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‘La segunda muerte de Franco’, crónica de Miguel Ángel Aguilar, uno de los testigos directos de los últimos días del dictador en España

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Rememora el ambiente que se vivió en Madrid durante la agonía y el posterior desenlace que abrió la puerta a la Transición Democrática… Han transcurrido 44 años de aquel 20 de noviembre de 1975. Los ciudadanos volverán a las urnas, que les fueron prohibidas desde el final de la Guerra Civil Española, para elegir a su nuevo presidente, en menos de un mes, el 10 de noviembre. El favorito es el socialista Pedro Sánchez, quien anunció que el ‘Caudillo’ será exhumado del Valle de los Caídos, antes del próximo 25 de octubre, tras un largo litigio con la familia Franco ante el Tribunal Supremo de España. La ley ha dado la razón al Gobierno. La figura del dictador sigue estando demasiado presente en la vida de muchos españoles que vivimos aquella historia de miseria y muerte

Santiago J. Santamaría Gurtubay

Había repetido que “quien recibe el honor y acepta el peso del caudillaje no puede darse al relevo ni al descanso”. Era la lucecita de El Pardo, pero entraba en fase de extinción. Al Generalísimo la muerte le fue siendo administrada por los suyos en dosis cuidadosas bajo el control del yernísimo, doctor Cristóbal Martínez-Bordiú, marqués de Villaverde, que prolongó su agonía, sin ahorrarle los padecimientos más refinados, infligidos con un encarnizamiento que ni sus peores enemigos hubieran sido capaces de imaginar. Era 1975 y, terminado el recreo de agosto disfrutado en el Pazo de Meirás, el general Franco y todo su séquito regresaban a Madrid, donde se barruntaban acontecimientos que en modo alguno querían perderse.

La recta final se abría con los cinco fusilamientos del sábado 27 de septiembre, a los que había dado el enterado el Consejo de Ministros celebrado la víspera, viernes, en el palacio de El Pardo. Era el prestigio del terror, al que se refería Arturo Soria y Espinosa como clave fundamental para entender la perduración del régimen. El Caudillo en el umbral de su despedida para siempre ofrecía esa última lección para garantía y seguridad de sus más fieles. Había prometido aquello de “mi pulso no temblará” cuando su exaltación a la Jefatura del Estado el 1 de octubre de 1936 y seguía fiel a su promesa 39 años después, sin acusar temblor alguno al confirmar 5 de las 10 penas de muerte impuestas por la jurisdicción castrense. De la preocupación por este asunto de los pulsos inalterables dejaba constancia el ministro Laureano López Rodó, quien en sus memorias señala como requisito indispensable para acceder a la máxima magistratura estar en condiciones cardiológicas de mandar al paredón a quien hiciera falta. Cuestión distinta es que don Juan Carlos fuera a prestarse a menesteres como el de firmar inconmovible penas de muerte.

A partir de las ejecuciones estalló la protesta internacional contra el régimen, que incluyó quema de embajadas y consulados. La respuesta del búnker rampante fue orquestar una manifestación de adhesión inquebrantable a Franco y de dignidad nacional ofendida cuatro días después, el 1 de octubre, con salida al balcón de palacio sobre la plaza de Oriente del anciano autócrata para corresponder a las aclamaciones. Por sus aplausos los conoceréis y de nuevo resonaba el ¡vivan las caenas! que gritaban los serviles en 1814 a favor del absolutismo. Por esos días entraba también en el calendario político la VIII Ronda de Negociaciones Hispano-Norteamericanas para la renovación de los acuerdos de defensa y se precipitaba hacia el conflicto abierto el asunto del territorio del Sáhara Occidental.

La madrugada del miércoles 15 de octubre Franco había tenido un “infarto silente” certificado por el doctor Vicente Pozuelo Escudero, del que sólo se daría noticia seis días después, pero en aras de la simulación ni siquiera se había alterado la rutina de las audiencias civiles ese día. El jueves 16 el rey Hassan II hacía el anuncio de la Marcha Verde concertada con Washington, que movilizaba una ingente multitud de desarrapados con el propósito de forzar la frontera que había sido minada por las fuerzas españolas. Como escribió un periodista amigo en el semanario Posible, “nadie quería morir por el Sáhara” y “cuando Kissinger dijo: ‘El Sáhara para Marruecos’, la luz se hizo”. La respuesta de Madrid fue destacar a Rabat al ministro del Movimiento, José Solís, para tratar “de cordobés a cordobés” con Hassan.

El viernes 17 se celebraba el Consejo de Ministros con Franco conectado a un monitor para controlar el electrocardiograma desde la sala contigua. El domingo 19 el paciente sufría una fuerte crisis de extrasístoles, cumplía el precepto dominical y recibía la extremaunción administrada por su capellán, el catalán monseñor José María Boulart, como medida cautelar atendiendo a las indicaciones de su esposa. El lunes 20 recibía al Príncipe para tratar de la Marcha Verde. Y en la madrugada del martes 21 sufría un nuevo infarto y se difundía el primer parte médico, de redacción deliberadamente oscurecida para eliminar toda referencia a la fecha de inicio del proceso y eludir el término infarto, que lo hubiera hecho comprensible para el público. Señalaba también la vuelta a unas actividades habituales, de cuyo abandono nadie había informado.

Cuando la primera muerte —la tromboflebitis de julio de 1974—, el jefe del Estado fue ingresado en la clínica privada de la Ciudad Sanitaria Provincial que llevaba su nombre, a la que tenían acceso los periodistas. En esta ocasión se optó por proceder a la inversa, trasladando al palacio de El Pardo los equipos y el material clínico necesarios. De esta forma, el entorno familiar se garantizaba un cerco que bloqueaba los accesos a la información. El doctor Cristóbal Martínez-Bordiú se había hecho con el control de la situación prescindiendo de malos modos del doctor Vicente Gil, que había sido el médico personal de Franco desde la batalla del Ebro.

