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“Yo calmo a John Bolton, lo que es bastante increíble”, bromeó Donald Trump en mayo; el 11-S le cesó de un tuit

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Donald Trump destituye al halcón John Bolton mientras busca el diálogo con Irán. Por su cuenta de Twitter, sin advertir a miembros de su Gabinete y con trifulca mediante, el presidente anunció, coincidiendo con el 18 aniversario del 11-S, la marcha del consejero de Seguridad Nacional, John Bolton, la tercera baja de ese crítico puesto desde que comenzó el mandato del magnate neoyorquino. Explicó que discrepaba de buena parte de las propuestas de Bolton, un veterano halcón de la era de George W. Bush, muy crítico con los intentos de diálogo con Irán y Corea del Norte, y por eso había pedido su renuncia. El cesado en cuestión replicó que él había ofrecido su dimisión sin que se la pidieran. La de Bolton fue una de esas marchas accidentadas de la era Trump. Sobre las 11 de la mañana, la Casa Blanca actualizó su agenda para convocar una rueda de prensa del consejero de Seguridad Nacional junto al secretario de Estado, Mike Pompeo, y el secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, un plantel que hacía prever algún anuncio relevante. La noticia del día, sin embargo, la iba a proporcionar Trump tan sólo una hora después, cuando anunció la marcha de uno de ellos. Que una hora antes de la comunicación se organizase un encuentro con la prensa, da idea del escaso conocimiento que había sobre este movimiento al más alto nivel. “Informé a John Bolton anoche de que ya no necesitamos sus servicios en la Casa Blanca. Discrepaba en gran medida de muchas sugerencias, igual que otros en la administración, así que le pedí su dimisión y me la dio esta mañana. Agradezco mucho a John su servicio, nombraré a un nuevo consejero de Seguridad Nacional la próxima semana”, escribió el presidente.

Bolton, también a través de su cuenta de Twitter, daría una versión diferente, minutos después, al sostener que él mismo había ofrecido su renuncia por la noche y que Trump le pidió que siguieran hablando al día siguiente. Tras meditarlo, entregó la renuncia el martes. Las discrepancias entre ambos, en fin, han llegado hasta el último día, sobre el relato de lo ocurrido con la baja. La comparecencia de prensa de Pompeo y Mnuchin tuvo lugar igualmente, pero la conversación giró en torno a la renuncia y el jefe de la diplomacia estadounidense confirmó que, en efecto, él también estaba en desacuerdo con Bolton “en muchas ocasiones”. La apertura de la administración a buscar entendimiento con los talibanes, con Corea del Norte e incluso con Irán -Trump no descarta reunirse en breve con Hasan Rohaní- puede suponer un cortocircuito para un halcón conservador tradicional como Bolton, que se ha distinguido precisamente a lo largo de su carrera por el discurso de fuego contra estos países. Gran adalid de la invasión de Irak en 2003, defensor de ataques preventivos contra Pyongyang, su llegada a la administración en marzo de 2018 supuso el retorno del ardor guerrero a la Casa Blanca que, en teoría, iba a consagrarse a la filosofía del ‘América, primero’. “Yo calmo a John, lo que es bastante increíble”, llegó a bromear Trump el pasado mayo.

Los focos de conflicto eran múltiples. El más reciente tuvo lugar con la cumbre secreta que Trump pensaba mantener en Camp David con los líderes talibanes para firmar un acuerdo de paz en Afganistán, y que finalmente fue cancelada. Acabar una guerra en la que EE UU lleva atrapado 18 años supondría una gran victoria política de cara a la reelección de Trump, pero Bolton consideraba que podría retirar las tropas igualmente sin retratarse junto a los talibanes. Muchas veces, además, la diferencia de opiniones era pública, como con el caso de Corea del Norte. El consejero criticó con dureza unas pruebas nucleares a las que Trump quitó hierro y, como era un clamor en Washington, se llevaba las manos a la cabeza con las palabras cálidas del republicano hacia Kim Jong-un. También, según fuentes citadas por la prensa nacional, defendía el bombardeo en represalia contra Irán que el presidente asegura que frenó el pasado mes de junio, en el último momento, para evitar 150 muertes. En el caso de Venezuela, usó un lenguaje especialmente duro -advirtió a Nicolás Maduro con Guantánamo, por ejemplo- y, además, deslizó de forma más o menos intencionada amenazas bélicas: a finales de enero compareció ante la prensa con un bloc de notas sin tapa, dejando expuesta la parte escrita hacia el público, con una anotación que decía: “Afganistán. Conversaciones bienvenidas. 5,000 soldados a Colombia”.

Santiago J. Santamaría Gurtubay

John Bolton sustituyó como consejero de Seguridad Nacional al general H. R. McMaster, quien a su vez había asumido el cargo como relevo imprevisto del general Michael Flynn al poco de echar andar la administración del magnate neoyorquino, en enero de 2017. Cuando el escándalo de la trama rusa estalló, la prensa reveló que había mantenido contactos polémicos con el Kremlin y que había mentido al Gobierno al respecto. El de la próxima semana será el cuarto consejero de Seguridad Nacional en menos de tres años, contribuyendo a la cascada de bajas que caracteriza la era Trump. “Rendirse nunca es una opción”. El título de sus memorias queda hoy empequeñecido a juzgar por cómo el presidente Donald Trump se ha deshecho de él -despidiéndole- y cómo él dice haber salido de la administración con más bajas de la historia reciente -dimitiendo-. Cuando John Bolton llegó a la Casa Blanca de Trump lo hizo con las últimas credenciales ganadas, aquellas que le otorgaban el marchamo de belicista en jefe, de adalid de la fracasada invasión de Irak por parte de George Bush hijo. Pero el camino había sido antes largo y constante en su ardor guerrero. Durante las dos décadas anteriores, Bolton se había ganado una trabajada reputación de ser el más firme defensor de la fuerza dentro del Partido Republicano.

