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El espíritu de Bin Laden, dieciocho años después del atentado del 11-S, lidera la Yihad o Guerra Santa contra Estados Unidos y Occidente

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Mataron a Osama, pero, si acertó y existe el paraíso yihadí, le sobran motivos para seguir festejando el ataque terrorista que orquestó contra Nueva York y Washington. El impacto sobre los infieles de Occidente, tanto sobre los Gobiernos como sobre los ciudadanos de a pie, no se diluye, se expande, restringiendo las libertades, socavando valores democráticos, pisoteando los derechos humanos. El ‘Estado islámico’ (Isis) y Al Qaeda generan nuevos miedos y dilemas en Oriente Próximo -especialmente hoy en Siria-, causando molestias antes desconocidas a todo aquel que se sube a un avión comercial. El horror vivido en Nueva York y Washington se repitió después en Londres, Madrid, París, Niza, Bruselas, Berlín, Barcelona… “Durante los seis años que cubrí las guerras de Centroamérica en los ochenta volaba de manera constante entre El Salvador, Guatemala y Nicaragua sin que nadie me examinara nunca en ningún aeropuerto para ver si llevaba encima una pistola, una granada o explosivos plásticos, mucho menos un temible cargamento de Colgate. Hoy todos somos terrorista en potencia, y más con el Gobierno del republicano Donald Trump, especialmente en el caso de que seamos ciudadanos de otro país que no sean los Estados Unidos de América”, recuerda el periodista y escritor inglés John Carlin…

Hacer una llamada telefónica ya es suficiente. La intercepción por los servicios de Inteligencia de mensajes entre líderes de Al Qaeda y el Estado Islámico (Isis) hizo que se cerraran más de 20 embajadas de Estados Unidos en tierras árabes, no hace mucho tiempo. Fue un ejemplo nada novedoso de cómo el fantasma de Bin Laden sigue sobrevolando la conciencia colectiva de Occidente, sustituyendo el temor a la guerra nuclear durante la ‘guerra fría’ con el temor al terrorismo como el factor determinante de la política internacional. Sólo que en los años cincuenta, sesenta, setenta y ochenta, hasta la caída del ‘muro de Berlín’ y más allá, el miedo incidía en el ciudadano común y corriente de manera menos tangible. Había quien se construía un búnker antinuclear en el jardín, pero el que quisiera dejar la gestión de la paranoia en manos de la CIA o el MI6 no tenía por qué ver su vida cotidiana afectada en lo más mínimo. Uno entraba en un edificio público o el de una gran empresa como entraba en su casa, sin verse sometido a medidas de seguridad. Hoy, si uno se olvida de que no puede llevar un tubo de pasta de dientes o una botella de agua abordo de un avión, le revisan el bolso y le manosean de arriba abajo como si fuese un criminal.

Aunque tampoco se salvan los nativos de la nación occidental más paranoica del mundo, como ha demostrado Edward Snowden, el filtrador de la CIA, con sus revelaciones de que los servicios de seguridad estatales han almacenado información digital privada de millones de estadounidenses. El hecho de que esta versión electrónica, más sutil de los métodos invasivos empleados por la Stasi de la antigua Alemania Democrática o el KGB de la ex-Unión Soviética, no cause consternación general y apenas debate entre la mayoría de los ciudadanos de un país que insiste en verse como el estandarte de la libertad individual, es atribuible directamente a Bin Laden. Como decía el escritor John Le Carré en una entrevista publicada en el Financial Times, “parece no haber límite a las violaciones de sus libertades, tan arduamente conquistadas, que los estadounidenses están dispuestos a soportar en nombre del contraterrorismo”. A tal punto lo soportan, que sólo es una minoría en Estados Unidos la que expresa su desconcierto ante la evidencia de que su Gobierno recurre a métodos antidemocráticos e incluso terroristas para combatir a los herederos de Bin Laden y portadores de la quintaesencia del fundamentalismo islámico. Por un lado están los presos encarcelados en la base militar estadounidense de Guantánamo sin proceso o, siquiera, sin cargos judiciales, algunos de los cuales han sido sometidos a torturas; por otro está la política de drones del Gobierno de Donald Trump y de su antecesor Barack Obama, iniciada por George W. Bush.

Santiago J. Santamaría Gurtubay

Las consecuencias más inmediatas y catastróficas del 11 de septiembre del 2001 fuera de Estados Unidos se vieron en las guerras de Afganistán e Irak. Fueron guerras “opcionales”, especialmente la de Irak, cuyo dictador Sadam Husein nada tenía que ver con Bin Laden, más bien todo lo contrario. Pero el estado anímico revanchista de la población norteamericana después de los ataques en Nueva York y Washington, sumado a la presencia en el poder de George W. Bush y su beligerante eminencia gris Dick Cheney, hicieron prácticamente inevitables dos guerras a las que algunos Gobiernos europeos también optaron por apuntarse. Recuerdo la imagen de George W. Bush junto al británico Tony Blair y al español José María Aznar, en las Islas Azores. Todavía se están buscando las armas de destrucción masiva que existían en Bagdad, justificadoras de bombardeos masivos sobre su población civil. ¿Vale la pena asumir el papel de conciencia moral del mundo árabe si se corre el riesgo de agitar una vez más el avispero del terrorismo islamista?, se preguntaban los estadounidenses y europeos en contra de semejante intervención. Y, además, ¿no estaríamos beneficiando al sector de los rebeldes sirios que se identifican abiertamente con los terroristas islamistas? Hoy es Siria. Mañana podría ser Irán, Pakistán, Egipto, Arabia Saudí. Y aunque Occidente se limpiara las manos absolutamente de los conflictos en tierras musulmanas, el impacto que ha tenido el 11-S lo seguimos viendo en nuestras vidas, a través de la gradual y aparentemente inexorable invasión a nuestras libertades, todos los días.

