Del ‘Watergate’ al ‘Rusiagate’, Nixon no se atrevió a denostar a...

Del ‘Watergate’ al ‘Rusiagate’, Nixon no se atrevió a denostar a sus servicios secretos; Trump, ‘hechizado’ por Putin y sus “chicas de baja responsabilidad social”

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En las reuniones entre los líderes de Moscú y Washington antes se valoraba la “química”. A falta de poder colarse en el diálogo entre los mandatarios, analistas, periodistas y psicólogos exploraban el lenguaje corporal, los rostros y sobre todo la mirada de los dirigentes para averiguar si había habido “química” entre ellos y si la reacción resultante había sido positiva o vitriólica. ‘Putin versus Trump: De la química a la alquimia’, titulaba Pilar Bonet, periodista española, nacida en 1952 en la isla de Ibiza, quien ha pasado la mayor parte de su carrera profesional como corresponsal del diario El País en Moscú, ahora enviada especial a la capital de Finlandia. En su columna destaca que “la sintonía personal suele ser un elemento clave en las relaciones entre líderes, pero el diálogo entre la Casa Blanca y el Kremlin está marcado por otros factores oscuros”.Pilar Bonet es autora de tres libros, imprescindibles: “Moscú, Imágenes sobre fondo rojo”, “Estampas de la crisis soviética’’, y “La Rusia imposible: Borís Yeltsin, un provinciano en el Kremlin”.

En 2001, en Liubliana (Eslovenia), el presidente George W. Bush se jactó de haber sentido el “alma de Putin” al mirarlo a los ojos. Al interlocutor norteamericano el ruso -por entonces un novato en su cargo-, le pareció “directo y de fiar”. Con Barack Obama, la reacción química fue explosiva, porque la formación y las prioridades de los dos mandatarios no podían ser más contrapuestas. Donald Trump y Vladímir Putin se olvidaron de darse la mano al iniciar su encuentro en Helsinki y, cuando hicieron sus declaraciones iniciales, parecían algo tensos. Trump miraba a las cámaras y apenas dirigía la vista a Putin y éste le miraba fijamente pero mantenía su mano izquierda en una posición forzada, asida al brazo de su butaca, como si fuera a incorporarse. Bovino el corpulento Trump; ágil y pequeño el ruso, como un jaguar o un felino. La química mejoró por lo visto durante las cuatro horas que conversaron y en la rueda de prensa, Putin le pasó un balón de fútbol del recientemente acabado Mundial, que Trump lanzó a su esposa Melanie con la intención de darle el regalo a su hijo Barron.

La delirante defensa de Trump a su Putin da pie para teorías conspiranoicas y no sólo en las redes sociales sino en los respetables informes de los ‘think tank’, que inundan las principales ciudades del mundo. Un ‘think tank’ es un laboratorio de ideas, instituto de investigación, gabinete estratégico centro de pensamiento o centro de reflexión. Normalmente en ellos trabajan teóricos e intelectuales multidisciplinares, que elaboran análisis o recomendaciones políticas. Defienden diversas ideas, y sus trabajos tienen habitualmente un peso importante en la política y la opinión pública, particularmente en Estados Unidos. Se da por segura la existencia de documentos secretos en poder del Kremlin sobre orgías de Donald Trump con prostitutas rubias rusas. “Hay que reconocer que son las mejores del mundo”, se regodeaba Vladímir Putin, homófobo y defensor a ultranza de las otras protagonistas de “Pantaleón y las visitadoras”, de Mario Vargas Llosa. La novela escrita por el peruano-español en 1973 cuenta una historia se desarrolla en la Amazonía Peruana, donde los efectivos del Ejército del Perú son atendidos por un servicio de putas, a quienes llaman ‘visitadoras’. Según el propio autor, la obra se basa en hechos reales, según él mismo pudo constatarlo en 1958 y 1964, cuando viajó a la selva del Perú…

Santiago J. Santamaría

El presidente estadounidense, Donald Trump, en la reciente Cumbre de Helsinki dio más credibilidad a Vladimir Putin que a sus propios servicios de inteligencia con respecto a la supuesta injerencia de Rusia en las elecciones presidenciales de 2016 que le llevaron a la Casa Blanca, interferencia que Moscú niega. A falta de acuerdos que promocionar en la primera reunión formal entre ambos líderes, la cuestión de la presunta interferencia rusa ha eclipsado el resto de problemas de la deteriorada relación bilateral, y ha evidenciado de nuevo la brecha entre el magnate y sus propias agencias de inteligencia. “Me dijeron que creen que fue Rusia. Y el presidente Putin me acaba de decir que no es Rusia. Diré lo siguiente: no veo ninguna razón por la que debería serlo”, declaró Trump, de pie junto al ruso, en una conferencia de prensa al término de su cumbre de cuatro horas en Helsinki. “Tengo una gran confianza en mi gente de inteligencia, pero les diré que el presidente Putin fue extremadamente contundente al negar eso hoy”, subrayó una y otra vez Trump.

