Aliados de hoy, enemigos de mañana

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Aliados de hoy, enemigos de mañana

La histeria inquisidora y la idolatría incondicional hacen las peores causas históricas. Perdida la conciencia crítica individual y masificado el contagio de la emocionalidad fanática en torno de un sujeto, de un objeto o de una creencia de salvación, la tragedia civilizatoria está garantizada. La milagrería y la abstracción son antítesis; lo son la ignorancia y el saber, la inducción y la deducción, la religión y la ciencia, el prejuicio y el buen juicio, el atavismo y la modernidad, el dogmatismo y la teoría, la Iglesia y el Estado laico, la falsedad y la realidad, la fascinación y la objetividad, la relativa verdad del hombre y la absoluta verdad de Dios a la que infructuosa y –por eso- tan obsesivamente aspira.La buena educación produce civilización: atenta contra la ignorancia y las objeciones de la fe. La genética y la reproducción generacional del saber son el único manantial posible de los Eratóstenes contra el incendio universal de las Bibliotecas de Alejandría. El humanismo -el conocimiento y la estética, la academia y la sensibilidad intelectual- es la única y decadente alternativa contra la entropía terminal y el fin del mundo civilizado en el corto plazo.El fanatismo es el territorio del fascismo. La gritería soez es el caldo de cultivo y el complemento del círculo vicioso de la anarquía y la regresión. El analfabetismo beligerante y maniqueo es el contexto ideal del autoritarismo. Y el autoritarismo cifrado en esa condición milagrera, sorda y emocional, es la vía más segura hacia la frustración, la impotencia y la continuidad perenne de la catástrofe cultural y la derrota social. (El problema es que tan filosóficos lugares comunes son, en el reduccionismo de la conciencia mexicana militante anclada al debate en gran medida majadero, obtuso y semianalfabeto entre los posts, no más que pretensiosas elaboraciones y maquinacionesintelectualoides urdidas para confundir y financiadas por interesados y oscuros y antipatrióticos y muy mafiosos grupos de poder.)

A la causa electoral de Andrés Manuel López Obrador puede favorecerle la adoración masiva de su imagen y de su movimiento de reivindicación moral del país y de renacimiento progresista y de justicia social, pero no acaso a su ulterior ejercicio de gobierno -si ese impulso irracional desbocado hace la diferencia en las urnas-, porque pretendería convertirlo en rehén de la urgencia y la intolerancia a la hora, sobre todo, de tener que tomar decisiones estructurales e históricas cuyos efectos necesarios pueden no sentirse socialmente sino, en algunos casos esenciales, a la vuelta de más de una generación. La intemperancia es la alergia a la espera, la presión visceral por los resultados y los cambios inmediatos, la tendencia a la prematura y segura decepción.Con el complemento particular de sus propias y rupestres insuficiencias conceptuales y los inescrupulosos manoseos del poder suyos y de su familia, ése ha sido el caso de la alternancia democrática fundacional de Vicente Fox, que se convirtió a la postre en el paradigma del fracaso de la pluralidad como la noción tan mexicana de que “todos los políticos y los gobiernos son iguales”. Pero esa intransigencia militante llegada por vez primera desde la oposición al ejercicio de un mandato es también un síndrome que pesa hoy día en Quintana Roo, en su gobernador estatal y en sus alcaldesas de Cozumel y Solidaridad, donde sectores importantes de sus seguidores originales y ‘leales’ electores -y presuntos acreedores prioritarios- se han sentido mal correspondidos, olvidados, traicionados y vejados.Y así, buena parte del núcleo decisivo que en cada una de sus individualidades asume como propia la ventaja electoral de López Obrador, procede de las militancias y las adhesiones arrepentidas en los partidos grandes que un día ganaron la alternancia, fundándola o recuperándola, como el PAN que derrotó a la tradición autoritaria del PRI, o el PRI que derrotó al fracaso de la alternancia panista contra el autoritarismo del PRI. El único que no ha fracasado, dicen, junto a sus nuevos correligionarios, los arrepentidos del PAN y el PRI que ahora militan o simpatizan con López Obrador -y que no complementan la versión lógica de que no ha fracasado porque tampoco ha tenido la ocasión de hacerlo-, es este expriista de los viejos tiempos del ala izquierda tricolor, heredero de las proclamas ideológicas de lo mejor de esos viejos tiempos, como el laicismo juarista, la justicia social cardenista, el nacionalismo revolucionario, y la economía mixta de los más exitosos días del ‘desarrollo estabilizador'(una economía mixta, por cierto, que, tiroteada a discreción desde los flancos oligárquicos y neoliberales, parece, sin embargo, la mejor vía frente a la corrupción y la voracidad privatizadora de los patrimonios nacionales, siempre y cuando, en efecto, se acometa a partir de una revolución moral y mediante una gestión eficiente de la administración pública, capaz de regular de manera solvente la inversión privada y de tornar competitivas las empresas del Estado).Pero la oportunidad presidencial de López Obrador basada en esa parte nociva (la irracional dictadura del inmediatismo), podría ser el más definitivo de sus reveses. ¿Y cuál sería entonces la esperanza electora siguiente?

