“En Brasil hay dos cosas realmente organizadas: el desorden y el Carnaval...

“En Brasil hay dos cosas realmente organizadas: el desorden y el Carnaval de Río Janeiro”, decía el Barón de Río Branco

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“Ahora es la guerra”. Había pasado poco más de una hora desde la puñalada al ultraderechista Jair Bolsonaro en un acto de campaña, y su mayor aliado, el presidente de su partido, Gustavo Bebianno, del Partido Social Liberal, ya estaba proyectando dramáticas consecuencias políticas en Brasil. No fue el único. Otros intentan culpar al candidato y sus llamados al odio y a la violencia. La agresión promete desestabilizar todavía más a unos comicios ya de por sí impredecibles y caóticos. Los comunicados empezaron a llegar como un vendaval. En cuanto se confirmó que un hombre, Adélio Bispo de Oliveiro, de 40 años, había apuñalado al candidato favorito a la Presidencia, el ultraderechista Jair Bolsonaro, en un acto electoral en la ciudad Juiz de Fora, los principales políticos del país comenzaron a emitir mensaje tras mensaje condenando el ataque. Pero no todos condenaban igual. Algunos aprovechaban para recordar con más o menos pudor que el propio Bolsonaro lleva años defendiendo la violencia como solución a todos los problemas. “Incentivar el odio crea ese tipo de actitud”, subrayaba la expresidentaDilmaRoussef en el suyo. El presidente Michel Temer, quien últimamente ha estado atacando a los candidatos que menos le convienen, también recordó: “Que sirva de ejemplo para las personas que están haciendo campaña, que la tolerancia es una derivación de la democracia”. Se entreveía un intento de contener el tremendo potencial desestabilizador que este ataque tiene sobre los comicios, que ya antes eran extremadamente volátiles. El próximo 7 de octubre está programada la primera vuelta y el 28, la segunda. El mandato será del 1 de enero del 2019 hasta el inicio del año 2023.

Pocas imágenes podían despertar más pasiones simultáneas en Brasil. Bispo de Oliveiro, un exmilitante de la izquierda, defensor del comunismo y de Nicolás Maduro, las dos bestias negras de muchos candidatos y buena parte del electorado, ha perpetrado el peor acto que se haya visto en las tres décadas de proceso democrático brasileño. Ha apuñalado a un candidato como un vulgar bandido en una favela. Y no a uno cualquiera, sino,precisamente, al que más divide al país y es capaz de ser a la vez quien más intención de voto atrae (22%) y a quien más votantes repelen (44%); uno que precisamente se arroga la imagen de outsider, se dice rodeado de enemigos invisibles e incita al odio con la retórica de yo-contra-ellos. Hoy es un mártir del proceso democrático y pocos dudan que se verá beneficiado en las encuestas de este momento en cuanto vuelva del hospital dentro de, como mínimo, una semana.En su agrupación, el Partido Social Liberal, ya se muestran preparados para explotar la situación hasta el extremo. “Ahora es la guerra”, le prometió el presidente de la agrupación y brazo derecho de Bolsonaro, Gustavo Bebianno, al diario Folha de S.Paulo. Ahora son libres de radicalizar más a sus bases, explotar el interés por Bolsonaro en todos los medios, y aprovechar que sus rivales no podrán criticarle la semana que tarde en recibir el alta (uno de los candidatos, Geraldo Alckmin, tenía hasta hoy una estrategia basada en ataques al herido). “Va a salir de ésta mejor de lo que ha entrado”, se jactaba para el periódico el número dos de Bolsonaro, el candidato a vicepresidente Antonio Hamilton Mourão. “Tal vez la gente con dudas ya no las tenga”, apostilló.

La gente con dudas tendrá que ver cómo los rivales de Bolsonaro se ahogan en sus propios problemas mientras él permanece en el hospital. Lula da Silva, el favorito en las encuestas pero impedido de seguir con su candidatura por estar en la cárcel cumpliendo una condena de 12 años por corrupción, es quien está más asfixiado. La semana que viene tendrá que anunciar la decisión que lleva días retrasando: si apela la sentencia de su veto y alarga su agónico vía crucis por los tribunales o si se rinde y delega toda su campaña en su número dos, una situación difícilmente favorecedora. Y los candidatos del establishment tampoco andan especialmente boyantes. Tienen que negociar su tremenda impopularidad y que la economía siga sin apenas mejorar tras años de recesión: la semana pasada se supo que había crecido apenas un 0.2% en el segundo trimestre de 2018. Bolsonaro enfrenta como mínimo una semana de hospital, donde está estable, no tiene nada que perder. Para bien o para mal, el juego acaba de cambiar irremediablemente. Rock Hudson terminó hace sesenta años el baile de máscaras del Hotel Gloria con una banda de miss y una elocuente leyenda: ‘Princesa do Carnaval’…

