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Con un liderazgo presidencial en retirada, crecen en el PRI la división, las traiciones y el oportunismo, de cara a los comicios del 2018

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En los últimos meses, el Partido Revolucionario Institucional ha entrado en un tobogán de descomposición del que no se ve cómo ni con el liderazgo de quién pueda recuperarse, arrastrado como va por la impopularidad y la animadversión general contra el presidente Enrique Peña Nieto, la inoperancia y el descrédito de las reformas ‘estructurales’ que éste promulgó sin que haya noticia de sus beneficios sociales, y los grandes casos de corrupción de exgobernadores de ese partido –unos presos, otros prófugos, y otros investigados o en la vía de ser procesados- que desfalcaron a sus entidades con la complacencia del poder presidencial, cuando no, también, como en el caso de Tamaulipas, contribuyeron a ensangrentarlas mediante su sociedad con el ‘narcoterror’. La administración presidencial de Peña había empezado en 2013 con la propaganda y la retórica a su favor, con una imagen prometedora de grandes transformaciones generacionales y de renovación democrática del partido de la Revolución Mexicana, con el país envuelto en un clima de violencia e ingobernabilidad que acusaba doce años de alternancia panista fallida en el supremo poder, y un liderazgo de López Obrador apenas expectante, metido en las faenas organizativas de su nuevo partido y un poco marginado ante el oleaje mediático, protagónico y exultante de la ‘nueva generación’ tricolor y el ‘nuevo PRI’ que habían llegado, anunciaban, para quedarse, porque eran una edición corregida y aumentada con lo mejor de la experiencia de todos los años en el poder y la fuerza creativa y vanguardista de los nuevos liderazgos emergentes. Pero lo nuevo no era verdad. Era no más que un monigote carismático y artificioso, con el mismo espíritu decrépito y colapsado del patriarca secular, vestido con un disfraz de aceptable apariencia democrática y actuando sobre un guión de telenovela –con un discurso de cartón piedra de promesas y programas renovadores cortados a la medida- diseñado por los creadores de imagen y estereotipos de moda de los monopolios televisivos, para un consumo electoral de temporada sin mayor calidad de juicio ni conciencia ciudadana en profundidad. La ‘nueva generación’ y el ‘nuevo PRI’ no eran más que una manga de corruptos precoces y rapaces sin precedente en la historia de saqueos y malversaciones del Estado mexicano, para quienes robarse cien o doscientos o mil millones de pesos no justificaba la lucha por el poder, cuando la impunidad de la hora de la democracia y el pluralismo anárquicos posibilitaba el hurto y la malversación de decenas de miles de millones y la opción de quebrar las arcas públicas con endeudamientos siderales y bancarrotas absolutas de las administraciones bajo su poder. Hoy, en el derrumbe y ante la ilegitimidad y las debilidades del liderazgo nacional, algunos oportunistas alzan la voz y claman por la urgente recuperación del partido y proponen reformas que sean capaces de relanzarlo hacia las elecciones presidenciales y federales del 2018. No son mejores que los gobernadores presos ni que el presidente de la República que amparó sus atropellos y sus crímenes. La yucateca Ivonne Ortega, por ejemplo, no gobernó su entidad mejor que su socio de negocios en Quintana Roo, Félix González Canto, con quien procreó la fracasada candidatura de Mauricio Góngora para suceder a Roberto Borge, engendro de aquél. Esos ‘reformadores’ del PRI son más una especie carroñera tras los restos humeantes de su partido, que líderes confiables para su renacimiento. Son más sepultureros que obreros de su resurrección.

Con un liderazgo presidencial en retirada, crecen en el PRI la división, las traiciones y el oportunismo, de cara a los comicios del 2018

 

Javier Ramírez

En las últimas tres décadas del siglo pasado, con el paso de Luis Echeverría, José López Portillo, Miguel de la Madrid, Carlos Salinas y Ernesto Zedillo, México pasó del populismo al neoliberalismo y padeció una serie de eventos que lastimaron la estabilidad del país y empobrecieron a los ciudadanos. El desplome del peso, el terremoto del 85, la sublevación zapatista, el asesinato de Luis Donaldo Colosio, el ‘Pemexgate’ y las masacres de Aguas Blancas y de Acteal, comenzaron a perfilar la salida del viejo Revolucionario Institucional de Los Pinos.

Con la llegada del nuevo siglo, el PRI finalmente sufre su primera derrota presidencial. Un gris Francisco Labastida Ochoa no pudo con el ‘encanto’ de un empresario ranchero y dicharachero como Vicente Fox Quesada, quien apoyado por el PAN y el PVEM cargó con la ilusión de un mejor país. Si bien su desempeño fue la medida de su iletrada mediocridad, Fox consiguió mantenerse a flote para que su correligionario Felipe Calderón lo sucediera luego de los comicios del 2006, aunque en medio de protestas masivas por el presunto fraude operado para detener la avanzada del entonces perredista Andrés Manuel López Obrador. El candidato del PRI esa vez, Roberto Madrazo Pintado, ni siquiera pudo ganar en alguna entidad, pese a que había 17 gobernadores priistas. No lo querían de presidente de la República ni en su propio Estado

A pesar de ser oposición durante 12 años, el PRI consiguió mantener la mayoría en el Congreso de la Unión y en las gubernaturas del país. Pero la división había comenzado.

