Donald Trump inicia ‘Guerra de desinformación’ para lograr su reelección en las...

Donald Trump inicia ‘Guerra de desinformación’ para lograr su reelección en las presidenciales de los Estados Unidos en 2020

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El Bestiario

Tradicionalmente, el 28 de diciembre los periódicos solían publicar una noticia falsa (algunos todavía deben de hacerlo) para celebrar la festividad religiosa que recuerda a los niños a los que el Rey Herodes mandó asesinar para asegurarse de que entre ellos estaría el que algunos decían era El Mesías. La noticia solía ser una broma y la gracia consistía en ver cuántos lectores se la tomaban en serio, convirtiéndose de ese modo en ‘inocentes’, objetos de la burla ajena. El desapego a las tradiciones unido a la profusión de las llamadas ‘fake news’, noticias falsas elaboradas con una intención perversa, ha hecho que las inocentadas periodísticas hayan caído en desuso, habituados como estamos los lectores a que nos engañen con noticias falsas sin necesidad de que sea el Día de los Inocentes. No seré yo, pues, el que ensaye una, aunque sí me atrevo a recordar algunas de las inocentadas que durante todo el año pasado han gastado unos y otros, a los ciudadanos españoles, que acaban de estrenar Gobierno socialista, con Pedro Sánchez, quien ha dejado de ser presidente interino. La mayor inocentada que han gastado los políticos a los madrileños, vascos, catalanes, gallegos, andaluces, extremeños, castellanos… es que nos han obligado a votar dos veces, como si con una no les bastara para saber lo que piensan y quieren sus electores. Cierto que entre ellos mismos se han gastado inocentadas del estilo; la primera a Pedro Sánchez, al llevarle a la Presidencia del Gobierno para luego no dejarle gobernar, y la segunda a sus opositores, condenados, como Sísifo, a subir a lo alto de la montaña del poder la enorme piedra de sus aspiraciones para verla caer cuando están a punto de llegar arriba (aunque peor ha sido la inocentada que los votantes le gastaron en las segundas elecciones a Albert Rivera, más que Sísifo, Ícaro castigado por su soberbia política y, como él, caído con todo el equipo).

Sin salir de la política, la inocentada de la exhumación de Franco tampoco estuvo mal, pues aun siendo ésta real, les costó a los contribuyentes mucho dinero (hasta el traslado de la familia del dictador y sus anticonstitucionales exigencias los sufragan los ‘gallegos’), y les seguirá costando, pues tanto el cementerio como el panteón en los que se le volvió a enterrar son propiedad del Estado y, por lo tanto, su mantenimiento corre por cuenta nuestra también. ¿Y qué decir de los incontables casos de corrupción política, solventados en su mayoría sin que los condenados devuelvan un solo euro de lo que nos robaron a todos? Hay otras inocentadas de más o menos enjundia, como que los gobernantes catalanes consideren que pueden desobedecer las leyes que a los demás les obligan, o que la Comunidad de Madrid se haya convertido, según los últimos datos económicos, en la región más rica y pujante de España, cuando las autonomías se crearon para descentralizar el poder político y económico. Pero la más graciosa es esa que dice que la Iglesia sigue sin pagar impuestos por su patrimonio, que a la vez engrosa con inmatriculaciones hechas por los obispos sin contar con nadie. Hay más: la negativa de los bancos a devolver los millones de euros que les prestaron en el 2008, cuando les afectó la crisis, la de la Iglesia negando mientras ha podido los casos de pederastia como cualquier delincuente, la de la nueva Cumbre del Clima protagonizada por una quinceañera de la que, al parecer, depende la salvación del planeta y la de la humanidad… La peor inocentada, sin embargo, es que hoy a todos nos queda un año menos de vida y que encima lo celebramos tomando uvas, una por cada mes del año.

Algo hay dentro de la locución ‘fake news’ que me suena incongruente. No se trata ya de que resulte ajena a nuestro idioma, sino de la contradicción interna que se puede ver en ella. Es decir, el aparente oxímoron (oposición entre los términos) que implica la idea de ‘noticia falsa’. La palabra “noticia” adquiere en nuestra lengua dos significados. “Noticia” es un hecho, y “noticia” es asimismo el relato de ese hecho. Por eso decimos “ha sucedido una noticia” y también “escribe una noticia”. En el primer caso nos referimos a algo de interés que acaba de ocurrir, y en el segundo mencionamos la narración que le corresponde. Si atendemos al primer significado (el hecho), se puede apreciar una contradicción entre los términos “noticia” y “falsa”, porque esa expresión obliga a concebir “noticia” como algo que no ha ocurrido. Es decir, un hecho que sería un no-hecho. Se supone además que lo sucedido y lo que se narra deben coincidir, de modo que la realidad obtenga su representación cabal. Y así como un Rolex falso es cuando menos un reloj, una noticia falsa no es siquiera una noticia, pues le falta el requisito indispensable de haber acaecido. Por tanto, fake news puede entenderse en español de dos maneras, dependiendo de si se ha mentido al inventar un hecho o se ha engañado al manipular su relato. Así, cabe considerar “noticia falsa” a la que concierne a un hecho no ocurrido (asumiendo el oxímoron), y “noticia falseada” (corrompida, adulterada) a la que transmite un relato inveraz, ya sea porque se le añaden datos inexactos, erróneos o inventados, o porque se silencian aspectos relevantes. Además, disponemos de otras palabras castellanas para traducir ‘fake news’, aunque quizás ninguna ofrezca tampoco una frontera nítida entre esas dos falsedades. Un grupo de ellas recoge en sus definiciones la locución “noticia falsa”. Se trata de “bulo” (“noticia falsa propalada con algún fin”), “infundio” (“mentira, patraña o noticia falsa, generalmente tendenciosa”), “paparrucha” (“noticia falsa y desatinada de un suceso, esparcida entre el vulgo”) o “camelo” (“noticia falsa”, “simulación, fingimiento”). Por su parte, la definición de “patraña” no incluye “noticia falsa”, pero se acerca al concepto: “Invención urdida con propósito de engañar”; lo mismo que sucede con la propia palabra “invención” (“fingir hechos falsos”). Un segundo grupo incorpora a su definición el término “engaño”, es decir, la acción de “hacer creer a alguien que algo falso es verdadero” (y lo mismo se engaña al inventar que al falsear). A saber: “trola” (“engaño, falsedad, mentira”), “embeleco” (“embuste, engaño”) y “filfa” (“mentira, engaño, noticia falsa”). En este apartado, me quedo por gusto personal con la última, que entró en el Diccionario en 1925 y que ya había usado antes Galdós, entre otros, en su episodio Zaragoza, en 1874: “Lo publicado en la Gaceta del 16 era una filfa”. Por su parte, la opción “mentira” (“engaño, noticia falsa”) abarca también las dos posibilidades, así como sus equivalentes “embuste” (“mentira disfrazada con artificio”) y “cuento chino” (“embuste”). Todas esas palabras de buen español están a nuestro alcance; sonoras y contundentes, cálidas en su expresión, indignantes a veces. Sin embargo, triunfa en el lenguaje público la locución inglesa, fría y técnica, ajena, distante y ambigua. Parece ‘fake news’. O sea, parece mentira.