Santiago J. Santamaría

En 1958, Rock Hudson acudió a Brasil, recién separado de la secretaria de su agente -con quien lo habían casado para acallar los rumores sobre su homosexualidad- y participó en el baile de máscaras del Hotel Gloria; empeñados los fotógrafos de los periódicos en sacarle una imagen con una actriz local a la que le intentaban arrimar para vender un affaire tropical, lo único que consiguieron fue robarle al galán de Hollywood una instantánea de madrugada, entre vapores etílicos y ataviado con una banda de miss con una elocuente leyenda: ‘Princesa do Carnaval’; en realidad no era el actor estadounidense el adelantado a su tiempo, sino la urbe de Copacabana e Ipanema, un oasis de libertad sexual, con el famoso ‘Baile de travestidos’ en el teatro João Caetano; durante cuatro días de febrero se democratizaba una de las sociedades más desiguales del mundo, sin discriminación de sexo ni clase, convocándose tal armonía que hasta los altos índices de criminalidad se diluyen en la ilusión de la fiesta, no hay tiempo ni para el crimen; “La felicidad del pobre parece la gran ilusión del Carnaval”, escribió Vinícius de Moraes en la inmortal “A Felicidade”, canción estrella de la película “Orfeo Negro”.

“De entre todo lo que el periodismo engulle y procesa a base de tópicos y lo devuelve a la audiencia triturado en confeti hay un evento anual que ganaría de calle el mundial de los prejuicios. Se trata del Carnaval de Río de Janeiro, normalmente despachado al final de los telediarios en un minuto saturado de color y decibelios: plumas y brillantina, alcohol y sexo, samba y desenfreno. Todo agitado y bebido de penalti, para que suba más. Y a otra cosa…”, escribía Arturo Lezcano, en la revista española Jot Down Cultural Magazine, en un interesante artículo titulado ‘Elogio del Carnaval de Río’. El Barón de Río Branco, a principios del siglo XX decía que “En Brasil hay dos cosas organizadas: el desorden y el Carnaval de Río de Janeiro”. Considerado el patrono de la diplomacia brasilera, su nombre está inscrito como uno de los héroes de la patria, en el panteón existente en la Plaza de los Tres Poderes, en la ciudad de Brasilia. Al cumplirse el centenario de su nacimiento, en 1945, se creó el Instituto Rio Branco, especializado en servicio exterior. Era hijo de Río de Janeiro. Su mayor contribución al país fue la anexión de tres importantes territorios por medio de la diplomacia. Obtuvo una victoria sobre Francia al establecer una nueva frontera de la Guyana Francesa con el Estado de Amapá, en 1900 por medio del arbitraje del Gobierno suizo. En 1895 ya había conseguido asegurar buena parte de los Estados de Santa Catarina y Paraná, en litigio con Argentina en el incidente conocido como la Cuestión de Palmas. Ese primer arbitraje fue decidido por el presidente estadounidense Grover Cleveland, y tuvo como opositor por el lado argentino a Estanislao Severo Zeballos, que más tarde se posesionó como ministro de relaciones exteriores y durante mucho tiempo acusó al Barón de fomentar una política imperialista. Fue el prestigio obtenido por el Barón en esos dos casos lo que hizo que el presidente Rodrigues Alves lo escogiera para el puesto máximo de la diplomacia brasilera en 1902, cuando Brasil estaba justamente envuelto en una disputa fronteriza, esta vez con Bolivia.

Este país intentaba arrendar una parte de su territorio a un consorcio empresarial anglo-americano. La tierra no era reclamada por Brasil, pero era ocupada casi completamente por colonos brasileros que resistían a los intentos bolivianos por expulsarlos de su territorio. En 1903, firmó con Bolivia el Tratado de Petrópolis, poniendo fin al conflicto de los dos países por el territorio de Acre, que pasó a pertenecer a Brasil, mediante una compensación económica y pequeñas concesiones territoriales. Ésta es la acción diplomática más conocida del Barón, cuyo nombre fue dado a la capital de aquel territorio (actualmente un estado brasilero). Sería estúpido esconder el fin lúdico de una de las fiestas populares más grandes del mundo. Pero tras ese evento pintoresco se esconde la historia, el arte, la música y todo aquello que conforma lo que antropológicamente se define como cultura. Aquella que absorbe y define a la vez las costumbres de un lugar llamado Río de Janeiro, interpretado en el imaginario popular como un paraíso tropical, festivo pero violento, sin más. Pero por detrás hay mucho más que eso y el carnaval tiene gran parte de culpa. Por eso merece el beneficio de la duda y un pequeño repaso a sus historias.