Es cierto: las alianzas criminales cual la establecida con personajes como el ex-presidente municipal cancunense y dirigente estatal ahora del evangélico Partido Encuentro Social, Gregorio Sánchez Martínez, deterioran en buena medida la imagen del proyecto de regeneración moral de la vida pública abanderado por el líder nacional del Morena, por más que, como confían tantos, éste no constituyese un factor que fuera más allá de una decisión pragmática, por errónea y utilitaria que pudiese ser, que gravitara, sin embargo, en la naturaleza y la integridad ética de López Obrador y de su causa. Es cierto, asimismo, que tantos casos de corrupción que han estallado en su entorno cercano en el curso de sus candidaturas presidenciales (el del tamaulipeco Almaraz en 2006 o el de guerrerense Abarca diez años después, por ejemplo), ni lo han hecho rico ni han derogado su perfil de gobernante honesto que fue de la Ciudad de México, ni pueden impedir que se presente como el candidato presidencial más modesto y con mayor calidad moral no sólo de cuantos compiten con él sino de casi todos los que aspiran a un puesto de elección en los comicios federales venideros. Es cierto, también, que un golpe ejemplarizante y de intenciones moralizadoras y anticorrupción en el más alto cargo del Estado nacional es ahora tan urgente comotal vez posible. Pero es tan cierto eso, como que la intolerancia y la masividad ‘encantada’ que ahora militan en favor del triunfo electoral del jefe del Movimiento de Regeneración Nacional, podrían ser las peores enemigas de su mandato. Porque si bien pueden darse golpes decisivos contra la corrupción de la vida pública desde los primeros días, y aún de las primeras horas del ejercicio del poder presidencial, e importantes sectores empresariales y políticos que lucran con la corrupción pueden ser castigados, exhibidos y suspendidos sus privilegios, y todo eso puede favorecer las realizaciones ulteriores sobre expectativas favorables de opinión pública, también es cierto que mal fundamentados por la prisa -operacional y constitucionalmente- los procesos más importantes y profundos de ‘limpieza’ institucional, pueden convertirse en elementos muy adversos para el ejercicio del mandato ‘alternativo’. Y a eso hay que añadir que la violencia y la inseguridad pública seguirán su curso, sin cambios sustantivos en los primeros años, porque las decisiones y las políticas de fondo y a la medida del principal problema del país entrañan complejas y arduas iniciativas y estrategias de seguridad nacional e interior que pueden ser a veces muy impopulares,e ingredientes adicionales de opinión pública y ciudadana detonantes de divisionismos, activismos y actitudes sociales que demeriten la imagen del liderazgo presidencial, por eficaces que pudieran ser sus disposiciones al respecto, puesto que el mandato, en términos pragmáticos, no estriba en ganar un concurso de popularidad sino en la eficacia de sus acciones y en la competencia para comunicarlas. Y, en ese trance, la intransigencia militante, procedente del contagio instintivo de la hostilidad primaria, y la irracionalidad y la incivilidad, no serán las mejores aliadas que pueden ser ahora en las estridentes trincheras de la oposición. Para entonces, López Obrador deberá pensar en esos extremos del fanatismo guadalupano que se ha vertido en torno suyo como en la tilma de la virgen del Tepeyac, y que derivan de una consistente degradación escolar y conceptual tan generacional y genéricamente arraigada en el pueblo y el electorado mexicanos, y que debe combatir como el sustrato idiosincrático y cultural eficiente que es de los peores males de México: la corrupción y la violencia. Porque sin una campaña histórica y una política permanente de alfabetización y sostenida evolución educativa, todo paso por la jefatura del Estado mexicano habrá sido de impostores o de ingenuos, no de líderes necesarios. Pero transformar el país a partir de esa premisa irrevocable requiere un verdadero principio revolucionario y visionario, como legado del mayor compromiso de liderazgo ético.

De modo que, en medio de las urgencias de la coyuntura de su programa de refundación moral, López Obrador tendría que sentar las bases de la transformación genética de la educación pública del país, y eso requiere consensos críticos mayores, no alharacas analfabetas de tantos iletrados que lo veneran hoy, sólo a partir de sus palabras, como el santo señor de todos los milagros.

SM

estosdias@gmail.com

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