Del Tucom al Panal

Antes de la humillante derrota de Roberto Madrazo se había conformado el llamado ‘Tucom’, o ‘Todos Unidos contra Madrazo’, un movimiento encabezado por el entonces coordinador de los senadores del tricolor, Enrique Jackson, y los gobernadores del Estado de México, Arturo Montiel; de Tamaulipas, Tomás Yarrington; de Nuevo León, José Natividad González Parás; y de Coahuila, Enrique Martínez y Martínez, con la misión de evitar que el tabasqueño fuera el candidato presidencial, aunque sin éxito.

Pero el golpe más fuerte lo recibió de quien fuera la secretaria general del Comité Ejecutivo Nacional, la profesora y dirigente del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), Elba Esther Gordillo, quien se separó del partido para conformar el llamado Partido Nueva Alianza (Panal). La profesora sostendría diversos pleitos con Madrazo, a quien acusó de intentar asesinarla y de negociar con Carlos Salinas y el Gobierno federal panista las reformas que permitirían la inversión privada en los sectores educativo y energético.

Éste y otros conflictos provocaron que el PRI, en esas elecciones del 2006, terminara por primera vez en su historia como la tercera fuerza política del país.

La recuperación

Aprovechando que el presidente Felipe Calderón era fuertemente criticado por lo que aseguraron era una lucha personal con el narcotráfico que arrojó miles de muertos a lo largo del sexenio, el PRI comenzó a despuntar nuevamente. Consiguió, con la dirigencia de  Beatriz Paredes Rangel, mantener gubernaturas importantes, como las de Tabasco, Veracruz y Chihuahua, así como recuperar otras como Yucatán y Michoacán.

Con el control de las Cámaras federales, el PRI, con el apoyo de sus antiguos rivales del PVEM, frenó diversas reformas de Felipe Calderón. Además, comenzó a difundir la imagen del gobernador del Estado de México, Enrique Peña Nieto, en todos los medios posibles.

Meses después, Peña fue postulado como candidato presidencial. El PRI y sus aliados del Verde derrocharon millonarios recursos en todo el país por medio de sus gobernadores, senadores, diputados y organizaciones populares para prácticamente comprar la elección. Como había sucedido en el 2006, las autoridades encargadas de vigilar los comicios se hicieron de la vista gorda e ignoraron cientos de denuncias tanto de partidos como de ciudadanos. Cuando los mexicanos abrieron los ojos, el dinosaurio seguía allí, con renovada apariencia y disposición para perpetuarse muchos años más.

Los yerros de Peña

Con la intención de ‘legitimar’ su victoria, Enrique Peña Nieto dio un golpe sobre la mesa desde los primeros días de su administración. Llamó a firmar un Pacto por México con las principales fuerzas políticas de entonces, el PAN y el PRD, para comenzar a cerrarle el pasó a una nueva candidatura de Andrés Manuel López Obrador. Desde entonces, Peña, sin saber qué es a ciencia cierta pero alentado por los coros globales contra los opositores al neoliberalismo y la privatización, mantiene en su escaso vocabulario el término populismo como uno de sus favoritos a la hora de leer discursos.

La líder del SNTE, Elba Esther Gordillo, quien durante décadas fue figura estelar del clientelismo priista y luego factor estelar del PAN, fue su primera víctima. El 26 de febrero de 2013 fue detenida en el aeropuerto internacional de Toluca por elementos de la Procuraduría General de la República, acusada del delito de operación con recursos de procedencia ilícita. Actualmente permanece encarcelada, abogando por la prisión domiciliaria y movilizando a sus fieles del magisterio en contra del PRI y del PAN.

Además, promulgó una serie de reformas constitucionales que abrieron paso a la inversión privada en diversos sectores, lo que económicamente era necesario en alguna medida pero de lo que muchos desconfiaban dados los antecedentes privatizadores de la corrupción salinista. Peña Nieto prometió que con sus ‘reformas estructurales’ el ciudadano vería enormes ventajas, como la disminución de los precios de las gasolinas y de las tarifas de luz y gas. Sin embargo, fue todo lo contrario. El presidente y sus asesores se toparon con un entorno económico adverso y no tomaron a tiempo las medidas necesarias para disminuir el impacto, lo que resultó en la devaluación del peso. El dólar llegó a alcanzar los 20 pesos en algún momento de este año y todos los productos subieron de precio. Y aunque poco a poco el dólar ha bajado, el daño ya estaba hecho.

El descontento de la gente creció por las promesas incumplidas de Peña Nieto, cuya popularidad descendió hasta convertirse en el presidente menos aceptado.