El Congreso de Estados Unidos ha aprobado una ley que permitirá a las víctimas de los atentados del 11 de septiembre de 2001 denunciar ante los tribunales a Arabia Saudí por sus supuestos vínculos terroristas. Cuenta con el apoyo mayoritario de demócratas y republicanos. La Cámara de Representantes ratificó el texto, aprobado por unanimidad en el Senado, en una fecha simbólica: dos días antes del aniversario de los atentados con aviones contra Washington y Nueva York, en los que murieron unas tres mil personas. La ley limita la inmunidad de un Estado o de funcionarios de un Estado extranjeros ante daños causados en actos de terrorismo internacional. También autoriza a los tribunales estadounidenses a procesar a personas que cometan o conspiren contra un ciudadano de EE UU.

Los oponentes de la ley, entre ellos la Casa Blanca, temen que ésta acabe dañando las relaciones con Arabia Saudí, un socio esencial, aunque difícil, de EE UU en Próximo Oriente. Arabia Saudí ha amenazado con represalias financieras. Otro peligro es que, en respuesta a esta ley, funcionarios estadounidenses pierdan su inmunidad en el extranjero. La iniciativa refleja las tensiones crecientes en la relación entre Washington y Riad, tras el acuerdo nuclear alcanzado con Teherán por Barack Obama, anulado prácticamente por Donald Trump. En el explosivo Oriente Medio, Irán y Arabia Saudita mueven los hilos de la guerra civil existente en el seno de la familia islámica. Los reyes de los petrodólares son líderes sunitas y los ayatolás, chiitas. El apoyo bipartido de congresistas y senadores estadounidense demuestra que en Washington la alianza con Arabia Saudí ha dejado de ser un dogma incuestionable.

La ley no cita específicamente a Arabia Saudí, pero sus promotores, entre ellos familias de víctimas del 11-S, la han defendido con este país en mente. 15 de los 19 terroristas que secuestraron cuatro aviones en EE UU eran ciudadanos saudíes. Los familiares creen que los tribunales pueden ayudar a investigar los posibles vínculos entre los terroristas y Arabia Saudí. Un informe desclasificado determinó que algunos terroristas tuvieron contacto con personas que “podrían estar conectadas” con el Gobierno saudí, pero admitió que estos vínculos no habían podido demostrarse de forma independiente. El presidente puede vetar las leyes del Congreso, pero el propio Congreso puede desactivar el veto con dos tercios de votos en ambas cámaras. Desde que Barack Obama en 2009 llegó a la Casa Blanca, el Congreso no ha logrado desactivar ningún veto, por la oposición republicana. Hoy, el ‘cabildeo’ demócrata tampoco está por apoyar a los republicanos con Donald Trump en el Despacho Oval de Washington. Osama bin Laden, desde la tumba, se ríe. Y se seguirá carcajeando durante muchos años más.

Se impone el ‘establishment’, conjunto de personas e instituciones, que procura mantener y controlar el orden establecido

En primera instancia, si observamos la respuesta estadounidense al terrorismo yihadista, y sus planteamientos de seguridad desde el 11-S hasta hoy, podría parecer que Obama dió la vuelta por completo a la ideologizada estrategia militarista de su predecesor Bush, restaurada parcialmente por Trump… Sin embargo, una mirada más atenta nos descubrirá que, en esencia, se mantienen buena parte de los instrumentos empleados y los mismos objetivos: evitar que se repita un ataque similar y defender los intereses planetarios de quien se sigue viendo como la nación indispensable. Lo que afortunadamente se ha perdido por el camino es la carga mesiánica que movía a Bush, dando paso a un gobernante más pragmático, centrado en preservar el liderazgo mundial de su país con un uso más realista de sus inmensos recursos. Trump es más ‘veleta’, depende como le dé el aire en su rubia cabellera tejida sobre una piel ‘azanahoriada’.

Equivocadamente se suele tildar a Obama como pacifista, cuando no tuvo reparo alguno en sumarse a la apuesta militarista de Bush (recordemos la que surge en Irak), ampliándola a muchos otros escenarios como Libia, Somalia o Yemen. Así, durante su mandato apostó decididamente por la militarización de la CIA, el empleo de drones (aviones no tripulados) para eliminar a sus enemigos, el creciente protagonismo de las unidades de operaciones especiales y el apoyo a fuerzas locales de socios o aliados más o menos presentables. Y aunque estos sean instrumentos menos visibles, no son en ningún caso menos letales que las unidades convencionales que su antecesor desplegaba en aquellos países que suponían alguna amenaza a sus intereses. Es, en resumen, otra forma de hacer la guerra, en la que la aversión a desplegar tropas propias en el terreno lleva a aprovechar al máximo las ventajas de la tecnología militar, al tiempo que se potencia a actores locales (con asesoría, instrucción y suministro de equipo y armamento) para que asuman la pesada carga del combate terrestre. Se impone el ‘establishment’, conjunto de personas, instituciones y entidades influyentes en la sociedad o en un campo determinado, que procuran mantener y controlar el orden establecido.

