El gatillazo de uno de los Kennedy afianzaba la ‘estatura moral’ de...

El gatillazo de uno de los Kennedy afianzaba la ‘estatura moral’ de USA frente a la ‘corrupta’ URSS de Gorbachov

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Escribí sobre un juicio contra un descendiente de JFK, William Kennedy Smith, por la violación de una amiga en Palm Beach, en la misma casa de la ‘familia real’. Todo parecía una serie actual de Netflix sobre el monobloque monolítico que se estaba quedando como dueño del mundo. Eran los inicios y los rápidos y furiosos finales de la Perestroika y la Glásnost de Mijaíl Gorbachov, presidente de la agonizante Unión Soviética. Glásnost  -en ruso es ‘apertura’, ‘transparencia’ o ‘franqueza’-  se conoce como una política que se llevó a cabo a la par que la Perestroika por el líder del momento, el de la mancha roja sobre su frente, como si la Naturaleza la hubiera encargado pintar al irlandés Francis Bacon, desde 1985 hasta 1991…

El gatillazo de uno de los Kennedy afianzaba la ‘estatura moral’ de USA frente a la ‘corrupta’ URSS de Gorbachov

En Hollywood, el movimiento Time’s Up, apoyado por más de 300 actrices, logró teñir de negro la ceremonia de los Globos de Oro en protesta contra las agresiones sexuales. En Francia, un colectivo formado por un centenar de artistas e intelectuales tomó el pasado 9 de enero la dirección contraria al firmar un manifiesto opuesto al clima de “puritanismo” sexual que habría desatado el caso Harvey Weinstein. La tribuna, publicada en el diario Le Monde, está firmada por conocidas personalidades de la cultura francesa, como la actriz Catherine Deneuve, la escritora Catherine Millet, la cantante Ingrid Caven, la editora Joëlle Losfeld, la cineasta Brigitte Sy, la artista Gloria Friedmann o la ilustradora Stéphanie Blake.

“La violación es un crimen. Pero la seducción insistente o torpe no es un delito, ni la galantería una agresión machista”, afirman las autoras de este manifiesto. “Desde el caso Weinstein se ha producido una toma de conciencia sobre la violencia sexual ejercida contra las mujeres, especialmente en el marco profesional, donde ciertos hombres abusan de su poder. Eso era necesario. Pero esta liberación de la palabra se transforma en lo contrario: se nos ordena hablar como es debido y callarnos lo que moleste, y quienes se niegan a plegarse ante esas órdenes son vistas como traidoras y cómplices”, defienden las firmantes, que lamentan que se haya convertido a las mujeres en “pobres indefensas bajo el control de demonios falócratas”.

Entre las impulsoras del manifiesto se hallan personalidades que ya habían expresado opiniones opuestas a este movimiento, cuando no abiertamente contrarias a ciertas luchas del feminismo. Por ejemplo, la filósofa Peggy Sastre, autora de un ensayo titulado “La dominación masculina no existe”, o la escritora Abnousse Shalmani, que en septiembre firmó una columna donde describía el feminismo como un nuevo totalitarismo. “El feminismo se ha convertido en un estalinismo con todo su arsenal: acusación, ostracismo, condena”, dijo en el semanario Marianne. Por su parte, la periodista Élisabeth Lévy ha tildado de “infecto” el movimiento iniciado por etiquetas como #MeToo o #balancetonporc (“denuncia a tu cerdo”). En un registro más moderado, Deneuve también se opuso a este fenómeno a finales de octubre. “No creo que sea la forma más adecuada de cambiar las cosas. ¿Después qué vendrá? ¿’Denuncia a tu puta’? Son términos muy excesivos. Y, sobre todo, creo que no resuelven el problema”, declaró entonces. También Millet, crítica de arte y autora del relato autobiográfico “La vida sexual de Catherine M.”, se ha opuesto repetidamente a un feminismo “exacerbado y agresivo”.

“Una moral victoriana estaría al servicio de los intereses de los enemigos de la libertad sexual…”,  escribía la actriz francesa Catherine Deneuve

Las firmantes aseguran que las denuncias registradas en las redes sociales se asimilan a “una campaña de delaciones y acusaciones públicas hacia individuos a los que no se deja la posibilidad de responder o de defenderse”. “Esta justicia expeditiva ya tiene sus víctimas: hombres sancionados en el ejercicio de su oficio, obligados a dimitir […] por haber tocado una rodilla, intentado dar un beso, hablado de cosas intimas en una cena profesional o enviado mensajes con connotaciones sexuales a una mujer que no sentía una atracción recíproca”, dicen en la tribuna. También advierten el regreso de una “moral victoriana” oculta bajo “esta fiebre por enviar a los cerdos al matadero”, que no beneficiaría la emancipación de las mujeres, sino que estaría al servicio “de los intereses de los enemigos de la libertad sexual, como los extremistas religiosos”.

