Campañas de la infamia

Campañas de la infamia

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Podría escribirse un comentario periodístico a fuerza de procacidades en torno de las campañas políticas en curso, de las elecciones que vienen y del futuro que le espera al país merced a la piltrafa democrática y en proceso de degradación que vive.

No hay lugar para el análisis;nada qué consignar en términos de hipótesis y paradigmas. Las palabras son las mismas estúpidas palabras de la demagogia iletrada de los tiempos de esta democracia nacida en la alternancia presidencial del iletrado guanajuatense llamado Vicente Fox.

Los candidatos integran, (casi) todos, una comunidad de suma cero. No tienen programa ni discurso. No tienen ideas creíbles (ni siquiera ideas).

No parecen tener madre. Parecen todos hijos de la misma cuadra con distinto fierro partidista.

Chanito Toledo, por ejemplo, conspicuo hijo político del preso Roberto Borge, es ahora candidato de una chusma opositora a la del partido que echó a Roberto Borge de sus filas, y que con tal candidatura no hace sino confirmar que dicha oposición, su candidato a alcalde del Municipio cancunense y la moral de sus cúpulas y militancias son, ni más ni menos, el mismo estercolero de Roberto Borge y el partido que lo echó de su seno para intentar lavarse la cara embadurnada de la corrupción y la delincuencia y la estulticia que suponen Beto Borge, Chanito y los partidos y coaliciones que -en distintos tiempos pero con el mismo descaro- los han propuesto como candidatos y representantes populares. ¡Qué poca madre!

No puede haber análisis donde no hay materia. No puede haber tesis donde los sujetos de las revisiones críticas y sus causas históricas son meros nombres sin significado y circunstancias anodinas.

Ver todo ese patético desfile de candidatos en campaña es peor que un circo bufo.

La democracia electoral mexicana no impone exigencias éticas y de principios, fundamentos de mandato, lineamientos conceptuales, documentos estratégicos, planteamientos sistemáticos como soporte de propuestas viables y mensurables. Nada de eso. Cualquier imbécil es propuesta elegible de cualquier cúpula de bandoleros a la caza de los búfalos del poder en las llanuras de arco y flecha de la tierra de nadie, que al fin y al cabo este país es del que a puños y con las manos sucias traga más pinole.

No hay nada qué decir que no sean augurios aciagos sin más profundidad reflexiva que la de la simple vista.

Revisar perfiles y trayectorias es nadar cuando menos en naderías y cuando más en pestilencias de letrina. Nada hay allí en valores, causas, razones, argumentos, obras y acciones trascendentes de cambio, de superación social…

Nada le debe pueblo alguno a tales mamarrachos por su entrega y por sus compromisos de servicio y reivindicación comunitaria.

Estamos jodidos, peor que nunca.

Nada dicen esos candidatos que pueda servir de algo y nada hay para decir sobre ellos que no sean improperios.

¿Quieren a Beto Borge volviendo a mandar en Cancún como lo hizo a través del pobre diablo de Paul Carrillo?, elíjase pues a Chanito, que era el elegido del ahora preso exgobernador quintanarroense para sucederlo en el poder estatal. ¿Quieren que un vividor que ya desbarató las finanzas del Ayuntamiento de Othón P. Blanco vuelva a hundir esa Comuna más de lo que ya está?, vótese de nuevo por Carlos Mario Villanueva Tenorio. ¿Quieren alcornoques quintanarroenses en el Senado de la República bananera mexicana?, elíjase a Raimundo King, del PRI, o a Marybel Villegas, del partido de la renovación moral (ah… esos ecos del delamadridismo ochentero) de López Obrador.

Infamia política. Pudrición democrática. El futuro mexicano y quintanarroense es el de los gruñidos de los monos discursando en las tribunas representativas de la patria.

A duras penas hablan. Menos pueden disertar, discernir, disentir, debatir, dialogar e interactuar sobre diseños y políticas y planes de desarrollo, sobre iniciativas estructurales efectivas de seguridad y sometimiento de la violencia, de combate frontal y terminal contra la corrupción, de eficaz reordenamiento de la institucionalidad y el funcionamiento del sistema político-electoral y de transparencia y fiscalización del servicio y los recursos públicos, etcétera.

Por eso los debates no son obligatorios en los procesos de campaña, ¿para qué? ¿Qué va a decir uno del otro, que el otro no diga de aquél y de manera tan mal dicha como la suya? ¿Qué pasados son salvables de la ignominia? ¿Qué virtudes y mandatos populares los distinguen? ¿Qué inteligencias y razones pueden ser tan ponderables y convincentes, si la dislexia y la falta absoluta de bagaje y posibilidades de abstracción hacen la media del colectivo pluripartidista que exhibe impunemente las miserias de su subdesarrollo político e intelectual, buscando, dice, el voto popular? (claro: para no hablar de convicciones, claridad ideológica, aptitud vocacional y esas cosas de la dignidad de los liderazgos, porque en el reguero de proclamas y adscripciones de campaña casi nadie, entre el público ciudadano y elector, sabe nada sobre quién es quién, de dónde sale, por qué ahora no es de allá sino de acá; y la pertinencia y la precisión retóricas no son la clave explicativa de las pertenencias y adscripciones competitivas, sino quién tiene más recursos en la bolsa o más mentiras en la boca para mover detrás suyo a más incautos en la hora de la hora del confuso desmadre de la democracia pluralista y analfabeta de nuestros cavernarios días.)

