Razones y sinrazones del gasto

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Razones y sinrazones del gasto

La austeridad no es poda indiscriminada, ni confiscación y regateo obsesivos e inquisitoriales. Es ahorro y racionalidad distributiva para optimizar la rentabilidad del ingreso o atenuar y compensar con equilibrio los efectos de sus crisis o debilidades.

La alternativa contra el dispendio y el agotamiento propinado por los excesos de la arbitrariedad, la irresponsabilidad y la corrupción, no está en el otro extremo: el exceso del control y la parálisis del gasto.

Frenar el presupuesto y las participaciones federales, con la previsible e inevitable consecuencia de que las administraciones locales van a elevar los gravámenes para cubrir sus propios faltantes, es un despropósito. La transferencia de obligaciones sabe a propaganda mezquina: los laureles de la ‘austeridad republicana’ me los pongo yo, y el rosario de maldiciones de los contribuyentes y la opinión pública que se lo cuelguen los mandatarios de allá (los que, por su parte, como en Quintana Roo, y ante la incompetencia fiscal que agrava las crisis de endeudamiento, déficit e insolvencia administrativa frente al crecimiento de la demanda social y el rezago de servicios -y de beneficios particulares de los grupos gobernantes-, inventan e incrementan toda suerte de tributos y cargas impositivas -con las complicidades parlamentarias convenientes y con la justificación de los recortes federales-, al tiempo en que se dispara el costo del combustible, y el de todos los productos y servicios básicos y de consumo popular tocado por él.)

Ese principio de ahorro federal a rajatabla está arrasando también con la agricultura y se está resintiendo en la economía rural y en la producción alimentaria más importante del país, como es la del norte de México, que un día resintió la peste privatizadora del salinismo neoliberal -que eliminó subsidios y precios de garantía en favor de la monopolización de la compra y la importación de granos subsidiados, si bien promovió estructuras compensatorias de financiamiento como el Procampo- y hoy padece, además de la falta de agua para las temporadas de riego y del Procampo, la ausencia de todo otro estímulo público (crediticio, de seguro, de fondos de avío e insumos productivos, por ejemplo) cuando más los necesita; cuando más se subsidian desde el Estado las agriculturas competitivas y del ‘primer mundo’ agobiadas por el calentamiento global, las sequías o las inundaciones fuera de temporada propiciadas por el cambio climático; y cuando, como en el noreste tamaulipeco, la industria del terror y la extorsión de las bandas criminales ha desterrado de sus territorios de labor y de sus propiedades a muchos productores, y ha destruido buena parte de la capacidad de producción en una de las zonas de más alto potencial agrícola del país, y que con otras grandes áreas de riego contribuyó a que México fuera alguna vez una nación autosuficiente en materia alimentaria y sin hambre.

La austeridad contra los saldos catastróficos del derroche y la corrupción es necesaria. La poda intensiva y obstinada de recursos públicos es sólo el complemento apocalíptico de la anterior tragedia.

Austeridad es mesurada optimización de los recursos disponibles. La discrecional contracción es improductividad, parálisis y crisis.

SM
estosdias@gmail.com

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