El manifiesto alerta también sobre las repercusiones que este nuevo clima podría tener en la producción cultural. “Algunos editores nos han pedido […] que hagamos a nuestros personajes masculinos menos ‘sexistas’, que hablemos de sexualidad y amor con menos desmesura o que convirtamos ‘los traumas padecidos por los personajes femeninos’ en más explícitos”, denuncian las firmantes, oponiéndose también a la reciente censura de un desnudo de Egon Schiele en el metro de Londres, a la petición de retirar un cuadro de Balthus de una muestra del Metropolitan de Nueva York o a las manifestaciones contra una retrospectiva dedicada a la obra Roman Polanski en París.

“El filósofo Ruwen Ogien defendió la libertad de ofender como algo indispensable para la creación artística. De la misma manera, nosotras defendemos una libertad de importunar, indispensable para la libertad sexual”, suscriben las cien firmantes del manifiesto. “Como mujeres, no nos reconocemos en este feminismo que, más allá de la denuncia de los abusos de poder, toma el rostro del odio a los hombres y a la sexualidad”, concluyen. El texto generó malestar entre las asociaciones feministas en Francia, que lo atacaron en las redes sociales. “Indignante. A contracorriente de la toma de conciencia actual, algunas mujeres defienden la impunidad de los agresores y atacan a las feministas”, declaró la asociación Osez le féminisme.

Fallido golpe de Estado contra Gorbachov y su Perestroika, una simple maniobra para volver al capitalismo y destruir al Estado socialista

Recuerdo mis últimos años como reportero en el convulso País Vasco, entre ofensivas terroristas de ETA -independentistas vascos- y del GAL –paramilitares promovidos desde las cloacas del Gobierno del socialista Felipe González- a principios de los años 90, antes de trasladarme al Caribe, primero a La Habana y después a Cancún. Escribí sobre un juicio que se venía celebrando en Estados Unidos contra el menor de los Kennedy, por la violación de una amiga en Palm Beach, en la misma casa de la ‘familia real’. Todo parecía una serie actual de Netflix sobre la ‘estatura moral’ de USA, el monobloque monolítico que se estaba quedando como dueño del mundo. Eran los inicios y los rápidos y furiosos de la Perestroika y la Glásnost de Mijaíl Gorbachov, presidente de la agonizante Unión Soviética. Glásnost  -en ruso es ‘apertura’, ‘transparencia’ o ‘franqueza’-  se conoce como una política que se llevó a cabo a la par que la Perestroika por el líder del momento, el de la mancha roja sobre su frente, como si la Naturaleza la hubiera encargado pintar al irlandés Francis Bacon, desde 1985 hasta 1991. En comparación con la Perestroika que se ocupaba de la reestructuración económica de la Unión Soviética, la Glásnost se concentraba en liberalizar el sistema político. En esta se estipulaban libertades para que los medios de comunicación tuvieran mayor confianza para criticar al gobierno.

Francis Bacon (Dublín, Irlanda, 28 de octubre de 1909-Madrid, España, 28 de abril de 1992) fue un artista británico, nacido en Irlanda, de estilo figurativo idiosincrásico, caracterizado por el empleo de la deformación pictórica y gran ambigüedad en el plano intencional.Considerable ambivalencia puede además ser detectada en comentarios suyos, tales como “quisiera que mis pinturas se vieran como si un ser humano hubiera pasado por ellas, como un caracol, dejando un rastro de la presencia humana y un trazo de eventos pasados, como el caracol que deja su baba” o “acaso algún día logre capturar un instante en toda su violencia y toda su belleza”.

Volvamos con Gorbachov quien también autorizó la liberación de presos y libertad de información -políticos para la oposición interna y externa- y la emigración de algunos refúseniks. Refúsenik era aquel que no estaba autorizado a realizar la ‘aliyah’ -migración-, a quien se le negaba el permiso para abandonar la URSS (u otros países del entonces Bloque del Este u oriental), durante la denominada Guerra Fría. El término refúsenik es en realidad una palabra por momentos irónica, derivada del verbo inglés torefuse (rehusar o denegar), a la que se le agregó el sufijo ruso nik. Pero con el paso del tiempo, e incluso luego del colapso de la Unión Soviética, refúsenik ha entrado en el uso coloquial anglosajón para referirse a cualquier tipo de manifestante, proveniente de cualquier país.

El objetivo más expreso de la Glásnost era crear un debate interno entre los ciudadanos soviéticos, y alentar una actitud positiva y entusiasmo hacia las reformas que se encaraban. Sin embargo, esta política de apertura se volvió en contra de Gorbachov al incrementarse los problemas económicos y sociales por efecto de las mismas reformas y al incrementarse la crítica de la población soviética contra la dirección política del PCUS. Durante la Glásnost se dieron a conocer al público, entre otras cosas, detalles sobre la violenta represión política de la época estalinista que hasta entonces permanecían reservados por cuestiones de Estado.