Agravamientos y mejorías del paciente se reflejaban en los partes del equipo médico habitual, redactados con jerga clínica ocultista

El Príncipe, escaldado por el ninguneo del año anterior cuando hubo de asumir las funciones de jefe del Estado de las que fue privado por sorpresa, se resistía a una nueva provisionalidad. Pero hubo de aceptarla el 30 de octubre ante la gravedad de algunos asuntos como el de la Marcha Verde, que intentaba la anexión del territorio a Marruecos. Además, asustaba que en Portugal unas fuerzas armadas educadas en el salazarismo, viéndose inmersas en una guerra colonial en África, hubieran mirado hacia Lisboa y demolido el régimen. De ahí la reacción fulminante al destaparse el caso de los oficiales disidentes de la Unión Militar Democrática. Causas concurrentes para la determinación de don Juan Carlos de viajar el 2 de noviembre a El Aaiún, la capital del Sáhara, donde comprometió que se haría cuanto fuera necesario para que nuestro Ejército conservara intacto su prestigio y honor. Nada más peligroso en ese momento que un Ejército humillado que se vengaría de sus compatriotas.

El lunes día 3 se supo de un súbito agravamiento del paciente y el martes día 4 los médicos, ante un cuadro hemorrágico digestivo incoercible, anunciaban que le intervendrían en un quirófano improvisado en el Regimiento de la Guardia. Desde ese momento, en el entorno de El Pardo se fueron concentrando periodistas y curiosos cada anochecida junto a las tapias de palacio. Las terrazas del bulevar paralelo a su trazado, del Mesón del Gamo a La Marquesita, se veían desbordadas. La aglomeración atrajo a feriantes con sus puestos de churros, azúcar de algodón, almendras garrapiñadas, mantecadas, objetos piadosos, postales, biografías del Caudillo, que se ofrecían a los congregados con la misma neutralidad que en 1931 lo habían hecho al público que contemplaba la quema de los conventos aquel 10 de mayo, reflejada por Josep Pla en la crónicas de Madrid, el advenimiento de la República. Ese ambiente verbenero considerado irrespetuoso fue clausurado por la Guardia de Franco con la expulsión de los mercaderes del templo.

Agravamientos y mejorías del paciente se reflejaban en los partes del equipo médico habitual, redactados en una jerga clínica ocultista que los periodistas intentaban descodificar y hacer inteligibles recurriendo a los facultativos. Luego empezaba la lucha por un teléfono para transmitir. Lucha que sólo se alivió cuando la Compañía Telefónica emplazó un remolque compartimentado en cabinas desde las que llamábamos a las redacciones para dictar o grabar nuestras crónicas. Entonces, el espacio digital estaba aún por inventarse —ni celulares, ni ordenadores, ni tuits, ni tabletas, ni Facebook, ni Instagram, ni WhatsApp, ni aplicación alguna—.

TVE era la única televisión, las emisoras de radio carecían de programas informativos y conectaban obligatoriamente con Radio Nacional para emitir los diarios hablados, que los oyentes llamaban el parte por el arrastre de reminiscencias bélicas. La inminencia del “hecho biológico”, eufemismo para referirse a la muerte de Franco, había encendido la susceptibilidad de las autoridades. Cundían los secuestros de diarios y revistas y los procesamientos como el del director de Ya, el periódico de la Editorial Católica, por publicar una columna que firmaba Tácito, seudónimo colectivo donde confluían elementos tan subversivos como Marcelino Oreja y similares.

El viernes día 7 Franco había sido trasladado de urgencia a la Ciudad Sanitaria de la Paz, donde se le intervenía de nuevo para acabar con las “heces en forma de melena”. Quedaba ingresado en la primera planta. Había un cambio de escenario y la infame turba de periodistas quedaba instalada en el vestíbulo de la Clínica de la Sanidad Pública. Era incesante el desfile de figurantes del régimen deseosos de que los periodistas y las cámaras dejaran constancia de su visita, calculando que así sumaban puntos. Fuera merodeaban curiosos y excéntricos que aportaban reliquias variadas y mantos de vírgenes milagrosas o que permanecían de rodillas, brazos en cruz, orantes, para llamar la atención.

El viernes 14 se firmaba en Madrid el Acuerdo Tripartito, suscrito por España, Marruecos y Mauritania, que suponía poner fin a nuestras responsabilidades como potencia administradora y traspasarlas a una comisión integrada por los tres países. Ese mismo día Franco, siguiendo su particular viacrucis, entraba en el quirófano por tercera vez. Su hija, Carmen, intentaba que le dejaran morir en paz mientras Cristóbal Martínez Bordiú lo necesitaba con vida al menos hasta el día 26, fecha en que podrían renovar el mandato de Alejandro Rodríguez de Valcárcel como presidente de las Cortes, del Consejo del Reino y del Consejo de Regencia. Confiaban en que con él se garantizaban el bloqueo de cualquier cambio político indeseado. Todavía el Pleno de las Cortes encontraba un momento el martes 18 para aprobar la descolonización del Sáhara, que en su día fue declarado provincia española.