Afganistán e Irak, ejemplos de decisiones equivocadas al pensar que los soldados estadounidenses serían héroes liberadores

A este punto se ha llegado tras las amargas lecciones extraídas de Afganistán e Irak, ejemplos de decisiones equivocadas al pensar que los soldados estadounidenses serían recibidos por las poblaciones locales como héroes liberadores, al creer que la superioridad tecnológica de la maquinaria militar evitaría desgastarse hasta el límite de las capacidades propias en escenarios que no eran vitales (mientras Rusia y China asomaban con fuerza en otros que sí lo eran) y al considerar que la sociedad (y los oponentes políticos) asumirían sin rechistar las bajas propias y la desatención a necesidades internas más acuciantes. Mientras tanto, como era previsible aun a pesar de la eliminación de Osama bin Laden, el monstruo no solo sigue estando ahí, con Al Qaeda y sus franquicias regionales plenamente operativas, sino que se ha diversificado con la amenaza que representa el ‘Estado Islámico’, los grupos locales inspirados por estos referentes en diversos países y hasta los llamados lobos solitarios, que también se sienten parte de una guerra global urbi et orbi.

Como consecuencia de todo ello, Obama volvió a las raíces. Eso significa replantear su manera de defender los intereses propios, entendiendo, en primer lugar, que EE UU no puede resolver en solitario todos los problemas de seguridad del mundo y que muchos de ellos no afectan a sus intereses vitales. Implica, igualmente, asumir que el terrorismo no se puede derrotar definitivamente, y mucho menos a través de medios militares convencionales. Si en Libia (2011) fue donde primero aplicó su idea de lo que significa “liderar desde atrás”- sin desplegar tropas convencionales propias, pero aportando la mayor parte del esfuerzo aéreo, la inteligencia y hasta el suministro de munición a sus aliados europeos-, en Siria/Irak asistimos a su consolidación.

Irán y Arabia Saudí al desear neutralizar la amenaza yihadista, estarían más dispuestos a aceptar el apoyo estadounidense

En síntesis, se trata de seguir implicado en los asuntos mundiales, movilizando a socios y aliados para compartir esfuerzos (sumando hasta 40 compañeros de viaje contra el EI, sin detenerse a solicitarles el carné de demócrata), aportando desde la lejanía medios (incluyendo material letal) a quienes pasan a ser la carne de cañón encargada de enfangarse en batallas que, en el mejor de los casos, solo lograrán ganar tiempo. Un elemento esencial de este enfoque es volver a “jugar” al equilibrio de poderes, implicando en la tarea a actores locales (por ejemplo, Irán, Turquía y Arabia Saudí en el caso del EI) que, al estar mucho más interesados en neutralizar la amenaza yihadista, puedan estar más dispuestos a aceptar el apoyo estadounidense contra una causa común. En relación con este último factor, la preocupación de EE UU es distribuir sus apoyos de manera que todos los implicados en el juego deseen seguir adelante, procurando que ninguno de ellos (como pasó con Sadam Husein) llegue al punto de adquirir un poder que le tiente a desarrollar su propia agenda en contra de los intereses de Washington. De ese modo, es muy improbable que veamos grandes unidades de combate estadounidenses desplegadas por el mundo; pero también lo es que desaparezca Guantánamo, las violaciones del derecho internacional y el recorte del Estado de derecho en nuestras sociedades. Mientras tanto, atrapados en una visión cortoplacista, sigue quedando para mañana activar mecanismos no militares que ataquen las causas estructurales que alimentan el terrorismo.

La investigación encontró vínculos entre los terroristas y personas que podrían estar vinculadas al Gobierno de Riad y la Familia Real

El Congreso estadounidense difundió una sección hasta ahora secreta de la investigación oficial sobre los atentados del 11-S, que determina que en Estados Unidos algunos de los terroristas tuvieron contacto y fueron ayudados por personas que “podrían estar conectadas” con el Gobierno de Arabia Saudí. El documento, elaborado en 2002 y que incluye elementos tachados, analiza numerosas sospechas de vínculos entre los secuestradores y las autoridades de Riad, pero reconoce que la comunidad de inteligencia estadounidense no pudo verificar de forma independiente estos hipotéticos lazos. La desclasificación de las 28 páginas del informe que analizan un posible papel saudí en los atentados de 2001 llega tras años de campaña de familiares de las víctimas y de legisladores a favor de la difusión del documento ante las reticencias de la Casa Blanca a hacerlo. Riad, cuyas estrechas relaciones con Washington se han debilitado en los últimos años, había pedido la desclasificación del informe para tratar de atajar las sospechas sobre su posible implicación en el 11-S, en que murieron cerca de 3,000 personas. Quince de los 19 terroristas eran saudíes.