La meta de Gorbachov con la Glásnost era en parte ejercer presión sobre los conservadores del Partido Comunista que se oponían a la perestroika. En agosto de 1991 la línea dura del Partido realizó un fallido golpe de Estado contra Gorbachov buscando revertir su plan de reformas, que consideraban una simple maniobra para volver al capitalismo y destruir al Estado socialista. Al fracasar dicha revuelta aumentó considerablemente la impopularidad de los líderes conservadores que habían apoyado el golpe contra Gorbachov, siendo que como reacción los elementos más derechistas del PCUS asumieron el mando en medio de la acelerada descomposición del aparato político soviético. Las Repúblicas de la URSS empezaron a proclamarse como independientes en forma sucesiva, sin que desde Moscú se pudiera impedir dicho proceso. El 24 de diciembre de ese mismo año Gorbachov abandonó el poder y disolvió oficialmente a la Unión Soviética en un sencillo acto de unos 30 minutos de duración. Boris Yeltsin, opositor por derecha de Gorbachov y uno de los artífices del contragolpe, se convirtió entonces en presidente de la Federación Rusa.

John Fitzgerald dejó morir a Marilyn Monroe mientras su señora, o sea Jacqueline, se le iba de crucero con el griego Onassis

Esto de la ‘estatura moral’ es un eslogan que se sacaron los Bush. Allí no hay presidente sin eslogan. En fin, para estatura moral la del pequeño Kennedy o la de su padre o tío Ted, o lo que sea, que efectivamente esta familia real son una dinastía, pero una dinastía de crímenes, suicidios, adulterios, puentes suicidas hechos con mucho maderamen de consonantes, atentados políticos, lo de la Bahía Cochinos, Mary Jo, gangsterismo a favor o en contra, Marilyn, Vietnam… y gatillazos. Incluso acumulaban, como se ve, más noblezas y grandezas que las fastuosas y sangrientas monarquías shakesperianas de nuestro Viejo Mundo. Ya va siendo tiempo de que descabalguen a Lincoln, como los otros a Lenin, se proclamen Reino y cumplan la definición que certeramente les aplicara Pemán: “El tirón dinástico de las democracias”.

“A William Kennedy Smith habría que coronarle ya, antes de sentenciarle por violador, como el principito que inaugura la monarquía violenta, culpable y ruidosa de los Kennedy. Ocurre ahora lo más revelador del juicio: que si Patricia B. salió virgen y mártir del trance, no fue tanto por caballerosidad del ciudadano Smith, que es mucha, como porque este ciudadano pegó gatillazo, según confesión de la víctima. Y este gatillazo histórico nos parece todo un signo (los estructuralistas veían signos en todas partes, hasta en las braguetas) de lo que es la historia contemporánea de Estados Unidos”. “A William ya le llaman ‘Wilt’, del inglés ‘wilting’ (cayendo)”, según contaba el periodistas y escritor madrileño Francisco Umbral, “pues que la caída fálica (que su propio abogado argumenta como frecuente en el acusado) impidió quizá la consumación del crimen sexual”.

La grandeza del imperio USA está hecha asimismo de grandes gatillazos: el que pegaron los yanquis en Vietnam; el que pegó el otro Kennedy contra Fidel Castro; el que acababan de pegar ante Saddam Hussein, que le iban a arrasar y ahí siguió hasta que llegó el George W. Bush, el ‘vengador’ de los atentados contra las Torres Gemelas en Nueva York y el Pentágono en Washington por parte de Al Qaeda y su líder Bin Laden en el 2001;  el que pegó la justicia americana contra los asesinos del presidente y de su hermano Bob o de Martin Lutero King, víctimas todos ellos de unos caprichosos del arma que por ahí siguen fumando…”.

Los Trastamara, Habsburgo, Austrias, Wattenberg, las sangrientas monarquías shakesperianas, se fundaron sobre una violación de princesa

En su continuo acoso sexual a Europa pegan gatillazo todos los días y un lúcido político europeo acaba de decir que la federación de Estados Europeos sería un plagio de Estados Unidos. Cada crack de la economía mundial es un gatillazo de Wall Street. No sabe uno, ni le importa, si los varones de la casa Kennedy practican mucho el pudendo deporte del gatillazo, pero el presidente dejó morir a Marilyn Monroe mientras su señora, o sea Jacqueline Onassis, de soltera viuda de Kennedy, se le iba de crucero con el griego. Ted Kennedy pegó gatillazo en el puente de las consonantes, en la isla de Chappaquiddick, en Massachussets, y Mary Jo duerme bajo las aguas.

Los Estados Unidos, en fin, puestos a follarse la historia, son peores que el violador del Ensanche. Un violador impotente es casi un objeto surrealista de Marcel Duchamp. Bueno, pues ese objeto, ese falo declinante debiera figurar en la bandera, entre tanta barra y estrella. Ay el día que esas barras empiecen a torcerse para abajo. Casi todas las grandes Casas europeas, los Trastamara, los Habsburgo, los Austrias, los Wattenberg, las sangrientas monarquías shakesperianas, se fundaron sobre una violación de princesa o pastora (era mucha costumbre), pero lo que no se puede, señores americanos, es fundar una gran dinastía, los Kennedy, sobre un gatillazo. Marcel Duchamps, nacido francés y naturalizado después estadounidense, era artista y ajedrecista. Especialmente conocido por su actividad artística, su obra ejerció una fuerte influencia en la evolución del movimiento dada en el siglo XX. Al igual que el citado movimiento, abominó la sedimentación simbólica en las obras artísticas como consecuencia del paso del tiempo y exaltó el valor de lo coyuntural, lo fugaz y lo contemporáneo. Duchamp es uno de los principales valedores de la creación artística como resultado de un puro ejercicio de la voluntad, sin necesidad estricta de formación, preparación o talento.