“La tristeza no tiene fin, la felicidad, sí. Trabajamos un año entero por un momento de sueño para disfrazarnos y que todo se acabe el miércoles”

En realidad no era Rock Hudson el adelantado a su tiempo, sino Río de Janeiro. En aquella época (de nuevo: 1958) el carnaval era un oasis de libertad sexual, con el famoso Baile de Travestidos en el teatro João Caetano y el arraigo de lo que llamaban ‘Tercera Fuerza’ de la fiesta. De algún modo, durante cuatro días de febrero se democratizaba una de las sociedades más desiguales del mundo. El carnaval mete en el baúl durante cien horas todos los prejuicios patentes el resto del año y se echa a la calle, sin discriminación de sexo ni clase. Y se convoca tal armonía que hasta los altos índices de criminalidad se diluyen en la ilusión de la fiesta. No hay tiempo ni para el crimen. Pero lo que hoy puede ser, para adolescentes desatados y turistas despistados, un ejercicio ligero sin memoria aparente, en su origen atiende a una conquista social manifiesta. De viernes de carnaval a miércoles de ceniza, la mayoría silenciosa del resto del año festeja a lo grande su reinado efímero sobre la ciudad. Millones salen a las calles a disfrutar sin más, y decenas de miles de personas trabajan durante meses para construir su propio sueño de carnaval, aunque todo se desvanezca al terminar para volver a empezar. Algo así escribió Vinícius de Moraes en la inmortal “A Felicidade”, canción estrella de la película que espoleó a la música brasileña a hit planetario: “Orfeo negro” (1958): “La tristeza no tiene fin, la felicidad, sí. La felicidad del pobre parece la gran ilusión del carnaval. Trabajamos un año entero por un momento de sueño para disfrazarnos y que todo se acabe el miércoles”.

La sensación de finitud amenaza como el nubarrón que se cierne por generaciones sobre las cabezas de los compositores brasileños. No es alegría todo lo que reluce, ni mucho menos. Le pasa a los blancos como Vinícius y también, cómo no, a los negros. Aunque comparten código genético musical, en carnaval no esperen las suaves melodías del piano de Tom Jobim, la voz grave y pausada de Vinícius o la batida perfeita de la guitarra de João Gilberto. Esto no es bossa nova, un género nacido al final de los cincuenta al abrigo de la clase media-alta de Copacabana e Ipanema. Esto es samba del suburbio y el morro, la favela, con su poso melancólico, con el eco de los grilletes de la esclavitud. Nadie mejor que el sambista Candeia, genio, crápula y férreo defensor de la cultura afrobrasileña, para entender la trascendencia del carnaval: para él y el pueblo negro es una redención que también sirve de examen de conciencia casi religioso. Su canción ‘Día de Graça’ eriza los pelos: “Hoy es mañana de carnaval. Vamos a vivir la alegría que soñamos durante el año, alegría y amor a todos sin distinción de color. Pero después de la ilusión, pobre, el negro vuelve al humilde barracón. Negro, despierta, no reniegues de tu raza, haz de todas tus mañanas un día de gracia. Negro, no te humilles ante nadie, y entonces jamás volverás al barracón”. El barracón. Como para decirle a Candeia que el carnaval es solo la fiesta de la pluma, la cerveza y el revolcón.