Franco moría a las 3:40 del jueves día 20. Radio Nacional informaba a las 6:10. Los periodistas de guardia en el vestíbulo se habían activado desde el principio y alertado a sus compañeros. Recuerdo haber llegado a casa sobre las tres de la madrugada y estar de regreso antes de las cinco. El presidente del Gobierno, Carlos Arias, empezaba su mensaje: “Españoles, Franco ha muerto”. Luego leía un texto presentado como su testamento que terminaba “Arriba España” y “Viva España”. La primera grabación había sido defectuosa y Arias, como un actor consumado, volvía a sollozar sin problema en las tres versiones sucesivas. Desde el primer momento se puso en marcha la Operación Lucero. Capilla ardiente en el Salón de Columnas de palacio. Relevos en los turnos de vela. Larga hilera de quienes quieren presentar sus respetos o hacer sus comprobaciones, que sigue por Bailén y Mayor hasta la Puerta del Sol. “Madrid, Fernando hijo mío, era una ciudad sitiada por la pena”, se atrevió a escribir, tomando la parte por el todo, un joven columnista, muy encomiado en las páginas del diario Arriba, santo y seña de la cadena del Movimiento.

Las delegaciones internacionales acreditadas en la proclamación del Rey fueron de ínfimo nivel. Por el lugar señalado, el Pleno de las Cortes del régimen, y por la fecha elegida, el sábado 22 de noviembre, fue difícil de disociar de las exequias y entierro de Franco pautado para el día siguiente. El siniestro dictador chileno general Augusto Pinochet, de uniforme con capa, era la figura de mayor rango en la tribuna de invitados del Salón de Sesiones. Allí, don Juan Carlos, en su primer discurso como Rey, tomaba la bandera de la concordia e intentaba que la esperanza se expresara con razón, sin suscitar recelos bloqueantes. El Rey se estrenará con un decreto de indulto promulgado el martes 25 de noviembre que afectaba a más de 12,000 encausados.

El domingo 23 hubo misa funeral por todo lo alto en la plaza de Oriente, oficiada por el arzobispo de Madrid y presidente de la Conferencia Episcopal, cardenal Vicente Enrique Tarancón, a quien el búnker pedía a gritos enviar al paredón. Luego siguieron las pompas fúnebres con el cortejo y el entierro en el Valle de los Caídos, en la tumba que hacía pendant con la de José Antonio y con los abades correspondientes de la basílica. El lunes 24, ETA vuelve para asesinar al alcalde de Oyarzun, Antonio Echeverría Albisu.

Era necesario y urgente imaginar un momento separado y un escenario distinto para brindar a los dignatarios extranjeros la oportunidad de respaldar al nuevo Rey. Había que buscar un ambiente y una fecha distinta, y por esta vez la Iglesia, fundida tantos años con el dictador en el nacionalcatolicismo, se convirtió en la Iglesia de la concordia, y el cardenal Tarancón prestó un servicio de primera en la buena dirección con su homilía en la “misa del Espíritu Santo” celebrada en la madrileña iglesia de los Jerónimos en la mañana del jueves 27. Don Juan Carlos rehusó entrar bajo palio. Sabía que sólo renunciando ganaría el favor de los españoles. Había recibido unos poderes omnímodos, pero no quería encarnar una monarquía al modo alauí con súbditos, sino sólo ser el Rey de ciudadanos libres.

Allí en misa estuvieron como testigos el presidente de la República Francesa, Valéry Giscard d’Estaing; el vicepresidente de Estados Unidos, Nelson Rockefeller; el duque de Edimburgo, consorte de la reina Isabel II; el príncipe Alberto de Lieja, heredero de Bélgica; el presidente de Irlanda; el príncipe Mohamed, heredero de Marruecos; el primer ministro de Egipto y representantes de todas las casas reales europeas. A la salida del templo desfilaron ante los Reyes las tropas que les habían rendido honores a su llegada. Los dignatarios quedaron congelados unos minutos en la escalinata donde los fotógrafos les inmortalizaron. Luego, todos a palacio. En las calles apenas se notaba la solemnidad del día. Pero empezaba decidida y con buenos augurios la que llamaríamos Transición.

El Valle de los Caídos se cierra un 12 de Octubre, conmemorativo del descubrimiento de América por Cristóbal Colón en 1492

Después de 15 meses, la lenta cuenta atrás aún vivirá algunos días más de rumores y dudas, pero ya hay una certeza: los restos del dictador Francisco Franco saldrán del Valle de los Caídos antes del 25 de octubre, a solo dos semanas de las elecciones. No hay fecha cerrada, pero sí franja. Lo más probable, según el Ejecutivo, es que se haga entre el 18 y el 22. El recinto se cerrará desde este sábado para poder preparar los trabajos y evitar las protestas. Y el traslado se hará probablemente en helicóptero para evitar también posibles manifestaciones de franquistas. El Consejo de Ministros, por orden del presidente, Pedro Sánchez, que ha llevado en persona el asunto dada su trascendencia, ha aprobado la finalización del expediente que la exhumación de Franco se ejecute en una fecha desde hoy hasta el 25 de octubre, según ha comunicado este viernes la vicepresidenta del Gobierno en funciones, Carmen Calvo.

La intención del gobierno de Pedro Sánchez era que los restos del dictador salieran del Valle de los Caídos rumbo al cementerio del Pardo-Mingorrubio antes de que comenzara la campaña electoral del 10-N. “Hemos determinado disponer un espacio de tiempo, que va desde hoy hasta el 25 de octubre, para proceder a tomar las decisiones técnicas y de seguridad que nos permitan la exhumación y la inhumación de Franco. Lo haremos con las mejores condiciones de eficacia, seguridad y respeto a los restos de una persona”, ha precisado Calvo. La vicepresidenta cree que no habrá ningún problema para entrar y no está preocupada por la resistencia del prior del Valle ni de la familia porque el Gobierno tiene detrás una sentencia por unanimidad del Tribunal Supremo. “Esto es cosa juzgada. Artículo 123 de la Constitución. Final de término. El 25 de octubre los restos de Franco ya no estarán en el Valle de los Caídos”.

