El estéril Legislativo que viene

El estéril Legislativo que viene

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La renovación del Congreso local será nominativa. Nunca ha habido un Legislativo local que sirva para más nada que satisfacer expectativas políticas particulares. El interés público no anida en la ‘máxima tribuna de la soberanía popular’, como le dicen los demagogos. Si el Morena, del presidente López Obrador, ganara la mayoría parlamentaria con sus patéticos aliados del PT y el Verde, el suceso sólo revelaría que el liderazgo presidencial sigue adelante con una gestión de amplio y consistente aval popular, pero advertiría y confirmaría, asimismo, el contraste entre las virtudes del máximo dirigente nacional y algunas de las más nocivas precariedades que lastran las posibilidades de servicio de su movimiento y de su protagonismo representativo al frente del Estado mexicano, como la incompetencia, la simulación y la ilegitimidad de tanto oportunista que ha ganado y sigue ganando posiciones de poder a costa del lópezobadorismo en muchos de los espacios públicos regionales de decisión en el país, como el de Quintana Roo.

Porque el llamado ‘voto parejo’ –que significó que muchos de los electores simpatizantes del candidato presidencial del Morena votaran de manera indiscriminada por todos los candidatos de ese partido y de sus lamentables partidos aliados, e hicieran ganar a Andrés Manuel López Obrador pero haciendo ganar también, y arrimándole por eso y a partir sólo de pegarse a la inercia de su imagen triunfadora, a toda una comunidad nacional de personajes indeseables en posiciones estratégicas de representación-, ese ‘voto parejo’, en un pueblo tan emocional, tan influenciable, tan maniqueo, tan poco crítico y tan enojado con su circunstancia -tanto tiempo en manos de rufianes adueñados de la vida pública-, si bien obró mayorías necesarias para apurar, desde el inicio mismo del nuevo régimen federal emanado en buena medida de esos votos, reformas legislativas y proyectos presidenciales prometidos y decisivos, también fue culpable de que esa vasta comunidad de arribistas y gente de poca monta, sumada a la ‘ola morada’ del ahora presidente de la República, asumiera mandatos parlamentarios o de Gobierno que han sido, o están siendo, iguales o peores a los que suplieron, como ocurre en los Municipios ahora morenistas de Cancún (Benito Juárez), Playa del Carmen (Solidaridad) y Chetumal (Othón P. Blanco), en el Estado de Quintana Roo, donde los gravísimos problemas del diario que se padecían –los de la inseguridad, en los dos primeros, y el de la basura, en el segundo, por ejemplo, entre muchos otros-, y los estructurales que se han tornado irremediables en el curso de los años y de las progresivamente malas gestiones municipales y estatales –los de la colonización irregular y la marginalidad incontenible, los del absoluto desorden urbano y la saturación inmobiliaria, los de la quiebra fiscal y el déficit de financiamiento de obras y servicios públicos, los de la ruina ambiental sostenida, y todos los demás que contribuyen al deterioro general de la calidad de vida-, son crisis que no cesan de empeorar con los que habrían de ser los Ayuntamientos alternativos.