En principio, aún en el siglo XVIII, fue el entrudo, el carnaval portugués, en el que unos a otros se tiraban harina, agua, vinagre y algunos otros líquidos menos nobles. Con la llegada del XIX se incorporó la negritud africana y sus danzas y máscaras, y en la segunda mitad del siglo lo hicieron los europeos no portugueses, con la finura de sus bailes. Todo junto y agitado terminó creando un potaje socio-festivo. Hablamos de una ciudad en la que entraron cientos de miles de esclavos que llegaron a conformar la mitad de la población carioca, allá por 1850: la Pequena África. Dice el cronista Ruy Castro, en su indispensable guía ‘Carnaval no fogo’, que fueron justamente los únicos que no llegaron por voluntad propia al país los que lo dotaron de personalidad a través de rasgos distintivos que marcaron al resto de la población: música, comida y fútbol. Hacia 1900 el mundo negro se arremolinaba en torno al puerto de Río, donde los descendientes de esclavos se agolpaban junto a inmigrantes europeos en un lugar cercano al cerro de Providencia o morro da Favela, nombre desde entonces inmortalizado universalmente como sinónimo de barrio informal. Allí se empezaron a mezclar culturas y se vinculó a la música por primera vez la palabra ‘samba’, convertida enseguida en banda sonora de aquella agitación, a base de géneros africanos y europeos: polca, choro, maxixe, jongo, lundu. El tema fundacional de ese mestizaje se lo compusieron Donga, negro, y Mauro de Almeida, blanco. Ambos lo grabaron en 1917 y se tituló ‘Pelo telefone’. La samba había nacido oficialmente.

‘Touradas en Madrid’, cantada con recochineo por la hinchada del Maracaná durante la victoria de Brasil sobre España en el Mundial del 50

Como recoge Ruy Castro, desde los años veinte hasta mediados de los sesenta se grabaron y editaron más de quince mil temas en Brasil entre sambas y marchinhas, la otra gran expresión del carnaval. Entre ellas, una que se tornó nada menos que himno oficial de Río veinticinco años después de estrenada (‘Cidademaravilhosa’, 1935). Y además muchas otras reconocibles para el oído europeo, como ‘Mamãeeu quero’ o ‘Touradas en Madrid’, cantada con recochineo por la hinchada del estadio de Maracaná durante la victoria de Brasil sobre España en el Mundial de fútbol del 50. Como es obvio, el carnaval disparaba la sátira, especialmente palpable en las marchinhas, mientras las sambas se iban sofisticando en lo musical. El delirio conquistaba la calle con la moda del lança perfume, una mezcla de cloruro de etilo y éter que evadía al personal al ritmo de la música. La coctelera cultural iba más allá al agruparse los sambistas en lo que se dio en llamar ‘escola’, un término que, según una teoría, nació como fachada para evitar la desconfianza policial -demasiado artista de suburbio junto- y, según otra, procede de que la primera agrupación nació junto a un colegio del barrio de Estácio. Pero, en cualquier caso, una ‘escola’ no es una escuela. Se trataba más bien de la organización de un desfile, pero fue ganando complejidad con el paso de las décadas hasta convertirse en un espectáculo gigante con varias patas: un discurso musical articulado a partir de los llamados sambas-enredo, una derivación de la samba tradicional con una letra que encierra elementos épicos sobre un argumento que va de lo abstracto a lo patriótico. La incorporación paulatina de percusiones, cada vez más numerosas, le fue dando un toque grandilocuente y estruendoso a los desfiles, coordinados por una especie de director-productor-coreógrafo-decorador llamado carnavalesco, figura respetadísima y actualmente pagada como un futbolista de élite. Él se encarga de diseñar, junto a sus colaboradores, desde la última lentejuela de un disfraz hasta las alegorías, las mastodónticas carrozas que con el tiempo fueron ganando en sofisticación, tamaño y grandiosidad, hasta el punto de que se hizo construir un recinto para que desfilasen.

El sambódromo se construyó en cien días, un récord en el país de las obras interminables y la relajación para casi todo, todos eran suizos

Era 1984 agonizaba la dictadura militar brasileña mientras el carnaval daba otro paso: una pasarela de la samba que le fue encargada al arquitecto Oscar Niemeyer. Aquello que bautizaron como sambódromo y que los cariocas llaman Avenida, o simplemente Sapucaí, nombre de esa calle. Su creación ocasionó un cisma entre los puristas. A toro pasado se puede decir que el cambio operado por el carnaval es similar al del fútbol, convertido en negocio por encima de todo. En este carnaval moderno hay millonarios en sus palcos -pagando miles de dólares por noche por un camarote privado- y hay otras setenta mil personas repartidas en gradas de muy diferentes precios -las más grandes, a tres euros la noche-. Al mismo tiempo, hay también turistas capaces de pagar más de trescientos euros por desfilar con los atuendos que se construyen en la Cidade do Samba, un conjunto de galpones donde trabajan las escolas. Son detalles de una superproducción que deja pálida a cualquier otra fiesta popular en el mundo.