Ante la sorpresa por el cambio de opinión de última hora -estaba previsto que se anunciara una fecha concreta y una horquilla- la vicepresidente ha argumentado cuestiones de seguridad y de procedimiento. “Necesitamos días para tener el Valle de los Caídos cerrado, con las condiciones técnicas adecuadas”, ha argumentado la vicepresidenta para justificar que no den una fecha cerrada para la exhumación. El Ejecutivo en funciones avisará a los familiares del dictador con 48 horas de antelación para que puedan asistir, si lo consideran oportuno, y se ha marcado la discreción que corresponde al tratamiento de los restos de una persona. “Supone cerrar con dignidad lo que no era digno”, ha añadido. La Moncloa tenía ya muy avanzado el operativo para exhumar los restos del único dictador europeo enterrado en un mausoleo de Estado bajo una enorme cruz visible desde varios kilómetros de distancia en una de las principales carreteras de acceso y salida a Madrid, la A-6. Ha habido mucho debate técnico sobre cómo sacarlos y sobre todo sobre cómo trasladarlos hasta Mingorrubio, a 50 kilómetros del Valle de los Caídos. El helicóptero parece haber ganado enteros, por las palabras de la vicepresidenta, aunque no está cerrado.  “No descartamos en absoluto ese medio de transporte”, ha precisado Calvo.

El prior de la Basílica del Valle de los Caídos y el derecho canónico que considera el lugar “inviolable” por ser un espacio de culto religioso

El prior de la Basílica del Valle de los Caídos, Santiago Cantera, ha confirmado en los últimos días a varios medios de comunicación, siempre en contactos sin cámaras ni grabadoras delante, que no opondrá “resistencia física” a la exhumación del dictador ni a la entrada de las personas que la vayan a lleva a cabo en cumplimiento de las órdenes del Gobierno. Así se lo ha contado a la revista Vida Nueva, también a un redactor del programa Al Rojo Vivo, de la Sexta, y a una redactora de El programa de Ana Rosa, de Tele 5. Fuentes directas han ratificado que el prior nunca ha pensado en ofrecer ningún tipo de resistencia física a ese plan del Gobierno, que debe ejecutarse antes del 25 de octubre, y que las únicas vías que ha defendido siempre han tenido que ver con los recursos legales, que seguirá implementando ahora con recursos ante el Tribunal Constitucional.

Uno de los 20 monjes de la Abadía volvió a insistir este mismo viernes, en uno de esos contactos discretos con los periodistas, sobre la idea de que su rechazo a la exhumación se sustenta en su criterio de la prevalencia del derecho canónico que considera el lugar “inviolable” por ser un espacio de culto religioso frente al derecho vigente en España y los reales decretos aprobados por el Gobierno legítimo, repaldados por el Parlamento y ahora refrendados por sentencias del Tribunal Supremo. El prior llegó incluso este viernes a reconocerse “tranquilo, aunque ni optimista ni pesimista” sobre su situación y añadió que ha querido “actuar en conciencia”. En otra de esas charlas privadas con los redactores, Cantera aprovechó para rebatir la tesis de que aún siga siendo una persona de ideas falangistas, aunque en su momento llegó a figurar en una lista electoral ligada a ese movimiento. Y se explicó: “Yo he sido falangista en un momento puntual de mi vida y desde ese momento se quiere explicar todo”. Y retó a sus detractores a que se lean sus 20 libros publicados para conocer su verdadero pensamiento.

El cura ex falangista cuestionó el ‘placet’ del Vaticano y dice no temer un ‘cese’ de sus superiores o del Papa Francisco

Santiago Cantera ha negado que nunca haya sostenido que tenía pensado tensar esta crisis con el Gobierno hasta sus últimas consecuencias aunque sí defiende su derecho a llegar hasta el final por las vías legales. El prior dice no temer una desautorización de sus superiores o del Papa ni que le cesen de su actual destino y asegura que si eso sucediera acataría esa decisión. El operativo contará con la presencia de un forense y de la ministra de Justicia, Dolores Delgado, tomará parte del proceso como notaria mayor del Reino. Eso no implica que tenga que realizar ninguna pericia, sino supervisar la operación por si el féretro no estuviera en buen estado. Bajo la lápida, de 1,500 kilos, hay una caja de zinc que puede costar abrir. Han pasado 44 años desde el entierro y por esa zona pasa una corriente de agua. La intención del Ejecutivo es que esta parte del operativo, que se realizará dentro de la cripta, se haga de forma reservada, sin la presencia de las cámaras, con algún tipo de biombo o algo similar para que no se puedan tomar imágenes tampoco desde lejos. Pero la vicepresidenta ha aclarado que los medios de comunicación nacionales e internacionales sí podrán estar en otros lugares públicos, en especial en la explanada que da acceso a la basílica, para poder ver salir los restos del dictador antes de ser trasladados a Mingorrubio.

La familia del dictador sigue tratando de frenar la exhumación en los tribunales. El letrado de los Franco presentó este jueves ante el Tribunal Constitucional un recurso contra la decisión del Supremo de dar vía libre al traslado de los restos. El escrito, de 120 páginas, solicitaba que se adoptara la suspensión cautelarísima de la exhumación. El Supremo dictaminó por unanimidad que los restos serán exhumados y llevados al cementerio de Mingorrubio, donde ya reposan los restos de la esposa de Franco, y no a la catedral de La Almudena, donde están los de su hija. El alto tribunal archivó este jueves, a petición del Ejecutivo, la suspensión cautelar que mantenía sobre el plan del Gobierno y que había sido motivada por tres recursos (el de la comunidad benedictina del Valle de los Caídos, la Fundación Nacional Francisco Franco y la Asociación para la Defensa del Valle de los Caídos) que todavía estaban abiertos. El Supremo ha aclarado en al menos dos ocasiones que el Ejecutivo no necesita autorización para entrar en la abadía y que se puede utilizar como salvoconducto la sentencia del pasado 30 de septiembre con la que el Supremo dio luz verde a la exhumación. También ha dictaminado que no hacía falta licencia de obras.