No es la primera vez que Trump pone la negativa de Putin por encima de las garantías de su propio Gobierno, algo que ha hecho varias veces desde antes incluso de llegar al cargo, claramente incómodo con la idea de que un actor externo pudiera contribuir a su ascenso al poder. Pero nunca antes lo había hecho en una conferencia de prensa con Putin al lado, y en un momento en el que la investigación de la trama rusa que dirige el fiscal especial Robert Mueller ha cobrado fuerza, con la acusación presentada  contra 12 agentes de inteligencia de Moscú. “La investigación es un desastre para nuestro país”, afirmó Trump, que la llama ‘caza de brujas’ por considerar que está políticamente motivada. “Nos ha mantenido separados, a Estados Unidos y a Rusia. Ha tenido un impacto negativo en la relación de las dos mayores potencias nucleares del mundo”, ha lamentado. Las palabras de Trump han generado gran rechazo en Estados Unidos. El líder de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, le ha pedido que asuma que Putin “no es su aliado”. Otro destacado republicano, Newt Gingrich, las considera “el error más serio de su presidencia”y ha exigido una rectificación “inmediata”. No es el único compañero de partido que ha cargado contra él. El senador Mitt Romney sigue considerando a Rusia “el adversario geopolítico número uno” de Estados Unidos y considera las declaraciones “vergonzosas y perjudiciales” que “rebajan nuestra integridad nacional y nuestra credibilidad global”. En otros sectores de las élites políticas norteamericanas, cuando hablan estos días del inquilino del Despacho Oval, escenario de los escarceos sexuales de John Fitzgerald Kennedy y Marilyn Monroe y Bill Clinton y su Mónica Lewinsky, hacen referencia a la película “Los caballeros las prefieren rubias”.  “Gentlemen Prefer Blondes” es un film musical estadounidense de 1953 basada en la novela del mismo título de Anita Loos. Es famosa por la interpretación auto-irónica de Marilyn Monroe y su reconocimiento mundial en el papel de la rubia superficial Lorelei Lee, así como por su clásico número musical cantando “Diamonds Are Girl’s Best Friend”.

Si de alquimia se trata y Putin actuó como un brujo diplomado, los hombres del presidente Trump tendrán que preparar  “antídotos”

En la relación entre los presidentes actuales de Rusia y EU parece más indicado hablar de “alquimia” que de “química”, a juzgar por cómo la clase política estadounidense y la prensa de aquel país se refieren al ruso, al que ven poco menos que como a un hechicero capaz de encantar y subyugar a su presidente. Estos razonamientos se basan en la experiencia y el pasado profesional de Putin. Como oficial del Comité de Seguridad del Estado (el KGB), el líder ruso trabajó como espía en la República Democrática Alemana en los años ochenta, estuvo basado en Dresde y entre sus funciones estaba el seducir y reclutar agentes e informantes para su causa. Pero si de alquimia se trata y Putin actuó sobre Trump como un brujo diplomado, el equipo del presidente norteamericano tendrá que tener preparados “antídotos” o pócimas para desencantarlo cuando abandone el campo magnético, el área mágica del ruso, y se ponga en contacto de nuevo con sus realidades cotidianas y los diversos grupos de intereses que le apoyan y a los que representa. En julio de 2017 en su primer contacto cara a cara, en Hamburgo, la delegación estadounidense tuvo que mandar a Melania Trump para que interrumpiera la conversación de su esposo con Putin, que duraba ya 80 minutos en lugar de la media hora prevista. Pese al aviso, la reunión se prolongó una hora más.

Putin asume con orgullo su pasado en KGB. En 2010 se reunió con el grupo de espías rusos que habían sido desenmascarados y expulsados aquel año de EU y, junto a ellos, entonó “Con qué empieza la Patria”. Esta canción procede de la película “El escudo y la espada”, cuyo protagonista es un espía de la URSS que en los años cuarenta se infiltra en la administración de la Alemania nazi con el fin de apoderarse de unos documentos importantes. La cinta aparentemente tuvo una gran influencia en el niño Volodia Putin y estuvo en el origen de su vocación de ingresar en el KGB, según contaba él mismo en 2000.Con los años, Putin ha dado versiones algo diferentes sobre las circunstancias de su ingreso en aquella institución, pero lo cierto es que se identifica con la profesión de espía. En diciembre de 2010, el presidente tocó al piano la canción “Con qué empieza la patria” y la cantó en inglés. El presidente ruso ha medido mucho sus palabras sobre Trump y ha sido bastante positivo sobre él. En Helsinki admitió que deseaba que Trump ganara las elecciones porque “hablaba de normalizar las relaciones entre EU y Rusia”. Tras su primer encuentro en Hamburgo, Putin dijo que el “personaje de la televisión” se diferencia mucho del “hombre real“, “que es absolutamente concreto y que comprende de forma absolutamente adecuada al interlocutor, analiza bastante deprisa, responde a las preguntas planteadas o a los nuevos elementos que surgen en la discusión”.

El defensor ex espía del KGB: “¿Acaso Donald Trump llegó y de inmediato se apresuró a reunirse con las prostitutas de Moscú?”

Putin ha calificado a Trump de “listo” por haber tenido éxito en los negocios y ha opinado que “si es listo, esto quiere decir que comprende del todo y bastante deprisa otro nivel de responsabilidades”. Sobre la posibilidad de que Moscú posea material comprometedor (“kompromat”) contra Trump, Putin volvió a negar en Helsinki que los servicios secretos de su país se ocuparan de él cuando viajó a Moscú, siendo una de las personas más ricas de Ámerica. Antes, ya le había defendido: “¿Acaso Trump llegó y de inmediato se apresuró a reunirse con las prostitutas de Moscú?”, inquirió. El actual presidente de EU, prosiguió, se había dedicado “muchos años a organizar concursos de belleza”, y “se relacionaba con las mujeres más guapas del mundo”. “Con dificultad me puedo imaginar que corriera al hotel a reunirse con nuestras chicas de baja responsabilidad social, aunque sin duda son las mejores del mundo. Dudo que Trump se dejara enganchar por esto”, sentenció en diciembre de 2017.