El Maggio Musicale de Florencia estrena una versión de la obra de Bizet donde la protagonista mata a su maltratador

¿Hasta dónde puede el arte reescribirse para seguir las exigencias políticas, éticas y morales de cada época o para denunciar problemas actuales? El teatro del Maggio Musicale de Florencia decidió, de forma más o menos voluntaria, experimentarlo y estrenó una Carmen de Bizet que supone un insólito paso más allá en esta reflexión. Los espectadores comprobaron cómo en el último acto de la propuesta del director de escena Leo Muscato la protagonista arrebata una pistola a Don José y le descerraja un tiro. El resultado: muere el maltratador y no su víctima. El motivo, explican los responsables del teatro, era denunciar la violencia contra las mujeres, que deja un cadáver en Italia cada tres días y cuya lucha carece de altavoces relevantes. Pero en un país donde la lírica es religión, manipular la conclusión de una obra poniendo en riesgo su significado ha generado el efecto contrario.

La supervivencia de la ópera obligó el siglo pasado a proponer todo tipo de experimentos sobre los escenarios. Directores como Peter Sellars transportaron a principios de los ochenta las obras clásicas al mundo contemporáneo -el punto de inflexión fue su Don Giovanni inyectándose heroína sobre el escenario del Monadnock Music Festival de Manchester en 1980- y, desde entonces, la tentación de adaptar los clásicos ha constituido el ‘mainstream’ (corriente) de la modernidad teatral. También esta Carmen, ambientada en un asentamiento de gitanos rumanos en la periferia de una gran ciudad italiana y con un Don José convertido en policía antidisturbios. Pero esa no es la cuestión que le ha costado a Muscato los abucheos de una parte del público, amenazas en las redes sociales y hasta la incomprensión de grandes amigos, como relata a este periódico sin comprender todavía la polémica desatada. Las voces críticas con el cambio de final de Carmen aluden al clima general en el que transcurre la polémica. Un periodo donde lo políticamente correcto se mezcla con logros como la visualización y denuncia social del acoso a las mujeres en la industria del cine, por ejemplo, pero que corre el riesgo de maquillar groseramente los aspectos hirientes, incómodos o violentos de grandes obras.

“El mensaje de la elección de este director de escena es social y cultural: llamar la atención sobre una cuestión tan seria como son los feminicidios”

Cuando el arte ofende, la culpa no suele ser del arte. Se recurre ahora como burla a cierto revisionismo aquellas 24 obras de Shakespeare corregidas por Thomas Bowdler en 1807 donde, entre otras cosas, Ofelia no se suicidaba sino que moría accidentalmente. Los críticos ilustran también el fenómeno a través de la petición con 8 mil 700 firmas que recibió el MET (Museo Metropolitano de Arte de Nueva York) para retirar “El sueño de Teresa”, la pintura de Balthus de una niña de unos 13 años con la pierna levantada sobre una silla dejando entrever su ropa interior. El museo neoyorquino no tragó y la prensa italiana se escandalizaba ayer de que, aparentemente, lo hubiera consentido el teatro florentino. “¿Y si hacemos un Moby Dick donde la ballena no muere y solo es anestesiada”, se interrogaba La Repubblica. En Francia, patria de Bizet y Mérimée, el cambio también ha recibido críticas.

Pero los defensores de Muscato, entre los que se cuenta el alcalde de Florencia, Dario Nardella -violinista, presidente del teatro en cuestión y gran aficionado a la ópera-, alegan que se trataba de una provocación político-social fundada en las obligaciones del arte de llamar la atención sobre las cuestiones contemporáneas. “Aprecio su elección porque lo hizo con un objetivo preciso: reflejar un tema gravísimo y serio en Italia como es la violencia contra las mujeres. Ha habido un gran debate y muchas críticas. Pero algunas no las he entiendo. No es una cuestión ideológica sobre cambiar una ópera o su significado. El teatro debe ser denuncia, la cultura debe ser reinterpretada en el tiempo presente. Y vale también para la gran cultura del pasado. Eso no significa cambiar el pasado, no soy un estúpido que piensa en rescribir el arte. El mensaje de la elección de este director de escena es social y cultural: llamar la atención sobre una cuestión tan seria como son los feminicidios”, señala Nardella.

Muscato, al teléfono, se muestra abatido por la polémica. “Se ha creado una polvareda exagerada, gratuita”, señala. Las 6 funciones –mil 600 localidades por noche- están agotadas y el superintendente del teatro, de quien partió la idea de cambiar el final, quiere reponerla. Pero el escarnio público, sumado al infortunio de que la pistola con la que Carmen mata a Don José falló estrepitosamente en el estreno, se ha vuelto insoportable. “El único motivo por el que acepto llevar un clásico a escena es para que suscite un debate y un motor de emociones. No buscaba epatar. Yo nunca hablé de feminicidio, pero me alegra que se vea así”, explica mientras rechaza la etiqueta de políticamente correcto y le da la vuelta al argumento. “Me preocupa que ya no tengamos la libertad cultural e intelectual de dejarnos sorprender. No me pueden mandar a la hoguera sin ver toda la ópera”. De momento, quien quiera hacerlo ya no encontrará entradas.