Lágrimas en México por las víctimas de Franco que buscan a sus parientes en las cunetas, ‘El silencio de otros’ se proyecta en el Ateneo

Lo que describe María Martín casi sin voz es una escena inequívoca del terror franquista: su madre y otras dos mujeres con la cabeza rapada siendo escarnecidas por las calles del pueblo como atroz antesala de su asesinato. “Los muchachos íbamos detrás, pero no me dejaban arrimarme a ella”. Tenía seis años y siempre le persiguió el mismo afán: sacar los huesos de la madre de la cuneta para enterrarla con el marido. Escribió cartas y cartas a las autoridades reclamándolo y un franquista le dijo un día que su deseo se cumpliría “cuando las ranas críen pelo”. María murió esperando ese milagro. Ahora lo está contando en la pantalla del Ateneo Español en México y los espectadores lagrimean sobrecogidos. María lleva al cuello la medalla con la foto de la madre fusilada. En la sala de proyección, descendientes del exilio lloran la desgracia de una guerra y la miseria de una democracia que no supo cerrar las heridas. Lloran el exilio interior, millones de personas a merced de sus enemigos.

La película de Almudena Carracedo y Robert Bahar, ‘El silencio de otros’, que también estremeció en la Berlinale, donde ganó el año pasado un par de premios, relata estos últimos años en España, espantando el miedo y escarbando en la tierra en busca de la memoria. Los protagonistas son los torturados en los sótanos de la Dirección General de Seguridad, ancianas que arrastran su cansada osamenta por el camino que lleva a la fosa de la ignominia, nietos en pos de justicia, jueces que no desfallecen, arqueólogos, madres que perdieron a sus hijos. Y el tiempo. Cada anciano que muere es un testimonio que se pierde, cada carretera que se construye sobre los cráneos agujereados de bala es una historia que se quedará sin final. “En España hemos sacado unos 9,000 cadáveres en la democracia. Nos quedan alrededor de 114,000 pero por la experiencia de estos últimos años no creo que consigamos más que la mitad de ellos o algo menos”, se resigna el arqueólogo René Pacheco, ahora afincado en México, que ha participado en estos desenterramientos por más de una década y al que también se le puede ver emocionado en la película. Pacheco señala otros dos obstáculos que pesan más que una losa en la búsqueda de los asesinados: las dificultades que plantean los Gobiernos, la ley de Amnistía española y el miedo “que aún perdura” y se quiebra apenas cuando van saliendo a la luz los huesos. Entonces la gente del pueblo se anima a contar lo que callaba. Y no hay un pueblo en España que no tenga víctimas de la represión franquista, dice el documental que este mes se proyecta en diversas salas mexicanas previa parada este jueves en el Ateneo Español. Antes, en mayo, se proyectó en el colegio Madrid, otra sede emblemática del exilio español, para la reflexión de padres y alumnos. La intención de la sección Resistencias, una serie de documentales que la organización Ambulante ha proyectado, es despertar el debate sobre la verdad, la memoria y la justicia.

Con la voz entrecortada intervino en la mesa posterior a la proyección la vicepresidenta del Ateneo, Josefina Tomé Méndez. Descendiente de exiliados, se proclama orgullosa de la lucha incesante, hasta la muerte, que han mantenido los huérfanos de aquellos asesinados en las cunetas y en las tapias de los cementerios, los que sufrieron en sus cuerpos desnudos el martirio y viven hoy a solo unos metros de conocidos torturadores de la dictadura española como Billy el Niño. Se emociona Josefina, y se dice portadora del ‘gen rojo’ que menciona el documental, ese que el médico franquista Vallejo Nágera quiso buscar en decenas de personas para extirparlo, siguiendo el manual de los nazis. “No lo encontró, pero sí que existe y yo me siento orgullosa de tenerlo”, afirma. Es el gen que Josefina Tomé detecta en todos esos protagonistas del documental, a quienes agradece su perseverancia por la justicia. El gen de Ascensión Mendieta, que meses antes de morir pudo dar sepultura a los huesos de su padre: “Toda la vida bajo tierra”, clamaba. Su llanto conmociona al Ateneo mexicano. Es también el gen de María Martín, que arrugada y maltrecha, deja flores a un lado de la carretera y señala la fosa, quizá ya bajo el asfalto. Su voz está en las últimas y hay que afinar el oído para descifrar el relato del horror. “Cuando íbamos por el pueblo me hacían así [se pasa el dedo por el cuello a modo de cuchilla]. No debíamos haber dejado ni simiente, me decían”. Pero la dejaron. Ahora es su hija la que lleva el gen de la lucha por la justicia y la medalla con la foto de su abuela asesinada.

La memoria del pueblo no falla en las exhumaciones, la sabiduría popular ayuda en las excavaciones de ‘desaparecidos’ en 1936

“¡Es un coxis!”. El aviso sobrevuela el páramo de La Riba de Escalote (Soria). Son las 10:01 del viernes y los investigadores han encontrado dos esqueletos. Minutos después ven un cráneo fracturado por, según los especialistas, disparos. A las 12:56 aparece, a seis metros, otra fosa con dos individuos. Las calaveras presentan los mismos signos. Archivos históricos y el recuerdo popular narran que Adolfo Morales, Silverio Lumbreras, Gregorio Valdenebro y Alberto Rodrigo desaparecieron tras salir de la cárcel de Almazán el 16 de septiembre de 1936. Lo único que tenían en común era pertenecer a grupos de izquierda, tanto es así que cuatro sobrinos de Silverio depositan rosas rojas sobre la fosa. Francisca Lumbreras desea “dignificar su recuerdo”, pues el padre de su tío “murió de dolor”. Ahora quieren juntarlos en el cementerio de Soria.