El presidente rubio se quedó solo en su defensa de la actitud mostrada ante el ruso Vladimir Putin, en la que otorgó al mandatario tanta credibilidad como a sus servicios de inteligencia y evitó criticar la injerencia electoral de 2016 que todas las instituciones dan por segura.  Las pócimas de los espías estadounidenses hicieron sus efectos horas después del ‘flechazo’ de Helsinki. Trump matizó sus palabras tras el aluvión de críticas de los propios republicanos y recalcó que sí cree en las conclusiones de sus agencias respecto al Kremlin y que su Gobierno evitará nuevas interferencias en las legislativas de noviembre. Además, atribuyó la crisis generada por esa rueda de prensa con Putin a un lapsus del lenguaje. “Tengo una confianza absoluta en las agencias de inteligencia”, dijo desde la Casa Blanca. “Acepto la conclusión de la injerencia de Rusia en las elecciones de 2016, aunque no tuvieron efecto alguno en el resultado ni hubo colusión con mi equipo”.  En Finlandia, el mandatario estadounidense había equiparado la credibilidad de sus servicios de espionaje con la del Kremlin respecto a las acusaciones de injerencia. “Mi gente, Dan Coats, director nacional de Inteligencia, y otros, vinieron a mí y me dijeron que creían que era Rusia. El presidente Putin dice que no es Rusia. Le diré que no veo ninguna razón por la que debería serlo, pero realmente quiero ver el servidor, tengo confianza en ambas partes”, comentó en la rueda de prensa conjunta. El ‘polipolar’ Trump aseguró después que todo se debió a un lapsus. “He mirado la transcripción y he visto que donde dije ‘no veo ninguna razón por la que debería serlo’ quería decir no veo ninguna razón por la que ‘no debería’ serlo. Creí que debía clarificar esto”, explicó, si bien el conjunto de su declaración parecía sí otorgar ese voto de confianza a Putin.

El exdirector de la CIA, John Brennan, cree que la actuación de Donald Trump entra en el terreno del delito de “traición”

Hubo un mitin en Iowa en enero de 2016, al inicio de la campaña electoral, en el que Donald Trump aseguró que podría plantarse en medio de la Quinta Avenida, donde residía por entonces, y pegarle un tiro al alguien sin perder un miserable voto. En los meses siguientes, hasta las elecciones de noviembre, no dispararía a nadie, pero en términos políticos hizo cosas parecidas para la moral republicana o del país en general): azuzó de forma explícita y entusiasta la islamofobia, atacó a la familia de un soldado musulmán norteamericano muerto en Irak y vio correr como la pólvora un vídeo de 2005 en el que hablaba de forma soez y misógina sobre las mujeres, asegurando que podía manosearlas sin su consentimiento. Ganó las presidenciales y, después de una retahíla de aspavientos, los republicanos cerraron filas con su presidente. Lo ocurrido en Helsinki ha causado una conmoción generalizada en Washington. Paul Ryan, portavoz de la Cámara de Representantes y líder de los republicanos, compareció ante los medios para hacer una enmienda a la totalidad de lo planteado por el presidente de EU respecto al Kremlin, aunque sin atacarlo directamente ni exigirle rectificación alguna. “Estamos con nuestros aliados de la OTAN y todos aquellos países que afrontan agresiones de Rusia. Vladimir Putin no comparte nuestros valores ni nuestros intereses. Acabamos de llevar a cabo una investigación de un año sobre la interferencia de Rusia en nuestras elecciones. Es muy claro que intervinieron, es muy claro, no debería haber duda de ello. También es claro que no tuvieron efecto en el resultado que dio la victoria a Trump pero como resultado de ello hemos aprobado sanciones duras contra Rusia”, explicó.

Ryan se mostró además abierto a nuevas penalizaciones contra el Kremlin. Un periodista le preguntó si coincidía, como había sostenido el día anterior el exdirector de la CIA, John Brennan, en que la actuación de Trump entraba en el terreno del delito de “traición” y se mostró contrario. Las palabras de Ryan se añaden a un alud de críticas desde las propias filas republicanas y otras voces conservadoras vertidas contra Trump a raíz de esa actuación. El neoyorquino se defendió de ellas en su cuenta de Twitter por la mañana. “Tuve una gran reunión con la OTAN, logré aumentar grandes cantidades de dinero, pero tuve una reunión incluso mejor con Vladimir Putin, de Rusia. Lamentablemente no se está informando de este modo. ¡La prensa mentirosa se está volviendo loca!”, escribió.

Barack Obama alerta de la “política del hombre fuerte”, aludiendo a una creciente ola de nacionalistas, xenófobos y fanáticos

Todas las agencias de inteligencia de EU han concluido que Moscú orquestó una campaña de ciberataques y propaganda para interferir en las elecciones de 2016 con el fin de favorecer la victoria de Trump. Los legisladores del Congreso han concluido en el mismo sentido y el Departamento de Justicia ha imputado a 25 ciudadanos rusos. Sigue en investigación a cargo de un fiscal especial, Robert Mueller, si además hubo algún tipo de connivencia entre Rusia y en entorno del republicano en esta estratagema, algo sobre lo que no se han hallado pruebas y que los republicanos no ponen sobre la mesa. Las dudas del presidente sobre sus servicios de inteligencia, sin embargo, representan un obús institucional y la cercanía mostrada hacia el mandatario ruso, como broche final a una gira en la que no ha dejado de cargar la tinta contra la UE y los aliados de la OTAN, desconciertan en Washington. “El presidente debe comprender que ha dañado la política exterior de EU”, señaló el republicano Mike Turner, miembro del Comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes, en declaraciones a la cadena CNN. “Les ha dado un pase y desde luego no les está pidiendo responsabilidades por lo que están haciendo”, añadió.

El día antes, el senador demócrata Jeff Merkley, de Oregon, consideró que la actitud de Trump reflejaba que la posibilidad de que el Kremlin tuviera algún tipo de información comprometedora sobre Trump y pudieran estar extorsionándole con ella. Merkley se refería a lo relatado en el explosivo ‘Informe Steele’. Se trata de un expediente elaborado por un exagente del servicio británico MI6 Christopher Steele que, basándose en fuentes no validadas, sostenía la existencia de los vínculos de Trump con Moscú y de vídeos sexuales del hoy presidente con prostitutas en la capital rusa. En una entrevista televisiva, Mekley consideraba “probable” algo así, “algo cercano a eso”. El FBI calificó en su día de salaz este informe.

