El verdadero tren del éxito en el Caribe mexicano

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El verdadero tren del éxito en el Caribe mexicano

Uno
En Colombia, Álvaro Uribe ejerció una política presidencial implacable de combate al terrorismo guerrillero, paramilitar y del ‘narco’, sin restringir la participación abierta y directa de los Estados Unidos, y su ministro de Defensa y ejecutor fundamental de la política de fuerza, Juan Manuel Santos, fue su candidato a sucederlo y ganó las elecciones gracias a la popularidad de esa exitosa campaña pacificadora a mano armada de Uribe, sustentada en el argumento de los vastos y bárbaros agravios del terror contra la población durante décadas de violencia y exterminio. Luego, como presidente, Santos no sólo se apartó de las estrategias antiterroristas de Uribe, sino que se volvió contra ellas y convirtió a su exjefe en su principal opositor político y en su enconado enemigo personal. Promovió un diálogo de paz con la guerrilla y un plan de amnistía y de incorporación de sus principales representantes a la lucha política y a ocupar espacios parlamentarios sin tener que concurrir a los comicios, y en el plebiscito nacional al que convocó para la aprobación ciudadana de los acuerdos de desmovilización de la insurgencia fue derrotado en las urnas de manera aplastante, como venía ocurriendo con la desacreditada imagen de su liderazgo y como a final de cuentas se consumó en el proceso electoral de relevo de su gestión, donde su candidato, Gustavo Petro, fue vencido por el de Álvaro Uribe, Iván Duque. Es decir: desde el punto de vista de las mayorías electoras y de la opinión pública colombianas, la pacificación de su país no ha llegado de la mano de las concesiones a los grupos violentos sino de su combate frontal y sin concesiones con todas las fuerzas de seguridad del Estado y de su alianza con Washington, y ha sido esta condición de debilitamiento del terror la que propició que la insurgencia se sentara a dialogar con el Gobierno, del mismo modo que fueron sometidos los más importantes capos de las drogas y las más poderosas bandas amadas financiadas por los cacicazgos regionales para preservar su dominio en esas zonas antes vedadas a la autoridad institucional. ¿Seguirá Duque los pasos de Uribe o persistirá en la lógica fallida e impopular de Santos? Ya se sabrá…

Dos
El caso es que, en México, el suministro colombiano de drogas ha descendido de manera notable, y que esa circunstancia ha afectado, asimismo, a la industria de las grandes organizaciones dedicadas al tráfico internacional de narcóticos; y que aunque los cárteles más importantes mantienen sus negocios, sobre todo, con la producción local y el tráfico a Estados Unidos de mariguana, goma de opio y metanfetaminas, la mayoría –el de Juárez, el de los Beltrán Leyva, el del Golfo, Los Zetas y otros- se han ido fragmentando a medida que sus liderazgos han perdido influencia y han encontrado competencia y resistencia y se han tornado vulnerables, prescindibles y sustituibles; y esa fragmentación ha llegado, a menudo, a niveles tan atomizados de dispersión y de confrontación, que así como perjudica a la empresa del narcotráfico propiamente dicha –porque la guerra de todos contra todos complica las actividades de la producción y el transporte de mercancías, lo mismo que las posibilidades de control de autoridades de seguridad y territorios, lo que rompe con la filosofía de los mejores mafiosos, de Lucky Luciano al Azul Esparragoza, en el sentido de que el desencuentro y los tiros entre los grupos delictivos dedicados al mismo giro son los enemigos más letales del negocio de todos-, así esparce y deriva las fuentes de lucro y de financiamiento hacia otras cada vez menos rentables y ajenas a dicha empresa (extorsiones, secuestros y mortíferos asaltos a todas horas y contra todo tipo de negocios, familias y personas, extremos a donde ha llegado la violencia en el norte de Tamaulipas, por ejemplo), más nocivas para dicha empresa del ‘narco’ y para las comunidades en las que operan tales núcleos de sicarios a su vez más numerosos, peor pagados, más abandonados a su suerte y más frustrados y despiadados; y eleva, por tanto, los índices de la violencia y la inseguridad en esas zonas castigadas por la criminalidad, la ingobernabilidad y la corrupción que las reproduce, y que con tal multiplicación del hampa se extienden, por tanto, sobre la misma lógica, por cada vez más pueblos, ciudades y regiones (sin consignar que las Policías no son menos corruptas que nunca y que la tropa, única alternativa que quedaba –aunque la idea de López Obrador de un cuerpo militarizado de fuerzas especiales con funciones civiles, acaso como la Guardia Civil española, no es una mala idea-, tiene cada vez menos ganas y disposición a dispararle a los matones que se encuentra en el camino porque, primero, no debe disparar antes que ellos, y, después, no debe hacerlo con armas superiores a las de ellos y, así…: tiene que cuidar las vidas de sus atacantes antes que las propias para no tener que pagar por acusaciones de abuso de fuerza, violación de los derechos humanos y otras culpas de una constitucionalidad y un humanitarismo simulador y de mala ley, que ampara más a los criminales que a los soldados en labores policiacas cada vez más indeseables –por eso- para ellos).