El enterramiento clandestino, donde permanecían gafas, botones y hebillas, lo ha descubierto Recuerdo y Dignidad, una asociación soriana que lucha por recuperar la memoria histórica. Tras confirmar nombres y circunstancias con libros como La represión en Soria durante la Guerra Civil, se afanaron en localizar a los parientes. Solo unos análisis, previstos para finales de año, separan a los vivos de saber quiénes son sus muertos. La prospección comenzó en julio, cuando dieron con unos pies y un cráneo con óxido de proyectil, relata Iván Aparicio, presidente de la agrupación. Llamaron a la Guardia Civil y a la policía judicial, que contra lo que suele ser habitual judicializó la exhumación y envió esos restos al Instituto de Ciencias Forenses de Madrid. “Nos han pedido el listado de familiares para hacer pruebas de ADN”, detalla. Así se explican los guardias civiles que asisten a la prospección y al levantamiento el sábado por la tarde.

El antropólogo forense Paco Exteberría, avalado por 20 años de experiencia, 700 fosas y 9,000 esqueletos, dirige la exhumación, gestionada por la sociedad de ciencias Aranzadi, que ha colaborado más veces con Recuerdo y Dignidad. Disponen de una subvención de 25,000 euros que da la Junta de Castilla y León para casos de Memoria Histórica. Para saber dónde estaban los cuerpos fueron esenciales las “versiones orales, que suelen ser fiables”. “En Castilla”, añade, “se cree que el cereal crece más donde hay fosas comunes. Tienen parte de razón por los nutrientes que aportan los cuerpos”. La sabiduría popular no falló. Al paraje lo llamaban ‘El bacho de los muertos’. En La Riba de Escalote apenas nueve personas siguen empadronadas. Entre las casas abandonadas solo se asoman Primitiva García, nacida en 1936, y sus gallinas. Sobre los fusilamientos dice, tímida, que “eran otros tiempos”.

Lucía Rodrigo llora al ver desenterrado a quien cree que es su abuelo. Viene desde Lleida con cuatro familiares de aquel sastre asesinado a los 32 años. “Lo último que dijo fue: ‘Dale un beso a mi mujer y a mis hijos’ solloza su nieta 83 años después. ¡Franco tendría que estar aquí y no en un panteón!”, exclama. A su lado, Etxeberría y Aparicio agradecen que el juzgado de Almazán haya judicializado el caso. “Otras veces tratan los esqueletos como restos arqueológicos y no como víctimas. Así es imposible demostrar jurídicamente que fueron asesinatos por motivaciones ideológicas en la Guerra Civil”, sostienen. Si la justicia archiva la causa, como temen, sopesan acudir a tribunales europeos o a la ONU. La prospección parece una obra de ingeniería, con antropólogos, forenses o biólogos asistidos por un dron y la ayuda de Paula Escuer, de 13 años. Quiere ser bióloga marina, pero con el beneplácito de su profesor de historia acompaña a su madre, forense. Confiesa que aprende más ahí que en clase. Minutos después, encuentra unas falanges.

Los familiares ponen en una fosa cartas enviadas por el preso Silverio desde prisión en 1936. Ese 14 de septiembre escribió sobre su deseo de libertad: “Tengamos paciencia, todo llegará”. Lo único que le llegó, dos días después, fue la muerte. Carmen Heros, de 68 años, mira sin ver hacia los esqueletos. Adolfo Morales era primo de su madre, quien nunca contó nada “por miedo”. Guillermo Morales, sobrino de Adolfo, razona por teléfono desde Mallorca que lo lógico es llevarlo a Soria, como sugiere Carmen. Los descendientes aspiran a enterrar a los exhumados mientras se resuelve el caso y no después. Ahora aguardan a que la justicia emita, tras los análisis, una resolución. El sábado es día de discursos, abrazos y más flores. El anciano Francisco Valdenebro planea despedirse de su tío en su pueblo, Berlanga. Lleva días soñando que coge los huesos, se los lleva a casa y habla con ellos. Ya queda menos para que Adolfo, Silverio, Gregorio, Alberto y sus familias puedan, por fin, descansar en paz.

‘Daguerrotipo de un dictador’ de Manuel Vicent: “Deseaba que su falo se transformara en una gigantesca cruz de granito orlada de evangelistas”

“Sin duda una de las personas que conoció más profundamente la psicología de Franco fue Pedro Sainz Rodríguez, su amigo de juventud en Oviedo, conspirador durante la República, ministro de Educación mientras duró la guerra civil y exiliado monárquico después. En los últimos años de su vida tuve el placer de almorzar algunas veces con este personaje sabio y mordaz, y de sus labios empastados con salsas muy selectas que se le derramaban sobre la servilleta anudada en su nuca carnosa oí algunas opiniones acerca del dictador que componen a mi juicio su perfil más verídico. ‘Yo era catedrático de Literatura de la Universidad de Oviedo y Franco durante sus permisos de África se acercaba por allí para hacerle la corte a doña Carmen y ella le daba calabazas porque su padre consideraba que la profesión de Franco era muy peligrosa. Carmencita, cualquier día te lo mata un moro ¿y qué hacemos? Ser legionario era entonces como ser torero. Paseé muchas noches con él después de cenar por la plaza de la Escandalera hasta las tres de la madrugada y Franco, todo un comandante, no paraba de gimotear, ¿se imagina usted a Franco lloriqueando y sorbiéndose los mocos con un pañuelo? y yo le decía: Nada, Paco, tu insiste y ya verás cómo al final la consigues. Como así fue’. La consiguió. Pero matar a Franco tampoco era tan fácil como creía su suegro. Cuando en Marruecos iba al frente, antes de entrar en combate, sólo tomaba un vaso de leche y gracias a eso se salvó del tiro que le pegaron en la barriga. Si se hubiera atiborrado de chorizos y cazalla como hacían otros militares para darse valor no habría sobrevivido…”, Inicia su columna el escritor español Manuel Vicent.

