Bartlett

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Bartlett

Dos cosas:

En la misma dinámica de otros anuncios importantes, durante la presentación de los cuatro programas estratégicos del sector energético para el próximo periodo presidencial, no hubo las fastuosas formalidades protocolarias acostumbradas en los rituales decadentes y obsoletos de las élites del poder.

La presentación se hizo en una conferencia de prensa y desde una escalinata en las oficinas del virtual presidente próximo de la República; con toda seriedad, pero sin solemnidades ni discursos estériles ni demagogias politiqueras ni declaraciones baratas.

En un encuentro con la prensa, en mangas de camisa, López Obrador presenta uno de los ejes fundamentales de lo que ha sido su lucha y será su Gobierno, la política energética, y a quienes serán los responsables de la misma, y luego deja a éstos hacerse cargo de la conferencia de prensa para perfilar sus aproximaciones a los temas tan cruciales que les conciernen, mientras él se va de viaje a la Selva Lacandona -sin prensa ni anuncios ni logísticas presidenciales- a revisar en el terreno, dice, las condiciones de todo tipo en torno de otro de sus grandes proyectos de mandato: la recuperación y el aprovechamiento de las selvas y las áreas forestales del país, esta vez en territorio chiapaneco, una zona fronteriza crítica donde, según sus propuestas de desarrollo y sustentabilidad natural y productiva, es también urgente fomentar la inversión y la economía regional para estimular el empleo y el ingreso popular, combatir la pobreza y la desigualdad, y frenar los flujos migratorios hacia el norte de México.

La otra cosa: Bartlett, quien se hará cargo de la Comisión Federal de Electricidad.

Con Carlos Salinas, Bartlett fue también precandidato presidencial en los días de la sucesión de Miguel de la Madrid, y, cuando la sucesión del panista Vicente Fox, estaba mucho mejor dotado de recursos políticos y competencias institucionales que Roberto Madrazo para competir por la Presidencia de la República, la que terminaría ganando el panista Felipe Calderón, en 2006, por una muy cuestionada y mínima ventaja de sufragios sobre el entonces perredista López Obrador, y cuyo comportamiento público de las autoridades electorales y del presidente en turno del país -el dicho panista, Vicente Fox- alentó la especulación de un fraude.

Cuando la candidatura de Madrazo se advertía y estaba condenada al desastre, Bartlett propuso en el PRI un voto útil de los militantes de su partido en favor de López Obrador, con el argumento de que éste, al fin y al cabo, era un expriista más cercano a los principios y los compromisos sociales del PRI, y que por tanto era válido que los priistas más auténticos optaran por su candidatura, y no por la de la derecha neoliberal del PAN (por la que sí se inclinaron muchos priistas de los sectores del salinismo y el zedillismo privatizadores, y que eran los que dominaban ahora en el PRI y eran más cercanos al panismo y enemigos del proyecto social originario y cardenista del tricolor). Bartlett se salvó, entonces, de haber sido expulsado del partido -como proponían los seguidores de la dirigencia presididos entonces por Beatriz Paredes-, sólo para dejarlo por cuenta propia poco después, como tantos otros.

El salinismo y el zedillismo, al cabo, terminaron controlando las políticas hacendarias y financieras del panismo presidencial, que, con menos eficacia que los regímenes neoliberales del PRI y sin menos corrupción que éstos, no hicieron sino continuar las directrices de la derecha priista, pero con el membrete de la alternancia política y el cambio democrático.

Es cierto que Bartlett, como secretario de Gobernación de Miguel de la Madrid, pagó los platos rotos del fraude electoral que hizo ganar a Salinas en contra del candidato opositor del recién creado Frente Democrático Nacional, Cuauhtémoc Cárdenas.