Barack Obama no lo podía haber dicho más claro: “Hay líderes que desprecian la verdad objetiva” y “prefieren inventarse cosas”. Un día después de la cumbre de Helsinki, las palabras del expresidente estadounidense en la multitudinaria celebración del centenario de Nelson Mandela adquieren relevancia. Aunque no se refirió directamente a su sucesor, sostuvo que los tiempos actuales eran “extraños e inciertos” y que las noticias cada día “traen más titulares inquietantes”. El discurso más relevante de Obama desde que dejó la Presidencia lo pronunció frente a unas 15,000 personas en Johannesburgo, donde alertó de la “política del hombre fuerte”, aludiendo a una creciente ola de nacionalistas, xenófobos y fanáticos tanto en Estados Unidos como en el resto del mundo.

Conversaciones  brutales, en las que pedía al director del FBI, James Comey, lealtad o que le “despejase la nube” de la trama rusa

Apenas 40 horas de silencio, eso fue lo que duró la disciplina de Donald Trump, quien tras un sorprendente mutismo en Twitter volvió a la carga. Su objetivo: el exdirector del FBI, James Comey, ante el Comité de Inteligencia del Senado le acusó de presionar en la investigación de la trama rusa. “Pese a tantas falsas declaraciones y mentiras, Comey es un filtrador”, dice el tuit escrito desde el Despacho Oval. El exjefe de los espías estadounidenses había reconocido que tras verse atacado por la Casa Blanca y buscando el nombramiento de un fiscal especial decidió hacer público parte del contenido de las notas que guardaba de sus conversaciones con el magnate de Manhattan. Con este fin se dirigió a un amigo, el profesor de leyes de la Universidad de Columbia Daniel Richman, y le pidió que se pusiera en contacto con un periódico, The New York Times, para que publicara su versión de lo ocurrido. Superada la teoría del presidente loco que vulnera la seguridad del espionaje e interfiere en la acción de la justicia. En el Kremlin, muy cerca de la momia de Vladimir Illich Lenin, se ríen a mandíbula batiente.

El testimonio del exdirector del FBI, el más grave en décadas de un alto funcionario contra un presidente, es el principal elemento con el que cuentan los demócratas para formular una acusación de obstrucción a la Justicia, el paso previo al ‘impeachment’. En contra de su costumbre, Trump guardó silencio durante la comparecencia y dejó que la respuesta corriese a cargo de su abogado privado, Mark Kasowitz. En una declaración pública, el letrado no sólo negó las acusaciones de Comey sino que le acusó de haber roto el secreto de las comunicaciones, el privilegio presidencial que impide a sus colaboradores hacer públicas las conversaciones en la Casa Blanca. Trump dio ahora hace un año un paso más. Fue la hora de la verdad. James Comey se enfrentó a sus propios actos. Ante el Comité de Inteligencia del Senado, en una sesión que sacudió a EU, el hombre del que dependió la investigación de la trama rusa sacó a la luz las entrañas del poder y mostró la peor cara de Donald Trump. Le acusó de mentir y difamar, de intentar “darle directrices” para desviar la investigación sobre el teniente general Michael Flynn e incluso de despedirle por el caso ruso. Toda una carga de profundidad que insufla nueva vida a una posible acusación de obstrucción. Comey se dirigió al Senado bajo la mirada de un país entero. La víspera había hecho público el testimonio que iba a servir de base a su comparecencia. Siete páginas en las que detallaba sus tres encuentros y seis conversaciones con Donald Trump. La primera, en la Trump Tower; la última, una llamada telefónica. El presidente Donald Trump se contuvo. No tuiteó ni habló. Fue su abogado privado, Mark Kasowitz, el encargado de responder al exdirector del FBI James Comey. La contestación fue dura y presagiaba la estrategia de la Casa Blanca.

Primero acusó a Comey de haber roto el secreto de las comunicaciones, el privilegio presidencial que impide a sus colaborares hacer públicas las conversaciones en la Casa Blanca. Luego, el letrado ahondó el cerco defensivo negando que Trump hubiese pedido lealtad a Comey, que le hubiese presionado en ningún momento o que le hubiese pedido dejar fuera de las pesquisas al destituido consejero Nacional de Seguridad, Michael Flynn. “Nunca, nunca en forma o sustancia trató de bloquear las investigaciones”, remachó Kasowitz. El relato ofrece una mirada única al interior de la Casa Blanca, pero sobre todo revela el choque entre el perturbador y excesivo multimillonario de Nueva York y un funcionario de larga carrera conocido por su integridad y sus valores religiosos. Con evidente escándalo, Comey describe en su texto los deseos del presidente, expresados en la intimidad del Salón Verde o el Despacho Oval, de atraerle a su causa, de que dejase de lado la investigación sobre el dimitido teniente general Michael Flynn o de que a él mismo le exonerase públicamente. Conversaciones privadas, directas e incluso brutales, en las que Trump igual negaba haberse acostado con prostitutas en Moscú, que le pedía lealtad o que le “despejase la nube” de la trama rusa.

“Mi sentido común me hizo pensar que Donald Trump quería obtener algo a cambio de la garantía de mantenerme en el puesto”

