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Antonio Banderas: “Lo de Cataluña es un animal extraño, parece una película de Luis García Berlanga”

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El actor malagueño Antonio Banderas recibió el Premio Nacional de Cinematografía en el Festival de San Sebastián, en un acto marcado por los acontecimientos políticos. “Yo he crecido en este país y he pasado de niño a hombre mientras España estaba en esa ‘transición democrática’. Votar es lógicamente uno de los grandes preceptos de la democracia, pero no debemos olvidar que no es el único. El respeto a la ley y al Estado de Derecho también son muy importantes. Se pueden plantear referendos ridículos, como eliminar a los que no son de nuestra raza, y alguien llamaría a eso democracia. La democracia está formada por muchas otras ramas de ese árbol, tenemos que tenerlo claro”. Y preguntado sobre las acciones del Gobierno español en Cataluña, dijo que “Eso es como la tarjeta roja en el fútbol: ¿quién la saca, el árbitro o el jugador que ha pegado la patada?”

Antonio Banderas: “Lo de Cataluña es un animal extraño, parece una película de Luis García Berlanga”

En un acto marcado por la tormenta política que sufre España y el descenso del IVA al cine anunciado por el ministro de Educación, Cultura y Deporte, Íñigo Méndez de Vigo, Antonio Banderas recibió el Premio Nacional de Cinematografía en el Festival de San Sebastián. En los días anteriores, el cineasta (Málaga, 1960) ya había avisado que su discurso se centraría en las tres palabras que dan nombre al reconocimiento. Un discurso templado, medido, que luego ha desarrollado en un corrillo con periodistas a través de una voz gastada por su viaje relámpago desde Sudáfrica, donde rodaba una película. En el corrillo ha estado más incisivo que en su parlamento previo: “No me preocupaba explicar el concepto nacional porque me cuesta desgranar ideas que no comprendo, pero ésa la tengo clara. Yo he crecido en este país y he pasado de niño a hombre mientras España estaba en esa ‘transición democrática’. Y creo que se hicieron las cosas muy bien en aquel momento. Aquello acabó en una obra de arte política que se aprobó con el voto de los españoles. Naturalmente pasan muchas cosas en el trayecto y hay que mirarlas en positivo, como mi vida, en la que he tenido muchos obstáculos, y siempre he tratado —que no quiere decir, conseguido— de reciclarlos en positivo: tirar hacia adelante y no quedarme estancado”.

Sobre la actuación del Gobierno en Cataluña, dice que “Eso es como la tarjeta roja en el fútbol: ¿quién la saca, el árbitro o el jugador que ha pegado la patada?” El malagueño paró un momento y rió: “Estamos hablando sin querer mencionar lo de Cataluña. Pues bien, lo de Cataluña es un animal extraño, difícil de observar; a veces parece una película de Luis García Berlanga. Votar es lógicamente uno de los grandes preceptos de la democracia, pero no debemos olvidar que no es el único; están el respeto a la ley, al Estado de Derecho… Se pueden plantear referendos ridículos, como eliminar a los que no son de nuestra raza, y alguien llamaría a eso democracia. La democracia está formada por muchas otras ramas de ese árbol. Tenemos que tenerlo claro”.

Sobre la industria, reflexionó a propósito del cambio de paradigma: “Se ve más cine que nunca pero en distintas pantallas. Mi hija ve películas en el iPhone, yo no. Eso cambia la industria. Por desgracia, hay ciudades en España que ya no tienen salas de cine. Los festivales intentan mantener vivo el ritual de ver películas en salas a oscuras con gente desconocida, algo que desgraciadamente va desapareciendo”. Ahí entró el anunciado descenso al 10% del IVA del cine, que está en el 21%. “Detrás de mí, en los sitios de Ángela Molina y Marisa Paredes, se ha oído que está muy bien lo del IVA, pero que sea ya, esta tarde. Bueno, eso va a ayudar muchísimo a la industria. El cine español ha colaborado durante la crisis y es hora de recibir alguna palmada”.

