La lógica del avión

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La lógica del avión

La del avión es una tontería que tiene como piedra presidencial en el zapato López Obrador.

¿Qué necesidad había de llegar a los extremos de ese absurdo infantilismo populista?

¿Cuántos problemas no se hubiese quitado de encima si esa aeronave se mantuviera como patrimonio nacional aunque él no lo usara como medio de transporte de lujo?

¿Por qué no trasladarse por aire como un mero jefe de Estado y de Gobierno austero y moderado, y con las comodidades y facilidades mínimas esenciales para desempeñar su encomienda popular con dinamismo, funcionalidad institucional, y garantía de ubicuidad y movilidad estratégicas como comandante supremo de las Fuerzas Armadas, y sin exhibirse ante el mundo y ante la opinión pública crítica, neutral y civilizada como el líder veleidoso, premoderno y aficionado al facilismo protagónico y propagandista que parece en su exacerbado mimetismo con el ‘pueblo’?

Porque es cierto: ante la masiva comunidad electora iletrada o militante puede dar la impresión de mesura, racionalidad y compromiso con el ahorro y la buena gestión de los recursos públicos, y eso puede ser muy astuto en términos de efectismo político para el beneficio privado en un pueblo sin escuela. Pero en el orden de la responsabilidad, los compromisos y el servicio real a la nación y a las causas sociales, eso es un engaño y es piltrafa ética. En la realidad objetiva y en la óptica de la consciencia racional y desapasionada y desideologizada de las cosas, el Presidente está jugando con el ejercicio de un recurso que debiera administrar con solvencia y sin usos de promoción personal.

Es cierto que en todo liderazgo subyace el interés particular de aprovechar las circunstancias y las coyunturas favorables de las causas que se representan, pero la línea que diferencia y separa las intenciones y el valor de unos y otros estriba en la verdad y la equidad de las intenciones y los beneficios reales: si lo que es bueno para todos es bueno para mí y viceversa, la intención es saludable y constructiva; lo demás no es bueno para nadie: o se peca de altruismo o de fanatismo o de egoísmo o de ingenuidad o de hipocresía y mala fe.

Las autopromociones creativas de imagen son aceptables y hasta indispensables. Los excesos y tomaduras de pelo son eso: cálculos pérfidos y ganancias mal habidas.

El avión presidencial es un abuso de la corrupción propia de la incivilizada democracia mexicana. Pero la alternativa que en este caso se despliega para responder a ella, no revela mayores escrúpulos e iniciativas razonables y morales. Se responde a la corrupción con demagogia. Parece una reedición de asuntos de la era del viejo PRI.

La austeridad juarista no implica sacrificios radicales e inútiles. Desmontar el aparato del derroche y el lucro heredados no supone pregonar una humildad monástica y apostólica que inhiba el ejercicio eficaz de las responsabilidades y los recursos públicos.

No se tiene que quemar al santo para alumbrarlo, ni en beneficio propio ni en el de los demás.

Darle un uso económico y de interés de Estado al avión presidencial es posible y mucho más servicial que hacer el circo bufo y por demás costoso de mantenerlo parado y pretender rematarlo por baratijas. El problema con la flota aérea y otros medios federales de transporte en remate por decisión presidencial, no está en su valor de servicio sino en el uso suntuoso que se les ha dado. Esos medios, medios son; bastaría con que se les utilizara de mejor manera. Serían mucho más productivos y rentables así que con la bagatela que se pudiera pagar por ellos.

Se trata de un ideologismo populachero y propagandístico que sólo exhibe la retórica más rupestre de un apostolado de cartón piedra en un país y una democracia y un electorado bananeros.

Hay muchos modos de ser prudente, mesurado y responsable. Las extravagancias de la modestia son enemigas extremas de la eficacia y la legitimidad.

SM

estosdias@gmail.com

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