Ese escrito, listo para construir un caso de obstrucción, la piedra angular de un posible ‘impeachment’, fue la pista de salida de Comey. Traje oscuro, camisa blanca, corbata roja, el exdirector del FBI lo dio por conocido en su comparecencia y se lanzó directamente a la médula del conflicto: su despido el pasado 9 de mayo, seis años antes del plazo legal. Una destitución que en principio Comey se tomó con naturalidad -“siempre he pensado que el director del FBI puede ser despedido por cualquier razón o sin ella”- pero que devino en preocupación, cuando el presidente empezó a denostarle públicamente. Primero señalando que le había fulminado por “esa cosa de Rusia” y luego acusándole de ser una “cabeza hueca” y un “fanfarrón”. “La Administración de Trump decidió difamarme a mí y al FBI diciendo que en la organización reinaba el desorden, que estaba mal dirigida y que no había confianza en su líder. Eso era mentira, pura y simplemente”, afirmó Comey con evidente dolor. Su reacción, propia de alguien que conoce bien el tablero de Washington, fue hacer público parte del contenido de sus notas. Fue un momento de sorpresa. Y de sinceridad. Nadie esperaba que el exdirector del FBI se confesara autor de las filtraciones. Pero detrás de este arranque palpitaba la profunda desconfianza de Comey hacia Trump. Su propia práctica de redactar notas de sus encuentros fue reflejo de ello. En su primera reunión con el presidente, en la Trump Tower, cuando aún no había sido investido, Comey le dio detalle de las investigaciones que se estaban llevando a cabo sobre la trama rusa, el expediente del FBI que intenta determinar si el equipo electoral del republicano se coordinó con el Kremlin en la campaña de desprestigio que sufrió Hillary Clinton.

Ante la reacción desairada de Trump, que se sintió objeto de las pesquisas, Comey le aseguró que no estaba siendo investigado, pero al mismo tiempo tomó nota del personaje y redactó su primer memorándum. “La investigación podía tocar al presidente y no sabía si mentiría sobre la naturaleza de la reunión y si algún día tendría que defenderme”, afirmó. Desde entonces, el director del FBI vivió presionado. En la cena que tuvo en la Casa Blanca advirtió cómo el presidente, con sus constantes recordatorios a que su puesto era deseado por otros, “trataba de establecer una relación”. “Mi sentido común me hizo pensar que quería obtener algo a cambio de la garantía de mantenerme en el puesto”. Y lo mismo ocurrió en el siguiente encuentro a solas, cuando Trump le preguntó por el teniente general Michael Flynn, el personaje central de la trama rusa, y le expresó su deseo de que lo dejase fuera de la investigación.

Todo ello superó a Comey. No sólo colisionó con su “sentido de la independencia del FBI” sino que percibió que Trump, con sus peticiones le estaba dando “directrices”. Finalmente, ya despedido, entendió que la causa era la trama rusa. “Algo en la forma en que conducía la investigación, hizo sentir al presidente una presión de la que quería despojarse”, dijo. Hasta ahí llegó el director del FBI. Pero no dio el siguiente paso. Evitó cualquier interpretación. Y cuando los senadores republicanos le preguntaron si consideraba que el presidente había incurrido en obstrucción, señaló que eso le correspondía responder al fiscal especial del caso, Robert Mueller. “Para mí todo fue muy turbador” se limitó a indicar. El golpe, por su parte, ya había sido dado. Ahora el turno es de otros. Desde tempranas horas de la mañana, decenas de personas permanecieron en fila para poder entrar a la sala del Comité de Inteligencia del Senado, en que habló James Comey. “Hoy puede ser un día histórico, quería estar aquí”, afirmó Louis, un joven que trabaja en el Capitolio pero ese día pidió permiso para asistir a la audiencia. Llegó a las cinco de la mañana. Por los pasillos del Senado, los legisladores trataban de escapar las cámaras y algunos incluso alteraron su ruta habitual de entrada a la sala. El exdirector del FBI apuró hasta el final y entró en la sala menos de dos minutos antes de que comenzara la esperada sesión. Tras casi tres horas de preguntas y respuestas -y más detalles sobre las presiones que hizo el republicano a Comey-, el exdirector salió de la sala del Senado con paso firme, en silencio y con la mirada al vacío.

Estados Unidos reevalúa la convulsa figura de Richard Nixon, cuarenta años después, único presidente estadounidense que renunció al cargo

La noche del 8 de agosto de 1974 Richard Nixon anunció en un tenso y desafiante discurso televisivo que al día siguiente dimitiría como presidente de Estados Unidos. La mañana del día 9, tras una emocionada alocución de despedida a los trabajadores de la Casa Blanca, se subió, con posado sonriente y victorioso, por última vez al helicóptero oficial. A partir de ese instante su convulsa presidencia empezó a examinarse en retrospectiva. Más de cuarenta años después, la única dimisión de un mandatario estadounidense propicia la reevaluación de uno de los periodos más oscuros de la historia de este país. Tras cuatro décadas, el término ‘Watergate’ sigue integrando el imaginario colectivo de EU. Y eso, pese a que más de la mitad de la población actual no había nacido en junio de 1972 cuando cinco personas, contratadas por el comité de reelección del republicano Nixon, fueron descubiertas colocando micrófonos en la oficina del Partido Demócrata en el complejo de edificios Watergate en Washington. Era el inicio del escándalo que finiquitaría su Presidencia y mancharía para siempre su figura. Más tarde se sabría que en mayo ya habían instalado micrófonos y robado documentos.

Los entresijos de la saga ‘Watergate’, destapados por el diario The Washington Post, aún atraen a incontables nostálgicos. Desde entonces cualquier gran revelación periodística es bautizada con el sufijo ‘gate’. E incluso ahora se vuelve hablar de ‘impeachment’, el juicio político al que puede someter el Congreso a un presidente. Consciente de que carecía del apoyo para superarlo tras destaparse que bloqueó la investigación del asalto al edificio, Nixon optó por la dimisión cuando apenas llevaba un año y medio en su segundo mandato. El escándalo derivó en reformas que limitaron el poder de sus sucesores. Los republicanos especularon con un ‘impeachment’ por un supuesto abuso de autoridad del presidente, Barack Obama. Me imagino que los demócratas estarán pensado otro tanto con Donald Trump. “Lo que hizo Nixon sigue entre nosotros para bien o para mal”, afirma en una entrevista  el veterano historiador Stanley Kutler. Por ello, lo considera la figura política “más influyente” en EU en las últimas seis décadas. Su popularidad, sin embargo, sigue hundida. Al dejar la Presidencia, Nixon recibía una aprobación del 24%, según Gallup. En 2010, el último año con encuesta, era del 29%, la más baja con diferencia de todos los exmandatarios.

