José José, más allá de la balada y de los homenajes

José José, más allá de la balada y de los homenajes

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José José, más allá de la balada y de los homenajes

No era grande por las grandes canciones que cantaba, sino por las emociones que alentaba su sensibilidad y la cualidad de su voz.

No era Juan Gabriel seduciendo a enormes públicos populares por su empática creatividad y por su intensidad melódica –más allá de la aptitud de sus letras- a la medida de esos gustos masivos.

Era el virtuosismo de sus particulares capacidades interpretativas -naturales y técnicas- lo que lo identificaba y lo definía: las propias y las bien aprendidas, las de los grandes intérpretes, las de los privilegiados y únicos e incomparables en el universo de la música; las de los que saben cantar y cantan y emocionan aun, como en su caso, cuando han perdido la voz; o las de quienes, menguadas casi por completo esas facultades, suelen tener destellos eventuales de inspiración, y recuperar de cuando en cuando algunas de las viejas y más aplaudidas glorias del tiempo perdido.

Pudo cantar obras letrísticas mayores, pero no las tuvo a mano y cantó sólo lo que cantó; y con ellas o sin ellas, no hay criterio de valor que niegue lo irrefutable: cantaba que habría podido encantar a Dios, como alguna vez pudo saberlo ‘La voz’, el mismo Frank Sinatra que fuera admirador suyo.

Y si uno lee “El perseguidor” siente que sabe de lo que habla cuando dice que los grandes genios del arte y el saber de todos los tiempos son tan únicos que su normalidad humana suele estar agobiada por el peso sobrenatural de esa excepcionalidad –que a menudo tampoco se explican ellos mismos ni les interesa; eso es parte de su indumentaria y de su diferencia- donde lo mismo son lo más representativo de la virtud que acerca el imperfecto espíritu de los seres a la perfección última de Dios –o la relatividad suprema de la ajada cultura al absoluto de lo que puede ser la Creación; la finita evolución civilizatoria hacia la inimaginada e inalcanzable eternidad sin circunstancias y azares-, que de todos los vicios, condenables conductas sociales y ruinas pasionales y morales del hábitat de las familias y las buenas costumbres y códigos legales, donde son lo mejor y lo peor según sea el caso y las ópticas del juicio.

Porque José José ahora, como antes Charlie Parker o el autodestructivo Gauguin (de Vargas Llosa), o cualquier otro de esos atormentados y fenomenales miembros de número del club del paraíso creativo y de la especie suicida de Hendrix o Van Gogh –que pueden descender de las mansiones del éxito hedonista a los más sórdidos hospicios postreros de la miseria y la orfandad, y tocar fondo en hórridos arrabales y basureros, pero a los que un solo y luminoso instante de inspirada y sobrehumana y divina comunión de cuando en cuando puede bastar y sobrar para ser felices-, son algunos de los protagonistas celestiales de esa historia de fatalidades y de mala muerte (donde el destino es un puente en equilibrio en que se mece la suerte de la inmortalidad que no es dable a los sujetos ordinarios, por más felices y normales y divertidos o adinerados que sean) que hace el panteón de los ilustres que moran a la vera del saxofonista ‘Johnny Carter’ y a la sombra de una narrativa tan majestuosa como la de Cortázar, su creador, y de una vasta memoria de lo inagotable y lo imperecedero.

¿Que José José no alcanza los umbrales de la gloria universal de los más grandes y no cabe en ese recinto sagrado de los verdaderos profetas y emisarios en la Tierra de los superiores designios del Creador? ¿No, porque quedó atrapado entre las melosas redes del baladismo y la baratura cancionera para el alma cursi de las multitudes?; ¿porque era un mero cantor de tonadas y fraseos para el romanticismo populachero? Pero ¿y qué culpa pudo tener de que su origen y su ámbito y sus escenarios estuvieran tan lejos del glamur de los de Elvis o de Tony Benett, y de este lado del Bravo, para no ir más lejos? ¿Es un problema de mercado o de valor intrínseco? Si le gustaba a Sinatra ¿no tenía los vuelos de sus artistas preferidos y esa estatura superior de los privilegiados? ¿No podrían ser tan fascinantes y tan trascendentes su voz y su proyección emocional y su particular jerarquía estilística para ubicarse junto a figuras como Gardel, Benny Moré y otros personajes de esas dimensiones míticas? Porque parece indudable que no cantó nunca nadie como él en México, y muy pocos lo habrían hecho en Latinoamérica y en buena parte del mundo.

Fue un militante empecinado del escarnio y de la mala vida. Y una voz sobresaliente en el reino de los inmortales. Un ser universal, ni más ni menos. Y un lastre social y moral, claro está. Un pésimo ejemplo para los inmaculados y los castos del bien vivir y morir, ni modo. Y por eso y por su esplendoroso e incomparable y honesto legado musical, el más vivificante y floral de los aromas en medio del humeante y vasto estercolero del recato, la mediocridad y la perversidad natural de las buenas conciencias.

El ‘Amigo Bruno’ -de Cortázar-; el pulcro y sobrio ‘perseguidor’, y admirador del colosal virtuosismo de ‘Carter’, y tan fiel como equívoco y triunfante biógrafo suyo, hubiera dicho también que era un terrible caso perdido. Y jamás hubiera concebido, a pesar de sus sobradas dotes para entender y disfrutar el arte, cómo en un pobre mortal, tan débil y tan incapaz de superar sus fantasmas y sus malos hábitos, pudiera anidar y fulgurar tan indestructible y sólido diamante.

SM

estosdias@gmail.com

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