En su informe final en 2004, la comisión oficial del Congreso que investigó el 11-S no encontró pruebas de que el Gobierno o altos cargos saudíes financiaran a Al Qaeda. Sin embargo, las sospechas se mantuvieron por el hecho de que algunos miembros de esa comisión dijeran que no se podían descartar lazos con Al Qaeda de miembros de menor rango del Gobierno saudí y también por mantenerse en secreto esas 28 páginas del informe. El ministro de Exteriores saudí, Adel al Jubeir, dijo, en una rueda de prensa en Washington, que la sección desclasificada exonera a Arabia Saudí y que “ahora el asunto se ha terminado”. El documento, sin embargo, mantendrá posiblemente vivas las especulaciones sobre un papel saudí en los atentados dado que no descarta que existiera: menciona sospechas de vínculos, pero esgrime que no han podido demostrarse. “En sus testimonios, ni los testigos de la CIA o del FBI fueron capaces de identificar definitivamente el alcance del apoyo saudí a actividades terroristas globalmente o dentro de Estados Unidos, y si ese apoyo, si es que existe, es de naturaleza intencional o involuntaria”, señala la sección en sus conclusiones. La Oficina de Inteligencia Nacional de Estados Unidos, que agrupa a todas las agencias de espionaje del país, señaló que su aprobación a la difusión del informe no significa que respalde su contenido.

El informe incluye detalles de hipotéticas conexiones entre los terroristas suicidas y el Gobierno de Riad a partir de informaciones del FBI y la CIA. Por ejemplo, menciona el caso de un funcionario del consulado saudí en Los Ángeles que era imán de la mezquita que visitaron dos de los terroristas del 11-S. El documento señala que el funcionario “podría haber estado en contacto” con los dos terroristas y que la mezquita es ampliamente conocida por predicar ideas antioccidentales. Las páginas desclasificadas analizan las sospechas de lazos entre los terroristas y dos personas que fuentes del FBI acusaron de ser agentes de inteligencia saudíes. Por ejemplo, señala que uno de los posibles agentes podría haber proporcionado en California una “asistencia sustantiva” a dos de los secuestradores.

El documento también analiza las sospechas de que la Familia Real Saudí podría haber mandado dinero a los secuestradores y revela el caso de un individuo, que se cree trabajaba para el Ministerio de Interior saudí, que pareció fingir una convulsión cuando agentes del FBI le interrogaron sobre sus posibles vínculos con uno de los secuestradores. Tras ser hospitalizado, el funcionario logró salir de EE UU antes de ser interrogado de nuevo… Mientras tanto la larga sombra de Bin Laden, en el cercano 2021, transcurridos ya 20 años, recordará a los ciudadanos de Cancún, Solidaridad, Chetumal…, que seguimos siendo “potenciales terroristas”. Es la ‘victoria’ de Osama.

El éxito de Al Qaeda, el mantenerse como estructura terrorista tiempo después de los ataques a las Torres Gemelas y Pentágono

Fernando Reinares e investigador principal de Terrorismo Internacional en el Real Instituto Elcano y catedrático en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad Rey Juan Carlos, en Madrid España. ‘Éxitos y fracasos de Al Qaeda: una reflexión sobre los resultados del terrorismo global a casi dos décadas del 11-S…”, es un interesante trabajo al que hemos tenido acceso, en este ‘think tank’ de la capital española. La traducción literal del inglés ‘think tank’ es “tanque de pensamiento, laboratorio de ideas, instituto de investigación, gabinete estratégico, centro de pensamiento o centro de reflexión”. Es una institución o grupo de expertos de naturaleza investigadora, cuya función es la reflexión intelectual sobre asuntos de política social, estrategia política, economía, militar, tecnología o cultura. Pueden estar vinculados o no a partidos políticos, grupos de presión o lobbies, pero se caracterizan por tener algún tipo de orientación ideológica marcada de forma más o menos evidente ante la opinión pública. De ellos resultan consejos o directrices que posteriormente los partidos políticos u otras organizaciones pueden o no utilizar para su actuación en sus propios ámbitos.

Los ‘think tanks’ suelen ser organizaciones sin ánimo de lucro, y a menudo están relacionados con laboratorios militares, empresas privadas, instituciones académicas o de otro tipo. Normalmente en ellos trabajan teóricos e intelectuales multidisciplinares, que elaboran análisis o recomendaciones políticas. Defienden diversas ideas, y sus trabajos tienen habitualmente un peso importante en la política y la opinión pública, particularmente en Estados Unidos y la Unión Europea,. Además de promover la adopción de políticas, entre las funciones que cumplen los ‘think tanks’ están las de crear y fortalecer espacios de diálogo y debate, desarrollar y capacitar a futuros paneles políticos en su toma de decisiones, legitimar las narrativas y políticas de los regímenes de turno o los movimientos de oposición, ofrecer un rol de auditor de los actores públicos y canalizar fondos a movimientos y otros actores políticos.

Fracasan al movilizar en su favor a los musulmanes, expulsar a EE UU de Oriente Medio y liderar el conflicto entre palestinos e israelíes

Los éxitos de Al Qaeda han consistido sobre todo en mantenerse como estructura terrorista 18 años después de los atentados del 11-S, haber propiciado la formación de una extendida urdimbre del terrorismo global y estar condicionando decisivamente las políticas de seguridad en muchos países del mundo, no sólo occidentales. Pero ha fracasado en perpetrar otros ataques similares al 11-S, provocar el colapso económico y socavar los cimientos del orden social del mundo occidental, movilizar en su favor a las poblaciones musulmanas, expulsar a EE UU de Oriente Medio y adquirir notoriedad en el conflicto entre palestinos e israelíes. Tampoco ha sido relevante ni en el origen ni en el desarrollo de las expresiones de protesta social que han ido convulsionado las estructuras de poder en algunos países árabes. El abatimiento de Osama bin Laden supone además un fracaso para la estrategia de desgaste adoptada por Al Qaeda desde al menos 2004. Ahora bien, incluso si Al Qaeda quedara inhabilitada, los desafíos planteados por el terrorismo yihadista no se mitigarían a corto y medio plazo.

