De Carlos IV, las fabadas, Benito, Vicente “el negro”, y los...

De Carlos IV, las fabadas, Benito, Vicente “el negro”, y los narcos en Cancún

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Con un saludo a

Joaquín González Castro.

Nicolás Durán de la Sierra

Para fines del 2018, cuando el seso y el decoro hayan vuelto a Los Pinos o, de menos, que la torpeza y la zafiedad no resulten tan escandalosas, El Minotauro espera visitar la gran Ciudad de México, un viaje retrasado tanto porque Peña Nieto insiste en charlar con él, como porque Teseo, su mucamo o como se le quiera llamar, no ha encontrado una residencia a la altura de tan ilustrísimo viajero.

El Héroe no quiere ver al presidente, pues los oráculos le han advertido que la sandez de éste es contagiosa; ha tratado con paletos, sí, pero no con los del  “nuevo mundo”, como les llama a los de estos lares; acaba de releer “Corazón de piedra verde”, de Madariaga, y el estilo narrativo le tiene cautivado. “¡Me ca… en el mar”, vociferó recién en el dédalo para asombro de sus moradores, quienes le creyeron enfermo del estómago.

La barbarie que pueda encontrar en la capital azteca no le intimida, que astas tiene, pero le irrita y mucho la pillería de cuello blanco que hoy campea en la urbe. De hecho, es en la vida picaresca donde mejor se divierte y hasta suele hacer de bares y tugurios extensión de su albergue. De la gramática parda de la ciudad supo por “El periquillo sarniento”, la obra  cumbre de Joaquín Fernández de Lizardi.

Curiosa historia la primera novela mexicana que es a la vez un fresco de la vida popular del final del Virreinato. Sus tres primeros tomos se editaron en 1817, entre los fragores de la Guerra de Independencia, en la imprenta del diario El Pensador Mexicano, pero no fue sino hasta 1830 cuando se publicó el último volumen de la obra, aunque el autor ya no pudo ver la impresión completa.

Se advierte a los lectores de corazón cívico timorato que pueden saltarse los dos párrafos que siguen. Resulta que la impresión de la parte final de la novela hubo de ser aplazada porque en ella se criticaba a los criollos terratenientes que se negaban a liberar a sus esclavos, pese al triunfo de la guerra en 1821 y a que el “Decreto contra la esclavitud” fuera la piedra angular de las proclamas del mismísimo Miguel Hidalgo.

Luego de la entrada del Ejército Trigarante a la Ciudad de México con don Agustín de Iturbide al frente y casi hasta el fin del Gobierno del mulato don Vicente Guerrero, primer presidente del país, se dieron en la otrora Nueva España muchas asonadas en pro de la esclavitud porque, decían los hacendados, los negros no sabían qué hacer sin su amo y las tierras estaban ociosas.

Sobra decir que Vicente Ramón Guerrero Saldaña, que tal era su nombre, era liberal –las Cortes de Cádiz- y que la esclavitud le irritaba, digamos, de manera personal, pero con todo y eso la libertad de negros, indígenas y asiáticos no fue rápida. ¿Vicente Guerrero, negro? Pues sí, hermanos blancos, y su raza es evidente en el oleo pintado por Anacleto Escutia que se encuentra en el Museo Nacional de Historia. ¡Azúcar!.

Para más aderezo, antes que Vicente Guerrero hubo otro presidente mulato en la geografía americana: don Alexandre Sabes Petión, hijo de un francés y una negra. Además de ser uno de los primeros independentistas de Haití fue su primer mandatario entre 1807 y 1816, y es muy querido por allá. Le tienen a la altura de don José María Morelos, que era otro mulato. Pero dejemos esto de la negritud en paz.

El caso es que el Héroe del Mediterráneo planea viajar a la Ciudad de México y devolver a Benito Taibo la visita. No se alarme el lector, que la competencia de fabadas todavía está por darse, y este es mero prefacio a la singular contienda. La urbe tiene casi un milenio de historia y ello es poderoso imán para el de Creta, quien proyecta realizar la visita de las Siete Casas o Capillas del centro histórico de la capital mexicana.

No se hablará ahora, por ejemplo, de la cantina El Gallo de Oro, fundada en 1847 en la calle Venustiano Carranza, ni del famoso Salón Tenampa, abierto en 1925 en la céntrica calle de Honduras, en Garibaldi, sino de una ‘capilla’ que viene a incorporarse al legado alcohólico capitalino. Se trata nada menos que de Los Claveles, sita en la contra esquina del Palacio de Minería, en la Plaza Tolsá.