Como una declaración de intenciones, lo primero que Bolton colgó en las paredes de su nuevo despacho nada más ser nombrado asesor de Seguridad Nacional fue una copia de la orden ejecutiva de su jefe Trump anulando uno de los logros estrella de la presidencia de Barack Obama: El acuerdo nuclear de EE UU con Irán, calificado por Bolton como “abominable”. Nacido en Baltimore en un barrio de clase trabajadora, hijo de un bombero y un ama de casa, Bolton es un neoconservador, un antiguo liberal que respalda una política exterior militarista y de línea dura. Bolton estudió con una beca en el último curso de Yale en el que solo se aceptaba a hombres. En sus memorias cuenta que en su época universitaria se sintió “un alienígena” entre tantos jóvenes contrarios a la guerra de Vietnam. Cuando se graduó, la revolución de Reagan tomaba forma. Bolton se trasladó a Washington con su título en leyes y se sumergió en la causa conservadora que predicaba el actor convertido a político. Durante la disputada elección presidencial de 2000, Bolton se instaló en Florida para garantizar que Bush llegaba a la presidencia, lo que le valió el apodo de ser el Atticus Finch del condado de Palm Beach. En el pasado, el ya exasesor de Seguridad Nacional había declarado que el presidente Trump sabía cuáles eran sus ideas y sus intenciones. “Me ha visto opinar en Fox News”, dijo Bolton. “Uno debe de saber de antemano que los puntos de vista del presidente no son siempre los tuyos. Cuando entras en el Gobierno debes de saber que no vas a ganar siempre”, dijo el halcón hoy rendido.

Atticus Finch es un personaje de la novela de 1960 ‘Matar un ruiseñor’ de la escritora estadounidense Harper Lee. Finch se encarga de defender a un joven negro, Tom Robinson, acusado por un agricultor borracho y violento de haber violado a su hija. El hombre se proclama inocente y Atticus demuestra que la acusación es infundada, pero el proceso judicial emite igualmente un veredicto de culpabilidad, condenando a muerte al acusado. El imputado termina por huir y es asesinado por un guardián. El personaje de Atticus Finch, interpretado por Gregory Peck en la película homónima basada en la novela, es considerado el mayor héroe del cine estadounidense según la evaluación del American Film Institute. En una Alabama todavía fuertemente dividida entre segregacionistas y antirracistas, el abogado Finch se convierte en paladín de la justicia y de la igualdad racial, frente a la ignorancia y la dificultad de la gente para abrirse a los otros y a juzgar al prójimo sin caer en fáciles prejuicios.

Uno de los nombres más significados en la fracasada invasión de Irak por parte de George W. Bush, tras los ataques de Osama bin Laden

El nuevo consejero de Seguridad Nacional dimitió como embajador ante la ONU de Bush hijo en medio de la polémica. Fue adalid de la invasión de Irak, ha defendido la acción militar contra Corea del Norte y aboga por liquidar el acuerdo con Irán. El ardor guerrero domina Washington con la llegada de John Bolton. El nuevo consejero de Seguridad Nacional es algo más que un halcón conservador, fue uno de los nombres más significados en la fracasada invasión de Irak por parte de George W. Bush. Partidario de romper el acuerdo nuclear con Irán, ha defendido un ataque preventivo en Corea del Norte y, cuando estaba en la Administración en 2002, acusó equivocadamente a Cuba de haber desarrollado armas biológicas. Bolton, de 70 años –cumple años el 20 de noviembre, fecha que en España se relaciona con la muerte del dictador Francisco Franco y el jefe del partido fascista Falange Española, José Antonio Primo de Rivera-, fue embajador de George W. Bush ante la ONU durante poco más de un año, entre agosto de 2005 y diciembre de 2006. Tuvo que dimitir cuando los demócratas vencieron en las elecciones legislativas del año anterior y lograron la fuerza suficiente en el Senado para no renovar su mandato. Antes había servido cuatro años en el Departamento de Estado -como subsecretario para el Control de Armas y Seguridad Internacional- rodeado por su polémico estilo autoritario y por unas graves acusaciones, las de presionar a los especialistas de inteligencia para lograr datos que justificaran sus alegatos de halcón. Incluso algunos republicanos moderados le dieron la espalda en el Congreso.