“En qué medida es posible hablar de los éxitos o logros de Al Qaeda en tanto que estructura terrorista con estrategia? ¿O es que su trayectoria reciente puede, por el contrario, ser más bien interpretada como la historia de un fracaso? A este respecto, una reflexión sobre los resultados del terrorismo global desde los atentados en el World Trade Center y el Pentágono, requiere prestar atención a distintas facetas internas y externas a la propia Al Qaeda. Aspectos relacionados, por una parte, tanto con su situación actual como con su trayectoria organizativa; y, por otra, con el impacto estructural que han tenido las actividades terroristas de Al Qaeda sobre el mundo occidental respecto al cual ha dirigido su agresiva retórica al igual que entre las sociedades musulmanas donde se encuentra su población de referencia. Así pues, a continuación se ofrece un somero análisis de lo que cabe considerar como éxitos de Al Qaeda y su terrorismo global, seguido de un tratamiento en el que ello se contrasta con lo que es posible entender como fracasos atribuibles a dicha estructura terrorista”, recalca Fernando Reinares en su investigación.

Contaba con el amparo de las autoridades de Afganistán, con campos de entrenamiento para adoctrinar a musulmanes extremistas

Al Qaeda ha persistido hasta el presente, lo que tratándose de una organización terrorista es ya un éxito. Pero la estructura terrorista formada en 1988 y que continúa existiendo en la actualidad es muy diferente a la de 2001. Si entonces contaba con un vasto santuario al amparo de las autoridades de un país, Afganistán, donde entre otras infraestructuras disponía de campos de entrenamiento con capacidad para adiestrar y adoctrinar simultáneamente a centenares de musulmanes extremistas procedentes de numerosos lugares del mundo, hoy sus infraestructuras dedicadas a tales tareas son mucho más reducidas, aptas para no más de una docena de extremistas y confinadas en enclaves muy concretos de las indómitas zonas tribales al noroeste de Pakistán. Si hace apenas unos años atrás contaba con varios miles de miembros propios, en estos momentos difícilmente podría hablarse ya de algunos centenares. Si Al Qaeda ideó, planificó, preparó y ejecutó por sí misma, con militantes bajo su obediencia directa, los atentados del 11-S, al igual que otros perpetrados en la Península Arábiga y el Este de África durante la segunda mitad de los 90 o en esas mismas regiones y el Norte de África en 2002, en estos momentos difícilmente podría ir más allá de la ideación o planificación de similares actos de terrorismo.

Además, numerosos dirigentes de Al Qaeda han sido detenidos o abatidos, especialmente en el territorio paquistaní al cual huyeron de la intervención militar liderada por EE UU en Afganistán tras los atentados de Nueva York y Washington, cuya consecuencia más inmediata fue el derrocamiento del régimen talibán que cobijaba a aquella estructura terrorista desde 1996. Aunque esta se venía mostrando asombrosamente capaz de reemplazar a sus responsables encarcelados o muertos, la cadencia, crecientemente acelerada, de esos cambios a los que se veía abocada, fueron incidiendo negativamente sobre la dinámica organizativa de al-Qaeda y su conducta operativa. Pese a todo, no ser derrotada es clave en su métrica de éxito desde pocos años después del 11-S, según una estrategia de desgaste adoptada al menos a partir de 2004. Pero esta estrategia, que proyectaba hacia el exterior una imagen de indestructibilidad, ha sufrido un enorme quebranto al perder a Osama Bin Laden, líder fundacional y carismático de la estructura terrorista.

Fallidos atentados previstos para la Nochevieja de 1999 en Nueva York y Los Ángeles o la Nochebuena de 2000 en Estrasburgo

En cualquier caso, cuando tuvieron lugar los atentados de Nueva York y Washington, hablar de terrorismo global era hacerlo de Al Qaeda. Cierto que desde febrero de 1998 existía un pequeño elenco de organizaciones armadas de orientación islamista afines a dicha estructura terrorista, pero era Al Qaeda la entidad que verdaderamente disponía de recursos y cuyos componentes perpetraron, en los años previos al 11-S, destacados actos de terrorismo en algunos países árabes y africanos. Antes de esta fecha, el mundo occidental en general y EE UU en particular eran ya blanco declarado de la estructura terrorista, como quedó en evidencia con los fallidos atentados previstos para la Nochevieja de 1999 en Nueva York y Los Ángeles o la Nochebuena de 2000 en Estrasburgo. Pero la configuración del terrorismo global y la expansión de dicha violencia han registrado una serie de alteraciones más que sustanciales a lo largo de los últimos 10 años. Hoy existe una urdimbre del terrorismo global mucho más extendida, de la que Al Qaeda, en términos organizativos y operativos, es sólo su primer componente, el núcleo fundacional y la matriz permanente de referencia para otros, pero ni el de mayores dimensiones ni el más activo operativamente.