Pero seguían siendo esos tiempos -postreros, si se quiere, pero esos tiempos- del autoritarismo presidencialista inapelable, donde la ‘institucionalidad revolucionaria’ suponía también cumplir las órdenes del supremo poder con absoluta obediencia, como tuvieron que hacerlo antes, con muchas otras disposiciones autoritarias, Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo y Andrés Manuel López Obrador, hasta que optaron por renunciar e irse, cuando el sector de la derecha monetarista y tecnocrática proclive al Consenso de Washington de Ronald Reagan, asumió el control del partido y les cerró la puerta y los espacios de participación a los últimos herederos de la doctrina social revolucionaria, consolidada en el Partido de la Revolución Mexicana -segundo antecedente del PRI, después del PNR- por el grupo de los radicales constitucionalistas de la escuela del general Francisco J. Mújica, mentor del expresidente Lázaro Cárdenas y dirigente nacional del partido en los tiempos de la transición de Partido Nacional Revolucionario a Partido de la Revolución Mexicana.

Bartlett se fue del PRI, como antes lo habían hecho sus excorreligionarios que se llevaron consigo el ‘ala izquierda’ del tricolor, con la que hicieron posible una oposición popular, masiva y electoralmente competitiva, sin la cual las viejas organizaciones comunistas y socialistas siempre confrontadas y atomizadas por sus irreconciliables desencuentros ideológicos estériles, derivados del estalinismo, el trotskismo, el maoísmo, el anarquismo y demás ramificaciones del marxismo-leninismo, jamás nunca hubieran tenido presencia social y un proyecto gubernamental y de Estado con verdaderas perspectivas de mandato.

Y cuando ellos se llevaron esa ‘ala izquierda’ del Revolucionario Institucional y éste sólo se quedó con la otra ala, la de los privatizadores y los oligarcas, pues no tenía más remedio que venirse abajo, puesto que ésa no era su naturaleza y su esencia fundacional; la suya era la de la síntesis del constitucionalismo revolucionario, donde las políticas sociales tenían que representar el ideario expropiado al agrarismo asesinado por los caudillos del carrancismo y el obregonismo, y las fiscales y financieras tenían que reformar el sistema de propiedad y privilegios prerrevolucionarios desde un sabio equilibrio cultural e ideológico donde el discurso de la justicia social legitimara el clientelismo gremial -patronal, sindical, campesino, profesional- y la alta concentración de la propiedad y el ingreso, mediante el superior control fáctico del poder del Estado en las manos del casi absoluto poder presidencial (revolucionario e institucional, claro está).

¿Que no ganó con López Obrador la izquierda clásica sino la izquierda priista de ayer?, eso está claro: de otro modo hubieran ganado algún día el Partido Comunista y sus sectarios rivales, pero esos nunca tuvieron fuerza popular propia y representativa. Fue la izquierda emigrada del PRI la que hizo la verdadera oposición de izquierda en el país con el PRD, porque la idiosincrasia del PRI era la síntesis política del país, con su izquierda, su centro y su derecha revolucionarias e institucionales, hasta que al PRD lo pulverizaron las tendencias y los grupos –o ‘tribus’- del intransigente modo de ser de la atomización comunista preexistente al Frente Democrático Nacional, y los militantes más frívolos y oportunistas se aliaron con lo que fuera -por ejemplo el PAN y el Movimiento Ciudadano, en las elecciones pasadas-.

El Movimiento de Regeneración Nacional no es un partido socialista sino una congregación militante de espíritu progresista -de izquierda y centroderecha- con la bandera de la anticorrupción que nunca habría de izar la izquierda del viejo PRI, porque la corrupción estaba en la génesis revolucionaria de todo el PRI y de la simulación de su presidencialismo, más fáctico que constitucional, donde sus líderes tenían que moverse entre los postulados de la justicia social -como concesiones revolucionarias a las clases populares- y los privilegios fundamentales de la oligarquía nacional. (El constitucionalismo revolucionario había sido una síntesis institucionalizada del porfirismo y el agrarismo en su versión más democrática y moderna; la unión aparente de los contrarios en un programa político de relativo contenido popular, sobre el que se alzaban la demagogia ideológica, el verticalismo fáctico del poder político, y el ejercicio de los equilibrios para justificar la alta concentración de la riqueza, intentar disimular la pobreza con grandes presupuestos sociales y asistenciales, y preservar a toda costa y por encima de la ley, el orden público y la paz social.)