En su discurso previo, Banderas comenzó reconociendo que lo peor de un premio es ‘recogerlo’. “Hablando de enunciados, el de este reconocimiento reza como Premio Nacional de Cinematografía. Esto suena serio, contundente e institucional”. Para el actor, la clave estaba en la palabra Nacional. “Porque en los tiempos que estamos viviendo, las otras dos quedan eclipsadas”. Y desgranó: “Empecemos por Premio. Lo mejor son los inesperados. Me despierto. Mañana gris en Londres y tengo que bajar a la ciudad a una reunión con abogados. Me duele la espalda. Me preparo un té. Recibo la llamada de concesión del premio. Pues ya no está tan nublada la mañana. Cambio el desayuno por otro más grande, con huevos fritos, tocino, zumo y bollos. Le hago otro a mi novia. Le subo la bandeja y ya no me duele la espalda”.

“Sigo creyendo en ese proyecto común llamado España, y uno de los desafíos a los que se enfrenta es su maravillosa imperfección”

Y siguió con su análisis: “Nacional, la estrella del día. ‘A ver cómo se retrata Banderas’, estarán algunos rumiando. Crecí y maduré de forma paralela a un país que pasaba de dictadura a democracia […]. Creí entonces, y sigo creyendo ahora, en ese proyecto común llamado España. Como me pasa conmigo mismo, a veces me siento orgulloso de él y a veces no, pero no puedo evitar quererlo. Uno de los desafíos a los que se enfrenta nuestro país es su maravillosa imperfección”. Aseguró que el futuro “que nos espera es una prueba de carácter, de voluntad y de capacidad para sobreponerse y crecer… A veces me pregunto si ese reto apasionante no es en realidad lo que debería de ser llamado España”.

Finalmente, llegó a Cinematografía: “El universo cinematográfico es subjetivo, ésa es una de sus grandezas y de sus miserias. Lo que a mí me toca el corazón, a otros les toca otro órgano de la anatomía humana menos noble. Siempre ha sido y será así en la historia del arte”. Banderas reiteró que no le gusta la palabra carrera, que sirve “para enjaular a artistas”. Y remarcó: “El cine tiene un alma propia, rebelde y libre, que reclama su autonomía, que no pertenece a nadie. Puede que mi carrera no tenga sentido hasta que muera, y a pesar de los chistes sin gracia que a veces me cuenta mi corazón, no es esto algo que entre en mis planes inmediatos”. Y al final explicó: “Espero que, tras 37 años de carrera, esto haya sido útil a alguien, a un joven […], al tiempo en que me tocó vivir, a quienes cruzaron su camino con el mío, y a mi tierra”.

Previamente el ministro Méndez de Vigo había empezado su discurso de loa en euskera, idioma en el que respondió a Carlos Saura, que junto a Paz Vega habían realizado los primeros parlamentos laudatorios al premiado. Saura declaró: “En vasco, este festival se llama Zinemaldia, pero hoy es Zinebuendía, noticias buenas, como que nos van a bajar los impuestos. No me lo creo mucho, ministro. Ya es hora de que el ministro de Cultura se preocupe de la cultura, y de la cultura del cine”. Méndez de Vigo respondió: “Sí, en los Presupuestos de 2018 vamos a bajar el IVA al cine. Nadie quiere pagar impuestos, pero hay que financiar pensiones y servicios fundamentales”. En un discurso muy de su estilo, por la facilidad de palabra y escritura, recorrió la vida de José Antonio Domínguez Banderas, desde sus primeros años a su viaje a Madrid el 3 de agosto de 1980 en el tren Costa del Sol, y su descubrimiento, tras mucho batallar de puerta en puerta, por el director de la “Movida madrileña”, el manchego Pedro Almodóvar.