Santiago J. Santamaría Gurtubay

De todas las críticas que ha recibido Facebook en las últimas semanas, quizá la más elocuente sea la que vino de sus propios empleados. “La desinformación nos afecta a todos”, decían alrededor de 250 empleados en una carta a la dirección de la empresa revelada el pasado 28 de octubre en The New York Times. “Permitir la desinformación pagada en la plataforma”, decían, “comunica que nos parece bien sacar un beneficio de campañas de desinformación deliberada por parte de aquellos que buscan posiciones de poder”. Estados Unidos está a apenas unos días de los caucus de Iowa, el verdadero principio de una elección presidencial que puede marcar al país y al mundo por décadas. En este contexto, las miradas se vuelven hacia Facebook para saber qué se puede esperar de una herramienta de publicidad sin precedentes en la historia, capaz de llegar con precisión a cualquier votante. En la memoria de todos está el precedente de 2016, cuando entre la campaña de Donald Trump y el aparato de inteligencia oficioso de Rusia utilizaron el enorme poder de Facebook para diseminar desinformación y desmovilizar el voto demócrata en condados clave. La red social fue cooperadora necesaria en aquella operación. Ante un nerviosismo cada vez mayor sobre lo que puede pasar en 2020, por el momento, no deja claro si pretende hacer algo diferente. La carta llegaba al final de un mes de octubre especialmente difícil para Facebook. A principios de mes, la justicia europea dictaba una sentencia de consecuencias aún desconocidas, según la cual cualquier país de la UE puede obligar a Facebook a retirar en todo el mundo mensajes que sean declarados ilegales. Se trata de un golpe sin precedentes a la condición de empresa global de Facebook y la imposibilidad hasta ahora de controlar el contenido fuera de las fronteras. No está claro, sin embargo, cómo se le puede obligar a cumplir. Además, las primeras señales sobre lo que se puede esperar de Facebook empiezan a ser evidentes y los candidatos empiezan ya a explotarlo. Primero, la campaña de Donald Trump publicó un anuncio en la red con datos burdamente falsos sobre Joe Biden. Alertado sobre este hecho, Facebook dijo que no iba a retirar el anuncio porque no incumplía su normativa. La campaña de la senadora Elizabeth Warren decidió entonces publicar un anuncio con información falsa para demostrar la falta de implicación de Facebook. La plataforma lo aceptó sin problemas.

El pasado 23 de octubre, el fundador y presidente de Facebook, Mark Zuckerberg, debía comparecer en el Congreso. La congresista demócrata Alexandria Ocasio-Cortez decidió utilizar su turno de preguntas para atornillar a Zuckerberg sobre este asunto. “Las normas de Facebook permiten a los políticos pagar por diseminar desinformación”, dijo la congresista, que intentó que Zuckerberg dijera hasta dónde se pueden aprovechar esas normas. Ocasio-Cortez le preguntó insistentemente si quitaría anuncios políticos con información falsa. “Si cualquiera, incluyendo un político, está diciendo cosas que invitan a la violencia o puede provocar daño físico inminente o suprimir el voto, quitamos ese contenido”, dijo Zuckerberg. Mentir, por sí mismo, no entra en esa categoría. “O sea, que hay un límite”, dijo Ocasio-Cortez. Esa fue quizá la frase clave del intercambio. Hay un límite y Facebook no parece tener problemas para detectar el contenido que sobrepasa ese límite y eliminarlo, como hace con el porno. La decisión de no hacerlo con contenido falso pagado por políticos es consciente y deliberada, venía a dejar en evidencia la congresista. “Bueno, pienso que mentir está mal”, fue todo lo que acertó a responder Zuckerberg. El brevísimo interrogatorio de Ocasio-Cortez (cinco minutos) no arrojó ninguna novedad sobre la política de Facebook, pero ha sido clave en hacer patente, visible y en un par de frases virales, la preocupación de muchos de cara a la campaña.