La secretaria no esperó a que pasaran los años para contar su humillación, defendió su dignidad usando como arma su bolso de marca

El escritor, periodista, articulista y galerista de arte español, Manuel Vicent dedica el título de su última columna a las olvidadas secretarias no solo de España sino de México también, incluidas las de nuestras ciudades como Cancún, Solidaridad, Chetumal…, en Quintana Roo, son forzadas protagonistas de otras películas como “La Ley del Deseo” del director manchego Pedro Almodóvar… “En el fastuoso restaurante la Tour d’Argent, de París, que goza de todas las estrellas y tenedores posibles, estaban sentados a una mesa dos parejas: el dueño de una multinacional japonesa con su fina y delicada esposa y un empresario español acompañado de su joven y bella secretaria. Después de varios meses de dura negociación se habían reunido allí para celebrar con una cena el acuerdo por el que el magnate japonés se disponía a comprar por muchos millones de euros la empresa española. En la mesa de este histórico restaurante con vistas al Sena ante el pato prensado, especialidad de la casa, la conversación discurría entre ademanes de suma cortesía. Sólo la secretaria mantenía una sonrisa forzada, parecía muy nerviosa y no participaba siquiera en los comentarios más banales…”.

“Al llegar a los postres, ante la botella de Dom Pérignon cuyas burbujas doradas iban a coronar un negocio redondo, la joven y bella secretaria no aguantó más. Cuando todo parecía fluir según los ritos más formales, chinchín, salud, en ese momento, sin mediar palabra, la secretaria cogió su bolso y comenzó a pegarle con furia bolsazos en la cabeza al magnate japonés ante el asombro de todos, incluidos camareros y clientes del establecimiento. Llevado de su prepotencia, aquel magnate había estado toda la cena metiéndole mano bajo la falda a la joven secretaria sin dejar de hablar de millones mientras degustaba a la vez los exquisitos manjares, pero ella no dejó que pasaran los años para contar semejante humillación como han hecho algunas actrices de Hollywood y tantas mujeres que sufren el acoso sexual de sus jefes. Defendió su dignidad en el acto de forma expeditiva sin preocuparle las consecuencias, usando como arma de mujer su bolso de marca. ¿Qué sucedió después con el negocio? La respuesta se deja a la imaginación del lector inteligente”.

Los hombres debemos hacer nuestra la lucha de las mujeres contra los abusos y la violencia, estamos ante una causa de Justicia

Nadie puede negar que estamos ante una auténtica ‘revolución’ de las mujeres en su lucha contra los abusos y la violencia que siguen sembrando de cadáveres las calles de México y España y otros rincones del mundo. Este pasado año recuerdo que se inició con una marcha protagonizada por más de medio millón de mujeres, arropadas por miles de hombres, en Washington, paralelamente a la toma de posesión del nuevo mandatario norteamericano Donald Trump. Mostraron su desacuerdo con sus expresiones y maneras hacia el género femenino, a la vez que sumaron a su protesta otras reivindicaciones de otros sectores marginados por el actual inquilino de la Casa Blanca, cuya capacidad mental está siendo cuestionado estos días. Esta semana, en los Ángeles, en la entrega de los premios Globos de Oro, las mujeres de Hollywood protagonizaron una noche reivindicativa que sigue acaparando portadas en los ‘mass media’ y en los ‘online’ que navegan por Twitter y Facebook. Estas dos muestras han sido acompañadas de otras miles más en diferentes lugares del planeta. Es un ¡Basta Ya! femenino. No van a acabar con las discriminaciones, marginaciones, abusos, violencia…

Estamos ante una revuelta histórica que debemos compartir como lo hicieron los propios blancos con aquella costurera negra. RosaParks tenía 42 años cuando el 1 de diciembre de 1955, tomó un transporte colectivo para volver a su casa. En ese momento, los vehículos estaban señalizados con una línea: los blancos delante y los negros detrás. Así, la gente de color subía al autobús, pagaba al conductor, se bajaba y subía de nuevo por la puerta trasera. Parks se acomodó en los asientos del medio, que podían usar los negros si ningún blanco lo requería. Cuando se llenó esa parte, el conductor le ordenó, junto a otros tres negros, que cedieran sus lugares a un joven blanco que acababa de subir. “Este ni siquiera había pedido el asiento”, dijo después Parks en una entrevista a la BBC. Los otros se levantaron, pero ella permaneció inmóvil. El conductor trató de disuadirla. Debía ceder su asiento, es lo que marcaba la ley. “Voy a hacer que te arresten”, le dijo el conductor. “Puede hacerlo”, respondió ella. Cuando la policía le preguntó que por qué no se levantaba, contestó con otra pregunta: “¿Por qué todos ustedes están empujándonos por todos lados?”. Fue encarcelada por su conducta, acusada de haber perturbado el orden.

