¿El mejor?, ¿el peor?

¿El mejor?, ¿el peor?

120
0
Compartir

Signos

Digo y sostengo que si López Obrador no se convierte en uno de los cuatro únicos mandatarios mexicanos posrevolucionarios respetables -Cárdenas, Ruiz Cortines y López Mateos, porque a Díaz Ordaz lo arruinó su anticomunismo recalcitrante y su consecuente 2 de octubre sangriento, y a Calles su caudillismo, también exacerbado y homicida; y antes, entre la Independencia y la Revolución, sólo pueden contarse dos: Juárez y Porfirio Díaz, ambos dictadores y ambos imprescindibles en la historia: el primero por su obra reformista y laica ante un imperio clerical endemoniado y absoluto, y en medio de una nación invadida y en ruinas, y el segundo por la integración del Estado nacional (casi una entelequia hasta entonces), si bien a sangre y fuego en un territorio desmesurado, inconexo y violento, también con grandes obras visionarias y estratégicas de infraestructura (sobre todo de comunicaciones) e iniciativas de modernización económica; ¿y Madero?… Madero simplemente no cuenta: pusilánime y enemigo declarado del agrarismo zapatista, su ideal, como el de Carranza, era sólo el de un porfirismo democratizado o una dictadura perfecta, como la priista,en que devendría luego el constitucionalismo-; si López Obrador no se convierte en uno de los grandes mandatarios mexicanos posrevolucionarios, será entonces uno de los peores de todos los tiempos.

(Claro: alguien dirá con razón que nadie puede ser peor que Salinas, el hacedor de la oligarquía más rapaz y una de las más poderosas y devastadoras del orbe entero, quien a partir de su sociedad de negocios con los grupos económicos beneficiarios de su desaforada actividad privatizadora de los más rentables bienes nacionales podría ser considerado acaso, y por mucho, el hombre más acaudalado del planeta. De modo que acaso tenga razón quien diga eso: que como Salinas no habrá peor. Pero si López Obrador no impide que los factores de la corrupción que han producido depredadores de esa talla y jefes de Estado que llegan al poder sólo a lucrar con el país y a destruirlo en beneficio propio, será sepultado bajo el peso cabal de su demagogia.)

Muy bien: pero si el cacerolismo derrotado el pasado uno de julio y los grandes grupos desplazados del poder que lo financian en las clases medias; y si todas las minorías electorales perdedoras en esos comicios del pasado julio y las grandes fuerzas mediáticas que durante tanto tiempo han labrado una educación y una cultura popular y una opinión pública tan iletradas, vulgarizadas e inciviles para preservar un estatus quo y un Estado nacional hundidos en una corrupción sin precedentes en democracia alguna sobre la Tierra; si todas esas fuerzas retrógradas se suman sin dar cuartelen la gran dictadura de de los intereses creados, de los poderes fácticos, de los grupos de poder y de los sectores, en fin, más resistentes a toda posibilidad de cambio, como los que siguen manteniendo sus privilegios en Argentina, en Brasil, en Ecuador o en el Perú, pese a todos los procesos electorales que han producido regímenes de Estado progresistas que han sido finalmente derrotados porque no han podido erradicar las estructuras de la desigualdad y la cultura envilecida de la corrupción originaria; si todos esos sectores y grupos y militantes caceroleros se sostienen como la devastadora potencia que han sido junto al PRI y al PAN, y resisten las intenciones transformadoras y anticorrupción de López Obrador y éste fracasa en su intención de derruir tal dictadura cultural, idiosincrática y de Estado, entonces -y perdónese la cita reiterada de la frase inmortal de Gabo en el remate de “Cien años…” y de su estirpe fundadora de Macondo, y tan traída a cuento siempre aquí-, al igual que los Buendía, México y su cola de puerco no tendrá una segunda oportunidad sobre la Tierra.

Y tan culpable será López Obrador -cuyas promesas de tres campañas presidenciales lo han llevado finalmente al máximo poder republicano y lo han hecho el presidente más popular y legítimo en toda la historia de México, y uno de los dos más pobres de todos los tiempos, lo cual ya hace una soberana diferencia moral y material en un país donde la divisa de las nomenclaturas posrevolucionaria ha sido que un ‘político pobre es un pobre político’ y donde el tabasqueño ha roto el molde porque los vastos poderes a los que ha vencido en las elecciones lo han investigado a fondo y no le han encontrado saldos económicos indebidos en su larga trayectoria-, tan culpable será López Obrador de esa catástrofe nacional como todos quienes desde la antevíspera misma de su mandato han celebrado y divulgado, cómo los peores fracasos y los mayores reveses anticipados de todo liderazgo mexicano, hasta las iniciativas más justas y de mayor realización posible.

No, no, señor: una cosa es la crítica implacable y la defensa sonora y sin concesiones de los principios y las ideas contrarias y diversas; otra es la de que se acabe el mundo antes de que ese tipo y sus seguidores -la mayoría de los mexicanos- se salgan con la suya.
La cultura de la mezquindad y de los intereses creados suele ser más fuerte y decisiva que el más representativo y capaz de todos los liderazgos posibles de un pueblo sin cimientos democráticos de justicia y sin virtudes públicas para el establecimiento inaugural de un verdadero, eficiente y funcional Estado de Derecho.

SM

estosdias@gmail.com

 

You are not authorized to see this part
Please, insert a valid App IDotherwise your plugin won't work.

No hay comentarios

Dejar una respuesta