Esta difusión del terrorismo global ha sido en gran medida consecuencia de la adaptación de Al Qaeda a un entorno cada vez más hostil. Por una parte, optó por conceder autonomía a conglomerados de militantes que hasta finales de 2001 estaban bajo su disciplina o fusionarse con determinadas organizaciones yihadistas para adquirir la presencia que por sí misma no había logrado establecer en países o regiones de relevancia. Así aparecieron, entre 2003 y 2007, extensiones territoriales de aquella estructura terrorista como Al Qaeda en la Península Arábiga, Al Qaeda en Mesopotamia o Al Qaeda a en el Magreb Islámico, que constituyen el segundo gran componente de la urdimbre del terrorismo global. El tercero de dichos componentes lo conforma el heterogéneo a la vez que cambiante elenco de grupos y organizaciones con que Al Qaeda ha venido estrechando vínculos desde el 11-S, cuyos más notables exponentes son, en la actualidad, Therik e Taliban Pakistan y As Shabaab en Somalia. Un cuarto componente de la urdimbre del terrorismo global incluye a individuos y células independientes, que se desenvuelven inspirados por la ideología y las directrices genéricas de Al Qaeda.

Los atentados terroristas de IRA y ETA no fueron suficientes para avanzar en la cooperación policial y judicial en Europa

Finalmente, podría considerarse un éxito de al-Qaeda el hecho de que, tras los atentados del 11-S, haya condicionado decisivamente las políticas nacionales de seguridad en tantos países del mundo, donde se han introducido instrumentos y agencias dedicadas a tareas de prevención y lucha contra el terrorismo, convertido en una prioridad de las agendas gubernamentales en la mayoría de los países occidentales y buena parte de los demás. Al hacerlo, se incurre de manera sostenida en elevados costes que cabe pues imputar al impacto del terrorismo global. En un nivel intergubernamental, esas políticas nacionales se han visto complementadas por decisiones adoptadas en ámbitos como el de la Unión Europea. La experiencia del terrorismo que algunos países europeos con regímenes democráticos padecieron desde la década de los 70, o los miles de muertos ocasionados por los atentados terroristas de IRA y ETA no habían sido suficientes para avanzar en las importantes decisiones de cooperación policial y judicial contra aquel fenómeno que, sin embargo, precipitarían los atentados del 11-S en EE UU.

Aunque, tras el 11-S, la masiva introducción o el reforzamiento de costosas medidas nacionales destinadas a prevenir atentados, desmantelar estructuras terroristas y desbaratar sus tramas de financiación han constreñido muy seriamente la actuación de los grupos y las organizaciones que practican el terrorismo yihadista, se han cometido excesos en las respuestas estatales a dicho fenómeno, en ocasiones abiertamente contraproducentes. Esos excesos, habituales en regímenes autocráticos de todo el mundo, también se han registrado entre las democracias occidentales. Guantánamo o las cárceles secretas que mantiene el gobierno estadounidense son claros ejemplos, recurrentes en la propaganda terrorista para radicalizar individuos a favor de una concepción belicosa de la yihad. Pero fue la decisión norteamericana de invadir Irak en 2003, apelando sin fundamento a la lucha contra el terrorismo global, la que posibilitó su imprevista expansión hacia zonas previamente no demasiado afectadas de Oriente Medio y, hasta 2007, una inusitada movilización terrorista que permitió la recuperación temporal de al-Qaeda y un incremento sin parangón de los procesos de radicalización yihadista entre musulmanes de todo el mundo.

Al Qaeda intentó un segundo 11-S en 2006, con siete aeronaves de pasajeros desde Heathrow hacia ciudades de EE UU y Canadá

Diez años después del 11-S, Al Qaeda ha fracasado en perpetrar un atentado de similar alcance y magnitud a los entonces ocurridos en Nueva York y Washington. Ni siquiera ha conseguido, por sí misma o mediante organizaciones afiliadas, cometer un acto de terrorismo espectacular y altamente letal en el territorio estadounidense, pese a la obsesión de Osama bin Laden, hasta su muerte, por llevarlo a cabo. Es cierto, sin embargo, que directa o indirectamente ha intervenido en la comisión de otros de esas características en Europa Occidental, como los ocurridos el 11 de marzo de 2004 en Madrid y el 7 de julio de 2005 en Londres. Aunque con posterioridad no se han registrado incidentes especialmente cruentos en las sociedades abiertas, Al Qaeda intentó un segundo 11-S a finales de agosto de 2006. Los servicios de seguridad británicos consiguieron evitar los preparativos para hacer estallar, mediante el uso de explosivos en estado líquido, no menos de siete aeronaves de pasajeros en ruta desde el aeropuerto de Heathrow hacia los de varias importantes ciudades de EE UU y Canadá. Cabe imaginar la conmoción social y los efectos económicos que dicha operación terrorista hubiese tenido, de no haberse impedido y detenido a los individuos implicados en la misma.