Y las cosas no pintan mejor –no hay lógica que lo advierta ni perfil político que pareciera hacer la diferencia- hacia lo que habrá de ser la composición del nuevo Congreso estatal luego de las elecciones locales de junio venidero. (La reforma electoral para homologar calendarios de comicios y economizar recursos de organización de dichas jornadas, ha sido, por cierto, otro de los grandes cuentos chinos de la politiquería parlamentaria.) Nada hay, absolutamente nada, que augure que ese ‘elefante blanco’, el Congreso estatal, cambie de color y deje de representar la monstruosidad del erario que consume en reformas legislativas estériles, que no regulan nada que valga la pena, que no generan cambios positivos en la vida de la entidad, y que no contribuyen a remediar ni uno solo de sus multiplicados y crecientes conflictos, porque para lo único que sirven los casi quinientos millones de pesos de su presupuesto anual es para hacer saber que es uno de los Legislativos más costosos del país, y el más improductivo de todos, no sólo en la generación de leyes, sino, y sobre todo, en la formulación de leyes que sirvan para algo. Porque, de entre lo que se promueve como posibilidad de nuevos legisladores, lo que se conoce son deshechos reciclados, como el evangélico ‘Greg Sánchez’ –ahora esperanza del PAN y el PRD-, o como el ‘Chacho García Zalvidea’ –ahora en la fe del Movimiento Ciudadano-, o como el ‘Chanito Toledo’ –también ‘capital político’, ahora, del impresentable Movimiento Ciudadano, o MC, y prospecto personal fallido que fuera del exgobernador priista preso Roberto Borge Angulo para relevarlo en el cargo, cuya candidatura le ganó a Chanito el exmunícipe de Solidaridad, Mauricio Góngora, otro preso ahora-, y que ya fue presidente de ese Congreso cuando Borge Angulo usaba dicha ‘soberanía’, además de para mandarse hacer reformas a la medida de sus coyunturales conveniencias,para usarla como una de sus fuentes particulares de recursos, como hacía, asimismo, con el también muy ‘soberano’ Tribunal Superior de Justicia, al que asignaba presupuestos descomunales para disponer de ellos de una manera tan arbitraria, como la más discrecional y delictiva de todas con las que ha sido usado el erario y los gobiernos parlamentario y judicial. Y, lo demás, entre eso que se promueve como posibilidad de nuevos legisladores, se conoce por anodino o no conoce nadie más allá de sus familias y de sus correligionarios –por así llamarlos- partidistas. El mundo, más allá de los negocios del poder político local, no sabe nada de ellos.

De modo que la importancia en torno de la próxima renovación parlamentaria del Estado no va más allá del tráfago especulativo insustancial de los medios de una opinión pública esparcida sobre todo en las redes sociales –porque la radio sólo la escuchan los taxistas, fanáticos de la basura musical mexicana y de la vulgaridad seudoinformativa; y los periódicos, y la mayoría de los foros televisivos noticiosos, son especies cada vez peor paridas y en irreversible proceso de extinción-.

Pero hasta con las pésimas cuentas de los pésimos munícipes morenistas, la popularidad récord -en el mundo entero- del presidente mexicano podría hacer posible que, aun con perfiles políticos iguales o peores a los de ellos, los candidatos de la alianza del Morena con el PT, e incluso con el Verde y su infinito desprestigio, ganen de manera cómoda la mayoría del Congreso estatal, porque sigue habiendo una mayoría electora milagrera que sufraga con la idea de que basta con que el líder en el que creen es bueno para que todos los que se le peguen lo sean, sólo por el mágico contagio de las bondades de su nombre y de su causa. Y, en esa lógica, lo de menos es que las autoridades locales no sepan qué diablos hacer con la catástrofe delictiva en Cancún y Playa del Carmen (Tulum es una réplica suya en vertiginosa evolución), en la Riviera Maya, por ejemplo -que, además de destruir las condiciones mínimas de una convivencia civilizada y pacífica, acaban con la imagen de seguridad que todo turista de valor procura como primera condición de estancia placentera en un lugar, y donde la del Caribe mexicano es asesinada cotidianamente por los tiros de las mafias que se disputan el gran mercado de consumo de drogas de otros muchos turistas que sí llegan a sus playas, sólo que atraídos, éstos, más que por su esplendor, por las posibilidades de satisfacción de su dependencia adictiva-, ni que mucho menos sepan cómo enfrentar las condiciones históricas -de indigencia creciente, analfabetismo, incompetencia laboral y tributaria, descomposición moral, hacinamiento y ruina humana, disfuncionalidad institucional, etcétera- propiciatorias de la calamidad delictiva que tampoco se sabe atacar desde el frente policial, como no se tiene la menor idea, tampoco, de qué hacer con los déficits recaudatorios y presupuestarios heredados de la corrupción, la voracidad y la inoperancia de las administraciones precedentes. En la lógica de los votantes milagreros del Morena, eso no importa. Lo que importa es que ahora hay un jefe político todopoderoso en el país que obrará el milagro de hacer que las cosas funcionen y la prosperidad se haga donde él ponga la mano, más allá o más acá de que la autoridad local cumpla o no con su encomienda de garantizar la paz social y la solvencia hacendaria, como condición del bienestar de las mayorías. Y pareciera que en el mismo sentido piensan los gobernantes locales: las soluciones vendrán desde el supremo poder federal o no vendrán. De modo que López Obrador tendrá que afanarse en barrer los gigantescos establos sucios que le dejaron –casi todo el Estado nacional, lo que por mucho que se empeñe y consiga no pasará de un porcentaje menor, porque la inmundicia es inacabable-, y ocuparse, al mismo tiempo, de que no se los ensucien más sus correligionarios locales llegados, con su impulso, como alternativa de poder.