Jack Dorsey de Twitter, a diferencia de Mark Zuckerberg de Facebook, no aceptará anuncios de campañas políticas

Para terminar el mes, unos días después el fundador y director ejecutivo de Twitter, Jack Dorsey, hizo un anuncio que dejó a Facebook en evidencia de una forma aún más palmaria que Ocasio-Cortez: Twitter no aceptará anuncios de campañas políticas. Twitter es mucho más pequeño que Facebook (320 millones de usuarios), pero su influencia en la política mundial en la era de Donald Trump es ineludible. Dorsey expuso sus razones en una serie de tuits el pasado 30 de octubre entre los que decía que “el impacto político debe ser algo ganado, no comprado”. Argumentó que para arreglar el problema era mejor atacar “las raíces, sin la carga y la complejidad que trae el dinero”. “Por ejemplo”, escribió, “no es creíble que digamos: ‘Estamos trabajando duro para frenar a la gente que quiere manipular nuestro sistema para esparcir desinformación, pero si alguien nos paga por seleccionar gente y obligarles a ver su anuncio… bueno… ¡pueden decir lo que quieran!”. Dorsey añadió un emoticono de una carita guiñando un ojo. Era inevitable pensar en las palabras de Zuckerberg la semana anterior. “En el momento en que dicen que no van a aceptar ciertas cosas porque son inaceptables, lo que han hecho es revelar que toman decisiones, no son un simple mensajero”, dice Sam Wineburg, profesor de Educación e Historia de la Universidad de Stanford, en California, se ha especializado en los últimos años en estudiar la credibilidad que el público otorga a la información en Internet. La decisión de Facebook de hacer conscientemente lo mismo que en 2016 le parece “la máxima irresponsabilidad y una manera de desmantelar cualquier impulso democrático que podamos tener en el ámbito de las redes sociales”. Wineburg opina que “las mentiras verificables son fáciles de comprobar”, por eso Facebook es “moralmente culpable” de no evitarlas. Pero además “eventualmente van a ser culpables ante la ley”. “Una institución no puede sobrevivir sin que al final el Gobierno se dé cuenta de que son un elemento nocivo para la sociedad. Es cuestión de tiempo. Lo veremos en EE UU en cuanto haya una Administración con cabeza”. El departamento de Wineburg en Stanford hizo un estudio en 2016 para ver si los jóvenes saben distinguir la información real de la desinformación y las noticias falsas. Los resultados fueron descorazonadores. La mayoría de los chavales de los últimos cursos de primaria y secundaria no sabían distinguir un anuncio de una noticia y que se creían las afirmaciones de las redes sociales sin hacerse las mínimas preguntas de verificación. Wineburg acaba de hacer un nuevo estudio de seguimiento, aún sin publicar, y afirma que no ha cambiado nada. “Si Facebook permite en esta elección las cosas que vimos en 2016, será todavía peor”.

David Greene, director de libertades civiles de la asociación Electronic Frontier Foundation (EFF), que se dedica a la defensa de los derechos civiles en Internet, advierte, sin embargo, contra un exceso regulatorio en Facebook. “En una campaña política hay mucho margen para la exageración, es casi natural”, dice Greene. “Creo que las afirmaciones categóricamente falsas son la excepción y no la regla. No es bueno que Facebook ponga ciertos límites que luego podrían ser explotados por gente que denunciaría cada anuncio. Los ricos que pueden permitirse esa pelea ganan, y los pobres pierden. Eso es lo que vemos en sistemas que permiten la censura”. Greene explica que si Facebook se pusiera a prohibir campañas políticas se correría el riesgo de que afectara también a grupos que, sin ser necesariamente candidatos, promueven unas políticas u otras. “Entiendo por un lado que Facebook no quiera ponerse en la posición de prohibir contenido de candidatos. Por otro, entiendo que hay algo profundamente inquietante en que permitan que siga en su plataforma algo que saben que es mentira”. “Lo que nosotros pedimos”, dice Greene, “es que Facebook tenga reglas claras y transparentes que todo el mundo pueda entender y seguir”.

La industria de la mentira logró que el nacionalismo integrista y xenófobo francés se cebara contra Dreyfus, ‘El oficial y el espía’ de Polanski

El escritor español Antonio Muñoz Molina, con motivo del estreno, a principios de este mes de enero, de la última película de Roman Polanski, ‘El oficial y el espía’ ha escrito un interesante artículo titulado ‘Dreyfus, Planski y la industria de la mentira’…, donde nos aporta una serie de pinceladas sobre las ‘fake news’ en la historia… Entre los figurantes que pueblan los cafés, los salones, las salas de los tribunales, habría sido posible reconocer fugazmente la presencia de un hombre joven, muy pálido, de bigote negro y ojos muy grandes, que se pareciera a Marcel Proust. Proust tenía 27 años cuando la carta pública de Émile Zola en la primera página del diario L’Aurore desató el gran escándalo sobre la inocencia del capitán Dreyfus y las mentiras y las manipulaciones de los altos cargos militares que habían propiciado su condena. Nadie mejor que un inocente para ser designado como el perfecto culpable. Al día siguiente del artículo valeroso de Zola empezó a difundirse un manifiesto de intelectuales en su defensa, la primera vez que esa palabra se convertía en sustantivo para designar una profesión o una condición que hasta entonces no había tenido nombre. El affaire Dreyfus ha proyectado una influencia tan duradera que cuando en nuestra época se publican manifiestos políticos firmados por personas que se califican a sí mismas de intelectuales se trata de una resonancia de lo sucedido entonces. Marcel Proust, que hasta ese momento no había mostrado grandes inquietudes políticas, fue de un lado a otro por París recogiendo firmas de celebridades de la literatura en apoyo de Zola y de Dreyfus. Con algo de exageración, se enorgullecía de haber sido “el primer dreyffusard”. Su activismo le costó la amistad de algunos de los aristócratas a los que hasta entonces había frecuentado, todos ellos nacionalistas, católicos y antisemitas, hostiles a aquella Tercera República que estaba queriendo instaurar el universalismo de la ciudadanía por encima de la pertenencia del origen, y que para más escándalo promovía la educación pública, el laicismo y la separación entre la Iglesia y el Estado.

