El deporte de la política

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Por José Enrique Velasco

Anduvo en campaña más de seis años, visitando pueblos y rancherías, sindicatos y bases de partido, levantando favores y adhesiones. Juegos de exhibición en el que las promesas del poder no llegan y la fanaticada cree que se van a cumplir. Por eso era bola cantada -argot beisbolero para anunciar una jugada obvia- el nombramiento de López a las ligas mayores por la silla tan deseada.Un genuino base por bolas.

Seis años de presentarse como el presidente burlado, mártir en sacrificio ambulatorio por  bastardíasy falsedades, rudeza necesaria de la gran cancha política de este país que él mismo ayudó a crear en sus mocedades priistas. Seis años de agarrarse a cachuchazos con los chuchos y las otras tribus de la “izquierda mexicana”.Esa excrecencia que hoy nadie sabe qué es realmente.

Pero el espejismo del poder obra milagros y el imperio presidencial a la vista, beisbolista, es el cuadrangular que alinea y ordena contingentes,agüita bendita que lima asperezas en los vestidores,campeonato del que todos quieren mamar.Faules menores cuandomanopla y botín están a la mano.

No importa que las coaliciones de izquierda se hayan arrimado en el 2010 al PAN -de todas las derechas- para las elecciones de Oaxaca, Puebla, Durango y Sinaloa; no importa que el marido de Dolores Padierna, flamante lideresa, haya estado en  horario triple A en la tele, recibiendo carretadas de dinero a trasmano como si fuera el chicharito de la política nacional; no importan brutalidades ni traiciones. No importa que nos hayan  agarrado a batazos. Nada importa, todo se resume al generoso olvido que el peladaje dispensa a sus héroes.

Nuestros políticos saben muy bien que el voto ciudadano está más cerca de un jonrón, un golazo o un nocaut, que de discernir y reflexionar. Entienden que el  voto mexicano es el reflejo de un momento en las tripas que tiene que ver con las tortas, las camisetas y los gorritos que, además, anuncian al partido o al magnánimo candidato. Somos como los perros de Pavlov, nos muestran la chuleta y comenzamos a echar saliva. Puros reflejos condicionados.

López nos quiere regalar “un cambio ordenado y en paz, en beneficio del pueblo y de la nación”. Al ganar la contienda nos obsequió frases que son remansos de tranquilidad como esta en la que Marcelo Ebrard “actuó con mucha responsabilidad, mucha inteligencia política y supo auto limitarse”. Ahora que es el líder nato de todas las izquierdas habla de “Repúblicas Amorosas”, de valores espirituales y morales, de amor  al prójimo, a la naturaleza y a la patria.

Autolimitación, amor, espiritualidad, moral. Parecería más un discurso en boca del nuncio papal, de oficios arzobispales o del curita de ranchería que de un López patrocinado por su equipo el MORENA, que no está cerca del cielo ni es puro y virginal.

Sin embargo, en política como en la vida o los deportes, las súplicas y los rezos favorecen a otros. Al perder, Ebrard gana. Se convierte en el hombre fuerte de las izquierdas con  seis largos años para mostrar genio, promoción y figura. Sabedor de que ganarle al PRI será tarea desgastante y nula, queda sonriente y confiado en las fotos que muestran su músculo y a un López ganador.

¿Será que López, el obrador,  conecte jonrón con casa llena?

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