“A Pedro Almodóvar le parecía que el nombre de José Antonio Domínguez Banderas era nombre de torero, no de actor”

“Nuestro galardonado pasa a llamarse Antonio Banderas porque a Almodóvar le parecía que José Antonio Domínguez Banderas era nombre de torero, no de actor. Y, ciertamente, tenía razón, pero en todos los sentidos: porque nada hay más torero que el arrojo y la valentía de aquel joven malagueño abriéndose camino en el Madrid de los ochenta —atestado de artistas— en busca de su sueño”. Puede que por el recuerdo de aquellos años, Antonio Banderas ha donado los 30 mil euros que conllevan el galardón a la escuela de Arte Dramático en la que estudió en Málaga.

Al acto, en un salón rebosante, asistieron la plana mayor del ministerio y del festival de cine; directores de cine como Pedro Olea, Manuel Gutiérrez Aragón, Mabel Lozano, el mencionado Saura, Imanol Uribe o Lino Escalera; intérpretes como Arturo Valls, Ángela Molina —galardonada el año pasado-, Nathalie Poza, Paz Vega y Marisa Paredes.

Luis García Berlanga retrató como nadie la vida de los españoles del siglo XX, una España triste y gris, bajo la dictadura franquista

Desde la burguesía de principios de siglo, la Guerra Civil en el frente, la ilusión de la autarquía, las penalidades de la posguerra, la vida gris y angustiosa de los funcionarios o los negocios del franquismo, Luis García Berlanga (Valencia, 1921-Madrid, 2010) retrató como nadie la vida de los españoles del siglo XX a través de su cine. Con una mirada compasiva hacia la gente, no exenta de ironía y de esperanza, las películas de Berlanga fueron fiel reflejo de una España triste y gris, bajo la dictadura franquista.

Un ciclo, organizado por Caixaforum y la Fundación Ortega-Marañón, a principios de este año 2017, hizo un repaso, a través de doce películas del cineasta, de la historia de España, sus gentes y sus pueblos. Historiadores, filósofos, escritores y cineastas participaron en este proyecto que se inauguró con la proyección de “Novio a la vista”. Cada jueves, en la sede de Caixaforum, en Madrid (Paseo del Prado 36), y a un precio de cuatro euros, se proyectó en pantalla grande un título seguido de la intervención de profesionales, entre los que destacan historiadores como Santos Juliá o Carmen Iglesias, los escritores Antonio Muñoz Molina o Elvira Lindo, y cineastas como Fernando Trueba o Jaime Chávarri, entre otros.

“Si uno quiere saber lo que fue este país no hay mejores documentos que las películas ‘Plácido’, ‘El verdugo’ y ‘Esa pareja feliz’”

Más allá de gustos cinematográficos, Fernando Trueba, que participó en la jornada dedicada a “Plácido”, asegura que “si uno quiere saber lo que fue este país no hay mejores documentos históricos y precisos que las películas ‘Plácido’, ‘El verdugo’ y ‘Esa pareja feliz’”… Es un cine que va más allá de la propia comedia que entra de lleno en el realismo más hiperrealista”, añade el director de “La reina de España”, para quien “Plácido” pertenece a ese grupo de películas que necesita ver cada cierto tiempo.

Para Santos Juliá, que será el encargado de presentar “La vaquilla”, Berlanga retrató la vida tal y como era. “El cine de Berlanga era nuestra vida. Nos emocionaba porque, sin dar lecciones, te veías reflejado en sus películas. No dejó nunca de retratar el clima del franquismo, la losa gris de la dictadura, pero siempre con una llamada a la esperanza, a que la vida no se acababa ahí. Dentro de toda la oscuridad y negrura de la época, su mirada irónica y distanciada te procuraba, de alguna manera, un cierto confort cuando salías del cine”, asegura el historiador. Elvira Lindo, que participó el día de la proyección de “¡Vivan los novios!”, la grandeza de Berlanga —“Para mí fue todo un maestro”— reside en esa capacidad, peculiar y difícil, de hacer un retrato colectivo e individual de la gente y conocer de primera mano la realidad de cada época. “Unos directores pueden ser más poéticos y otros más dramáticos, pero de lo que no hay ninguna duda es de que Berlanga es único en el retrato de la gente”, añade Lindo.