“En la película de Polanski -escribe Antonio Muñoz Molina- , más que Dreyfus o que Zola, el héroe es el coronel Picquart, que está dispuesto a sacrificar su carrera en defensa de la verdad y de la justicia. Polanski ha tenido siempre el don de levantar delante de nuestros ojos espacios completos del pasado: Los Ángeles en los primeros años cuarenta, Varsovia durante la ocupación alemana. Ahora un París interior, invernal y sombrío, de días grises sin lluvia y de interiores alumbrados por lámparas de gas. Para lograr ese hechizo, la sensación de haber ingresado en otra región del mundo y del tiempo, hace falta algo más que el dinero y el cuidado de la ambientación: otros sentidos han de ser seducidos, además de la vista; uno ha de sentir que puede tocar con sus manos esas ropas, esas cortinas suntuosas y pesadas, abotonar esos uniformes; y también notar en las yemas de los dedos la consistencia del papel de todos esos expedientes, y el cartón de las carpetas y los archivadores, y también olerlos, y oler el frío en el aire, y notar la niebla del gas. En la fotografía y la iluminación de ‘El oficial y el espía’ esa niebla tenue se parece a la de los retratos colectivos en interiores que le gustaban tanto al pintor francés Henri Fantin-Latour.  Aunque era amigo de Manet se mantuvo al margen del impresionismo, practicando una suerte de realismo lírico. Cultivó el retrato femenino, los retratos colectivos, los temas de música y, sobre todo los bodegones de flores. Con estos alcanzó enorme éxito comercial, pero condicionaron su producción, de lo que él mismo se lamentó. Dedicó muchas composiciones alegóricas al alemán romántico Richard Wagner y a otros músicos, especialmente litografías…”.

“La intoxicación se han vuelto ya tan poderosas que ni el coraje combinado de Proust, de Zola, del coronel Picquart pudieron contra ella”

“La historia que nos cuenta el director  polaco de origen judío nacido en Francia -recalca Antonio Muñoz Molina- tiene una textura de hojas manuscritas, de papel de formularios y de informes secretos, la materia misma de la desgracia que torturó durante años al capitán Dreyfus, los pliegos de papel oficial en los que se escribieron las sentencias que una y otra vez lo condenaban, la duración inhumana de un infierno administrativo. Los demagogos se quedan roncos clamando en las plazas públicas contra el traidor, el enemigo, el judío, levantando clamores de unanimidades terribles: en el secreto de las oficinas, las plumas que escriben y raspan el papel timbrado aseguran el protocolo de la persecución. En la sala del tribunal donde se juzgaba a Zola y donde el coronel Picquart ejercía gallardamente su heroísmo, en las gradas del público, Proust tomaba notas como un periodista ferviente, envuelto en bufandas y abrigos, porque tenía frío siempre y era muy sensible a las corrientes de aire. Las crónicas que escribió entonces formaron parte de la novela que no llegó a terminar, Jean Santeuil, el proyecto fracasado que precedió a En busca del tiempo perdido. Para asistir al tribunal, Proust hizo lo que no había hecho ni volvería a hacer nunca, levantarse por la mañana a una hora razonable. Hasta entonces solo había publicado crónicas de alta sociedad y relatos más bien preciosistas de amoríos ambiguos. Los había reunido en un primer libro que fue recibido con curiosidad y condescendencia en los ambientes en los que se movía, en los que le llamaban ‘le petit Marcel’. Entre los libros que vemos leer al coronel Picquart en su celda, uno de ellos era ‘Les Plaisirs et les Jours’, y estaba dedicado calurosamente por Marcel Proust.

En una recepción mundana a la que asiste Picquart en la película se ve a un hombre viejo de frac y patillas blancas que es Roman Polanski. Un grupo de cámara toca una música que suena a Camille Saint-Saëns, un compositor, director de orquesta, organista, pianista y militar francés. Es la clase de música que escuchaba Proust en esos mismos salones, la que cobrará una presencia arrebatadora en la novela que en esos años ya estaba gestándose en su imaginación y su memoria, aunque él no lo supiera todavía. Proust admiraba a Picquart por su coraje moral y por su gallardía masculina, y también porque compartía con él aficiones literarias y musicales. El coronel Picquart frecuentaba a Maurice Ravel y a Claude Debussy y fue amigo de Gustav Mahler. Por debajo de la atmósfera culta y sobrecargada de perfumes y mobiliario de los salones se remueven como criaturas hediondas las fantasías criminales del antisemitismo. En los periódicos nacionalistas al capitán Dreyfus lo caricaturizaban como una serpiente con cabeza humana y nariz ganchuda a la que aplastaba sin misericordia la bota vengadora del ejército. Artistas de sensibilidad admirable mostraban sin ningún reparo su creencia en una culpabilidad de Dreyfus sin otra prueba que su condición de judío: Debussy, por ejemplo; Degas. Personas por lo demás razonables y bien informadas aseguraban que se habían encontrado cartas de puño y letra del Kaiser agradeciéndole al capitán Dreyfus sus servicios: un caso único en la historia del espionaje.