En respuesta al encarcelamiento de Rosa, Martin Luther King, un pastor bautista relativamente desconocido en ese tiempo, condujo la protesta a los autobuses públicos de Montgomery, en los que colaboró también la activista y amiga de la infancia de Rosa Parks, Johnnie Carr, y que simplemente convocaba a la población afroamericana a organizarse para transportarse por sus propios medios y no tomar los autobuses. Como los autobuses terminaron recibiendo pocos o ningún pasajero, comenzaron a dar déficit, por lo que se hizo necesario que la autoridad del transporte público terminara la práctica de segregación racial en los autobuses. Este suceso inició más protestas contra otras prácticas de segregación todavía vigentes. Mientras tanto, en 1956, la lucha judicial contra la ley segregacionista de Montgomery y Alabama llegó finalmente a la Corte Suprema de los Estados Unidos, que declaró inconstitucional la segregación en el transporte.

El país de la seducción busca cómo combatir el problema del acoso, París es una de las ciudades más sensibles ante el caso Weinstein

Junto con Estados Unidos, Francia es uno de los países donde más eco ha tenido el escándalo Harvey Weinstein. Una avalancha de denuncias en el mundo del espectáculo, la política o la cultura han llevado al Gobierno de Emmanuel Macron, que ha proclamado la igualdad entre mujeres y hombres la “gran causa” de su mandato, a anunciar una respuesta contundente. La reacción no es solo vertical. Las denuncias por violencia sexual aumentaron en octubre un 30% respecto al año pasado, según datos de la gendarmería. Además bajo un hashtag paralelo al #MeToo internacional, el muy francés #Balancetonporc (denuncia a tu cerdo), miles de mujeres han denunciado en las redes sociales, y en la calle, casos de acoso. Algunos ya han llegado a la Justicia, como las dos denuncias por violación contra el islamólogo Tariq Ramadan. Este mes comenzó el juicio contra Georges Tron, ex secretario de Estado y alcalde de una localidad al sur de París también denunciado por violación por dos de sus antiguas empleadas municipales. Un antiguo dirigente de las juventudes socialistas también ha sido acusado de agresión sexual por varias mujeres, mientras que la fiscalía de París ha abierto por la misma causa una investigación preliminar sobre el exdirector de la cadena de televisión France 2 Eric Monier.

En octubre, manifestantes boicotearon ante la Cinemateca Francesa en París la retrospectiva de la obra de Roman Polanski, que desde los años 70 no puede regresar a Estados Unidos para evitar una sentencia contra él por violación de una menor. Pero Francia es, también, uno de los países que más ha consentido los abusos ante los que ahora se rasga las vestiduras. Porque antes de Harvey Weinstein, antes incluso que Donald Trump, estaba Dominique Strauss Kahn. Si la Policía no lo hubiera sacado in extremis del avión en el que intentaba regresar a Francia para detenerlo por la violación de una trabajadora de un hotel de Nueva York en 2011, el entonces jefe del Fondo Monetario Internacional (FMI) habría sido probablemente presidente de Francia. Un país donde siempre se supo de sus excesos con las mujeres pero que los escondió bajo la alfombra hasta que ya no hubo manera de ocultarlo. Al final, también en Francia fue acusado de proxenetismo y, aunque acabó absuelto, quedó en evidencia su agresividad contra las mujeres.

Francia, el país del amour, de la seducción, ¿no será también un oasis para depredadores sexuales?, se pregunta una ministra de Macron

“Ante una denuncia, en Francia, tenemos la tentación de preguntarnos: ¿No será más bien un caso de seducción?”, critica la secretaria de Estado para la Igualdad Hombre-Mujer, Marlène Schiappa, cuyo proyecto de ley contra el acoso sexual en la calle que venía preparando ha adquirido mayor relevancia a raíz del eco que ha tenido el caso Weinstein en Francia. “Algunos quieren hacernos creer que es algo casi inscrito en el patrimonio cultural francés, porque aquí habría un cierto apego al galanteo. No estamos contra la seducción o las relaciones libres entre personas. Pero hay que definir la frontera”, precisó en una entrevista con este diario y otros de la alianza de medios europea LENA. “Toda mujer debe tener el derecho a no consentir. Esa es la línea roja. Lamentablemente, todavía hace falta mucha pedagogía sobre ese punto”.

Las cifras respaldan su queja. En Francia, una mujer muere cada tres días a manos de su pareja. Según una encuesta para el Defensor de los Derechos en Francia realizada en 2014, una de cada cinco mujeres (20%) manifiesta haber sido víctima de acoso sexual en su trabajo a lo largo de su vida profesional. Y el problema está también fuera de la oficina. El Observatorio Nacional de la Delincuencia y las Respuestas Penales reveló que al menos 267 mil personas, “esencialmente mujeres”, fueron víctimas de abusos sexuales de diverso grado -desde tocamientos a relaciones sexuales no consentidas- en medios de transporte público entre 2014 y 2015. En octubre, la fundación Jean Jaurès también mostró que el 83% de las mujeres dicen tener miedo por su integridad física cuando salen a la calle de noche o en el transporte público.