Habría, pues, una mayoría morenista en el Congreso quintanarroense –y acaso una mayoría contundente-, porque la alianza del PAN y el PRD, con la que el gobernador se hizo gobernador, es hoy día una alianza exigua de patéticos partidos-fantasma que habría de cargar, más que con los éxitos políticos del mandatario estatal -si alguno hay-, con todos los desencantos que ha provocado, sin tener opciones de mayor cualidad para competir en los comicios venideros y con el agravante de que el nuevo partido del gobernador, Confianza por Quintana Roo, será ahora adversario de esa alianza y mermará su muy menguado poder de convocatoria, sin que eso signifique, desde luego, que el nuevo partido local sirva para algo más que para eso, y sobre todo con la orfandad a cuestas de un financiamiento público partidista podado en gran escala, y una muy escrupulosa vigilancia federal -con los delegados especiales del Gobierno de la República- sobre los posibles usos electorales del erario y de otrasfuentes prohibidas de contribución, cuyas tentaciones harían parar en la cárcel a los responsables del dinero público. Malos tiempos, pues, para la alianza de los partidos que antes fueron la ‘derecha’ y la ‘izquierda’ más conocidas y competitivas, y para los emergentes locales -el del gobernador y el espantajo anónimo llamado Movimiento Auténtico Social- que, al momento de su fundación, no contaban con el nuevo escenario del Morena en el poder presidencial y su proyecto en curso de abaratamiento extremo del gasto de las masivas y onerosas instituciones electorales, y del nocivo negocio cupular de los partidos políticos nacionales y de los inventos partidistas locales (fraguados para lucrar, y no como alternativas de mandato ciudadano, por supuesto).

Pero no habrá novedades legislativas de valor. Los nuevos diputados serán más de lo mismo en cualquiera de sus versiones partidistas;exactamente como los munícipes de la ‘Cuarta transformación’, que no son capaces, ni lo serán, de transformar nada, porque no hay nada que lo refiera, ni en su expediente político ni en su modo de hacer las cosas.

Ganaría el Morena, y, acaso, de calle, aunque ya sin el nombre de Andrés Manuel López Obrador en las boletas, pero siempre con el influjo de su popularidad. Pero no votarían los que sí confían en él -y lo hacen con sentido crítico- como el mejor líder mexicano de hoy, sino algunos de los que creen que, con que él sea el mejor presidente del mundo, es suficiente para que su partido, en general, y todos sus candidatos, también sean los mejores del mundo.

Sin Andrés Manuel en las boletas y con un entorno partidista, fuera del Morena, en piltrafas, se volvería a los días de las votaciones pírricas: ¿un treinta por ciento, un treintaicinco, del millón doscientos mil electores registrados?…

Ganaría la inercia. Pero no la calidad representativa en la ‘máxima tribuna de la soberanía popular’.

SM

estosdias@gmail.com

 

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