No hay paralelismos fáciles, sino continuidades históricas: el nacionalismo integrista y xenófobo francés que se cebó contra Dreyfus se prolonga intacto en el régimen de Vichy, que no tuvo empacho en mandar a muchos miles de judíos franceses a los campos de exterminio alemanes; y la industria de la mentira, la falsificación, la intoxicación se han vuelto ya tan poderosas que tal vez ni el coraje combinado de Proust, de Zola, del coronel Picquart podría actuar eficazmente contra ella”.

‘Deepfake’, una vez que los estafadores conozcan esos sistemas de detección, centrarán lo peor de sus esfuerzos en superarlos

Un concepto muy común en la biología evolutiva es el de la carrera de armamentos. La coraza de un cangrejo se hace cada vez más dura para impedir que la perfore un buey de mar, lo que fuerza al segundo a desarrollar unas pinzas cada vez más poderosas que a su vez llevan al cangrejo a reforzar su coraza y así sucesivamente hasta que predador y presa acaban con unas armas de ataque y defensa que rayan en el ridículo geométrico, y total para seguir comiendo lo mismo que antes. Algo muy similar está empezando a ocurrir en el espinoso asunto de las noticias falsas, las ‘fake news’, y en especial en el subsector de los vídeos falsos, que están alcanzando unos niveles de sofisticación deslumbrantes. Las últimas vídeo-estafas se llaman ‘deepfakes’ (mentiras profundas), y utilizan los sistemas modernos de la inteligencia artificial, que son avanzados pero están al alcance de cualquier timador con una moral lo bastante escasa. El deep (profundo) viene de deep learning (aprendizaje profundo), la técnica de aprendizaje de máquinas que ha revolucionado el sector en años recientes. Por alguna razón, un blanco favorito de estos vídeos es Nicolas Cage, que lo mismo sale convertido en ‘Terminator’ que asomado a la proa del ‘Titanic’ o haciendo un discurso de Donald Trump. Uno de los ‘deepfakes’ más logrados presenta a Barack Obama diciendo unas cosas que serían como para meterle en la cárcel. Este vídeo ha sido producido con buenos fines, pero desde luego consigue lo que se propone: asustar al público por su increíble realismo, y revelar los graves riesgos que supone esta tecnología, en la paz y en la guerra.

Y ahora viene la guerra de armamentos. El científico de la computación Hany Farid, del Dartmouth College de Hanover (New Hampshire), ha utilizado la inteligencia artificial para desenmascarar los fraudes perpetrados con esa misma tecnología. Vende sus sistemas a universidades, medios de comunicación y tribunales de justicia. Por perfecta que parezca una manipulación, una máquina entrenada puede detectar errores sutiles, como la falta de pestañeo o unos movimientos de los ojos carentes de naturalidad. Ambas cosas se deben a que la otra máquina, la estafadora, suele aprender a partir de fotos fijas. Otros errores frecuentes son unos movimientos extraños de la cabeza o un color de ojos raro. Naturalmente, una vez que los estafadores conozcan esos sistemas de detección, centrarán lo peor de sus esfuerzos en superarlos. ¿Alguien se atreve a predecir qué tipo de buey de mar saldrá al final de esta carrera?

Facebook sigue tratando de limitar fronteras entre las verdades y las mentiras de cara a las elecciones de este año en Estados Unidos, y pone la mirada en los llamados ‘deepfakes’, vídeos falsos hiperrealistas que utilizan técnicas de inteligencia artificial para editar los rasgos físicos de una persona y confundirla con otra.  En una actualización de políticas anunciada por la vicepresidenta de gestión de políticas globales de la red social, Monika Bickert, aseguró que tomará una posición más estricta sobre el contenido manipulado de los medios de aquí en adelante, eliminando el contenido que ha sido editado o sintetizado “de manera que no son evidentes para una persona promedio”. Bickert, sin embargo, matizó que las ediciones de calidad o cortes y empalmes en vídeos que simplemente reducen o cambian el orden de las palabras no están cubiertas por la prohibición, ni tampoco el contenido paródico o satírico. El material será retirado si es “producto de inteligencia artificial o de aprendizaje automático que superpone o reemplaza contenido en un vídeo, haciéndolo parecer auténtico”, dice Bickert.

Para ello, van a investigar todo contenido generado a partir de herramientas de IA y cuentas falsas además de trabajar conjuntamente con instituciones, gobiernos y empresas para descubrir a las personas detrás de estos contenidos. A partir de ahora Facebook eliminará cualquier contenido que haya sido editado o sintetizado, pero no por motivos de mejora de calidad de audio e imagen, de manera que el vídeo generado pueda llegar a hacer a una persona creer que lo que se dice en él es cierto. También se eliminarán los vídeos creados a partir de IA o aprendizaje automático que se fusionen, reemplacen o superpongan a otro vídeo para hacerlo parecer auténtico.  La compañía ya estaba trabajando en la identificación de ‘deepfakes’ desde septiembre de 2019 con su programa Deep Fake Detection Challenge que ha unido a personas de todo el mundo en la búsqueda de contenidos manipulados. Además, se han unido a Reuters para crear un curso de entrenamiento que ayude a los periodistas a identificar noticias falsas.