Este ciclo coincidió con la publicación, en el último número de la Revista de Occidente, de dos inéditos del director y su guionista, Rafael Azcona, su gran compañero en la vida y en el cine, y figura esencial en la cinematografía de Berlanga. El guión para “Las cuatro verdades”, y el argumento original de “Siente un pobre a su mesa” -embrión de “Plácido”-, filmados por Berlanga y Azcona, son, en opinión de Fernando Rodríguez Lafuente, un prólogo de lujo para el “enorme fresco de la realidad de los españoles del siglo XX” que supuso la realización de este ciclo. “Es una ocasión única para revisar y volver a vivir la obra del que es considerado el más grande director del cine español”, asegura Lafuente, que ha colaborado para el proyecto con el hijo del cineasta, José Luis García- Berlanga, y la productora Sol Carnicero. “Ha sido una manera de redescubrir la dimensión intelectual y narrativa de Berlanga, que creo que está algo desdibujada en la memoria de los españoles”, aseguró el hijo del cineasta, para quien hoy su padre no podría haber hecho “¡Bienvenido, mister Marshall!” sin la tiranía capitalista, que puede ser más extrema que la censura franquista.

“Plácido” sería una buena película para que la vieran, obligatoriamente,  Mariano Rajoy y Carles Puigdemont, presidentes de España y Cataluña

Debería ser de exhibición obligada por las televisiones públicas españolas todas las Nochebuenas, antes o después del discurso del rey, la película de Luis García Berlanga más corrosiva y patética, ésa cuya acción transcurre la víspera de la Navidad del año 1961 y que a punto estuvo de reportarle un Oscar a su autor: “Plácido”. Que las generaciones de españoles que conocimos aquella época la recordemos, y los que nacieron después la conozcan, no le vendría mal a un país cuya desmemoria es tan escandalosa como su capacidad para reinventar su historia cuando se pone, da igual por escrito que en la televisión. Las peripecias de ese infeliz y pobre diablo (Cassen) que pasea una estrella navideña en el motocarro que es todo su patrimonio y del que ha de pagar una letra antes de que caiga el Sol si no quiere que el banco se lo quite, mientras las familias acomodadas de la ciudad participan en una campaña de caridad navideña patrocinada por una empresa de ollas de presión invitando a cenar a su mesa a un pobre —parodia de la que el régimen franquista había puesto en marcha ese año bajo el eslogan “Siente un pobre a su mesa”, título original del guión de Berlanga y Azcona, que la censura les obligaría a cambiar—, constituyen un gran espejo de lo que fue este país y de lo que todavía continúa siendo en cierta manera.

Como sucede con el “Quijote”, cuya lectura continuada cada 23 de abril en muchos sitios de España supone una revisión de nuestros antecedentes y una confrontación con la sociedad de hoy que a los lectores sorprende por su parecido, la revisión de “Plácido” hoy día proporcionaría a muchos igual sorpresa, además de servirles para saber qué ha cambiado y cuánto realmente en este país, más allá de los automóviles, la decoración navideña, la iluminación de las vías públicas, el menú de la cena de Nochebuena (pechugas de pollo para los ricos y alitas para los pobres, en la película de Berlanga) y el vestuario de los personajes. Viendo la Navidad de nuestros abuelos, muchos comprenderán que España tampoco ha cambiado tanto en el fondo, salvedad hecha de las ollas Cocinex y del discurso del rey, que antes lo daba Franco.Si el cine tiene un valor, es, como el de la literatura, su capacidad de rebobinar el tiempo y de mostrarnos la vida tal como era cuando se hizo. “Plácido” es un ejemplo de ello. Su exhibición anual el día de Nochebuena sería tan ilustradora como la reposición del “Don Juan Tenorio el de los Difuntos” (para los jóvenes hispanohablantes Halloween) o la lectura continuada del “Quijote” cada 23 de abril.