Tres
Eran los jefes de los grandes cárteles del narcotráfico en México –y ya no hay liderazgos ni nombres ni genios como los de las primeras planas de entonces- los que operaban las asociaciones con los capos colombianos para el mercado estadounidense –y ya no hay, tampoco, liderazgos ni nombres ni genios en Colombia como los de entonces-. Pero desde que Los Zetas, más dedicados a la industria del terror que al ‘narco’ -porque lo suyo eran la armas y las técnicas de tortura mejoradas con la incorporación de exmilitares guatemaltecos especializados en contrainsurgencia (sus fundadores venían de la milicia y eran personal de seguridad del Cártel del Golfo más bien ajenos al comercio de las drogas)-, decidieron incorporar la extorsión, el secuestro, el control de todo tipo de actividades delictivas, el cobro de derechos territoriales para el paso de estupefacientes, y el comercio poquitero de drogas, entonces todos los narcos de segunda y de tercera (los ‘mugrosos’, les llamaba el Chapo; pistoleros del lumpen criminal metidos de mafiosos, del tipo de la Tuta y esa gente) se dedicaron más a eso que a la industria del narcotráfico, y ésta -afectada por la caída de los grandes negocios con Colombia, por la multiplicación de las bandas del ‘narco’ dedicadas al terror y a matarse entre sí, y por la pérdida de influencias políticas, policiales y militares (lo que mermaba sus operaciones en puertos y aeropuertos, a través de pistas clandestinas y de todo tipo de vías de comunicación y transporte), y la sobreexposición de un tipo de actividad que precisaba la clandestinidad y el sigilo despedazados por la estridencia sanguinaria y descuartizadora de los ‘mugrosos’- empezó a perder su identidad y ha tenido que moverse cuesta arriba y contra lo que más la daña y en lo que hubieran podido coincidir Luciano y el Azul que no debía de ser: la guerra entre criminales, y, acá, con el ingrediente de unas carnicerías, de las más horrendas del mundo, inauguradas y fomentadas por los Zetas.

Cuatro
¿Y por qué los Estados de Baja California Sur y de Quintana Roo están ahora entre los más violentos e inseguros del país?, pues gracias a Los Cabos y a la Riviera Maya, principales destinos turísticos de México frecuentados, por su baratura y su cercanía, por muchos de los más drogadictos turistas de los Estados Unidos, pero también por cada vez más del mundo entero, y donde la corrupción institucional, la falta de autoridad, la ingobernabilidad y la venta de drogas fluyen como un caudal incontenible y constituyen el mercado de consumo más libertino de buena parte del planeta. No es la industria del narcotráfico internacional la que está ensangrentando y llenando de cadáveres las ciudades turísticas de mayor crecimiento poblacional y económico del país, sino el negocio de los cárteles que controlan las bandas regionales de narcopoquiteros que abastecen la demanda del turismo masivo que viene a intoxicarse a bajo costo a las costas mexicanas con la complicidad –de acción o de omisión- de algunas de las autoridades más incompetentes y corruptas del orbe, y donde ha crecido, asimismo, la demanda de drogas sintéticas baratas, a partir de una colonización nacional inmigrante también de las más numerosas del mundo, lo mismo que un ejército de reserva de sicarios y distribuidores que se nutre en una marginalidad y una indigencia y un destino sin horizontes de educación y de empleo, de miles de niños y jóvenes que no importan en absoluto ni a sus familias –que sobreviven en el hacinamiento y en el analfabetismo casi absolutos- ni mucho menos a los liderazgos públicos y a los gobernantes vividores de la politiquería y de los negocios del poder -usos de suelo según la demanda y los sobornos, masificación inmobiliaria, urbanizaciones periféricas caóticas, ‘planes de desarrollo urbano’ al gusto y para los plazos que convengan a la oferta, todo tipo de inversiones turísticas, contratos selectivos de obra pública, etcétera-, y, en fin, una tierra de nadie donde además de los adictos extranjeros de poca monta ganan las bandas que se imponen a sus competidoras en el dominio del espacio y en el sometimiento de una autoridad dedicada al saqueo de los bienes públicos y de unos cuerpos policiales gobernados por los jefes del terror.