El PRI y Peña hacen hoy día un descomunal esfuerzo por llegar lo menos debilitados posible a las elecciones del próximo año, en donde enfrentarán a un cada vez más fortalecido Andrés Manuel López Obrador y al Morena, y ya cabildean la erosión de ese proyecto que amenaza con sacudir los privilegios de los grupos de poder actuales, de modo que, como en las elecciones recientes del Estado de México, el PRD se convierta en un factor en contra y se refuerce en una alianza con la derecha panista, sea con la exprimera dama, Margarita Zavala de Calderón, como candidata, o con el dirigente nacional del PAN, Ricardo Anaya, o con el favorito de Peña, el poblano Rafael Moreno Valle. .

La victoria del tricolor en el Estado de México, conseguida con los millones de pesos inyectados desde la Federación a la candidatura de Alfredo del Mazo, aunque pírrica por el gran desgaste de imagen ocasionado al partido presidencial, significó para Peña una bocanada de aire fresco por cuanto pudo mantener el control de ese partido rumbo a las elecciones del año venidero. Sin embargo López Obrador consiguió, pese a la derrota de su candidata gubernamental, el mejor resultado del Morena hasta la fecha. Con menos de tres puntos porcentuales en esta última elección, el PRI sabe que está a punto de perder nuevamente la Presidencia.

Crece el conflicto interno

Antes de que la nave termine de hundirse, varias son las figuras del PRI que buscan tomar ventaja de la adversa situación de Peña Nieto. Una de ellas es la exgobernadora de Yucatán, Ivonne Ortega Pacheco, sobrina del ya extinto y también exgobernador, Víctor Cervera Pacheco. En declaraciones al periódico capitalino El Universal, la diputada plurinominal del tricolor acusó al actual dirigente nacional priista, Enrique Ochoa Reza, de sumir al PRI en una crisis con sus decisiones cupulares. Asegura que si la dirigencia decide imponer a su candidato presidencial y no escuchar a la militancia, el partido llegará al 2018 con la peor crisis en su historia.

Sin embargo, pese a todas las irregularidades que denuncia, Ortega Pacheco no tiene entre sus planes salir del PRI. Su intención ha sido desde hace varios años ser la candidata presidencial para el 2018, algo que no está en los planes de Ochoa, quien a nombre de su jefe Peña, en los últimos meses ha deslizado a la opinión pública su presunta apuesta por la imagen del exrector de la UNAM y hoy secretario federal de Salud, José Narro Robles, un académico de larga militancia priista al que se identifica con una imagen poco percudida en los pantanos del poder político y al cual, pese a su edad, se considera una opción en medio de la crisis de valores del partido, aunque en las encuestas sus números están lejos de los otros aspirantes –y preferidos reales de Peña-, como Miguel Ángel Osorio Chong, Luis Videgaray y Eruviel Ávila, todos con una imagen pública cercana a la presidencial.

Pero si Narro aún no figura entre los más fuertes ‘candidateables’, Ivonne Ortega está incluso por debajo del titular de la Sedesol, José Antonio Meade Kuribreña, el único de todos los peñistas no contaminado por acusaciones de corrupción y en cambio identificado siempre con altas calificaciones de competencia en el servicio público. La exgobernadora está, obviamente, urgida de reflectores.

Sin embargo, Ortega Pacheco es adicta al exhibicionismo populachero y a la estridencia matraquera, a la demagogia de los peores tiempos clientelares del tricolor, al abuso del poder y de los bienes públicos, y al derroche del erario con fines electoreros, protagónicos y de imagen. A su paso por la gubernatura de Yucatán, por ejemplo, se gastó cientos de millones de pesos de las arcas estatales para financiar telenovelas, concursos de bellezas, y cumplir caprichos para lucirse, como la construcción de un centro Teletón y los conciertos fastuosos de Plácido Domingo, Elton John, Shakira o Juan Gabriel. Su particular narcisismo, rodeada de excesos y autoelogios, fue uno de los distintivos de su generación y fue igualmente compartido por sus amigos y vecinos, Félix González y su pupilo, el hoy preso Roberto Borge.

Miembro de ese grupo político de enfermiza voracidad y suprema irresponsabilidad, Ortega dejó a su Estado con una deuda pública de ocho mil millones de pesos, cuando recibió una de sólo 300 millones. Y no era para menos, pues según Reporte Índigo, la gobernadora tuvo la asesoría y ayuda del empresario Arturo Millet, propietario del equipo de fútbol Venados de Yucatán, así como de Rodolfo Rosas y del entonces mandatario Félix González Canto, para trazar la ‘ingeniería financiera’ del Gobierno yucateco. Para devolver el favor a González Canto, apoyó con recursos la candidatura del fallido candidato a suceder a Borge Angulo, Mauricio Góngora Escalante.

Así, Ivonne Ortega, una de las más entusiastas partidarias en su tiempo de la candidatura presidencial de Peña Nieto, su entonces líder incuestionable, es hoy día uno de sus críticos más enfáticos, buscando rescatar lo que pueda de las ruinas en que se está quedando el PRI y promoviendo su candidatura para suceder al mexiquense, en la lógica elemental de que si alguien como él pudo llegar a ser jefe de Estado, por qué ella no.

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