicinales, rituales y también para solaz esparcimiento.

                Pueblos antiguos como los romanos, los griegos, indios, egipcios o asirios consumían opio, derivado de la flor de amapola. El alcohol también fue una droga popular entre aquellos pueblos, es más, se considera que la cerveza es la bebida alcohólica más antigua.

                El alcohol fue utilizado como vínculo litúrgico, es decir, se utilizó en prácticas establecidas que regulaban el culto y la práctica religiosa. Hoy, los oficiantes de la iglesia católica siguen alzando el cáliz con la “sangre de Cristo”.

En la Grecia antigua, la diosa de los sembrados, Démeter, era celebrada con orgías sagradas en las que se consumía cornezuelo -que es el hongo parasitario del centeno- lo que les provocaba visiones y alucinaciones.

                Muchos países altamente desarrollados ya han liberado el uso medicinal y recreativo de las drogas. Es el caso de Portugal, Holanda, los países escandinavos y algunos otros. No así Singapur, que castiga con la muerte a aquellos que la trafiquen, vendan o consuman.

                En muchas entidades de Estados Unidos la mariguana se siembra, se cosecha y se vende de manera libre en establecimientos concebidos para ese propósito. A los gobiernos de Canadá, sean conservadores o liberales, prácticamente no les importa el consumo de drogas blandas entre sus ciudadanos.

                Las sustancias que alteran los sentidos han estado y estarán siempre en la vida cotidiana de mujeres y hombres de todas las condiciones socioculturales y de todos los países del Orbe.

                Los problemas, o parte de ellos, se presentan cuando grupos de poderosos las controlan sin que el gobierno tenga un verdadero interés en arreglar la problemática. Cuando menos, eso es lo que parece aunque políticos y prensa ad-hoc asociada a ellos nos quieran convencer de lo contrario.

                Desde otra óptica, México ha llevado a cabo una serie de políticas represivas indiscriminadas que se desprenden de la actividad criminal del tráfico y uso de las drogas, con mucho, azuzadas por la presión que ha impuesto Estados Unidos a los gobiernos priistas y panistas.

                De igual manera, este país en donde 7 de cada 10 mexicanos es pobre destina una enorme cantidad de recursos para combatir los estupefacientes y en el que, cifra muy conservadora, medio millón de habitantes se dedica al negocio de las drogas.

                La industria del narco corroe, disuelve y envuelve a actores políticos de baja y alta catadura, lo mismo personeros, corre-ve-y-diles, uniformados, presidentes municipales, alcaldes, delegados y gobernadores.

                Los partidos políticos, las campañas electorales, las carreras judiciales están infiltradas por el narco, que tiene más representación que otras muchas actividades económicas en las Cámaras de Diputados y Senadores.

                Es avasallante la actividad económica y política que ejerce ya el mundo del narco y no tendrá fin con la política de guerra que comenzó Calderón sin saber siquiera a qué se enfrentaba. Fallida guerra que ya costó la vida de 200 mil mexicanos.

                La producción y el consumo de drogas se extienden por todo el país pese a los muertos, los desplazados y los desaparecidos, entonces se echa de ver que ese no es el camino correcto, que las autoridades mexicanas no han sabido contener el problema ya sea por comisión o por omisión.

                La corrupción y la impunidad asociadas al negocio ilícito crecen sin remedio y sin que haya legisladores que enfrenten, desde la academia o la ciencia, este fenómeno global.

                Históricamente, la prohibición de sustancias tóxicas ha resultado en un desastre económico, social y político tanto en México como en otros países. La proscripción hace crecer geométricamente los problemas directos como el consumo, venta, criminalidad y violencia.

                A esto se asocia la pérdida de los Derechos Humanos, el gasto creciente en salud, personas desplazadas de su lugar de origen, desnutrición infantil y otros muchos problemas. En contraparte, resultan beneficiadas las transnacionales farmacéuticas que venden los productos derivados de la mariguana a precios elevadísimos.

                Aquí, donde reina la miseria, cuesta más de 20 mil pesos el Sativex, una medicina derivada del cáñamo.

                La prohibición es el negocio más jugoso, y se ha sostenido gracias a que lo comparten narcos y ciertos funcionarios. Tendrá que venir un gobierno que concilie con los malos, y que convenza a los buenos y mojigatos.

                México se encuentra en un punto de quiebre. O cambiamos o vamos a pagar un altísimo precio.

 

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