Cuando Estados Unidos y Corea del Norte estaban negociando el inicio de unas negociaciones históricas, Donald Trump eligió a un duro belicista, una decisión paradójica que solo se entiende en el espíritu de contradicción que envuelve a este Gobierno. El sustituto de H. R. McMaster fue un firme defensor de la invasión de Irak – “Creemos con confianza que Saddam Hussein ha escondido armas de destrucción masiva”, dijo en 2002- y la evidencia posterior de que EE UU estaba equivocado no le hizo cambiar de opinión, ya que en 2015 seguía diciendo que la intervención para derrocar a Hussein había valido la pena. Nacido en Baltimore y doctorado en Derecho por Yale, Bolton ya había sido considerado para el puesto de consejero de Seguridad Nacional en la fase embrionaria de la Administración Trump, cuando el magnate neoyorquino barruntaba los nombres para su equipo desde su oficina de la Quinta Avenida de Nueva York, cuando acababa de ser elegido presidente. También se barajó su nombre como posible secretario de Estado, pero el mandatario electo optó por un perfil más moderado (el también caído en desgracia Rex Tillerson).

Sin embargo, durante meses, Bolton estuvo asesorando al nuevo Gobierno de forma informal, aunque el pasado agosto se quejó públicamente de que había perdido el acceso directo a Trump debido a “cambios de personal”, poco después de que el general John Kelly se convirtiera en jefe de Gabinete y empezase a controlar más la agenda presidencial. Así, el exembajador optó por publicar un artículo en el que defendía lo que le quería decir a Trump en persona, que dejar el pacto nuclear con Irán debería ser “la principal prioridad diplomática” de Washington. El episodio habla de la personalidad mediática y combativa de Bolton, que entró en antena en la Fox, apenas 45 minutos después de que se anunciara su nombramiento, aunque echó balones fuera sobre muchos asuntos, como las discrepancias posibles con otro perfiles más moderados que quedaban en la primera línea del Gobierno, como el jefe del Pentágono, Jim Mattis. En la entrevista prometió ser “un bróker honesto” que ofrezca al presidente varias posibilidades de acción.

Diez objeciones a la doctrina Bolton, la ofensiva de Estados Unidos contra Venezuela, Cuba y Nicaragua es quebrar esos regímenes

Trump debía decidir en mayo si renueva el acuerdo con Irán y, probablemente antes, se sabría si se celebraba esa histórica reunión con el dictador norcoreano, Kim Jong-un. En un artículo publicado en The Wall Street Journal este mismo mes Bolton mostraba su postura al respecto: “Es perfectamente legítimo que Estados Unidos ataque primero para responder al riesgo que suponen las armas nucleares de Corea del Norte”. Sobre Irán ha dicho que “una acción militar de Israel puede ser la manera de parar el programa nuclear de Irán”. Bolton siempre ha mantenido un discurso duro sobre ambos países y lideró las negociaciones para que la Administración de Bush hijo pudiera retirarse del Tratado de Antimisiles Balísticos, que Nixon impulsó en 1972, para poder desarrollar, libre de ataduras, un escudo antimisiles. También ha escrito libros con títulos muy descriptivos de su ideario, como ‘Rendirse no es una opción: defender América en la ONU y en el extranjero’ o ‘Cómo Barack Obama está poniendo en peligro nuestra soberanía nacional’ y en los últimos años se ha prodigado como analista de la Fox y del ‘think tank’ conservador American Enterprise Institute (AEI).

La más completa formulación de la política del actual Gobierno de Estados Unidos hacia Venezuela, Cuba y Nicaragua fue finalmente anunciada. No por el presidente Donald Trump, ni siquiera por el secretario de Estado Mike Pompeo, sino por John Bolton, asesor de Seguridad Nacional, en un acto de la Asociación de Veteranos de Bahía de Cochinos, en el hotel Biltmore de Miami, ante miles de exiliados cubanos, venezolanos y nicaragüenses. Rafael Rojas Gutiérrez es un historiador y ensayista cubano residente en México. Son diez sus razones para no estar de acuerdo con la ‘guerra’ desatada contra estos tres países latinoamericanos… Los expuso públicamente en una columna periodística, recientemente… “En el conflicto entre Estados Unidos, Cuba, Nicaragua y Venezuela pesa considerablemente la dimensión simbólica. Desde Washington, La Habana, Caracas, Managua y, por supuesto, Miami, esos diferendos se asumen como inercias o continuaciones de la Guerra Fría. Pero en la mayor parte del mundo no es así: el conflicto entre comunismo y anticomunismo es marginal a nivel planetario. Haber anunciado la nueva política en Miami, en un aniversario de la fracasada invasión de Playa Girón de 1961, es persistir en ese enredo local, arcaico, que favorece el maniqueísmo y las visiones binarias de la política contemporánea…”.

“El anuncio de las nuevas medidas desde Miami, por Bolton, -recalca Rafael Rojas- refuerza una doble y dañina subordinación: la de la política hacia Venezuela, Nicaragua y Cuba a la esfera de la ‘seguridad nacional’ de Estados Unidos y la de la agenda de Washington para esos países a los ciclos electorales en el estado de la Florida. Las sanciones contra los tres regímenes adoptan un sentido plenamente unilateral en un momento en que diversas instituciones globales e iniciativas diplomáticas (OEA, ONU, Grupo de Lima, Grupo de Contacto Internacional de la Unión Europea, Prosur, cancillerías uruguaya y mexicana…) intentan concertar acciones multilaterales para enfrentar las crisis venezolana y nicaragüense. Calificar a esos regímenes de ‘troika de tiranías’ es un incentivo al despliegue de una colaboración mayor de esos Gobiernos entre sí. Durante las dos últimas décadas el Departamento de Estado de Estados Unidos ha sostenido una política diferenciada para Venezuela, Cuba y Nicaragua. Es evidente que esos regímenes actúan coordinados en una estrategia permanente de promoción de alternativas autoritarias a la democracia en el hemisferio, pero, a la vez, son inocultables las diferencias entre los tres sistemas políticos, las peculiaridades de sus respectivas relaciones con la sociedad civil y la oposición y los matices de sus compromisos internacionales y prioridades de Gobierno”.

