El mayor

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Signos

Es el peor y más nocivo presidente en la historia del país, y el hombre más acaudalado del mundo.

Porque las empresas públicas que remató y se convirtieron en las fuentes fundamentales de riqueza de decenas de familias que, con ellas, se convirtieron, también, en algunas de las más ricas del mundo, eran empresas, de distinto giro, de las más productivas y rentables del país -de mineras, a telefónicas, a mediáticas (Imevisión), financieras (toda la banca) y alimentarias (la producción nacional de maíz fue abandonada y demolida en favor del imperio de Maseca, de Roberto González Barrera)-.

Salinas despojó a la nación de estos vastos bienes (sin contar con que inició el desmantelamiento de Pemex, rematado con la reforma energética de Peña, a partir de la cual se enriquecieron, también, empresarios y exfuncionarios del entorno inmediato de Peña y de Salinas, como lo hicieron, asimismo, a costa de la degradación de la Comisión Federal de Electricidad, promovida, del mismo modo, por Salinas), a cambio de ingresos fiscales pírricos (porque, además, obró un régimen tributario permisivo y selectivo, en favor de la evasión de las mayores obligaciones impositivas para los beneficiarios de los patrimonios saqueados al Estado mexicano), lo que supuso un doble atraco al país, de proporciones inéditas en pueblo civilizado y democrático alguno sobre la Tierra. Entregó buena parte de la renta pública, tanto en capitales productivos y de la mayor utilidad, como con las más insignificantes contribuciones hacendarias de parte de los empresarios de esa oligarquía que, gracias a ello, se incorporaban a la lista de los más poderosos potentados del orbe.

Salinas calificó a su proyecto privatizador como ‘liberalismo social’, o una síntesis de libremercado con remanentes sociales de procedencia fiscal, dentro de una -también- amalgama ideológica falaz: la del juarismo y el cardenismo; nada más ni nada menos que la patraña demagoga más indecorosa, blasfema e insultante de todos los tiempos.

¿Y Salinas habría concebido este programa presidencial sólo en beneficio del grupo de familias privilegiadas por su ‘mandato’ (un mandato usurpado, por si fuera poco; arrebatado al entonces opositor Cuauhtémoc Cárdenas, el verdadero ganador de las elecciones presidenciales del 88)? ¿Puso Salinas, a esas familias, entre las más ricas de la Tierra, a cambio de nada? ¿Tenía Salinas tal talante de entregar gran parte del país a ese grupo empresarial de su preferencia, sólo por su fidelidad y sus afectos a los miembros del mismo?

Alguien pudiera creerlo. Pero la lógica advierte que un insignificante dos por ciento de participación de la renta de esos más de veinte ‘inversionistas’ -los mayores de México y algunos de los más ricos del planeta; socios suyos en el asalto al país, y prestanombres, en algunos casos-, procedente de los bienes públicos que les fueron entregados por él, sería más que suficiente para posicionarlo a él, sin competencia ninguna, como el magnate más rico de ese planeta.

¿Y lesionaría en algo sus descomunales fortunas, contra los inconcebibles beneficios recibidos de él de manera legal, la entrega al expresidente de ese mínimo dos por ciento por parte de dichas más de dos decenas de familias de la oligarquía mexicana favorecidas por Salinas a costa de robar y envilecer, como nunca en su historia, al país? Las mineras, la banca, los medios, los granos básicos, la telefonía, etcétera…, todo eso a merced de uno de los grupos económicos puesto por él entre los más poderosos e influyentes de la Tierra, ¿no le granjearía a Salinas ese miserable dos por ciento de participaciones que lo harían a él el personaje más rico del mundo?

¿Y no sería justo que se investigaran, aunque sólo fuese para poner en relieve la dimensión de ese atraco sideral que tanto le sigue costando a la nación, los atropellos políticos, empresariales y fiscales involucrados en tan colosal ultraje?

SM
estosdias@gmail.com

 

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