Pero Al Qaeda no ha logrado provocar el colapso económico del mundo occidental, pese a que sus dirigentes se han atribuido, precisamente como uno de los resultados del 11-S y en su afán por mostrar la eficacia del terrorismo, la actual situación de crisis. Una situación en la que, especialmente para el caso de EE UU, es difícil no contabilizar, dentro del déficit fiscal, los gastos de las prolongadas misiones militares en Afganistán o Irak. Sin embargo, la propia economía estadounidense ha mostrado una gran resiliencia, hasta el punto de que su producto interno bruto continuó creciendo entre 2002 y 2007, el año anterior al de la bancarrota de Lehman Brothers. Incluso el sector de la aviación civil, particularmente afectado por los actos de megaterrorismo de septiembre de 2001, recuperó balances con beneficios a los pocos años. Menos capaz aún ha sido Al Qaeda de socavar los cimientos del orden social sobre los que descansa el mundo occidental. Salvo las incomodidades adicionales en los aeropuertos, ¿acaso han cambiado significativamente los estilos de vida o los procesos políticos de las sociedades abiertas?

Su terrorismo se ha convertido más en exponente de un conflicto en el seno del mundo islámico que la evidencia de un choque de civilizaciones

Al-Qaeda ha fracasado asimismo en movilizar en su favor a un mundo islámico de gran diversidad constitutiva. Aunque su popularidad varía de unos países árabes y asiáticos a otros, siendo entre significativa y considerable en algunos de ellos, de los datos de opinión pública existentes se deduce que ha decrecido marcadamente y de manera continuada desde 2002. Es muy probable que ello tenga sobre todo que ver con un hecho incuestionable: desde al menos 2004, la inmensa mayoría de las víctimas mortales de Al Qaeda y el terrorismo global son musulmanas. Eso ha llevado a que prominentes figuras con autoridad religiosa reconocida hayan terminado por criticar a Al Qaeda y sus actividades. También a que dicha estructura terrorista, al igual que algunas de sus organizaciones afines, recurran a formas predatorias y coactivas de extracción de recursos económicos distintas a las donaciones voluntarias. Para Al Qaeda, que señala a los occidentales como su principal enemigo, matar principalmente a musulmanes y perder popularidad entre su población de referencia es equivalente a un fracaso. Porque su terrorismo se ha convertido más en exponente de un conflicto en el seno del mundo islámico que la evidencia de un choque de civilizaciones.

Estrechamente relacionado con lo anterior sin duda, otro fracaso de Al Qaeda consiste en no haber desempeñado papel alguno en acontecimientos tan extraordinarios como las revueltas antiautoritarias y los derrocamientos de gobernantes autócratas que se vienen produciendo en una serie de países árabes a lo largo de 2011. Ni Al Qaeda, ni sus extensiones territoriales en el Norte de África y Oriente Medio, han sido relevantes ni en el origen ni en el desarrollo de las expresiones de protesta social que han ido convulsionado las estructuras de poder en Túnez, Egipto, Libia, Yemen y Siria, por ejemplo. Pero los líderes y miembros de esas organizaciones yihadistas, especializadas en la práctica de atentados como forma de afectar la estabilidad política y la cohesión social, seguirán tratando de aprovechar las oportunidades que el cambio político les ofrezca, esperando que, si no el caos, la frustración o el descontento generalizados y el declive de las movilizaciones antigubernamentales, o bien una combinación de estos factores, favorezcan el desarrollo de su estrategia terrorista, caso de contar con los recursos humanos y materiales necesarios.

Los servicios de inteligencia de EE UU dieron con su paradero y, el 2 de mayo del 2011, lo matan en la localidad paquistaní de Abottabbad

Es más, Al Qaeda, que ya había fracasado en su ambicioso propósito de expulsar a EE UU de Oriente Medio y erradicar su influencia en la región, tampoco puede mostrar avances en su finalidad última de reconstituir el Califato, ni ha conseguido objetivos aparentemente más asequibles como el de adquirir notoriedad en el contexto del conflicto entre palestinos e israelíes. En esa turbulenta región del mundo, la extensión territorial de Al Qaeda en Mesopotamia ha perdido la oportunidad de que hacia 2006 dispuso para incidir gravemente sobre la vida política en Irak, establecer un dominio propio en las zonas del país con población mayoritariamente árabe suní y plantearse ampliar su estrategia terrorista hacia otros adyacentes. En los años álgidos de la campaña de terrorismo yihadista en Irak, la dirección de la extensión territorial de Al Qaeda no acató las directrices del directorio de Al Qaeda acerca de cómo conducirla, lo que también puede interpretarse como un fracaso de la última en su estrategia de yihad global. Esta última parece además contradecirse, en estos momentos, con las circunstancias locales específicas que orientan las actividades de Al Qaeda en la Península Arábiga y Al Qaeda en el Magreb Islámico.

Desde finales de 2004, Osama Bin Laden se refería a la confrontación de Al Qaeda con Estados Unidos como, literalmente, una guerra de desgaste. Se trataba de evitar una derrota. La métrica de victoria para Al Qaeda consistía, básicamente, en seguir perpetrando atentados, extender sus ámbitos de influencia y proyectar una imagen de invencibilidad. Que su máximo dirigente no hubiera sido capturado o abatido, acreditaba esa imagen. En este sentido, que los servicios de inteligencia de EE UU consiguieran dar con su paradero y, el 2 de mayo del 2011, unidades especializadas del mismo país lo mataran la localidad paquistaní de Abottabbad, supone un revés de gran importancia para la estrategia adoptada por al-Qaeda. Con la pérdida del emprendedor que la estableció en 1988, fue capaz de consolidarla en la década de los noventa, hizo de ella la primera entidad terrorista insurgente capaz de perpetrar actos de megaterrorismo y se mantuvo veintitrés años al frente de la misma, Al Qaeda perdió a una figura probablemente crucial tanto para mantener la cohesión interna de dicha estructura terrorista como para sostener su capacidad de movilizar recursos materiales y humanos. Un fracaso para la estructura terrorista.

