El Morena, echándolo a perder todo

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Sí, tanta promiscuidad en el Morena lo está echando a perder. Y si no depuran pronto y no atajan a tiempo la estampida de la impaciencia y la voracidad por el poder con que llegaron cargados a ese partido tantos militantes procedentes de lo peor de todos los demás partidos de la ahora oposición, y con que se le ayuntaron otros tantos oportunistas de los negocios partidistas aliados, o Andrés Manuel se hunde con él, o se va de él cargando de cualquier modo el fracaso de no haber podido forjar una fuerza política íntegra y capaz de una competitividad alternativa al basurero ético contra el que su causa y su proclama combativa alcanzaron la suprema investidura nacional.

Cada día son más los casos y los compañeros de viaje que ponen al partido presidencial más cerca de los otros que han sido desplazados por él –por el del Movimiento de Regeneración Nacional- gracias al liderazgo y a la oferta renovadora de la moral pública y contra la corrupción, del ahora presidente de la República, quien identifica, en aquellos partidos adversarios, a los enemigos más peligrosos de México.

Justo ahora, cuando más necesita de la fuerza de su organización política para realizar las grandes iniciativas de la transformación profunda del país prometida durante décadas de lucha, su partido se atasca en conflictos y discordias internas, y exhibe la mala catadura de muchos de sus principales liderazgos, como la de cualquiera de sus opositores y de sus peores aliados, en contextos políticos de representación popular y de gobierno donde más se necesitaría la congruencia moral y la firmeza constitucional tan defendida en la retórica del primer jefe del Morena.

Y a esa identidad están abdicando muchos de los falsos progresistas carcomidos por la noción inmediatista del poder político que advierten al alcance de la mano; y en el personalismo de su particular circunstancia olvidan el entorno histórico de su militancia y la razón por la que han llegado al umbral de las posiciones de poder que disputan sin más finalidad que el lucro.

Y ésa, entre las crisis que le crecen merced a las evidencias de incapacidad y de rapacidad de tantos arribistas que crecieron infiltrándose, impostados, en su lucha, y luego a la sombra de su triunfo en las presidenciales, ésa es una de las mayores de esas crisis y de los peores reveses que podría recibir López Obrador si la descomposición de su partido prospera, y si su liderazgo moral y si la consistencia de su gestión al frente del Estado mexicano no le dan el vigor y la solvencia suficientes para mantener la cohesión del Morena y sus virtudes de vanguardia moral y de eficacia representativa de la sociedad y de las transformaciones prometidas, frente a sus –ahora- desvalidos contrincantes y a sus aliados de pacotilla.

Ha dicho que si le echan a perder al Morena –y si no se van “al carajo los ambiciosos”-, él mismo se irá de él.

Pero ésa no es una declaración menor: si no puede preservar la integridad de su propio partido, ¿cómo podrá contra la violencia que se desborda frente a la inercia de una alternativa de combate contra el crimen que es más idealista que objetiva, eficaz y de resultados manifiestos, por ejemplo y para empezar?; ¿cómo, si entre los suyos hay tantos sujetos ambiciosos, censurable y dañinos para México a los que no es capaz de mandar al carajo?

Si un sector importante de los liderazgos del partido andan exhibiendo su impericia y su impudor en los ámbitos parlamentarios federales y locales, y en los Gobiernos estatales y municipales –de Baja California a Veracruz y a Quintana Roo, entre otros-, ¿cómo han de fomentarse la paz social, la moral pública y la inversión productiva necesaria que se inscriben entre los propósitos del proyecto presidencial y de su partido (propuesto y autodenominado de ‘la cuarta transformación’)?

Porque no se mueven ni las fuerzas armadas y de seguridad contra el crimen, ni las de la economía.

Peña desmanteló el sistema antinarco de Calderón, pero no lo reemplazó ya no se diga por uno igual o mejor, sino siquiera por otro. Y al nuevo no se le ven los dientes; y cuando los criminales no ven los colmillos del perro (del Estado), lo aplastan a palos.

Peña creyó en las cifras de los defensores de los derechos humanos que atribuían la elevación del número de víctimas a los enfrentamientos de la Fuerzas Armadas con las bandas homicidas, y le impusieron la pasividad de la tropa (sólo si los pistoleros disparaban, los soldados respondían; y debían hacerlo con calibres de armas no superiores a los de sus agresores; si no era así, se arriesgaban a ser acusados de exceso de fuerza). Y sobre tan redonda estupidez, en lugar de menguar se multiplicaron, claro, las ejecuciones. El Estado los dejaba hacer, y los sicarios mataban a granel. Parecía que las víctimas inocentes de los asesinos no se contaban, sino sólo las procuradas por los militares entre los criminales.

El gran error de Calderón no fue su abierta ofensiva contra el ‘narco’ (que incluyó importantes saldos de bajas y capturas gracias a la colaboración con los Estados Unidos, a la preparación de fuerzas especiales en la Armada, y a la creación y modernización de los aparatos de Inteligencia y del Centro de Mando de la Policía Federal) ni la idea de que sin policías federales y locales competentes era imposible devolver al Ejército a sus cuarteles; su error fue la permanencia de autoridades policiales y ministeriales anticrimen corrompidos por las mafias, empezando por su entonces procurador general de la República y hoy ministro de la Corte, Eduardo Medina Mora.

El error de Peña fue destruir lo bueno de lo hecho por Calderón sin reemplazarlo, y el de López Obrador es acusar a Calderón de la violencia en el país y de hacer todo lo contrario de él, porque parece que Calderón ha sido el principal gestor de la violencia –igual que lo son la pobreza y la ignorancia- y no la corrupción, la complicidad, la irresponsabilidad y la cobardía de las autoridades, o la disfuncionalidad institucional y la ingobernabilidad general propiciada por todo eso.

Y no se ha depurado la corrupción magisterial, no hay alternativa a la reforma educativa, y sin ella no habrá saldos positivos en la calidad escolar…

Y hay más escándalos políticos nacionales y regionales que proyectos concretos de inversión productiva, públicos y privados, promovidos por los agentes del Morena, y sin esa palanca del desarrollo la pobreza no se va…

Ignorancia… pobreza… dos factores estructurales de la violencia y la inseguridad que están lejos de no estar.

Y si no hay Policías locales acreditadas y competentes, poco podrá hacer contra el crimen una Guardia Nacional apenas en grado de tentativa.

El partido presidencial es un síntoma de cómo pueden ir todas las cosas.

SM

estosdias@gmail.com

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