El sambódromo se construyó en poco más de cien días, un récord en el país de las obras interminables y la relajación para casi todo. Menos para el carnaval, donde se vuelven suizos. Un ejemplo: los desfiles de cada agrupación deben durar un mínimo de sesenta y cinco minutos y un máximo de ochenta y dos. Si no, son duramente sancionados en su puntuación. Puede parecer más que suficiente para recorrer los setecientos metros del sambódromo. Pero no lo es tanto teniendo en cuenta que cada ‘escola’ tiene una media de cuatro mil componentes. Si alguien tiene la oportunidad de estar sobre la Avenida minutos antes de un desfile se dará cuenta de que es un caos milimetrado, con costureras rematando trajes y obreros apuntalando carrozas en el último segundo, antes de salir con las mejores galas a la pasarela y ponerse los pelos de punta. Con el sambódromo se profesionalizó el carnaval y por eso se ven reinas fichadas a golpe de talonario para darle más glamour a un evento que, sin embargo, sigue rindiendo tributo permanente a su origen: la samba. Y eso a pesar de que la cadencia arrastrada y la sutileza formal del género hayan dado paso al atropello percutido de la batería, el atronador grupo de percusionistas que no dejan un segundo de silencio en las ocho horas que dura cada velada.

“El sambódromo es para la tele y la calle para la gente”, dicen los amantes del carnaval de rua, de calle, el verdadero pulso de la fiesta

No faltan tampoco las torcidas, las hinchadas, con un sentimiento próximo al del fútbol, un espíritu de pertenencia en medio de una industria millonaria que incluye financiación de dudoso origen. Imposible si no que las escolas puedan cubrir por sí solas presupuestos de hasta cinco millones de euros. Cuentan con el reparto de la multimillonaria retransmisión televisiva, también con la subvención de la Liga del Carnaval, y por supuesto con los dineros de empresas y Gobiernos a los que dedican el enredo de turno. Pero, es sabido, por ahí circula dinero a través de prácticas irregulares, sin fiscalización, muy parecidas al lavado de dinero, como se ha demostrado en varias ocasiones, derivado normalmente del jogo do bicho, una lotería popular -e ilegal-. Nadie habla y todo vale en el carnaval. El sambódromo es para la tele y la calle para la gente. Así lo dicen los amantes del carnaval de rua, de calle, donde se aprecia el verdadero pulso de la fiesta. Básicamente porque, si no te sumas, te arrolla. En los años ochenta los blocos -comparsas de barrio, apoyadas por una banda o un camión (el llamado trío elétrico en Bahía) que escupe música mientras los fieles acompañan el recorrido en medio de una euforia generalizada- fueron menguando en favor de bailes en lugares cerrados y seguros. Desde hace quince años, coincidiendo con la cresta de la ola en la que vivió la ciudad, el carnaval de calle ha resucitado. Y se mantiene incluso ahora, cuando de nuevo hay más sensación deinseguridad y el espíritu no es tan festivo como antes de los grandes eventos deportivos. Hasta quinientos blocos modifican la ciudad durante semanas, interviniéndola literalmente.

Hoy las aplicaciones de móvil ayudan a organizar horarios y calendarios, porque hay blocos desde las siete de la mañana. Un carnavalero avezado sabrá elegir bien adónde ir y cuándo. El incauto sin experiencia, en cambio, seguramente termine en uno de los blocos más famosos, pero también más grandes y apretujados, los que pueden llegar a reunir hasta más de dos millones de personas. Hoy los hay de todos los gustos, desde infantiles hasta los que versionan los grandes éxitos de los Beatles. Pero lo que no fallan son los clásicos, con el espíritu satírico de siempre. O no fallaban. Porque hoy muchas agrupaciones han dejado fuera del cancionero las marchas que reproducen estereotipos y prejuicios, normalmente sexuales o raciales. Nuevo debate. Para unos es la imparable corrección política deglutiendo una tradición. Para otros, un cambio necesario para tumbar los prejuicios. Como ha hecho siempre el carnaval.