El término Watergate sigue integrando el imaginario colectivo, más de la mitad de la población actual no había nacido en 1972

El nuevo aniversario de la dimisión de Nixon, este próximo mes de agosto, con las turbulencias del ‘Rusiagate’, volverá a generar una catarata de publicaciones y reediciones de libros y documentales. Los hay que analizarán desde sus últimos días en el Despacho Oval hasta el impacto de su debacle en el Partido Republicano, pasando por asuntos relevantes de sus cinco años y medio en la Casa Blanca que quedaron eclipsados por la larga sombra del escándalo. La Fundación Nixon ha difundido extractos inéditos de una serie de entrevistas que el 37 presidente de EU mantuvo con un exasesor suyo casi una década después de su renuncia. Uno de los nuevos libros es el voluminoso “The Nixon Tapes” (Las Cintas de Nixon) en el que dos historiadores se han sumergido en las 3,000 horas de conversaciones desclasificadas -quedan 700 aún por difundir- entre Nixon y su equipo que él mismo ordenó grabar entre 1971 -cuando llevaba dos años como presidente- y 1973, pero que se le acabaron girando en su contra.

La existencia del sistema de grabación no se conoció hasta julio de 1973 cuando un asesor de Nixon lo desveló. El efecto nocivo fue inmediato e incontrolable: la tensión política se disparó y el Tribunal Supremo forzó al presidente a difundir algunas conversaciones. En la cinta clave, bautizada smoking gun (pistola humeante) y grabada a los pocos días del segundo asalto al Watergate, Nixon ordenaba frenar la investigación de los hechos. La cinta se difundió el 5 de agosto de 1974. El 8 el presidente anunciaba su dimisión. Al mes su sucesor, su exvicepresidente Gerald Ford, le indultaba de cualquier delito. Otras 25 personas no corrieron la misma suerte y fueron encarceladas. “Cuando piensas en Nixon lo haces en el Watergate, pero cuando analizas las cintas te das cuenta de que el Watergate solo supone un 5% de ellas”, subraya Luke Nichter, uno de los autores y profesor de historia en la Universidad de Texas. El libro se centra en ese 95% restante que saca a traslucir los “mejores y peores atributos” de Nixon, y muestra un presidente “muy habilidoso” en analizar política internacional pero apenas interesado en la doméstica.

En sus cinco años y medio en la Casa Blanca, el republicano Nixon logró relevantes hitos internacionales y nacionales junto a Kissinger

En la Casa Blanca Nixon logró varios hitos de calado que podrían haber encumbrado su legado y que fueron determinantes en el futuro, pero que quedaron deslucidos por la perversidad y la bajeza detrás del espionaje político. Junto a Henry Kissinger, su asesor de seguridad nacional y luego secretario de Estado, impulsó el fin de la Guerra de Vietnam, la apertura de las relaciones con China y el histórico acuerdo con Rusia de reducción de las armas nucleares. En el terreno interno, creó la agencia de protección medioambiental, avanzó en el fin de la segregación racial, promovió una mayor presencia de mujeres en la administración y gestionó la primera llegada del hombre a la luna. Consiguió, además, movilizar una amplia coalición conservadora en el sur y el oeste de EU, y abrazó una moderación de la que se alejarían más adelante el presidente Ronald Reagan y el Partido Republicano.

Nixon, sostiene Nichter, tenía sueños de grandeza, de ser un estadista internacional que, como el británico Winston Churchill, escribiría unas memorias sobre sus hazañas diplomáticas. Y por eso se grababa. Ya lo habían hecho algunos de sus predecesores, pero a una escala muy inferior. “Se grababa por la historia, creía que en 20, 50 o 100 años las cintas demostrarían el gran presidente que fue”, apunta. Consideraba las cintas su propiedad privada y “nunca pensó” que la gran mayoría de ellas se difundirían, como sucedió en 1996, dos años después de su muerte. “Los últimos 20 años de su vida fueron su campaña por la historia, pero las cintas solo hicieron que empeorara su reputación”, destaca Kutler, que luchó en los tribunales por la desclasificación de las grabaciones. Una tesis que comparte John Dean, que fue el primer colaborador de Nixon en acusarle de encubrir el ‘Watergate’. En un nuevo libro que revisa las cintas más polémicas, asegura que Nixon fue el “catalizador, cuando no el instigador” del espionaje político, algo que el presidente nunca admitió. Si ordenó los asaltos al ‘Watergate’ sigue siendo un misterio por resolver.

En su discurso de dimisión, Nixon dijo desear que su salida condujera al proceso de “curación que tan desesperadamente” necesitaba EU y que su mayor legado fuera que los “niños tienen más posibilidades de vivir en paz”. En las nuevas entrevistas que ha difundido su fundación, el expresidente recuerda sus últimas horas en la Casa Blanca. Tras una conmocionada noche, se levantó a las 4 de la mañana y fue a la cocina. Allí, por sorpresa suya, se encontró a un empleado, que le dijo que eran las 6 de la mañana. “La batería [de mi reloj] se agotó a las 4 en punto”, rememora. “Ese día yo también estaba ya agotado”.

