El infierno legal de la infancia

El infierno legal de la infancia

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Por Francesco Zecchino

“Sólo a medida que nos acerquemos a la realización de los derechos de toda la infancia, los países se acercarán a los objetivos del desarrollo y de la paz.”

Kofi Annan

En abril y mayo estará vigente por segundo año consecutivo la campaña promovida por el DIF  “Yo también cuento”, que dará una oportunidad para que niños y adolescentes que no la tengan puedan obtener su acta de nacimiento de forma extemporánea y ser reconocidos como personas jurídicas. El año pasado 2 mil 30 niños se beneficiaron del programa.

Estar inscrito en el Registro Civil es el primer paso para que una persona pueda hacer valer sus derechos. Desafortunadamente vivimos en un mundo donde a menudo a los niños se les violentan sus garantías; son las víctimas más frágiles, débiles y vulnerables.

En el Congo, por ejemplo, la situación legal de los infantes sigue siendo tribal e infame. En este país africano a unos 70 mil niños se les considera brujos, un hecho que mucho más allá del folclorismo, la superstición y la ignorancia ha sido y sigue siendo un crimen de lesa humanidad. La barbarie de esa concepción social hace a las criaturas víctimas indefensas de vejámenes horrendos.

Los llamados “niños brujos” tienen entre dos y 12 años. Muchos de ellos son acusados por miembros de la familia de ejercer poderes ocultos, y se ven obligados a soportar la humillación, el abuso, el exorcismo. ¿Su culpa?, ser considerados los responsables de problemas y desgracias familiares: lo suficiente como para ser abandonados, echados del hogar, vivir con miedo todos los días, con el riesgo de ser estrangulados, apuñalados  o quemados vivos.

Por lo general son los propios padres quienes abandonan a los “niños brujos” en la calle porque los consideran malignos y peligrosos; los acusan de llevar la enfermedad, la miseria e incluso la muerte.

Se han dado casos de niños que han sido mutilados, torturados y matados por haber causado un divorcio, la pérdida del empleo de algún familiar; por haber inducido pesadillas en los padres, transmitido enfermedades, causado la muerte de un ser querido, etcétera.

Esas decenas de miles de niños africanos están expuestos a supersticiones fatales, acusados por la ignorancia primitiva y las patologías culturales hereditarias de tener espíritus de brujos capaces de poderes superiores y pérfidos, mientras en esta otra cara del mundo, en América, otros niños, tan iguales y tan inocentes como aquéllos, no están exentos del primitivismo y la barbarie que anidan en la aparente modernidad democrática occidental, y están expuestos al maltrato, al abuso físico y sexual, la explotación, la esclavitud, y la negación de sus derechos.

Por su elevada inmigración miserable, nacional y centroamericana, y por las limitaciones institucionales que padece, Quintana Roo es una entidad líder en el país en materia de abuso sexual y prostitución infantil, en la explotación laboral y en el uso industrial de menores infractores, debido a la fragmentación, degradación y lumpenización de los hogares de la marginalidad, que induce la generalizada descomposición social y la debilidad institucional para entenderla y atajarla.

¿Cuál es el lugar que  los niños y los adolescentes ocupan en la sociedad? Aunque reiteramos que los niños de hoy son el recurso más importante porque serán los protagonistas del mundo de mañana, su condición es a menudo difícil, y, por desgracia, se incluyen entre las víctimas más fáciles y afectadas por los problemas cotidianos. Eso porque son los más frágiles, débiles y por lo tanto más vulnerables.

Varios estudios han llegado a la conclusión de que la infancia como tal ha sido descubierta apenas de manera reciente, en los últimos dos siglos, cuando se fue extendiendo la conciencia de que los niños no son adultos imperfectos o no desarrollados, sino personas con características peculiares y únicas. Los niños y adolescentes no sólo deben disfrutar de los mismos derechos que los adultos, sino también de garantías especiales que han de ser salvaguardadas y tuteladas.

En Europa, durante la Edad Media, los niños eran concebidos como adultos en miniatura; y apenas alcanzaban la adolescencia eran arrojados al mundo de la guerra, se daban en casamiento, y hasta podían ser acusados de  brujería y enviados a la hoguera (se estima que sólo en Suiza más de 600 niños fueron quemados vivos bajo cargos de brujería, como ocurre en Angola en el presente). A menudo los niños ni siquiera eran considerados; a menudo no recibían de inmediato un nombre por la elevada probabilidad de morirse. No eran mimados o consentidos con la misma atención de los niños de hogares normales de nuestro tiempo. El descubrimiento de la infancia es un logro de la civilización que aún no se ha completado, por desgracia, en muchas partes del mundo.

Según el Informe 2012 de la  UNICEF (Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia) cada año alrededor de 7 millones 600 mil niños mueren en situación de pobreza y privación. En el Informe del 2011 se declara que más de 400 mil adolescentes mueren cada año por accidentes en el trabajo y 70 millones no reciben educación, sufren malos tratos, violencia y acoso sexual. Una situación no muy diferente a la de la Europa medieval.

Se hace apremiante reconocer la condición especial de la infancia y la adolescencia, y garantizar los derechos fundamentales para todos los individuos que pertenecen a ellas: el derecho a tener una familia, el derecho a la salud, a la educación y, no menos importante, el derecho a jugar.

Sin embargo el derecho fundamental y primario es, sin duda, el derecho a ser reconocidos como personas jurídicas, o sea, estar registrados en el Registro Civil, para ser considerados como ciudadanos, miembros de la comunidad, y acceder a los demás derechos de todo ser humano, de toda persona.

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