Las restricciones a viajes de turistas estadounidenses y a las remesas de cubanoamericanos dañan al mercado de los ‘cuentapropistas’

La definición de esos regímenes como “troika de tiranías” no sólo es una simplificación teórica, que casi la totalidad de América Latina y la Unión Europea, más la ONU, China e India, África y Oriente Próximo no comparten, sino un incentivo al despliegue de una colaboración diplomática y militar mayor de esos Gobiernos entre sí y con sus aliados en el mundo, especialmente Rusia e Irán. La aplicación de los títulos III y IV de la Ley Helms-Burton, aprobada en 1996, había sido pospuesta por todos los Gobiernos de Estados Unidos hasta ahora: el segundo de Bill Clinton, los dos de George W. Bush y los dos de Barack Obama. La razón fue siempre una mezcla de reconocimiento de la impopularidad global del embargo contra Cuba y de las complicaciones que podrían surgir en las relaciones con Europa, Canadá, América Latina y Asia, en caso de demandas a empresas de esas regiones que operaran en Cuba con propiedades confiscadas. Los miles de casos de ciudadanos cubanoamericanos que se presentarán ante la justicia estadounidense, además de enrevesados y onerosos, generarán costos a nivel internacional, como ya se observa con la apelación de la Unión Europea a la Organización Mundial de Comercio (OMC). Las restricciones a viajes de turistas estadounidenses y a las remesas de cubanoamericanos desde Estados Unidos no afectarán únicamente los ingresos del Gobierno de Miguel Díaz Canel: también dañarán la pequeña esfera de mercado que intenta articularse dentro de la isla. La nueva política hacia Cuba regresa a la vieja paradoja de la derecha republicana de promover el capitalismo, cerrando las vías externas por las que ese capitalismo puede reproducirse.

Las sanciones contra el Banco Central de Venezuela continúan la estrategia punitiva emprendida hasta ahora por la administración Trump contra las redes financieras del Gobierno de Nicolás Maduro. Quien anunciaba esa medida en Miami es el mismo que hace poco proponía el envío de 5,000 soldados a la frontera entre Colombia y Venezuela y el mismo Gobierno que ya se queja abiertamente de la incapacidad de su aliado, el presidente Iván Duque, para reducir el narcotráfico. Las medidas contra el Gobierno de Daniel Ortega también intentan afectar las fuentes de ingreso del Estado sandinista, a través de la congelación de fondos del Banco Corporativo de Nicaragua y de la agencia oficial de inversiones y exportaciones, ProNicaragua, encabezada por el hijo de la pareja presidencial, Laureano Ortega Murillo. Hasta ahora, ese tipo de sanciones personalizadas no ha dado resultados en Cuba o en Venezuela, en términos de propiciar una mayor apertura económica y política. Daniel Ortega, un líder tan desacreditado ante la propia izquierda latinoamericana, gana prestigio con la doctrina Bolton.

“El propósito de la ofensiva unilateral de Estados Unidos contra Venezuela, Cuba y Nicaragua no es, por lo visto, una flexibilización sino un quiebre de esos regímenes. Pero para que eso suceda tendrían que darse escenarios poco probables: una sublevación militar en Venezuela, un golpe de Estado en Nicaragua o un levantamiento popular en Cuba. En una eventual coyuntura de asfixia económica simultánea en los tres países no habría que descartar una mayor cohesión contra el enemigo externo, a pesar del mayor o menor desgaste de sus respectivas dirigencias. Ni siquiera el colapso de uno de esos regímenes supondría, necesariamente, el derrumbe de los otros dos…”, comenta el historiador Rafael Rojas.

La canción ‘Mambrú se fue a la guerra’ data de la batalla que enfrentó a Gran Bretaña y Francia, en la Guerra de Sucesión Española

‘Mambrú se fue a la guerra’ terminó de ser compuesta tras la batalla de Malplaquet (1709), que enfrentó a los ejércitos de Gran Bretaña y Francia, durante la Guerra de Sucesión Española. A pesar de su derrota, los franceses creyeron muerto en la batalla a su enemigo John Churchill, duque de Marlborough, que es a quien se dedica la canción burlesca. La melodía de la canción parece ser aún más antigua: según Chateaubriand, es de origen árabe y habría llegado a Francia llevada por los cruzados. La canción se popularizó en tiempos de Luis XVI: una de las nodrizas del delfín solía cantarla; la canción agradó a los reyes y pronto se difundió por Versalles y luego por todo el país. A España llegó por influencia de los Borbones, con el nombre Marlborough reducido a un más pronunciable Mambrú. Solían cantarla sobre todo las niñas, típicamente acompañando al juego de rayuela. El tema de la canción fue empleado por Beethoven en su obra ‘La Victoria de Wellington’, sobre la derrota napoleónica de Vitoria en 1813 para simbolizar a Francia.