Allí, de seguro Benito llevará al Héroe a divertirse con la picardía de los propietarios y la vacuidad de muchos de sus comensales, locales y del exterior, que se sacan fotografías a la vera de una singular placa conmemorativa, la que dice que allí se filmó en el 2015 parte de la película “Spectre”, la del 007, con Daniel Craig como galán y Sam Méndez como director, y la sin par Mónica Bellucci como femme fatale.

A fuerza de ser sincero, mejor sería mostrar la belleza de Mónica, pero ese es otro tema. Empero, va la jiribilla: la cinta se rodó en la azotea del edificio que cobija al restaurante y no entre sus mesas… “Pero mire, si el techo es área común, nos toca una parte del negocio. Además -agrega- si al que se toma la foto no le importa el detallito, pues…” explica el capitán de meseros con lógica impecable.

Mas si acaso Benito, el menor de los Taibo, conociese al capitán de meseros, de seguro él les mostraría, en un recodo de la escalera que va a la planta alta, la ‘Foto del Idiota’, una imagen maldita para los dueños del fino comedor. Al vil que en ella aparece deben que en los últimos años, tres para ser exactos, la antes abundante clientela de Los Claveles haya disminuido de manera dramática.

Bajo el breve calificativo de “El Idiota” escrito con duros trazos de plumón negro, aparece la imagen de Arturo Marina Othón, disque restaurador contratado a fines del 2013 por el Fideicomiso del Centro Histórico para reducir el deterioro de la estatua ecuestre de Carlos IV de España, la conocida por el pópulo como ‘El Caballito’. Justicia divina, dirían con tino los que opinan que el corcel era más listo que el monarca.

La figura es del escultor Manuel Tolsá con el cobijo de Miguel de la Grúa, virrey de la Nueva España. Fue develada en 1803 y entre los invitados a la fiesta estuvo don Alexander von Humboldt quien se dice que dijo -¡ole!- que la pieza era apenas inferior en calidad a la ecuestre de Marco Aurelio, en Roma. Como ninguno de los reunidos había ido allí, nadie lo contradijo; ni Tolsá, que estaba muy conmovido.

La estatua, sita a la entrada del Museo Nacional de Arte, pesa más de ocho toneladas y es una de las más grandes del mundo… y, sobre todo, era el gancho para atraer clientela a Los Claveles, que a cada cual le duele lo suyo. Total, que esa fue la obra que se escabechó ‘El Idiota’ y hasta el sol de hoy el Instituto Nacional de Antropología e Historia continúa dando largas para la fecha de re-develación.

De párrafos atrás, en gayola, se oye un creciente rumor que dice a El Escriba que esta es una columna política, no de Historia y menos aún patio de recreos literarios, por lo que se impele a éste para que, rápido, ponga miga a su texto. El que escribe no es quién para desoír los murmullos de gayola, tan finos ellos, por lo que de manera rápida cumplirá con la soez tarea y cumplida ésta, no se le pida más.

Con independencia de lo falso o doloso de la noticia de que el Gobierno de Estados Unidos habían alarmado a sus nacionales para que, por su seguridad, evitaran los sitios turísticos del Estado; dejando de lado esto, lo que resulta innegable es que la violencia vivida en los últimos días en Cancún rebasó nuestras fronteras y se publica en diversos diarios del mundo. Cancún siempre es noticia.

Empero, la alerta más peligrosa para el turismo no es la de tipo oficial; la que va de boca en boca es más difícil de frenar y ella hoy por hoy está nutrida. El empresariado local ya hizo público su malestar por la pasividad gubernamental y en especial la del poder federal, el responsable primario de controlar la violencia de los cárteles de las drogas, los que sin duda alguna están detrás de la ola criminal.

La espiral violenta de los pasados días, evidencia que la labor de inteligencia de la Policía Federal no ha sido tan productiva como se esperaba y que, por ende, la llegada de cientos de sus agentes, la llamada “lluvia de estrellas”, está  por debajo de lo esperado. Bien haría Miguel Ángel Osorio Chong, el titular de Gobernación, en voltear los ojos hacia Cancún, la más grande fuente de divisas turísticas del país.

 El llamado local a “cerrar filas” ante al avance brutal del crimen organizado es hasta nimio. ¿Qué puede hacer el ciudadano ante una amenaza que parece superar al propio Estado? Mejor sería que, sin rodeos, se exigiese al poder federal que encare a los cárteles que pelean por Cancún. La derrota turística de Acapulco comenzó así, con una lucha entre cárteles, con un conteo de un muerto cada día…

Cumplida la malhadada exigencia de la turbia gayola, no queda sino decir al lector que pese a los deseos de El Escriba, la saga de la fabada con todo y el pubis angelical de la sílfide cubana y las picardías de Benito quedan para la entrega por venir, en la que se promete el Héroe rozará lo sicalíptico para dar cabal satisfacción a los muchos seguidores morbosos de esta columna, que la rijosidad tiene su mérito.

 

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