La desinformación mata, las falacias han sido desmontadas por los científicos, el negacionismo climático no ha triunfado

¿Por qué es “tiempo de actuar”, como afirmaba el lema de la cumbre del clima de Madrid? ¿Qué significa? Que nos hallamos en una emergencia climática, es decir, que hay prisa. Pero por qué estas urgencias si ya desde 1988 el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés) ha estado facilitando evidencia científica sobre el calentamiento, su impacto en la vida humana y sus riesgos. Por qué si ya en 1997 se firmó el Protocolo de Kioto -por el cual los países se comprometían a limitar las emisiones de CO2-. Lo cierto es que era “tiempo de actuar” ya en el año 98, 99, 2000… Lo sabíamos todo hace décadas: las consecuencias de verter grandes cantidades de CO2 a la atmósfera, el efecto invernadero, el aumento de la temperatura, el deshielo de los polos… Entonces, ¿qué ha ocurrido en estos 22 años? Algo muy sencillo: la evidencia científica abrumadora y los acuerdos políticos internacionales activaron intereses muy poderosos, que se pusieron a la tarea de confundir sobre lo evidente. Eso que hemos llamado negacionismo del cambio climático constituye probablemente la campaña de desinformación global más exitosa jamás llevada a cabo. Se trata de una campaña que hoy podemos alinear con los fabricantes de ‘fake news’, los doctores de la manipulación. Sus principales artífices, según el Centre for Studies of Climate Change Denialism (Ceforced) han sido el nacionalismo de derechas, las industrias extractivas y los ‘think thanks’ conservadores.

Un ‘think tank’, cuya traducción literal del inglés es ‘tanque de pensamiento’, laboratorio de ideas, instituto de investigación, gabinete estratégico, centro de pensamiento o centro de reflexión1es una institución o grupo de expertos de naturaleza investigadora,  cuya función es la reflexión intelectual sobre asuntos de política social, estrategia política, economía, militar, tecnología o cultura. Pueden estar vinculados o no a partidos políticos, grupos de presión o lobbies, pero se caracterizan por tener algún tipo de orientación ideológica marcada de forma más o menos evidente ante la opinión pública. De ellos resultan consejos o directrices que posteriormente los partidos políticos u otras organizaciones pueden o no utilizar para su actuación en sus propios ámbitos. Los ‘think tanks’ suelen ser organizaciones sin ánimo de lucro, y a menudo están relacionados con laboratorios militares, empresas privadas, instituciones académicas o de otro tipo. Normalmente en ellos trabajan teóricos e intelectuales multidisciplinares, que elaboran análisis o recomendaciones políticas. Defienden diversas ideas, y sus trabajos tienen habitualmente un peso importante en la política y la opinión pública, particularmente en Estados Unidos. Además de promover la adopción de políticas, entre las funciones que cumplen los ‘think tanks’ están las de crear y fortalecer espacios de diálogo y debate, desarrollar y capacitar a futuros paneles políticos en su toma de decisiones, legitimar las narrativas y políticas de los regímenes de turno o los movimientos de oposición, ofrecer un rol de auditor de los actores públicos y canalizar fondos a movimientos y otros actores políticos.

Durante estos años la desinformación ha tratado de inocular algunas falsedades básicas: que no existía consenso científico sobre el fenómeno, que no estaba causado por la acción humana, o que el cambio climático formaba parte de la evolución natural de la tierra. Dado que todas las falacias han sido desmontadas por los científicos del IPCC, podríamos sentir la tentación de afirmar que el negacionismo climático no ha triunfado. Lo cierto es que si hoy estamos en una emergencia se lo debemos a quienes durante años han confundido a la opinión pública. Sembrando dudas, se ha evitado que ejerciera presión sobre los líderes políticos y económicos, que disponían así de una coartada para no prestar atención al problema -en el mejor de los casos- o boicotear una solución, en el peor. La desinformación ha impedido tomar medidas a la velocidad necesaria y los negacionistas son responsables directos de ello. Hoy no hacen falta siquiera las ingentes cantidades de dinero que la industria basada en el carbón dedicó en su día a negar el fenómeno. Con las redes sociales, la manipulación a gran escala es más barata, se llega a más público y los mensajes se pueden microdirigir para exacerbar nuestros sesgos. El negacionismo climático constituye el mejor ejemplo de cómo la desinformación mata.

Afán desmedido por creer lo que a cada uno le conviene, o lo tranquiliza y una fortísima tendencia a negar lo desagradable

Una de las mayores pruebas de la infantilización del mundo es sin duda el aumento de la credulidad, que paradójicamente se produce cuando más prevenidos deberíamos estar. Todos coincidimos en que no ha habido época más propicia para los infundios, los bulos y las falsedades, que se propalan a velocidad de vértigo. Deberíamos poner en cuarentena casi cualquier noticia o información que nos llegan, desconfiar de ellas por principio hasta comprobar su veracidad a través de algún medio “serio”, si es que este adjetivo tiene aún algún sentido. Hace un par de décadas, en mi percepción (es decir, todavía en el siglo XX, cuando no estábamos tan indefensos ante la mentira y las fabricaciones), la gente era más escéptica o menos ingenua, o sencillamente poseía más memoria. Los niños, como sabemos, carecen de ella o la tienen muy corta. De adultos, y salvo excepciones, no solemos recordar nada anterior a los tres o cuatro años. Es normal que a las tempranas edades nada deje huella y casi nada se retenga, que el hoy quede borrado por el mañana, no digamos el ayer.