“Era muy precavido, nunca sacaba el pecho de la trinchera y no presumía de esa cosa tan española de no querer escolta. ‘A mí que me pongan toda la policía que haga falta’, decía después cuando ya era dictador. Un día iba Sainz Rodríguez con Franco en aquél Mercedes blindado que le había regalado Hitler y al mirar por una ventanilla veía una cola de caballo, miraba por otra y veía la cola de otro caballo. ‘Mi general, el panorama que tiene usted desde este coche no es muy divertido’, comentó el ministro. Franco le contestó: ‘Sí, sí, pero fíjese bien, no hay forma humana de meter el brazo y de que me peguen un tiro, jí.jí.jí’. Franco tenía muy desarrolladas sólo las virtudes menores. No era noble, magnánimo o preclaro, sino taimado, obstinado, receloso, desconfiado, con un instinto finísimo para percibir el lado malo o débil de cada persona que sabía aprovechar muy bien en beneficio propio. Por eso quedaba desconcertado cuando alguien por simple decoro se mostraba renuente a aceptar algún cargo o prebenda. ‘No es posible, pregúntenle, pregúntenle, investiguen, que algo querrá’. ‘Excelencia, realmente ese hombre no desea nada’. ‘No es posible -contestaba el dictador- pregúntenle, investiguen mejor y verán como oculta algo’.

Desde muy joven Franco se nutrió casi exclusivamente de las primeras experiencias que recibió en Marruecos. Este fue el principio fundamental de su vida: creer que a las personas se las somete con las dádivas o con el terror y en ambos casos hay que llegar hasta el fondo. ‘Al amigo, una cántara de leche de camella, al enemigo, una patada en la tripa’, se dice en la cultura árabe. Allí el concepto de adversario político no existe, si no estás conmigo estás contra mí, y esta enseñanza cainita se la trajo el dictador a España. Por otra parte desde sus tiempos de teniente africanista asimiló el boato fastuoso e impúdico del Sultán como algo natural y eso le permitió adornarse sin sonrojo con la guardia mora y vivir en un palacio con las 18,000 hectáreas de los montes del Pardo a su disposición, acordonar 20 kilómetros de un río para pescar una trucha, hacerse acompañar de un destructor de la Armada en busca de un cachalote, poner a un guardia civil de plantón cada cien metros en la cuneta desde Madrid a Cazorla cuatro horas antes de que él pasara por esa carretera a matar perdices o venados.

“Volver orgullosos a vuestra patria, los españoles nunca olvidaremos que Carlos V era un rey alemán”, arengó a los que bombardearon Gernika

En realidad sólo era un militar. Tenía en la cabeza una papilla somera ligada con algunas ideas extraídas de aquí y de allá del Tradicionalismo y de Acción Española, con cuatro tópicos de la Historia de España y lugares comunes sobre los peligros del comunismo, las asechanzas de la masonería y del valor patriótico que le sirvieron de adobo para su guión de la película ‘Raza’. Consideraba que toda España era un cuartel bajo su mando, por tanto a los ministros los trataba como coroneles y los dejaba hacer a su aire en su respectivo regimiento o ministerio. En principio tuvo alguna veleidad literaria pero no una ambición política. Antes del golpe del 18 de Julio el general Sanjurjo hizo firmar un papel a todos los demás generales conjurados para que indicaran el cargo que querían cuando el Alzamiento triunfara. Franco manifestó expresamente que deseaba el puesto de Alto Comisario de España en Marruecos. Hasta última hora no se decidió entrar en la sublevación. Se sumó a ella con un telegrama al general Mola que decía así: ‘He sido y siempre seré fiel a la República’. Ese acto de adhesión era la contraseña de su traición. De esta forma estaría a salvo si lo interceptaban los servicios de espionaje. Previamente exigió que le pusieran 40,000 duros en Italia, una cantidad que dice mucho de su cortedad de miras.

Durante una de aquellas sobremesas le pregunté a Sainz Rodríguez si Franco tenía afición a la lectura. Me contestó que Franco fue tal vez el único estadista del mundo que no mandó hacerse el retrato clásico de prócer con un libro en la mano. De su corto periodo de ministro Sainz Rodríguez recordaba aquella vez que estuvo arrodillado junto a Franco en un mullido reclinatorio durante una misa en la catedral de Salamanca. El dictador tenía un gordísimo misal en las manos y durante toda la misa no cambió de hoja. Se pasó todo el rato mirando por el rabillo del ojo quien entraba y quien salía. No se sabe si Franco leyó un libro entero alguna vez. Está comprobado que el misal no lo leía, pero unos días antes de que la Legión Cóndor regresara a Alemania quiso preparar el discurso de despedida sin ayuda de nadie y para eso se encerró varias tardes en una habitación donde sólo había el diccionario Espasa. Llegado el momento desde el balcón dijo a los aviadores que bombardearon Guernika: ‘Podéis volver a vuestra patria con orgullo. Los españoles nunca olvidaremos que Carlos V era un rey alemán’.