Cinco
Detrás de las drogas están los grupos que las suministran, claro está. Y cuando el Estado tiene todo el poder institucional para combatir la peste y no lo hace, es porque no hay liderazgo y sobra la complicidad en todos los ámbitos republicanos: municipales, estatales y federales. Si una Fiscalía, como la estatal, está rebasada por el crimen –organizado y común, con cientos de averiguaciones penales archivadas y sin procesar-, y su titular decide por cuenta propia que él no se mueve de su cargo, y ni el Ejecutivo que lo propuso y del que depende, ni el Legislativo que aprobó su nombramiento, resuelven lo contrario de lo que el fiscal dispone, ¿qué institucionalidad habrá de funcionar entonces contra la anarquía y la violencia que consumen las principales ciudades turísticas de México y las fuentes de ingresos tributarios más importantes de Quintana Roo? Si a ese fiscal no lo mueve nadie y la criminalidad se despliega en el mismo sentido de todos los males que patrocina la ingobernabilidad y la parálisis en los diversos ámbitos y niveles de la vida pública, ¿dónde puede estar, entonces, la puerta del futuro?

Seis
No: el problema no es la industria del narcotráfico internacional. De Oriente y de cualquier parte llegan las drogas que deben abastecer el mercado de consumo más grande del mundo, que es el de los Estados Unidos. La fuente sudamericana no está cerrada; en Colombia han disminuido los negocios, pero no se han agotado ni la producción ni las utilidades ni las rutas de suministro. Belice sigue siendo puerta centroamericana de entrada de precursores químicos y de cocaína, según ha informado la ONU. Hay llaves que Washington no puede cerrar del todo, porque sus ansiosos adictos y presas de la adrenalina del hedonismo y la infelicidad imperial que deben paliar en algún grado los estimulantes catárticos y los antidepresivos complementarios, constituyen más del ochenta por ciento de los consumidores de ese tipo de sustancias en la comunidad global. Si algo funciona en los Estados Unidos es la estructura de las leyes y las instituciones, de otro modo las tendencias depresivas y homicidas obrarían el derrumbe social. El sistema, por más homicidios colectivos que produzcan algunos estudiantes enloquecidos y otros tantos héroes de conquista agobiados por la rutina de la vuelta a casa en la superpotencia de las fuerzas de asalto y los sicópatas, sigue estando en equilibrio, y las reglas constitucionales –conocidas o sólo disponibles para las élites más altas de la toma de decisiones- regulan el abasto y la medida de la corrupción institucional conveniente para que las armas, las drogas y los inhibidores de tan potente adrenalina estén a la mano en las cantidades necesarias. También los escenarios de la guerra son fuentes de abastecimiento de narcóticos, y también los organismos que combaten el narcotráfico internacional –como la DEA o la CIA- cumplen funciones de ordenamiento de ese tipo de importaciones estratégicas.

Siete
Pero en el Caribe mexicano no hay ley ni instituciones ni autoridad contra el caos y la violencia. La empresa del ‘narco’ mayor tiene problemas desde el descenso del tráfico por las rutas de Colombia al Golfo y al Pacífico mexicanos, y por los estorbos del negocio del terror de los ‘mugrosos’ que se disputan hasta el atraco a los boleros y los vendedores de chicles o discos piratas, y la corrupción y el control hasta de los policías de barrio. En el Caribe mexicano, como en Los Cabos, el problema mayor de la inseguridad es la falta de autoridad contra las bandas que se destripan por el abasto de los turistas drogadictos. Si un fiscal general inoperante y corrupto no puede ser removido de su cargo por ningún poder del Estado y se mantiene en él sólo por sus pistolas, nada más que valga la pena puede solucionarse. El tren maya nos puede llevar al paraíso. Pero no antes de que la lucha contra el turismo drogadicto, los delincuentes que los surten, los alcaldes cuya industria son los planes de desarrollo urbano a la medida de sus particulares planes de enriquecimiento, y la pobreza institucional permisiva de fiscales como el de Quintana Roo, tenga algún éxito.

SM
estosdias@gmail.com

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