De disputas y animadversiones, el juego de las consultas

De disputas y animadversiones, el juego de las consultas

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Foto: Saúl López

Signos

Sí, caray… A lo mejor la consulta aeroportuaria debieron haberla hecho, en lugar de con su grupo de negocios (Peña, como hizo Salinas con el suyo cuando repartió Telmex, las minas, etcétera, y a cuyos miembros pidió cinco millones de dólares a cada uno para financiar la campaña de su sucesión presidencial) y con el público en general (López Obrador, sabiendo, claro, que los votantes de la misma le autorizarían la cancelación del NAIM de manera tan aplastante como lo hicieron ganar la Presidencia de la República, así la consulta la hubiera organizado el INE o la ONU); a lo mejor debieron hacer su consulta -Peña, antes, o López Obrador, después- a través del Congreso de la Unión y con la aprobación de los Congresos estatales -la mitad más uno-, cual si hubiera sido una reforma constitucional. A lo mejor… y entonces el resultado hubiese sido más legítimo e institucional y ‘vinculante’ y obligatorio…

La pregunta es, en la línea del sufragio de julio, ¿el resultado de la consulta pública hubiera sido convincente para las minorías perdedoras y para los críticos de la misma, y hubiera sido aceptado por todos? El resultado mismo, ¿hubiera sido diferente?

El problema es que no se cree en la institucionalidad del Estado mexicano, y, aun con todas las de la ley, la cancelación del NAIM hubiese sido objetada. ¿Y su continuación?… ¿qué tal?

Porque lo que se pelea ahora, en los rijosos frentesde la opinión pública, ilustrada o popular –y personalizados hasta la insensatez-, no es la sustentabilidad y la necesidad o no del nuevo aeropuerto, sino la conveniencia o no del liderazgo presidencial de López Obrador, y eso depende de los intereses particulares de cada cual, no del ‘amor a México’, que lo mismo juran los que van a misa, que los que le hubieran tirado piedras, en el Calvario, al Nazareno.

Y ese debate no tiene sustancia: cualquier obra o disposición del enemigo, buena o mala, no será juzgada y sancionada, sino satanizada, porque no se trata de las obras y las acciones de los adversarios políticos que compiten dentro de los límites legales y de la tolerancia, sino de las obras y las disposiciones del enemigo personal que es todo lo contrario de lo aceptable para cada quien; se trata de la visceralidad y el fanatismo mexicanos, excluyentes e inconjurables.

El problema del NAIM y sus secuelas de polaridad extrema e invencible, es haber promovido, sólo con el poder personal de la investidura y al modo de las decisiones del autoritarismo presidencialista, todo un circo de inversiones, a sabiendas de que iba en contra del futuro y de las decisiones venideras en el supremo poder del Estado; haberlo hecho sin la menor consideración institucional y sólo apostándole a que el candidato presidencial a vencer -según todos los indicios y sondeos electorales- no iba a brincar la valla del estatus quo en los comicios pasados.

Olvídense los pros y los contras del lugar del NAIM. Se pensó que el tabasqueño no ganaría la elección y que, si la ganaba, el poderío global de los mercados financieros impediría la cancelación del negocio.

Pero los mercados no tienen pendientes ideológicos ni de pluralidad democrática, sino de estabilidad política (si no, no estarían en China y en Rusia). Y no les gustan los inversores que sólo ganan por ser los preferidos del poder en turno. Y acaso les convenga más un liderazgo de Estado fuerte que uno del tipo de Peña, que no tiene ninguno. Si ni siquiera puede defender los intereses de él y de su grupo, menos lo hará con los de los mercaderes financieros que deciden en el mundo entero.

El problema con López Obrador es el de la ruptura, para bien o para mal -aún no se sabe-, de la continuidad del estatus quo y la línea del poder. O, por lo menos, es lo que creen unos y sus emboscados de enfrente.

SM
estosdias@gmail.com

 

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