“En Salamanca firmaba sentencias de muerte en batín, siempre a la hora del desayuno mientras mojaba churros en el café con leche”

Como dictador Franco sólo tuvo una ambición sin fisuras: durar, durar, durar hasta morir en la cama y una vez muerto ser enterrado con honores de faraón y que su falo se transformara en una gigantesca cruz de granito orlada de evangelistas. Contra lo que pueda parecer a simple vista el dictador no estableció una censura ideológica. A Franco el concepto sobre el mundo le traía sin cuidado. Sólo machacaba a quienes se enfrentaban directamente con él o ponían en cuestión su poder. Por eso consideraba que su enemigo más peligroso era Don Juan de Borbón. El comunismo y la conjuración judeo-masónica eran una coartada retórica para cubrirse. Su demonio no estaba en Rusia sino en Estoril. La censura moral la dejó en manos de la Iglesia.

Desde los años de la guerra en Salamanca donde firmaba sentencias de muerte en batín siempre a la hora del desayuno mientras mojaba churros en el café con leche hasta las sentencias de muerte de su último septiembre de 1975 Franco se fue adaptado de forma pragmática como un galápago a la realidad cambiante del país. Cuando al final del periodo de la autarquía se abrió la caja fuerte del Banco de España y allí dentro sólo había un par de gaseosas y un sello de correos llegó el Opus al gobierno y Ullastres le dio unas clases a Franco para explicarle qué era la oferta y la demanda. Logró convencerle de que la peseta no era una bandera nacional que había que enarbolar con orgullo sino una divisa sometida a las leyes del mercado. ‘Bueno, haced lo que haya que hacer. A mí dejadme matar perdices’. A él le bastaba con refregar su victoria por las narices de los perdedores de la guerra cada 18 de Julio, incapaz como fue de olvido y perdón.

Vino la estabilización de 1959. Comenzó la expansión económica, se formó el tejido de una clase media, se fueron los emigrantes a Europa, llegaron los turistas. Cuarenta años son muchos años. Bajo la humillación de la dictadura España fue cambiando biológicamente de piel, la gente logró olvidar la caspa de postguerra, conoció también los beneficios del bienestar europeo y aunque Franco logró expirar en la cama, realmente el franquismo había muerto atropellado por el Seat 600 en plena calle a mitad de los años sesenta. El resto hasta el 20-N de 1975 fue un residuo con gases lacrimógenos. Franco murió rodeado del manto de la virgen del Pilar, del brazo de santa Teresa y de otras reliquias y objetos milagrosos, un mundo negro de Solana que se combinaba de forma surrealista con monitores cibernéticos, tubos y cables en un circuito en medio del cual el cuerpo exangüe del dictador sólo era una parte aunque no ya la más importante. En realidad estaba posando en el lecho de la muerte para que lo fotografiara su yerno, el marqués de Villaverde, convirtiendo aquella agonía en un esperpento más de la Historia de España”.

Del saludo dirigido en la Nochebuena de 1937 a los españoles por el ‘Generalísimo Francisco Franco’ al mensaje de fin de año de 1974

“COMBATIENTES de España: A los que estáis en las trincheras bajo la lluvia y el frío y las balas, yo os envío mi fe ardiente que se une con la vuestra de una próxima y definitiva victoria. A los que en la segunda línea padecéis dolor y sufrimiento -viudas, madres; hijos hermanos- os mando mi piedad y mi gratitud por vuestro esfuerzo que es el combate silencioso de todos los días para que la victoria se alcance en la primera línea, para que sea fecundo y duradero el afán de vuestros combatientes por la instauración de un orden nuevo. A vosotros, trabajadores de España, que dais vuestras fatigas por una España mejor y más justa, yo así os lo prometo. A todos os mando mi aliento y mi cariño. ¡Combatientes de España!, por la victoria de nuestra Causa, que es la Causa del mundo cristiano en la tierra: ¡ARRIBA ESPAÑA! ¡VIVA SIEMPRE ESPAÑA!”. Este el saludo dirigido en la Nochebuena de 1937 a los españoles por el “Generalísimo Francisco Franco”. Todos los años posteriores, desde 1938 hasta 1974, el saludo del 24 de diciembre se convirtió en mensaje de fin de año, todos los 31 de diciembre.

“MANTENER LA UNIDAD: Hemos caminado juntos en momentos mucho más críticos que los actuales y los hemos superado siempre con voluntad integradora, con confianza y, sobre todo, con esa fe y amor a la Patria que nos hacía olvidamos de todo para mantener a toda-costa la unidad. Unidad que significa sentir la convicción de que nada trascendente nos separa, unidad en el propio convencimiento de que todo lo que es importante en la vida de un español o en la Historia de nuestro pueblo nos es vitalmente común. Una misma fe en los destinos de una Patria unida en la riqueza de su diversidad regional, en el afán de perfeccionamiento, sin necesidad de ayudas que no hemos pedido ni vamos a aceptar, de nuestro desarrollo político y en el afán de un desarrollo económico, cultural y, sobre todo, social, que asegure el bienestar de los españoles y afirme su decisión de superar cualquier tipo de tensión que atente contra su propia convivencia. A vosotros, españoles de buena voluntad, me dirijo pidiendo vuestra ayuda, vuestra cooperación y vuestro esfuerzo al servicio de ese apasionante quehacer que asegure la más amplia convivencia nacional. A vosotros, jóvenes de España, os pido que mantengáis vivo vuestro ímpetu generoso y vuestro razonable inconformismo, canalizándolos al mejor servicio de la Patria. Porque a esta juventud, que no conoció las horas amargas del pasado y que ha vivido en el despertar y el resurgir de una Patria nueva, es a la que cabe ahora el honor y la responsabilidad de continuar sin rupturas la labor emprendida. Españoles todos, a los que vivís bajo nuestro cielo, a los que, impulsados por otros estímulos o vocaciones, estáis más allá de nuestras fronteras, yo os deseo un feliz año nuevo, y que Dios nos conceda en él a España y a todos nosotros todo lo que honestamente se pueda desear, unidad, convivencia y paz. ¡Arriba España!”.

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