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Cajón de sastre: El chante de la Tere, la vileza de Félix, las barbas de Max y los egos delirantes (segunda parte)

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A más de un lector le extrañará que en esta pulcra columna -por decir lo menos- se usen voces palurdas como chante, que no sólo nace en barriadas de la capital mexicana sino además es un arcaísmo. Fue popular allá por el siglo XVII, pero de vez en cuando se utiliza. Quiere decir casa o vivienda. Por ello ‘el chante de Tere’ se entiende como ‘la morada de Teresa’,  lo que es también un enorme despropósito.

         Lo es porque el chante al que se alude es nada menos que el Templo de Santa Teresa la Antigua, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, una señorial edificación del siglo XVI aún en restauración por el INBA. Ahora es el museo Ex Teresa Arte Actual. Al principio fue el Monasterio de San José de las Carmelitas Descalzas y por allí paseó Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana, o ‘Chanita la de Nepantla’.

         ¿Por qué, entonces, abrir la non columna con semejante pifia? Por dos razones: la una, que es potestad de El Escriba abrir su texto como le venga en gana, y otra, para dar al caro lector aires republicanos, ya que luego de que Benito Juárez promulgara las Leyes de Reforma se instaló allí la primera Escuela Normal del país, luego la Escuela de Odontología y más tarde la de Iniciación Universitaria.

         Se precisan estos aires juaristas para dar cabal respuesta a las virutas que quedan, en lo formal, de las conservadoras pandillas que recuerdan al fusilado en Querétaro y se cobijan -¡Jolines!, exclamó el gallego- bajo el ala maternal de la Casa de Habsburgo Lorena en México, desde donde publican por la Internet –la guerra contra los liberales los dejó en la chilla- una serie de infundios contra el “Benemérito de las Américas”.

         A mediados del pasado junio, en la ostentosa iglesia San Ignacio de Loyola, nada menos que don Carlos de Habsburgo Lorena invitó a sus paniaguados, con “vestimenta  formal”, a la misa por el 150 aniversario de la muerte de Maximiliano de México y los generales Miguel Miramón y Tomás Mejía. Los que no tuvieren traje, podían ir vestidos suavos, pero sin bayoneta; se prohibió llamar Max al finado emperador.

         Entre las pifias de estos trasnochados, se acusa al “indio zapoteco de Juárez” de arrasar el pasado colonial de la capital del país –lo que el caminante observa en el Centro Histórico es ilusión-, de “robar a la Iglesia” –las patas eclesiales tenían más del 60 por ciento de los inmuebles del país- y hasta de “sacar los ojos al cadáver del emperador para hacerse con ellos unas mancuernillas”. “¡Ay ojón…!”, dijo el joyero.

         A guisa de colofón y antes de ir a otro tema, en el Museo del Castillo de Chapultepec están las barbas de Max, las que fueron donadas en 1963 por “Doña Paca”, dueña de la tienda anticuaria La Granja, de la capital del país. La reliquia fue vendida a sus antecesores por los sucesores del fino Vicente Licea, médico de medio pelo que embalsamara al austriaco y de cuyo real cuerpo hiciera un gran negocio.

         Resulta que el antedicho traficó con las vísceras –los ojos lo son-, la sangre, pedazos de corazón, la máscara mortuoria y hasta la misma sábana del difunto, por lo que tras denuncia de la princesa Inés de Salm Salm se enjuició al galeno y fue condenado a tres años de prisión y al pago de una multa. A la sazón, en 1867, el cadáver no era bienquisto por los liberales, los que habían pagado una larga guerra por su pellejo.

         Ya en tráficos canallescos, Félix González Canto solicita sitio. Resulta que vendido muy por debajo de su precio real a la empresa Caveri en los días finales de su Gobierno, allá en el 2011, el lote donde estuvieran las Villas Juveniles del CREA al inicio de la Zona Hotelera de Cancún, está de nuevo en pleito: un grupo de asociaciones civiles piden la revisión del contrato de compra-venta del predio y se proceda conforme a derecho.

         No se trata de una demanda ilusa, sueños guajiros, como se dice de manera coloquial, sino de la exigencia de que se realice un acto de elemental justicia. El predio costero de casi dos hectáreas fue vendido por el Gobierno estatal en menos de 39 millones de pesos, mientras que su valor comercial por ese entonces era de por lo menos diez veces más, es decir de casi los 400 millones de pesos.