Los fracasos de al-Qaeda son mayores que sus éxitos, pero ello no significa que su amenaza terrorista se haya desvanecido

Los principales éxitos de Al Qaeda pueden reducirse en lo fundamental a tres. En primer lugar, el de haber conseguido persistir  largos años después de los atentados del 11-S, pese al alcance de cuantas iniciativas contraterroristas gubernamentales y multilaterales han sido adoptadas desde entonces para destruir dicha estructura terrorista. En segundo lugar, el de haber propiciado la formación de una verdadera urdimbre del yihadismo global que, una década después de los actos de megaterrorismo ocurridos en las Torres Gemelas y el edificio del Pentágono, se encuentra hoy mucho más extendida que entonces. En tercer y último lugar, puede asimismo considerarse que Al Qaeda ha tenido éxito al estar aún condicionado decisivamente aspectos internos e internacionales de las políticas de seguridad en tantos países del mundo, no sólo del mundo occidental, con los elevados costes que ello implica. Dicho todo lo cual, es preciso matizar estos resultados del terrorismo global y contrastarlos con otros, cuya enumeración en el epígrafe precedente permite deducir la medida en que la trayectoria reciente de Al Qaeda es más bien la historia de un fracaso.

Los fracasos de Al Qaeda son mayores que sus éxitos. Pero ello no significa que su amenaza terrorista se haya desvanecido. Más aún, incluso si Al Qaeda quedara inhabilitada, los desafíos planteados por el terrorismo yihadista no quedarían mitigados a corto y medio plazo. Ante una Al Qaeda aminorada y degradada, privada del liderazgo de Osama Bin Laden, sus hasta ahora extensiones territoriales y organizaciones asociadas podrían relocalizar sus respectivas estrategias, orientándolas hacia fines relacionados con los países y regiones en que operan. Ello quizá reduciría los niveles de la amenaza del terrorismo yihadista en las sociedades occidentales, donde sigue siendo diversificada y a menudo compuesta, de acuerdo con los cuatro componentes observables en la urdimbre del terrorismo global. Mientras tanto, Al Qaeda mantiene su voluntad de atentar en suelo norteamericano y europeo, incluso de modo no convencional. Que consiga perpetrar algún acto de megaterrorismo es improbable pero no puede afirmarse categóricamente que imposible. Ahora bien, que alguna de sus extensiones territoriales o de sus organizaciones afiliadas consiga ejecutar atentados de menor alcance y magnitud, en esos mismos ámbitos, sigue siendo bastante más verosímil. Que se produzcan nuevos incidentes de relativa baja letalidad protagonizados por individuos aislados o células independientes se da casi por descontado.

Derrotar una ideología como el yihadismo  requiere una acción coordinada multilateral que busque anular su capacidad de atracción

Con la derrota que acaba de sufrir en Siria, el Estado Islámico (ISIS) ha perdido una batalla, pero eso no significa que haya perdido la guerra. Este grupo terrorista representa todavía una amenaza mundial: su peligro reside en que no se trata solo de una banda organizada de asesinos, sino de una ideología que sigue teniendo un enorme poder de convicción en muchos lugares del mundo. Esto no quiere decir que el final del Califato no sea una buena noticia. Durante cinco años, este grupo controló un territorio más grande que Portugal, entre Siria e Irak, en el que sobreviven como pueden 12 millones de personas, sometidas a un régimen de terror -especialmente las mujeres, que perdieron todos sus derechos-, donde se mezclaban los castigos de los tiempos del Corán con una hábil utilización de las redes sociales para convertir la violencia en eficaz propaganda. Aquel territorio le dio también una riqueza enorme al ISIS por los impuestos que recaudaba, por el tráfico de antigüedades o porque llegó a controlar el 50% del petróleo sirio.

También le proporcionó un lugar en el que poder congregar a miles de yihadistas, muchos de Al Qaeda, mantener rehenes cautivos y desde el que planificar atentados brutales, como los ataques contra París en noviembre de 2015. Todo eso son ahora cenizas, con miles de combatientes detenidos, procedentes de 54 países. Esto no quiere decir que el ISIS no se mantenga como una organización letal. Este grupo terrorista fue una consecuencia de la invasión de Irak y ya demostró entonces su capacidad para crecer y cometer asesinatos masivos en la clandestinidad. Y en otros lugares del planeta, especialmente Filipinas y Afganistán, su presencia es muy activa. También inquieta a los servicios de información que mantenga su capacidad de reclutamiento en Occidente. Pero el principal problema reside en que la victoria contra el ISIS no puede ser solo militar: derrotar una ideología requiere una acción coordinada multilateral, que busque anular su capacidad de atracción. Y, sobre todo, es esencial no bajar la guardia, incluso ante las ruinas del califato.

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