“Bienvenido, míster Marshall”, una crítica a los americanos de posguerra que discriminaron mucho al último bastión del derrotado fascismo europeo

Berlanga empezó haciendo ‘cine de situación’. Quiero decir que las situaciones eran bonitas, cinematográficas, interesantes. Así, “Los jueves, milagro”. Era una época en que estaban de moda las películas milagrosas: “Milagro en Milán” -de De Sica, me parece-, “Milagro a los cobardes”, de Manolín Pilares, que era un asturianín rojo y ferroviario que hizo buenos guiones. Andaba de boina por la vida literaria y escribía un diario interminable, que no se ha publicado jamás (Manolín se nos fue en un suspiro), y unas aleluyas navideñas llenas de mala leche que nos enviaba por Navidades. Berlanga, sí, empezó haciendo cine de situación. El humor de frase, de ocurrencia, de diálogo muy intencionado, es un salto cualitativo en su cine; un salto que viene de Rafael Azcona, el mejor guionista que ha tenido España jamás. Azcona hizo una novela, “Los europeos”, que estaba muy bien, y se inventó en “La codorniz”, de los cincuenta, “el repelente niño Vicente”, un empollón de gafitas cuya gracia estaba en que contestaba siempre en clase con toda precisión, dando la fórmula química, científica o latina, con una puntualidad que nos hacía mucha gracia a los alumnos de respuesta ignorante y barullona. Luego, Azcona dejó la literatura por el cine. El cine da más dinero y, sobre todo, permite el anonimato del guionista, dado el gran protagonismo del director, como antes fuera el protagonismo de la estrella, cuando el star-system, que dicen entre ellos.

¿Y por qué buscaba Rafael Azcona el anonimato? Bueno, sé que es tímido, incapaz de dar una conferencia, retraído, íntimo, genial, nada vanidoso, demasiado inteligente para la pretenciosidad. También hay la etapa en que Berlanga colabora con Juan Antonio Bardem. Son el comunista y el ácrata. Bardem quiere dejar siempre su mensaje comunista en cada película, aun contra la censura de Franco. Berlanga también deja su mensaje, que es escéptico, irónico, descreído, indiferente, desesperanzado y humorístico. Así nació “Bienvenido, míster Marshall”, una crítica a los americanos de posguerra que discriminaron mucho a España como último bastión (todavía se decía “bastión”) del derrotado fascismo europeo. Qué cosas. Al fin, Bardem y Berlanga se separaron amistosamente. Bardem hizo sus películas de compromiso: “Muerte de un ciclista”, “Calle Mayor”, “Nunca pasa nada”, “Cómicos”, etcétera. Berlanga hizo películas poéticas, como “Calabuch”.

“El verdugo” es quizá la película más dura, entera, beligerante y hermosa (una hermosura negra) de Luis, con Pepe Isbert y Emma Penella. Resulta que se había separado del rojo y era él mucho más rojo. Bardem le definía como “un fanfarrón inverso”: “Luis es un fanfarrón inverso. Presume de lo negativo. Presume de no saber, de no follar, de no triunfar, de no enterarse, de no tener salud, de no valer, de no servir…”. La fanfarronería inversa me parece una sabia manera de vivir, más galaica que valenciana, y Luis es de Valencia, pero la practica igual.

“Plácido” sí es costumbrismo. Los enemigos de Luis dicen que es un costumbrista. De los genios siempre hay que decir algo. Y más si viven en Somosaguas. El costumbrismo (Lauro Olmo) fue una manera como otras de luchar contra la censura. El costumbrismo tiene una tradición aplaciente, aunque ahí está Mariano José de Larra. Lo de Luis era costumbrismo crítico. “Plácido”, con el expresivo y desaparecido Cassen, que tiene un isocarro, es una película navideña llena de veneno crítico y denuncia sonriente. Lo que no sabrá Luis. El público adora esa película, que es como el poema amargo de unas navidades negras, con Manolito Alexandre haciendo un cojo cabrón e inolvidable.

@SantiGurtubay

www.educacionyculturacancun.mx

 

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