Trump, si realmente intentó obstruir el avance de las pesquisas del FBI, pudiera enfrentar el proceso de destitución o ‘impeachment’

Estados Unidos se pregunta si la última revelación en el escándalo de la trama rusa puede derribar al presidente Donald Trump. El diario The New York Times desveló que el mandatario pidió al entonces director del FBI, en una reunión privada en la Casa Blanca, que cerrase la investigación sobre su posible cooperación con operativos rusos durante las elecciones. Estas son las claves para entender el proceso al que puede enfrentarse Trump si realmente intentó obstruir el avance de las pesquisas del FBI, desde las primeras sospechas hasta el proceso de destitución o impeachment. Se trata de un delito contemplado por las leyes federales de EU para cualquier persona que “intente influir, obstruir o impedir de manera corrupta, la correcta aplicación de las leyes”. Uno de esos casos sería, por ejemplo, sobornar a un testigo o destruir pruebas de un delito. Pero la ley también contempla las acciones de “cualquiera que de manera corrupta, bajo amenazas, uso de la fuerza por una carta o comunicación intente influir, obstruir o impedir la aplicación de la ley”. Solo dos presidentes de EU se han enfrentado antes a un proceso de destitución en la historia reciente, Richard Nixon en 1974 -dimitió antes de que se iniciara-, y Bill Clinton en 1998. Ambos estuvieron basados, entre otras acusaciones, en cargos por obstrucción a la Justicia con muchos paralelismos con Trump. Ahora, 33 legisladores demócratas pidieron que se abra una investigación para determinar si el equipo del republicano “participó en una conspiración para obstruir” las pesquisas y aseguran que la información del Times “hace cuestionarse si el presidente intentó influir o impedir los avances del FBI”.

Según el informe redactado por el exdirector del FBI James Comey, tras su reunión con Trump y revelado por el Times, el presidente le dijo: “Espero que puedas ver la forma de dejar esto pasar, de dejar pasar lo de Flynn. Es buen tipo. Espero que le puedas dejar ir”. El presidente se refería al general Michael Flynn, uno de los ejes de la trama rusa, despedido tras conocerse que había mentido sobre sus reuniones con el embajador ruso en Washington. La revelación apunta a que Trump pidió cerrar una investigación al máximo responsable de las pesquisas que amenazan su presidencia. Sin embargo, el documento redactado supuestamente por Comey no ha salido a la luz, por lo que las pruebas disponibles hasta ahora no son suficientes para plantear una acusación formal. “Ningún fiscal tomaría esa decisión basándose en lo que una persona ha dicho supuestamente en un informe, que nadie ha visto y del que no conocemos el contexto”, escribe el exfiscal Andrew McCarthy en la revista National Review.

“Despidió a James Comey porque estaba investigando sus conexiones con el Gobierno ruso, una posible obstrucción a la Justicia”

Expertos legales consultados por los medios estadounidenses aseguran que el principal obstáculo para acusar a un presidente -o cualquier sospechoso- de obstrucción a la Justicia radica en demostrar que esa era su intención. En el caso de Trump, además de pedir supuestamente lealtad a Comey y después pedirle que cerrara el caso Flynn, también le amenazó en Twitter diciendo que “mejor que no haya grabaciones de nuestra conversación”. “Intimidar o amenazar a cualquier testigo con la intención de influir, retrasar o impedir que testifiquen es un delito”, escribieron entonces dos legisladores demócratas en una carta enviada a la mayoría republicana. “Las acciones del presidente y el hecho de que admitiera que despidió a Comey porque estaba investigando sus conexiones con el Gobierno ruso despiertan el fantasma de una posible obstrucción a la Justicia”. La Casa Blanca alegó en un primer momento que Comey fue cesado por su gestión del caso de los correos de Hillary Clinton. Pero después fue el mismo Trump quien admitió públicamente que se debía a la investigación de la trama rusa. Las declaraciones del presidente pueden volverse en su contra si sigue apuntando a que despidió a Comey por investigar su campaña. La investigación a Clinton da precisamente una pista de lo importante que es demostrar la intención del acusado. En aquel caso, Comey declaró como responsable del FBI que la candidata demócrata había sido negligente con sus comunicaciones, pero no se podía demostrar que su intención fuera que información clasificada llegara a manos equivocadas, por lo que no recomendaba presentar cargos contra ella.

La Constitución de Estados Unidos no contempla la posibilidad de que un presidente sea acusado de un crimen mientras ocupa el cargo. La única alternativa por tanto es el proceso de destitución o ‘impeachment’, el proceso más grave al que puede enfrentarse un mandatario en la Casa Blanca porque puede terminar en su expulsión del cargo. Se trata, sin embargo, de un juicio político por parte del Congreso y cualquier acusación formal debería producirse después ante la Justicia ordinaria. La Cámara de Representantes es la encargada de abrir el proceso y el juicio lo celebra el Senado, dirigido por el presidente del Tribunal Supremo. En la actualidad, el Partido Republicano cuenta con mayoría en ambas Cámaras y hasta ahora los legisladores han demostrado su apoyo al presidente.

“¿Cómo se explica que el Partido Republicano confíe en un personaje tan atrabiliario en vez de promover una investigación?”

La teoría del presidente loco ha quedado superada. Ahora prospera la impresión de que se ha instalado en la Casa Blanca un niño de siete años, que además es maleducado y caprichoso, ignorante y consentido. La locura presidencial podía tener rendimientos, tal como Richard Nixon llegó a defender ante sus colaboradores, especialmente ante un enemigo al que hay que disuadir con la amenaza nuclear. Un presidente loco es imprevisible y se halla fuera de todo control, de forma que no hay que provocarle ni tomar a broma sus amenazas. Es peor si el presidente es un niño, porque incluye el caso anterior. Ya saben, es un loco pequeñito que se mete en todos los charcos y no sabe moverse sin hacer una trastada tras otra. Sus vicios de infante mimado se ven amplificados por su tamaño y su edad provecta. La culpa siempre es de los otros. Sus fallos son siempre responsabilidad de sus subordinados, perfectos candidatos al despido inminente. Rusia entera se ríe a mandíbula batiente de las proezas del niño-presidente que sus servicios promocionaron en la campaña electoral. La última ha sido la revelación de secretos facilitados por el espionaje israelí sobre el Estado Islámico en Siria, en un doble gesto de persona inmadura, para exhibir su información privilegiada y congraciarse con los rusos. Los desperfectos son terribles: en la seguridad de los agentes sobre el terreno, en la confianza de los servicios israelíes y del resto del planeta, en la fiabilidad política de la Casa Blanca y en la seguridad de EU, en definitiva.