Existen también versiones en otros idiomas. La inglesa, cantada con el estribillo ‘For he is a jolly good fellow’ ha dado lugar a la canción del mismo nombre, conocida en España como ‘Es un muchacho excelente’ y en México, Argentina, Chile, Paraguay, Perú y Uruguay (entre otros países de Latinoamérica) como ‘Porque es un buen compañero’. Es interesante señalar que, si bien la música de ‘Malbrough s’en va-t-en guerre’, ‘For he is a jolly good fellow’ y la versión española de ‘Es un muchacho excelente’ son prácticamente iguales, no ocurre lo mismo con la versión española de ‘Mambrú se fue a la guerra’ que ha sufrido una adaptación musical diferente. En Argentina, la poetisa y cantautora María Elena Walsh popularizó esta melodía entre los chicos, durante las décadas de 1960 y 1970 fundamentalmente. También la misma autora escribió otras canciones en homenaje a Mambrú como la ‘Canción del estornudo’.

“Mambrú se fue a la guerra, qué dolor, qué dolor, qué pena, Mambrú se fue a la guerra, no sé cuándo vendrá. Do-re-mi, do-re-fa, no sé cuándo vendrá…”. En estas primeras estrofas, se está cambiando en estas horas el nombre de Mambrú por el de John Bolton en las calles de La Habana y Caracas…  Cuba se enfrenta de nuevo a un momento crucial 60 años después del triunfo de la revolución de Fidel Castro. La crisis en Venezuela y la ofensiva desbocada de EE UU para acabar con el Gobierno de Nicolás Maduro han puesto a La Habana en guardia otra vez. “Primero Venezuela, después Cuba” es el mantra que late hoy en el discurso de viejos halcones de la Guerra Fría rescatados por la administración de Trump junto a congresistas y políticos cubanoamericanos como Marco Rubio y Mauricio Claver-Carone, en quienes el presidente ha delegado la responsabilidad de implementar en la región su lema de “Hacer América grande otra vez”. Ya no es el “eje del mal” de Bush, es la “troika de la tiranía”, según la definió el ya exasesor de Seguridad Nacional de la Casa Blanca John Bolton, para añadir que “cada esquina de ella, Caracas, La Habana y Managua, debe caer”. La advertencia está ahí. Pero el Gobierno cubano tiene seis décadas de experiencia en resistir.

“No hay que olvidarlo: Cuba salía de la pesadilla del Periodo Especial cuando, en febrero de 1999, Hugo Chávez llegó a la presidencia de Venezuela…”, recuerda el que fuera corresponsal del periódico español El País, en la capital cubana, Mauricio Vicent, hijo del columnista Manuel Vicent. “Y se hizo la luz. Entre 1991 y 1994, luego de la desintegración de la Unión Soviética, el PIB cubano había caído un 35%. Con Moscú la isla realizaba el 70% de sus intercambios comerciales y de allí procedía, subvencionado, todo el petróleo. A Cuba –literalmente- se le hizo de noche. Y EE UU aumentó la presión. Para desincentivar las inversiones extranjeras, Washington aprobó las leyes Torricelli (1992) y Helms-Burton (1996), y grupos del exilio violento pusieron bombas en hoteles de La Habana para espantar a los turistas. Cuba emprendió un controlado proceso de reformas para sobrevivir: legalizó el dólar, inició una apertura al sector privado y apostó por el turismo y las empresas mixtas, y, aunque por el camino se quebró la sociedad igualitarista que había sido bandera de la revolución, las medidas ayudaron a superar el colapso y a que mejorasen las cifras macroeconómicas. Pero la situación no se consolidó hasta la llegada de la revolución bolivariana”.

Con Nicolás Maduro las relaciones privilegiadas se mantuvieron entre Venezuela y Cuba, pero los intercambios fueron menguando

“Poco antes de la muerte de Chávez (2013), Venezuela llegó a concentrar el 44% del volumen total del comercio externo de la isla. Caracas compraba anualmente servicios profesionales cubanos -de médicos, enfermeras, maestros- por más de 5,000 millones de dólares, 40,000 colaboradores trabajaban en el país sudamericano y la isla recibía 105,000 barriles diarios, que cubrían el 60% de sus necesidades de petróleo, a precios preferenciales. Con Maduro las relaciones privilegiadas se mantuvieron, pero los suministros y los intercambios fueron menguando debido a la crisis interna venezolana. Hoy a La Habana llegan unos 50,000 barriles diarios de petróleo y el número de médicos y colaboradores cubanos en Venezuela ronda los 20,000. Aun así, Caracas sigue siendo el primer socio económico de La Habana, con un intercambio comercial superior a los 2,000 millones de dólares, cerca del 12% del PIB de la isla, pero lejos del 20% que llegó a representar años atrás. Obviamente, lo que sucede en Venezuela se vive en Cuba en carne propia: el golpe de Estado a Chávez en 2002, los comicios que ganó la oposición a Maduro en 2015; momentos críticos ha habido muchos, pero para Cuba quizá ninguno como este. No se trata solo de las repercusiones que un cambio en Venezuela puedan tener en la isla. En caso de suspenderse abruptamente los intercambios, la caída del PIB cubano podría ser del 10%, según cálculos de economistas como Carmelo Mesa-Lago y Pavel Vidal. Pero más allá del mazazo económico, La Habana contempla con inquietud el escenario en el que esta desestabilización se produce: con una abierta derechización en el continente y una Administración de Trump en manos de viejos halcones y de anticastristas furibundos como Rubio y Claver-Carone”. “Que nadie se equivoque, el verdadero objetivo de esta gente somos nosotros”, admiten en Cuba.