Por eso, para la secretaria de Estado, “es extremadamente importante que la ley del país ponga blanco sobre negro que condena el acoso en la calle, que está prohibido en Francia intimidar a las mujeres en la calle, seguirlas, pedirles diez veces su número de teléfono”. La cuestión, sostiene, va mucho más allá del acoso callejero. “Cuando tienes 40 minutos de trayecto hasta tu trabajo y te los pasas vigilando porque tienes miedo por tu integridad física, no llegas a tu puesto de trabajo serena. Combatir el acoso sexual de la calle es también permitirle a las mujeres llegar a su lugar de trabajo, ocupar el espacio público con serenidad y libremente, igual que los hombres”.

Mucho sigue fallando en materia de paridad y derechos de las mujeres en Francia cuando la responsable de este rubro tiene que recogerse su larga melena en un moño para que cuando acude a actos públicos o a la Asamblea Nacional se deje de hablar de su aspecto físico y se escuche lo mucho que tiene que decir. Poco importa que, pese a tener solo 34 años, Marlène Schiappa sea ya una reconocida autora y activista de la paridad en el trabajo y el hogar. “Cuanto más te parezcas a un hombre, más competente pareces. Pero si llevas el pelo largo o suelto, te pones un vestido, muestras escote, te maquillas o portas joyas, esos signos de feminidad alimentarán tu presunción de incompetencia”, denuncia Schiappa. Parece que muchos legisladores siguen sin aprender. En 2012, otra ministra, Cécile Duflot, fue recibida con silbidos por diputados varones cuando apareció en el hemiciclo con un vestido florido.

“¿Qué hacer con el arte de hombres monstruosos? Hicieron o dijeron algo horrible y crearon algo maravilloso”, escribe Claire Dederer

Claire Dederer es la autora de las memorias ‘Love and Trouble’. Está escribiendo un libro sobre la relación entre el mal comportamiento y el arte de calidad. Ha escrito un interesante artículo publicado en inglés por The Paris Review Daily. “¿Qué hacer con el arte de hombres monstruosos?

Hicieron o dijeron algo horrible y crearon algo maravilloso. ¿Debe la biografía de un artista influir en la apreciación de su obra? Las denuncias por acoso reabren la pregunta”, son los titulares de la columna de esta escritora estadounidense, nacida en Seattle, Washington.

“Roman Polanski, Woody Allen, Bill Cosby, William Burroughs, Richard Wagner, Sid Vicious, V. S. Naipaul, John Galliano, Norman Mailer, Ezra Pound, Caravaggio, Floyd Mayweather, y si empezamos a enumerar deportistas no acabaremos nunca. ¿Y qué decir de las mujeres? De inmediato, la lista se vuelve mucho más difícil e incierta: ¿Anne Sexton? ¿Joan Crawford? ¿Sylvia Plath? ¿Cuenta las que se hacían daño a sí mismas? Vale, supongo que entonces es mejor volver a los hombres: Pablo Picasso, Max Ernst, Lead Belly, Miles Davis, Phil Spector. Todos ellos hicieron o dijeron algo horrible y crearon algo maravilloso. Lo horrible afecta a lo maravilloso; no podemos ver, oír o leer esa obra de arte sin recordar el horror. Desbordados por lo que sabemos de la monstruosidad del creador, nos apartamos, llenos de repugnancia. O quizá no. Seguimos mirando, intentando separar al artista de la obra de arte. En cualquier caso, es perturbador. Son genios y son monstruos, y no sé qué hacer con ellos.

En la era de Trump, todos hemos estado pensando en monstruos. Por lo que a mí respecta, empecé hace varios años. Estaba investigando sobre Roman Polanski para un libro que estaba escribiendo y me quedé sobrecogida por sus atrocidades. Era algo monumental, como el Gran Cañón del Colorado. Y sin embargo… Cuando veía sus películas, tenían una belleza que era otro tipo de monumento, inmune a todo lo que sabía de su maldad. Había leído muchísimo sobre cuando violó a la chica de 13 años Samantha Gailey; estoy segura de que no me queda un detalle por saber. Pero, a pesar de ello, seguía siendo capaz de ver sus películas. Deseándolo, incluso. Cuanto más investigaba sobre Polanski, más empujada me sentía a ver su cine, y lo hacía una y otra vez, sobre todo los grandes títulos: “Repulsión”, “La semilla del diablo”, “Chinatown”. Como todas las obras maestras, invitan a verlas repetidamente. Yo las devoraba. Se convirtieron en parte de mí, como pasa cuando se ama algo.

“La relación sexual con Soon-Yi me afectó como una traición personal. Cuando era joven, yo me sentía como Woody Allen”

No me deberían haber gustado esas películas ni ese director. Polanski es el blanco de boicots, querellas e indignación. Para la gente, el hombre y su obra parecen ser la misma cosa. ¿Pero lo son? ¿Debemos intentar separar el arte del artista, al creador de su obra? ¿Nos sumimos en un olvido voluntario cuando queremos escuchar, por ejemplo, el ciclo del Anillo de Wagner? (Olvidar es más fácil para algunas personas que para otras; las obras de Wagner se han representado muy pocas veces en Israel). ¿O pensamos que el genio merece una dispensa especial, un permiso para comportarse mal?

