La (in)deseable resurrección de Meade

La (in)deseable resurrección de Meade

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Siempre he creído, y lo he dicho y escrito más de una vez, que José Antonio Meade ha sido y es -porque su trayectoria no acabó con el peñismo-, uno de los personajes más pulcros y competentes de la vida pública.

Meade, sigo creyendo yo, era el mejor y más fiable candidato para enfrentar a López Obrador en las elecciones federales pasadas, y fue el mejor funcionario mexicano en las gestiones presidenciales de Calderón y Peña Nieto.

Alguna vez dije que no se podía tipificar de corruptos, de cómplices y de incompetentes a todos los políticos y colaboradores de regímenes y gobernantes nocivos sólo por formar parte de sus entornos –mediatos o inmediatos-, porque entonces ahora mismo habría que juzgar a López Obrador y a Muñoz Ledo, entre otros, por sus etapas priistas, porque los cambios de partido o de postura no eximen –si fuere el caso- de las faltas y de la mala vida, a nadie que se diga o se haga pasar por impoluto teniendo un pasado de componendas y sociedades del crimen.

Nunca he creído en los redentores, en los iluminados y los profetas del bien sólo arropados por la virtud, las buenas intenciones (y las conciencias nuevas renacidas en la marcha hacia la oposición).

Entre los individuos, la relatividad moral es la naturaleza absoluta. Pero sobre todo entre los militantes y los activos de la política y la vida pública, esa relatividad moral –por la naturaleza de los negocios que se traban en torno de las interpretaciones y las subjetividades del bien público- es más relativa y menos moral que ninguna otra.

De modo que hay que diferenciar a los buenos y los malos de acuerdo con sus promedios y sus historias de conducta.

Es cierto que Meade tuvo que tener niveles de complicidad con el calderonismo y el peñismo, del mismo modo que los tuvo Cárdenas con el callismo y Ruiz Cortines con el alemanismo.

Y no dejo de creer que Donaldo Colosio hubiera sido uno de los mejores y más éticos presidentes mexicanos no obstante su lealtad a Salinas, a quien le debía su carrera política.

(Y no dejo de pensar que Colosio fue a Salinas lo que Cárdenas fue a Calles en su estrategia de sumisión plena al autoritarismo en curso para alcanzar la Presidencia de la República. Y creo que si Colosio no hubiera muerto -y aunque sea imposible que haya evidencia corroborable de ello, porque la muerte en la víspera convierte en especulativa toda premisa- hubiera sido tan soberano en sus decisiones y hubiera puesto fuera del alcance y la influencia de ellas a Salinas, acaso no del mismo modo ni con el mismo rigor de Cárdenas con Calles, pero igual y en meno grado lo hubiera sido y lo hubiera hecho, me parece.)

Meade tiene culpas de peñismo y calderonismo porque como personaje y funcionario públicos no renunció a la oportunidad de participar y de influir en el primer círculo de decisión del Estado mexicano cuando lo convocaron. (¿Sería culpable de eso? ¿Trabajar con superiores de censurable perfil es tan contagioso y condenable? ¿Sólo se debe tratar con jefes inmaculados, intachables?) Era –y sigue siendo- un profesional virtuoso que tuvo la posibilidad de ser incorporado a sus equipos por los presidentes de la República de su generación, del mismo modo que lo hubiera hecho con el de López Obrador si éste -libre de los dogmas del prejuicio y el oportunismo militantes- lo hubiera invitado a colaborar con él. Era lo que tocaba en el período de su mejor desempeño profesional. Y estoy seguro de que si José Antonio Meade fuera el secretario de Hacienda de López Obrador, Arturo Herrera Gutiérrez, el hoy titular de ese cargo, sería el mejor jefe que jamás hubiera tenido, puesto que si algo sabe Herrera de la materia es que Meade ha sido uno de los mejores y más honestos y confiables secretarios de Hacienda de la historia.

¿Ha hecho mal en reunirse con Meade el titular de las finanzas nacionales de López Obrador? Desde mi particular perspectiva no sólo es lo mejor que ha podido hacer, sino que debiera seguirlo haciendo, y López Obrador debiera tenerlo como consultor de cabecera. Y los cortesanos del lópezobradorismo hacen bien en creer que Meade es un enemigo potencial de su causa si la siguen considerando como una causa mezquina y sólo para sus beneficios.

Hoy día, desde este frente morenista enano quieren acabar con Meade enredándolo en la turbiedad peñista de Rosario Robles.

Le temen. Pero no debieran combatir a Meade por esa vía. El tiro les puede salir por la culata.

Meade fue el candidato presidencial de una causa perdida de antemano. Lo sabía. Tenía compromisos. Los cumplió. Pero nada tiene que ver con el superior descrédito de quienes lo eligieron como último recurso para intentar salvar el pellejo ante el naufragio.

Creo yo que si hubiera sido un candidato ganador de las presidenciales no se hubiera rendido al peñismo. Un hombre bueno, con el poder del Estado en las manos, no lo ha de ceder sólo para convertirse en presa de los malos. Ni Zedillo, considerado un pelele de Salinas y a quien éste escogió como candidato sustituto de Colosio y para ponerlo a su merced al dejar la Presidencia, se puso a las órdenes de su exjefe una vez que se hizo del poder legado por aquél -sólo para convertirlo en títere, como bien pudo advertir cualquiera y el propio Zedillo antes que nadie- cual alguna vez hizo Calles con cuatro presidentes que tuvo a su servicio hasta que Cárdenas lo puso en orden. Salinas padeció a Zedillo mucho más que si él no hubiese decidido hacerlo presidente.

Meade es un buen hombre que fue nominado candidato presidencial en el peor momento de su vida. Pero si su figura hoy día y a pesar de todo crece, puede ser una alternativa prestigiosa si las decisiones económicas del lópezobradorismo se siguen sintiendo tan perniciosas entre sectores nacionales cada vez más amplios y en el entorno financiero internacional –que acaba haciéndose sentir menos tarde que temprano-.

López Obrador sabe de los méritos profesionales y de la cabalidad y el prestigio personal de Meade en el contexto global. Sabe que su papel como especialista financiero y en el ejercicio de las relaciones internacionales fue sobresaliente a pesar de la mediocridad de los liderazgos mexicanos que representaba (o acaso fue más destacado por eso mismo, como algunos de los más relevantes servidores públicos y diplomáticos mexicanos dieron valor al país a pesar de los mandatarios y jefes suyos que lo hundieron). Y debiera autorizar sin duda alguna que su secretario de Hacienda siga consultando con Meade las mejores líneas fiscales y financieras a seguir en estos tiempos en que el sector de la economía parece tan incierto, y donde los malos síntomas de la equivoca austeridad que se denuncian -y de los que menos conocen la opinión pública y las mayorías- empiezan a enseñar los dientes de la escasez y el malestar consecuente entre los millones de trabajadores despedidos y el resto de la población más vulnerable.

SM

estosdias@gmail.com

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