“¿Cómo se explica que el Partido Republicano siga confiando en un personaje tan atrabiliario en vez de promover una investigación sobre sus relaciones con Rusia y quizás su destitución?”, se pregunta el periodista español Lluís Bassets. No es menos grave la presión ejercida sobre el exdirector del FBI, James Comey, para que no investigara las relaciones del exconsejero de Seguridad Michael Flynn con Moscú. Si nada impide legalmente al presidente meter la pata con sus regalos al espionaje ruso, y de rebote iraní, las presiones sobre el director del FBI destituido entran en el repertorio penal de obstrucción de la justicia, que conduce directamente al proceso de destitución, si la mayoría republicana actúa de acuerdo con los principios constitucionales.

Trump alcanzó la Casa Blanca con la consigna de hacer grande de nuevo a su país pero su presencia en el despacho hasta ahora más poderoso del planeta es un signo mayor e inquietante de decadencia; toda una paradoja y a la vez una ironía. ¿Cómo ha podido llegar hasta aquí un individuo de tan escasas cualidades personales, políticas y morales? ¿En qué ha fallado el sistema político estadounidense, con su complejo sistema de primarias y sus numerosos checks and balances? La Presidencia de Donald Trump es la demostración más palpable de que la democracia más perfecta puede terminar incurriendo en los peores vicios de la sucesión monárquica, cuando la calidad de los gobernantes absolutos y el destino de los pueblos dependían del azar de una filiación genética. Estados Unidos en manos de Trump es como España en manos de Carlos II el Hechizado, último Austria y símbolo de la decadencia del imperio.

Carlos II ‘El Hechizado’, rey de España, padecía episodios de cólera desmesurada, tenía la adicción alimentaria al chocolate

Carlos II nace en Madrid, el seis de noviembre de 1661. Sus padres son Felipe IV y Mariana de Austria, que fue la segunda mujer del rey. Felipe IV, muere en 1665, cuando Carlos II tenía solamente cuatro años. Su madre Mariana de Austria queda como Regente del Reino, en sustitución de su hijo, hasta que este alcance la mayoría de edad que sería en 1675. De esta manera se narraba en la Gaceta de Madrid, el nacimiento de Carlos II. “un robusto varón, de hermosísimas facciones, cabeza proporcionada, pelo negro y algo abultado de carnes”. Sin embargo, el embajador francés en la Corte de Madrid, comunicaba a Luis XIV, como era el recién nacido: “El príncipe parece bastante débil; Muestra signos de degeneración; tiene flemas en las mejillas, la cabeza llena de costras y el cuello supura; asusta de feo”. Con el fin de que sobreviviera fue alimentado por catorce amas de cría distintas, que le amamantaron hasta los cuatro años y no siguieron por más tiempo, al ser considerado indecoroso para un monarca.

Carlos II no pudo sostenerse en pie hasta tener cumplidos los seis años. Padecía raquitismo pues no tenía vitamina D, el niño carecía de falta de luz solar ya que no se le sacaba al exterior ante el temor de que cogiera catarros que pusieran en peligro su vida. Padecía epilepsia con dos etapas muy activas, durante la infancia y al final de su vida. Carlos II no aprendió a leer hasta la edad de diez años y nunca escribió correctamente. Padecía episodios de cólera desmesurada. Tenía la adicción alimentaria al chocolate. Carlos II tuvo una educación muy pobre, pues su mala salud hizo pensar que moriría joven, por lo que se descuidó su educación y no se le preparó para las tareas de gobierno.Además sus preceptores fueron todos teólogos y no le dieron conocimientos sobre la política. Tuvo siempre un carácter débil, irresoluto y voluble, en parte debido a su escasa confianza en sí mismo y en su propio criterio. Ello hace que tengan en él gran influencia los personajes fuertes de la Corte, así como las mujeres de su propia familia. De carácter bondadoso y bienintencionado, siendo sus principales virtudes, la piedad, la religiosidad y la rectitud de conciencia. Se sabe que Carlos II padecía el síndrome de Klinefelter, enfermedad genética, que consiste en una alteración cromosómica expresado en el cariotipo 47/XXY, es decir, que tienen un cromosoma X supernumerario. Dicho síndrome se caracteriza por infertilidad, niveles inadecuados de testosterona, disfunción testicular, hipogenitalismo (genitales pequeños), trastornos conductuales  y aspecto eunucoide, con talla alta, extremidades largas, escaso vello facial y distribución de vello de tipo femenino. A veces aparece la criptoguida que son testículos intraabdominales, no descendidos a la bolsa escrotal.

Hijo y heredero de Felipe IV y de Mariana de Austria, permaneció bajo la regencia de su madre hasta que alcanzó la mayoría de edad en 1675. Aunque su sobrenombre le venía de la atribución de su lamentable estado físico a la brujería e influencias diabólicas, parece ser que los sucesivos matrimonios consanguíneos de la familia real se acompañaron de un supuesto síndrome de Klinefelter, con síntomas como poca estatura y esterilidad, lo que acarreó un grave conflicto sucesorio, al morir sin descendencia y extinguirse así la rama española de los Habsburgo. Sobre Carlos II ha caído el mito de la decadencia española, país gobernado por monarcas atrasados, donde se practicaba incluso la brujería, pero la historiografía del siglo XXI pone en duda ese mito e incluso la mala salud del rey. El monarca vivió bastante para su época y, junto a sus hombres, logró mantener intacto el imperio frente al poderío francés de Luis XIV, consiguió una de las mayores deflaciones de la historia, el aumento del poder adquisitivo en sus reinos, la recuperación de las arcas públicas, el fin del hambre y la paz. Logros por los nuevos historiadores como Luis Ribot lo califican de “ni tan hechizado ni tan decadente”.

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