La estrategia de Washington con Venezuela está clara. Con Cuba en vísperas de celebrar un referéndum -celebrado el pasado 24 de febrero- para aprobar una reforma constitucional que ha provocado una discusión inédita y con la economía en estado de extrema tensión, empezó a esbozarse una idea del ‘Mambrú’ John Bolton: que la isla quede incluida de nuevo en la lista de países patrocinadores del terrorismo -de la que la había sacado Obama en 2015- y activar el título III de la ley Helms-Burton, que permitiría a los cubanoamericanos demandar a individuos y compañías extranjeras por propiedades confiscadas por el Gobierno de Cuba. Una vuelta de tuerca más a la presión y al miedo, para propiciar el aislamiento.

“Sesenta años después del triunfo de la Revolución, Cuba ha demostrado que tiene un máster en supervivencia, una de las claves, la unidad”

El embajador español en La Habana, Juan Fernández Trigo, declaraba que ni España ni Europa aceptarían medidas extraterritoriales. Donald Trump y Jhon Bolton anunciaban que tenía un plan B, C, D, E y F para Venezuela, y el canciller cubano, Bruno Rodríguez, advertía de movimientos de tropas norteamericanas en la región como preludio de una invasión… “Los tiempos de la Guerra Fría han vuelto”. Lo decían varios socios extranjeros de La Habana, tras señalar que hoy la economía cubana está más preparada que antes para asumir el impacto de un cambio abrupto en Venezuela, aunque el golpe sería muy duro. “Sesenta años después del triunfo de la revolución, Cuba ha demostrado que tiene un máster en supervivencia, una de las claves, la unidad”. Ya no está Hugo Chávez. Ni Fidel Castro Ruz. Ni Barack Obama. Y la sociedad cubana está cambiando. Hay que pasearse por La Habana e ir descubriendo el ambiente ‘cuentapropista’ que se vive en sus calles.

La iniciativa privada en Cuba respira. El Gobierno de Miguel Díaz-Canel suavizó de forma sorpresiva un conjunto de normas que restringían el trabajo por cuenta propia, a finales del pasado año. No son comunes en Cuba los anuncios públicos de medidas oficiales que derogan otras adoptadas por decreto-ley en la dirección contraria, más cuando esas van en la línea socialista al uso y son recientes, pero eso es precisamente lo que sucedió meses atrás. En un giro inesperado, el Gobierno del nuevo presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, modificó un conjunto de normas que restringían la iniciativa privada y aumentaban los controles sobre el ejercicio del trabajo por cuenta propia, regulaciones que habían sido muy criticadas por la población.

Las normas para “perfeccionar” el trabajo no estatal entraban en vigor el 7 de diciembre del 2018, y entre las más impopulares estaban las que restringían la capacidad de los restaurantes privados a 50 sillas por establecimiento, prohibían a los cuentapropistas tener dos licencias para ejercer actividades distintas y obligaban a los trabajadores a abrir una cuenta en el banco en la que debían reflejar todas sus actividades. Muchos de los cuentapropistas y dueños de paladares habían expresado su descontento en los seminarios organizados por las autoridades para explicar las nuevas regulaciones, y los negocios más boyantes habían comenzado a despedir a sus empleados debido al freno burocrático que les obligaba a reducir la capacidad. Pero, el anuncio de la derogación se vivió con verdadera euforia en estos establecimientos. En una conocida paladar italiana, el propietario apretaba los puños y saltaba de alegría al escuchar a la ministra de Trabajo y Seguridad Social, Margarita González: “¡Mama mía! Se salvan los que tenían que irse mañana”.

La propia González, encargada de defender las restricciones hasta días antes, fue quien dio a conocer la marcha atrás en televisión con el argumento de que se habían tenido en cuenta las opiniones críticas de los cuentapropistas y que, además, se hacía para no discriminar a los trabajadores privados de los estatales, donde sí está permitido el pluriempleo. Las contramedidas fueron publicadas de inmediato en La Gaceta Oficial, algo que también llama la atención, pues normalmente en Cuba los tiempos legales son más pausados.

Cuando llega Miguel Díaz-Canel había en Cuba 157,000 trabajadores por cuenta propia, hoy son 589,000, el 13% de los ocupados en el país.