Lo que no es normal en absoluto es que se dé ese “borrado” permanente en personas hechas y derechas, que un gran número de ellas olvide -y por tanto no tenga en consideración- lo sucedido, lo dicho y hecho hace apenas unos meses, o incluso unos días. Hay un afán desmedido por creer lo que a cada uno le conviene, o lo tranquiliza. Hay una fortísima tendencia a negar lo desagradable, lo turbador, lo peligroso, y a hacer caso omiso de los avisos. Muchos políticos han detectado rápidamente esta propensión, y están dedicados a fomentarla y a aprovecharse de ella. Prometen cosas imposibles o absurdas sin anunciar nunca cómo las van a realizar: “Todos los ciudadanos percibirán un salario universal, trabajen o no”. “Construiremos un muro y México lo pagará”. “Saldremos de la Unión Europea por las bravas y el Reino Unido florecerá”. “Impediremos toda inmigración, no habrá italianos sin empleo y el país rejuvenecerá”. Si la gente no se ha vuelto completamente idiota, la gente ve que sin inmigrantes la población envejece y las pensiones resultan insostenibles; que el abandono de la Unión Europea, incluso antes de haberse producido, ya está causando brutales daños económicos y políticos al Reino Unido, con un probable empobrecimiento general y una segura y progresiva irrelevancia de la nación que fue un imperio; que México no va a sufragar la gigantesca e inútil obra de su vecino del norte; que no hay dinero para garantizar un salario universal, ni siquiera mediante una salvaje subida de impuestos. Si la gente no se ha vuelto idiota, hay que estar muy cerca de ello para creerse semejantes patrañas. Parece que esa gente pensara: “Bueno, no sabemos cómo, pero lo prometido tendrá lugar de alguna forma milagrosa que nosotros no concebimos”. Quienes votan a Salvini, a Boris Johnson, a Trump o a Pablo Iglesias están instalados en el “pensamiento mágico”, esto es, en la fe ciega y en la superstición medieval. “Quiero que me confirmen lo que me gustaría creer, que me ayuden a creer los embustes”, de la misma manera que los hombres y las mujeres han anhelado creer en la vida eterna y en la resurrección de los cuerpos.

Hace poco he asistido a un caso extremo de credulidad y “borrado”, en España  y en la persona del político Pablo Iglesias de Podemos. Durante la última campaña electoral se disfrazó de monje franciscano. El hábito no se lo puso, pero parecía un franciscano en todo lo demás: tono mesurado, llamadas a la concordia, apelaciones al respeto. Como si fuera un catecismo, no se separó de un ejemplar de la Constitución: con arrobo leía artículos de un texto que hace no mucho, según él, era una estafa y la prolongación del franquismo, algo con lo que había que romper. Inverosímilmente, muchos ciudadanos -y lo que es más grave, periodistas y columnistas, cuyo deber es discernir y no dejarse engañar- se tragaron la pantomima. Por ensalmo se olvidaron del Iglesias furibundo, amenazante, iracundo, del que hacía y justificaba escraches y alentaba a sitiar el Congreso, del que llamaba a Arnaldo Otegi “hombre de paz” y gritaba “Visca Catalunya lliure!”, como si Cataluña no fuera libre desde el mismo día en que empezó a serlo el resto de España. Creerse a Iglesias como Fray Beatífico es tan inexplicable como creerse mañana a Quin Torra y a CarlesPuigdemont vestidos de luces y dando vivas a Sevilla; o a Donald Trump entonando rancheras de cariño a los mexicanos y censura a la Asociación del Rifle; o a Matteo Salvini desplazándose por el Mediterráneo para rescatar a náufragos en el yate de Silvio Berlusconi; o a Vladimir  Putin dándose golpes de pecho por haber perseguido, encarcelado y asesinado a oponentes. Esos ciudadanos y esos periodistas ni siquiera han sido capaces de hacerse el razonamiento básico: “¿Cuándo dice un hombre la verdad? ¿Cuándo no tiene nada que perder ni todavía que ganar, o cuando debe ocultar sus intenciones? ¿Cuándo se siente libre para atacar o cuando le toca defenderse y persuadir? ¿Cuándo aún no ha conseguido nada o cuando cuenta con familia y un patrimonio que preservar?” Dar por buena la sinceridad del segundo es cosa propia de pánfilos. O lo que es lo mismo, de niños crédulos y sin memoria. O lo que es peor, de supersticiosos voluntarios.

La guerra contra la verdad, hoy tenemos más información que en el pasado, la veracidad de esa información es más cuestionable

Es muy extraño lo que está pasando en estos tiempos con la información. Es, al mismo tiempo, más valorada y más despreciada que nunca. La información, potenciada por la revolución digital, será el motor más importante de la economía, la política y la ciencia del siglo XXI. Pero, como ya hemos visto, también será una peligrosa fuente de confusión, fragmentación social y conflictos. Grandes cantidades de datos que antes no significaban nada, ahora pueden ser convertidos en información que ayuda a gestionar mejor gobiernos y empresas, curar enfermedades, crear nuevas armas o determinar quién gana las elecciones, entre otras muchas cosas. Es el nuevo petróleo: después de procesado y refinado tiene gran valor económico. Y si en el siglo pasado varias guerras fueron provocadas por la búsqueda del control del petróleo, en este siglo habrá guerras motivadas por el control de la información. Pero, al mismo tiempo que hay información que salva vidas y es gloriosa, hay otra que mata y es tóxica. La desinformación, el fraude y la manipulación que fomenta el conflicto están teniendo un auge tan acelerado como la información extraída de las masivas bases de datos digitalizados. Algunos de quienes controlan estas tecnologías saben cómo convencernos de comprar determinados productos. Otros saben cómo entusiasmarnos con ciertas ideas, grupos o líderes y detestar a sus rivales.

