Entre Juárez y Trump, debía apelarse a la cordura

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ENTRE JUÁREZ Y TRUMP, DEBÍA APELARSE A LA CORDURA

Y ahora… la épica redentora del nacionalismo. A convocar a los chinacos contra los polkos en la defensa nacionalista. Y a embarcarse en la polémica ridícula del ideologismo soberanista.

Los «conservadores» dirán que Juárez fue un traidor de su propio credo -«…el respeto al derecho ajeno, es la paz»- firmando el tratado McLane-Ocampo. Sus enemigos ‘progresistas’ eludirán el debate sobre la decisión juarista de ceder soberanía territorial apremiado por la vulnerabilidad republicana de entonces -pero convencido de que el tratado sería menos pernicioso con la llegada de Lincoln al Gobierno estadounidense y en el contexto de vísperas de la Guerra de Secesión, lo que evitaría la aplicación del tratado y daría la razón a Juárez-. Y todas las evocaciones patrióticas serán estúpidas ante la idea de Trump de calificar oficialmente al narcoterror mexicano como terrorismo.

Porque si el Estado mexicano cumpliera su obligación primaria de garantizar la seguridad de los individuos y la paz social, el de la Unión Americana sabría que su vecino no haría defensas blasfemas de sus derechos, ni él osaría con amenazarlo (ni, mucho menos, seguro del éxito de su beligerancia injerencista y del premio a su hostilidad y a su impunidad).

¿Por qué mejor no hacer una consulta pública entre los pueblos sometidos por el terror de la narcoviolencia, como los del norte de México, por ejemplo, donde las preguntas esenciales a los ciudadanos fuesen: ‘prefiere usted ser rehén del poder de las bandas criminales que controlan su región, o de las fuerzas de seguridad capaces de aniquilarlas y de garantizarle a usted y a su familia vivir en paz’; o ‘siente usted que el Gobierno de su país defiende bien su soberanía cuando el terror de las bandas criminales le impone sus condiciones y le impide cumplir sus responsabilidades constitucionales en perjuicio de usted’; o ‘qué le preocupa más: que el terror de los sicarios lo domine o que su nación pierda soberanía porque la estadounidense interviene en ella para acabar con el narcoterrorismo contra el que no puede el Gobierno de la suya’?

¿Por qué mejor no negociar convenios estratégicos de cooperación anticrimen? ¿Por qué no aceptar que se es incompetente y necio ante el ‘narco’, recurrir a lo mejor de las armas probadas de Calderón para combatirlo -renunciando, por supuesto, a sus yerros y a las prácticas de corrupción que también identificaron su gestión contra las mafias-, y entender de una vez por todas que el ejercicio del monopolio de la violencia del Estado es constitucional porque es necesario para defender los intereses fundamentales de los ciudadanos?

¿Por qué no tener un mínimo sentido de Estado y hacer un ejercicio de lógica básica y de sentido común, en lugar de ese ideologismo barato y anacrónico, uncido a una propaganda pacifista falaz, que, a la postre y ante el reguero de cadáveres más vasto y pestilente de todos los tiempos, sería el panteón de un liderazgo que se siente el más legítimo de cuantos en la historia de la patria han sido?

SM

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