Aunque no fue publicado en la prensa oficial y sólo lo sabían los más informados, el cambio se precipitó en la Facultad de Derecho, durante una visita que realizó el presidente Miguel Díaz-Canel. Durante un intercambio con estudiantes y profesores, el heredero de Raúl Castro criticó sin ambages el límite de las 50 sillas y la prohibición de que una persona no pudiera tener más de una licencia, dijo que aquello no tenía pies ni cabeza y anunció al auditorio que lo iba a derogar. En ese momento, cuenta uno de los juristas allí presente, el auditorio se puso en pie y le ovacionó. Con este sorpresivo cambio de rumbo, rectificación, actualización o como se le quiera llamar, Díaz-Canel adoptó, sin duda, la medida más popular de su mandato, que comenzó en abril al suceder en la presidencia a Raúl Castro, que impulsó en 2010 una apertura del sector privado. Ese año había en Cuba 157,000 trabajadores por cuenta propia; hoy son 589,000, el 13% de los ocupados en el país.

Aunque el alcance es limitado, pues no sólo de paladares vive el hombre ni de ellas depende el desarrollo del país, lo hecho tiene impacto nacional y muchos lo han leído en clave política: “Díaz-Canel ha sabido escuchar las críticas y rectificar algo que era un despropósito, y en ese sentido expresa una voluntad y se legitima”, comentaba el propietario de un negocio privado habitualmente crítico con las decisiones del Gobierno. Señalaba, además, otra cosa interesante: lo normal hasta ahora, cuando había un decreto impopular que se decidía no aplicar por contraproducente, es que no se ejecutara y punto. Pero lo de reconocer en público y con leyes el error, es una novedad. “Y eso, en las condiciones de Cuba, es algo valiente”, apuntaba. Hasta ahora la restricción de las 50 sillas existía, pero los dueños de paladares se valían de diversos resquicios legales para ampliar la capacidad, por ejemplo teniendo dos o tres licencias en el mismo local. La nueva resolución establece que el límite ahora estará “en correspondencia con la capacidad de los locales”. Muchos quisieran en Cuba que se continuara con esa línea. Las restricciones contra los ‘cuentapropistas’ llegan hoy de La Yuma, de Miami, Estados Unidos, donde se calientan la cabeza con halcones como John Bolton. Todavía quedan varios anidando en el despacho Oval de la Casa Blanca del republicano Donald Trump.

Un topo en el corazón del Kremlin informó a Estados Unidos de la trama rusa, Washington extrajo al agente en 2017, temía por su seguridad

Coincidiendo con el cese de Jhon Bolton ha salido a relucir una historia de espías entre Estados Unidos y Rusia. Pareciera una segunda parte de ‘El espía que surgió del frío’ es una novela escrita por el británico John le Carré y publicada en 1963. La primera trama se desarrollaba en Inglaterra y Alemania, a principios de la década de 1960, dando una visión del espionaje de la época de la Guerra Fría dura y sacrificada. Su protagonista, un espía inglés llamado Alec Leamas, realiza una operación contra el jefe del contraespionaje de Alemania Oriental. Resultó ser que ésta era mucho más complicada de lo que creía. Hoy, el escenario es el mismísimo Kremlin, en la Plaza Roja de Moscú, donde ‘duerme’ la momia de Vladimir Illich Lenin. Era un funcionario del Gobierno ruso, uno bueno, que entró en la Administración años atrás y fue escalando posiciones hasta llegar al corazón del poder en Moscú: la oficina presidencial del Kremlin. Pero no era uno más. En algún momento, décadas atrás, los servicios de inteligencia estadounidense lo reclutaron como informante y, al llegar 2016, se convirtió en una fuente clave del tal vez mayor escándalo desde la Guerra Fría: la injerencia de Rusia en las elecciones presidenciales de EE UU, con el ánimo de favorecer la victoria de Donald Trump frente a Hillary Clinton.

Conforme el caso de la trama rusa fue creciendo, la prensa empezó a hacer preguntas sobre la investigación de la CIA y sus fuentes. La agencia se puso nerviosa y sacó de Rusia al agente, hoy de identidad y paradero desconocido. Desconocido, al menos, oficialmente. La cadena de televisión CNN avanzó la noticia el lunes y fuentes anónimas de esta Administración fueron confirmando detalles de la operación la pasada semana, material de primera para cualquier novela espionaje. Cuando la CIA planteó a su informante la conveniencia de desaparecer del mapa, tras años de servicios, el funcionario lo rechazó alegando cuestiones familiares. Semejante negativa ante tanto riesgo, según The New York Times, llevó a los servicios de inteligencia a sospechar que su hombre había podido ser descubierto en algún momento y se había convertido en agente doble. El material que les acababa de proporcionar resultaba tan importante que, además, revisaron la veracidad de todo lo que les había filtrado hasta entonces. Meses después, acabó aceptando la oferta de huir de Rusia.

Los agentes de inteligencia advierten de nuevos intentos de injerencia por parte de Rusia en las próximas elecciones de 2020

Este martes, 11 de septiembre, el Kremlin confirmó que el supuesto colaborador de Washington había trabajado en la presidencia, pero sin acceso directo a Vladímir Putin. El periódico ruso Kommersant publicó incluso el nombre del supuesto espía, pero el portavoz del Gobierno ruso, Dmitri Peskov, respondió que ese, en concreto, había sido despedido entre 2016 y 2017. En julio, en plenas vacaciones familiares en Montenegro, el funcionario se esfumó, según dicha publicación. El Comité de Investigación Ruso, una fuerza policial de ámbito nacional, abrió una investigación por asesinato tras la desaparición de este ciudadano y su familia. Según la cadena de televisión pública rusa RT, citada por The Washington Post, el supuesto agente, casado y con tres hijos, había trabajado en la embajada rusa de la capital estadounidense antes de 2010. Con sorna, Peskov señaló también que no podía confirmar que se tratase de un agente de los americanos. “Toda esta especulación de los medios estadounidense sobre quién lo extrajo y sobre quién le salvó es más del género del cómic, de literatura de intriga, así que dejémoselo a ellos”.