         Caveri Inmobiliaria, la empresa favorecida por González Canto, tiene a la cabeza a Ricardo Vega Serrador, conocido como el ‘zar de las gasolineras’ y quien es investigado por la PGR. Quiere edificar allí torres habitacionales de hasta veinte pisos. El costo actual por metro cuadrado en tal lugar de la Zona Hotelera supera con facilidad los mil dólares.

         Recuperar el lote debe ser prioritario para las autoridades estatales, y no sólo porque se trata de un acto de justicia sino porque, además, el predio puede volver a su finalidad inicial, es decir atender a la población juvenil del país. Aquellos que demandan el retorno de este bien al poder público deben ser oídos. Los intereses de un grupo mafioso no pueden estar por encima del interés general.

         Ya metidos en gastos, como dijo el derrochador, el pasado domingo 9 de julio el Gobierno estatal dispuso se quitaran los nombres de los exgobernadores del obelisco que está en la Explanada de la Bandera de Chetumal. El lunes los capitalinos pudieron ver cómo el dolmen alzado en 1943 volvía al que tenía antes de sufrir los desvaríos maniacos de Roberto Borge Angulo, quien se quiso ver reflejado en un monumento histórico.

         Si bien pudiera parecer tozudo, conviene repetir que los gobernadores, por más útiles que sean a sus Estados o por más honestos que pudieran ser, son sólo servidores públicos. Aunque sí el más ampuloso, Roberto Borge no fue el único en ceder al halago servil y a los engaños de la egolatría. Hoy por hoy muchas colonias, sindicatos y avenidas estatales llevan el nombre de algún exgobernador. Casi todos están en la lista.

         La medida de retirar el nombre de los exgobernadores del obelisco fue atinada y más aún porque se hizo con discreción, sin el ruido que por lo habitual acompaña a estos actos. Fue hasta aceptable la razón oficial de que se busca integrar a la plaza al catálogo del INAH. Se hizo lo correcto, claro, aunque llamar afrenta a los delirios del preso en Panamá, es excesivo, sobre todo viniendo de quienes le aplaudieran el desvarío.

         Sin embargo, en países como México donde la adulación al poderoso es casi connatural al poder, es fácil que la lisonja solapada o abierta ponga en riesgo la estabilidad del propio mandatario. Poner su imagen o nombre en todo documento y oficina de la geografía oficial, es exacerbar su ego. En países con sociedades más adelantadas, a tal práctica se le tiene por retrograda. Mexican curious, dicen cuando son generosos

         Para aprovechar la visita a la ciudad capital del Estado, el pasado viernes 7 de julio, en el Museo de la Cultura Maya, se llevó a cabo la lectura de la plaquette “Los días sin fe”, de la poeta Odette Alonso, editada por la Gaceta del Pensamiento. En el acto estuvieron presentes viejos y nuevos amigos de la escritora, como Norma Quintana y Agustín Labrada, además, claro, de El Escriba, en representación de El Minotauro.

         Por cierto, esta próxima semana estará en circulación la edición 40 de la Gaceta, la que presenta el libro “Ángel de luz y sombra”, de la escritora Macarena Huicochea. La portada se diseñó con base en el lienzo “Ángel liberado”, de Daniela Palacios, una de las mejores pintoras de México y, por añadidura, musa de un poeta del que no se han de dar más señas que su airoso sobrenombre: Terror de las féminas de la Ribera del Río Hondo, aunque sólo hasta La Unión.

         Mas tornemos al chante de Tere; perdón, al ex convento de Teresa, que ya se mostraron las tretas monárquicas. El edificio se ubica junto a donde estuviera la Casa de las Campanas, sede de la imprenta Juan Pablos, la primera en América, y de la que salió el que se dice fue el primer libro continental: “Breve y más compendiosa doctrina christiana en lengua mexicana y castellana”, de fray Juan de Zumárraga.

         La casa del impresor ítalo Juan Pablos, por muchos años fue presa del azar. Pasó de claustro religioso a cuartel militar y de éste a local invadido por las tropas gringas en 1847; más adelante fue tienda de muebles, pasando por oficina de la Papelería Militar Marte, hasta que en 1989 la Universidad Autónoma Metropolitana la compró para restaurarla y para ubicar allí su Centro de Enseñanza Avanzada. (Continuará.)

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