Carne de olvido, de impunidad y de presidio, es lo que va y viene rumbo a las elecciones de julio venidero. Carne vil. No hay ideas ni idearios ni alforjas confiables de sobrios presupuestos de poder. Nada para gobernar, legislar y acabar con la onerosa vagancia política de los partidos y los grupos que los mueven en función sólo de sí mismos. Nada para evitar seguir rebotando en el desfiladero.

En México, la política no pasa de lo anecdótico y circunstancial; es una caricatura grotesca de la verdadera política. Y las elecciones son una cínica malversación del derecho al sufragio legitimada por una vasta, inútil y costosa institucionalidad dedicada a nada más que a la vigilancia de la logística del acto de sufragar y contar los votos, así se cometan las peores atrocidades para ganar comicios.

En México, por otra parte, el humanitarismo de la defensa de los derechos de los criminales es una mera simulación que los victimiza a ellos, y hace la impunidad y el escarnio en contra de sus víctimas, y multiplica al infinito la derogación de las instituciones y, con ella, la violencia, la inseguridad y la barbarie.

En México, los de la democracia y la Justicia son procesos fársicos y dolosos.

Si Andrés Manuel López Obrador gana las elecciones presidenciales y en realidad quiere combatir con éxito la corrupción, tendrá que ejercer, desde el primer día de su mandato, iniciativas pragmáticas y definitivas de poder que acaben con la falacia representativa de la democracia electoral y con la simulación humanitarista que fortalece la impunidad de los delincuentes.

Tendrá que promover reformas político-electorales de fondo que limiten drásticamente el financiamiento de partidos e instituciones electorales (él mismo ha dicho que el salario desmedido de los funcionarios electorales representa enormes e improductivas fugas del erario) y que posibiliten la nominación de candidatos competentes y legítimos, para suplir de manera radical el basurero de postulaciones que andan en campaña regando su desvergüenza y su descrédito por las calles y veredas del país.

Y para dar credibilidad a sus propuestas de justicia y fin de la corrupción pública, tendrá que meter a la cárcel a delincuentes como el candidato presidencial panista Ricardo Anaya y elmandatario federal priista Enrique Peña Nieto; de otro modo, sus promesas de redención moral se irán al diablo más pronto que tarde, con todo y su proyecto de regeneración nacional.

El exsecretario de Hacienda y candidato presidencial del PRI, José Antonio Meade, ha dicho, igual que el Procurador General de la República, Alberto Elías Beltrán, que sobran las evidencias fiscales y judiciales de que Anaya es un evasor fiscal y un criminal. Pero el Gobierno del partido que ha postulado a Meade no ha procedido contra Anaya porque tiene la cola muy larga y muy sucia para hacerlo, y para actuar penalmente en su contra tendría que hacer lo mismo con el priista exgobernador chihuahuense César Duarte, otro pájaro de cuenta de la misma calaña que el panista Anaya.

Contra el régimen de Peña hay sobradas evidencias también de alta corrupción.

Si López Obrador gana y no pone tras las rejas a toda esa pandilla, se confundirá con ella.

De promesas retóricas está este país hasta la madre.

La politiquería humanitarista y la demagogia anticorrupción ya no caben en una democracia en ruinas y agotada por ellas, por su inmoral pluralidad indistinguible donde todos los delincuentes del poder son iguales, sean del partido que sean.

No tendría que haber más demagogia humanitaria favorable a los sicarios ni impunidad contra los delincuentes políticos del mayor nivel.

Si López Obrador ganara y no cumpliera con esas encomiendas de la justicia desde los primeros días de su Gobierno, otra alternancia en el poder presidencial se habrá ido, como todas, al carajo.Y si Mauricio Góngora, Beto Borge y los compinches suyos que se robaron grandes patrimonios del Estado de Quintana Roo siguen libres, unos, o salen pronto de la cárcel, otros –como están saliendo casi todos los que han entrado-, porque las acusaciones prescriben o están mal fundadas o están siendo negociadas entre unas y otras autoridades, como está empezando a conocerse –en el sentido de que no haya presos que López Obrador, de ganar la elección presidencial, podría no dejar salir como comparsas y chivos expiatorios que han sido de Peña y los grupos de poder de su entorno-, la inmundicia política y judicial sólo se seguirá reciclando.

SM

estosdias@hotmail.com

 

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