La revelación de la identidad de esta persona supone un peligro para su vida, como han recordado este lunes distintas fuentes de la Administración. La suerte de Serguéi Skripal, el exespía ruso que acabó colaborando para la inteligencia británica, está muy reciente en la memoria: en marzo de 2018 él y su hija, Yulia, fueron envenenados por un agente químico, en un intento de asesinato que Bruselas y Washington achacaron al Kremlin. La Administración de Donald Trump echó a 60 diplomáticos como represalia y varios países de la UE lo hicieron con otros tantos. En Estados Unidos aquella fue la segunda gran ronda de expulsiones de diplomáticos rusos en año y medio, después precisamente, de la de diciembre de 2016, en los últimos días de la era Obama, a cuenta de la injerencia en las elecciones presidenciales, que Moscú siempre ha negado. En este contexto, la sintonía que Trump muestra respecto a Putin ha causado estupefacción en  Washington, tanto entre los rivales demócratas como entre los propios republicanos. El mandatario estadounidense llegó a dar la misma credibilidad al presidente ruso que a sus servicios de inteligencia en su cumbre de julio de 2018 -aunque luego matizó sus palabras- y mantuvo, para estupor de los viejos funcionarios de inteligencia, una reunión a solas con él. Mientras el neoyorquino expresa agrado, el Congreso aprueba sanciones contra el Kremlin.

“Mi marido, cirujano del Hospital Ciren, dice que es parqueador de una paladar de la Habana Vieja, cada vez que agarra una kurda”

Mientras, los agentes de inteligencia advierten de nuevos intentos de injerencia por parte de Rusia en las próximas elecciones de 2020. Al sacar a su informante de Rusia en 2017, los norteamericanos perdieron una buena fuente, pero probablemente no la única. ¿Cuántos espías rusos no trabajarán en las oficinas de la mismísima Casa Blanca o el Pentágono en Washington? En las esquinas calientes del Parque Central frente al Hotel Inglaterra y muy cerca de El Floridita donde el escritor estadounidense, Ernest Hemingway, autor de ‘El Viejo y el Mar’, tomaba, en la década de los 50 del pasado siglo XX, a diario, sus daiquiris, donde se discute de pelota y de otros temas,  dicen que un veterano preguntó: “¿Qué bolá con Jhon Bolton, no trabajará para los bolos?”. Las carcajadas unánimes y el choteo de unidad popular de esta esquina caliente preocupan en los serios servicios de inteligencia miamenses, pues están descubriendo que entre los cubanoamericanos se hacen ya cuentos, en la línea de la escuela de Alvarez Guedes, cuestionando cada vez más las medidas adoptadas por el equipo de Donald Trump contra los ‘cuentapropistas’ de la isla, donde trabajan más de medio millón de personas, quienes han visto mermar sus ingresos y propinas ante la ausencia de cruceros que llegaban hasta los muelles del Puerto de La Habana, pegado al Casco Histórico…

Uno de esos cuentos ‘guedesistas’ hace referencia a un cirujano del Hospital de Restauración  Neurológica Ciren, en La Habana. Tras haber realizado varias intervenciones a lo largo del día regresa a la casa del Vedado, en el Edificio López Serrano. Anuncia a su esposa e hija que va a salir a la calle Línea a tomarse una cerveza dispensada, y regresa pronto. Pasan las horas y llega la madrugada. Sus familiares preocupados van a hasta una estación de la Policía Revolucionaria y le explican que el doctor no ha vuelto… “Mire compañera. Solo tenemos en el calabozo a un borracho alto, canoso, fuerte…, quien nos ha comentado que es parqueador de una paladar de la Habana Vieja”, les informa un oficial. La esposa cambia el semblante y le responde: “¡Ese es mi marido!”. “¿Pero no dice Usted que es médico del Ciren?”, le contesta el agente. “Mi marido dice que es parqueador de una paladar de la Habana Vieja, cada vez que agarra una kurda -borrachera-”.

‘Mambrú se fue a la guerra’ es una película española de 1986, dirigida por el desaparecido Fernando Fernán Gómez y protagonizada por él mismo y María Asquerino, Agustín González, Emma Cohen, Nuria Gallardo, Jorge Sanz, Carlos Cabezas y María Luisa Ponte, entre otros. A pesar del título, inspirado la canción francesa dedicada a John Churchill, primer duque de Marlborough con motivo de su participación en la Guerra de Sucesión Española), la obra se basa en la ocultación de un republicano durante la dictadura franquista y principalmente su vida a partir de la muerte de Franco, junto a su familia, a partir de lo cual se les abre toda una perspectiva del mundo distinta. La muerte de Franco, un 20 de noviembre de 1975, día del cumpleaños del expulsado John Bolton, marca un antes y un después en una familia, principalmente por el descubrimiento de que su padre, al que creían muerto durante la Guerra Civil, estaba oculto y sigue vivo…

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