El Morena tiene la bandera de la cruzada anticorrupción, que, de consumarse, haría viable, en la democracia y la modernidad, el proyecto social del viejo PRI, incorporando a los progresistas de centroderecha, dando espacio a los moderados de la socialdemocracia, y conteniendo a los radicales comunistas de la vieja escuela, que son ya bastante pocos.

Bartlett, como Ricardo Monreal, son de esa centroizquierda del viejo PRI, como López Obrador. Y esa es la alternativa que ha ganado en México con la aspiración de que la antigua izquierda priista realice su ideario de justicia social con un combate efectivo a la corrupción.

Pero Bartlett, como Monreal, son ‘liebres muy peñasqueadas’, diría el paisano, con todos los recursos y habilidades de inteligencias muy competitivas fraguadas en largas trayectorias donde han enfrentado y han sabido trascenderlo todo, luego de un andar donde las batallas políticas modernas son, para ellos, juegos de niños, comparadas con las del viejo PRI.

La escuela de Bartlett esa prueba de todos los obuses de la guerra política de todos los tiempos. No tiene tachas en su ejercicio institucional, ni en su desempeño político ni en el de la administración pública.

Como estadista, legislador y funcionario, Bartlett está por encima de la media de la comunidad política nacional, y tenía perfil suficiente para ser presidente de la República cuando su entonces jefe, Miguel de la Madrid, le ordenó no sólo renunciar a sus pretensiones y posibilidades en favor de Salinas de Gortari, sino que, en su calidad de secretario de Gobernación y responsable en su tiempo de los comicios federales, hiciera ganar al candidato oficial a toda costa, incluso del fraude, si, como pasó, su principal opositor, Cuauhtémoc Cárdenas, los superaba en el conteo de sufragios.

Porque Bartlett, como estaba claro, no era simpatizante de liderazgo salinista, y Salinas lo veía como un competidor indeseable, no como un aliado que no sólo nunca fue de su causa neoliberal, sino a la que se opuso siempre, y contra la que argumentaría los principios sociales y nacionalistas de la doctrina revolucionaria del PRI, y contra cuyos proyectos privatizadores enderezó una campaña desde su propio partido, que continuaría luego desde la oposición en una izquierda integrada a la causa lópezobradorista, y que no era otra que la de los defensores de las banderas populares del Revolucionario Institucional, que se fueron de él cuando se vislumbraba que los bienes más rentables del Estado mexicano, como Pemex, terminarían siendo vendidos a precios de ganga en las ferias del mercado global de productos y servicios.

Es cierto que Cuauhtémoc Cárdenas ha sido el líder mexicano más comprometido con la defensa nacional de las industrias energéticas, particularmente de los hidrocarburos y la electricidad, pero también que en esa lucha se ha involucrado siempre consumo conocimiento de causa, Manuel Bartlett. Y tan cierto es eso, como que uno y otro fueron priistas antineoliberales, y que, con mucho, Bartlett fue siempre un dirigente político e institucional más competente y distinguido que Cuauhtémoc Cárdenas, del mismo modo que lo fue Porfirio Muñoz Ledo, aunque con la desventaja de no tener la popularidad del apellido de Cuauhtémoc, ligado a la nacionalización del petróleo y a las mejores banderas populares del Partido de la Revolución Mexicana, defendidas por su padre, y cuyo cardenismo hoy se condensa en el Movimiento de Regeneración Nacional y en su fundador y líder histórico, Andrés Manuel López Obrador, virtual presidente próximo de México.

SM

estosdias@gmail.com

 

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