Sé que Polanski es peor -signifique esto lo que signifique-, pero para mí el ultramonstruo es Woody Allen. Los hombres quieren saber por qué nos indigna tanto Woody Allen. Woody Allen se acostó con Soon-Yi Previn, hija de su pareja Mia Farrow. La primera vez que se acostaron juntos, Soon-Yi era una adolescente que estaba bajo su cuidado, y él era el director de cine más famoso del mundo. La relación sexual con Soon-Yi me afectó como una traición personal. Cuando era joven, yo me sentía como Woody Allen. Intuía o creía que él me representaba en la pantalla. Era yo. Ese es uno de los aspectos peculiares de su talento, su capacidad para suplantar al espectador. La identificación era aún más intensa por su personaje habitual: flaco como un niño, bajito como un niño, confuso ante un mundo frío e incomprensible (como antes Chaplin). Sentía una afinidad con él superior a la normal entre una niña y un cineasta adulto. De una manera algo absurda, me parecía que era mío. Siempre le había considerado uno de nosotros, los indefensos. A partir de Soon-Yi, me pareció un depredador. Mi reacción no era lógica; era emocional.

Una tarde lluviosa de la primavera de 2017, me dejé caer en el sofá del cuarto de estar y cometí un acto transgresor. No el que están ustedes pensando. Lo que hice fue contratar “Annie Hall” en el servicio a la carta de mi televisor. Fue fácil. Me limité a darle al botón de OK en mi enorme mando y luego me dediqué a rebuscar galletas en un paquete mientras aparecían los títulos de crédito. Como acto transgresor, fue bastante modesto. Había visto la película al menos una docena de veces, pero volvió a cautivarme. “Annie Hall” es una comedia ingeniosa, como un terso paso de baile de Fred Astaire, un globo lleno de helio que tensa la cuerda que lo sujeta. Es una historia de amor para gente que no cree en el amor: Annie y Alvy se unen, se distancian, vuelven a unirse y se separan definitivamente. Su relación no ha tenido sentido en ningún momento y, al mismo tiempo, ha merecido la pena. El estribillo de Annie, “la lala”, es el principio que rige la aventura, la colección de sílabas sin sentido que dan feliz expresión al existencialismo de Allen. “La lala” significa “No importa nada”. Significa “Vamos a divertirnos mientras nos estrellamos”. Significa “Se nos van a romper los corazones”, ¿a que es una juerga?

“Annie Hall” es el mejor film cómico del siglo XX -mejor que “La fiera de mi niña”, mejor incluso que “Caddyshack”-, porque reconoce el incontenible nihilismo que acecha dentro de toda comedia. Y además, es muy divertido. Ver “Annie Hall” es sentir por un instante que una pertenece a la humanidad. Sentirse casi asaltada por ese sentimiento de pertenencia, esa conexión inventada que puede ser más bella incluso que el amor. Y eso es lo que llamamos verdadero arte. Por si no lo sabían. Yo no siempre me siento conectada con la humanidad. Es un placer poco frecuente. ¿Y tengo que renunciar a él solo porque Woody Allen se portó mal? No me parece justo.

“Arlie Hochschild publicó “The Second Shift” (“La doble jornada”), y las mujeres descubrimos que esa mierda era más verdad que nunca”

El ambiente, ese verano, era de enorme malestar. Cundía un sentimiento general de que algo no estaba bien. Las gentes, y al decir gentes me refiero a las mujeres, estaban agitadas e insatisfechas. Se encontraban en la calle, se miraban, negaban con la cabeza y se alejaban en silencio. Las mujeres estaban hartas. Organizaron una manifestación gigantesca del hartazgo. Empezaron a comunicarse por Facebook y Twitter, a hacer largas marchas indignadas, a dar dinero a organizaciones de derechos civiles, a preguntarse por qué sus parejas y sus hijos no fregaban más los platos. Empezaron a darse cuenta de que el paradigma de los platos era odioso. Empezaron a radicalizarse, pese a que no tenían tiempo de ser radicales. Arlie Hochschild publicó “The Second Shift” (“La doble jornada”) en 1989, y en 2017 las mujeres empezaron a descubrir que esa mierda era más verdad que nunca. Un par de meses después surgieron las acusaciones contra Harvey Weinstein y, con ellas, el desbordamiento de la campaña de #MeToo…”

La causa por la que luchan nuestras mujeres es una causa justa. La Justicia debe ser siempre compartida y la revuelta que protagonizan nuestras compañeras también. Me parece interesante la carta publicada por la actriz Catherine Deneuve y otras representantes de la cultura de Francia, donde muestran sus temores ante una campaña de puritanismo con tintes de macartismo. Sin embargo, a pesar de estas inquietudes que nos llegan desde Europa, desde la Ciudad de la Luz, es fundamental que se siga adelante con el movimiento iniciado, que se avance, se acelere y se profundice en él, contra los abusos y la violencia. No son problemas de mujeres sino también de hombres. Los problemas de Rosa Parks no eran de negros sino también de blancos. El tiempo volverá a darnos la razón…

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