La gran ironía es que, al mismo tiempo que hoy tenemos más información que en el pasado, la veracidad de esa información es más cuestionable. Alan Rusbinger, ex director del diario británico The Guardian, ha dicho que “Estamos descubriendo que la sociedad realmente no puede funcionar si no podemos ponernos de acuerdo sobre la diferencia entre un hecho real y uno falso. No se pueden tener debates o leyes o tribunales o gobernabilidad o ciencia si no hay acuerdo acerca de cuál es un hecho real y cual no”. El debate acerca de qué es verdad y qué es mentira es tan antiguo como la humanidad. Las discusiones al respecto que se dan entre filósofos, científicos, políticos, periodistas o, simplemente, entre personas con ideas diferentes son frecuentes y feroces. Muchas veces, estos debates en vez de concentrarse en la verificación de los hechos, se centran en la descalificación de quienes los producen. Así, científicos y periodistas son blanco frecuente de quienes, por intereses o creencias, defienden ideas o prácticas basadas en mentiras. Los científicos que, por ejemplo, generan datos incontrovertibles sobre el calentamiento global o aquellos que alertan sobre la imperiosa necesidad de vacunar a los niños, ya están acostumbrados a ser blanco de calumnias acerca de sus motivaciones e intereses.

Los periodistas son víctimas aún más frecuentes de estas descalificaciones. Si bien los ataques de los poderosos que son incomodados por los medios de comunicación no son nuevos, la hostilidad del actual presidente de Estados Unidos es inédita. Donald Trump ha dicho “Estos animales de la prensa, Sí… son animales. Son los peores seres humanos que uno jamás podrá encontrar… son personas terriblemente deshonestas”. También ha popularizado la idea de que los periodistas son “enemigos del pueblo” que propagan noticias falsas, las famosas ‘fake news’. Trump ha mencionado las ‘fake news’ en Twitter más de 600 veces y las menciona en todos sus discursos. Lo grave es que Trump no sólo ha logrado minar la confianza de los estadounidenses en sus medios de comunicación, sino que su acusación ha sido acogida por los autócratas del mundo. Según A. G. Sulzberger, el principal directivo de The New York Times, “en los últimos años, más de 50 primeros ministros y presidentes en los cinco continentes han usado el término ‘fake news’ para justificar sus acciones en contra de los medios de comunicación”. Sulzberger reconoce que “los medios de comunicación no son perfectos. Cometemos errores. Tenemos puntos ciegos”. No obstante, este ejecutivo no tiene ambages en afirmar que la misión de The New York Times es buscar la verdad. En el confuso mundo actual, donde todo parece relativo y nebuloso, es bueno saber que aún hay quien apuesta que la verdad existe y puede ser encontrada. Esta defensa de la verdad es un buen antídoto contra los líderes con propensiones autoritarias.

Hannah Arendt escribió: “El sujeto ideal de un régimen totalitario no es el nazi convencido o el comunista comprometido, son las personas para quienes la distinción entre los hechos y la ficción, lo verdadero y lo falso ha dejado de existir”.  Fallecida en Nueva York el 4 de diciembre de 1975 fue una filósofa y teórica política1 alemana, posteriormente nacionalizada estadounidense, de origen judío y una de las personalidades más influyentes del siglo XX. La privación de derechos y persecución en Alemania de judíos a partir de 1933, así como su breve encarcelamiento ese mismo año, contribuyeron a que decidiera emigrar. El régimen nacionalsocialista le retiró la nacionalidad en 1937, por lo que fue apátrida, hasta que consiguió la nacionalidad estadounidense en 1951. Trabajó, entre otras cosas, como periodista y maestra de escuela superior. Publicó obras importantes sobre filosofía política, pero rechazaba ser clasificada como “filósofa” y también se distanciaba del término “filosofía política”: prefería que sus publicaciones fueran clasificadas dentro de la “teoría política”. Arendt defendía un concepto de “pluralismo” en el ámbito político: gracias al pluralismo, se generaría el potencial de una libertad e igualdad políticas entre las personas. Importante es la perspectiva de la inclusión del otro: en acuerdos políticos, convenios y leyes deben trabajar a niveles prácticos personas adecuadas y dispuestas. Como fruto de estos pensamientos, Arendt se situaba de forma crítica frente a la democracia representativa y prefería un sistema de consejos o formas de democracia directa. A menudo, continúa siendo estudiada como filósofa, en gran parte debido a sus discusiones críticas de filósofos como Sócrates, Platón, Aristóteles, Immanuel Kant, Martin Heidegger y Karl Jaspers, además de representantes importantes de la filosofía política moderna como Maquiavelo y Montesquieu. Precisamente gracias a su pensamiento independiente, a su ‘Teoría del totalitarismo’, a sus trabajos sobre filosofía existencial y a su reivindicación de la discusión política libre tiene Arendt un papel central en los debates contemporáneos. Como fuentes de sus disquisiciones, además de documentos filosóficos, políticos e históricos, Arendt emplea biografías y obras literarias. Estos textos son interpretados de forma literal y confrontados con el pensamiento de Arendt. Su sistema de análisis -parcialmente influido por el filósofo alemán Martin Heidegger- la convierte en una pensadora original situada entre diferentes campos de conocimiento y especialidades universitarias. Su devenir personal y el de su pensamiento muestran un importante grado de coincidencia.

Más de seis décadas después aquella descripción de Hannah Arendt  sobre el sujeto ideal de un régimen totalitario, sus palabras han adquirido renovada vigencia. Es imperativo derrotar a quienes han declarado la guerra a la verdad.

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