Bispo de Oliveiro, por su perfil en Facebook, exmilitante del Partido Socialista entre 2007 y 2014, y defensor de Nicolás Maduro

El ultraderechista Jair Bolsonaro, el candidato a la Presidencia de Brasil que más intención de voto recibe en las encuestas y a la vez el que más rechazo genera en el electorado, ha sido atacado en un acto de campaña en el Estado de Minas Gerais. Según se ve en un vídeo filtrado por las redes sociales, un hombre armado con un cuchillo le ha apuñalado en el abdomen. Bolsonaro ha sido trasladado al hospital, donde según los medios brasileños se encuentra grave, pero estable, y tendrá que guardar reposo una semana como mínimo. La Policía brasileña ha detenido al agresor, que ha sido identificado como Adélio Bispo de Oliveira, de 40 años, y que ha confesado los hechos. Jair Bolsonaro tendrá que permanecer ingresado en el hospital como mínimo una semana después de haber sido apuñalado en un acto electoral en las calles de Juiz de Fora, en lo profundo de Minas Gerais, un Estado del sudeste brasileño. Según los médicos del hospital Santa Casa de Juz de Fora, el ultraderechista llegó “muy grave” a la UCI: inconsciente, con el pulso bajo y habiendo perdido mucha sangre por una hemorragia interna. Tras dos horas de cirugía, la situación parece haberse revertido y Bolsonaro está estable y en observación. Todavía quedan dudas por resolver. El agresor fue detenido, pero se desconocen sus objetivos exactos. Se sabe que el candidato ha suspendido temporalmente su campaña pero no de qué forma afectará este grave incidente a los comicios. Sería el único. Ni en el peor momento de esta caótica campaña, ni en los otros sufridos por la primera potencia latinoamericana en su reciente democracia, se había visto nada semejante. Nunca un candidato había sido agredido y menos con un arma. Todos los pesos pesados de la política brasileña se han apresurado a condenar el ataque y subrayar el daño que ha sufrido hoy el proceso democrático. Desde el presidente Michel Temer hasta muchos de sus rivales en la campaña, como Lula da Silva, Ciro Gomes o Geraldo Alckmin. El Tribunal Electoral y la Orden de Abogados de Brasil también emitieron sus comunicados: “La democracia no aguanta este tipo de situaciones”.

La escena se ha visto en docenas de vídeos que acabaron en las redes: Bolsonaro va aupado a los hombros de sus seguidores sobre la multitud por la calle. La imagen de un día más su campaña por la presidencia de Brasil. Hoy lleva una camiseta amarilla, promocionando su agrupación, el Partido Social Liberal. Saluda triunfalmente a la multitud de una acera levantando un brazo y abre la boca, sonriente. Se gira para saludar a la otra acera, hace amago de levantar la otra mano y entonces ocurre. En una fracción de segundo se encoge sobre sí mismo, con las manos en el abdomen y la sonrisa ahora convertida en gesto de dolor, y se desploma sobre sus portadores. Es el momento, capturado en varios vídeos, en el que el candidato a la presidencia brasileña al que más votos y a la vez más rechazo otorgan las encuestas, recibe una puñalada en el abdomen. Un hombre, AdélioBispo de Oliveiro, se le había acercado cuchillo en mano y perforado los intestinos y una arteria. Bispo de Oliveiro, exmilitante del Partido Socialista entre 2007 y 2014, es un hombre retratado por su perfil de Facebook como defensor del presidente venezolano Nicolás Maduro y crítico frecuente de Bolsonaro. En referencia a su costumbre de defender la dictadura militar brasileña (1964 -1895) y de decir que tendrían que haber matado más, Adélio escribió: “Da asco oír que la dictadura debería haber matado a unos 30,000 comunistas”. Otro de sus objetivos frecuentes: la “derecha masónica”.

El ultraderechista Bolsonaro, famoso por su nostalgia por la dictadura, por su filosofía de que “el único bandido bueno es un bandido muerto”

El ataque viene precisamente tras uno de los días más desagradables dentro de una campaña que Bolsonaro ya venía inyectando de odio y llamadas a la violencia. El ultraderechista, famoso por su nostalgia por la dictadura, por su filosofía de que “el único bandido bueno es un bandido muerto”, por su plan de legalizar las armas en uno de los países más violentos del mundo, había subido el tono de sus discursos en su primera parada por Brasilia. Repitió una vez su amenaza de “fusilar” a los miembros del Partido de los Trabajadores (el de Lula da Silva): “Vamos a darle una patada en el culo al comunismo”, dijo. Se había reído de un periodista gay que le hizo una pregunta: “Tú tienes pinta de que te pintabas las uñas de pequeño”. Y por último, había cuestionado la legitimidad del proceso electoral brasileño. “Gane quien gane las elecciones va a estar bajo sospecha, sin duda”, había dicho. Luego remató el día con una estupenda noticia: había vuelto a subir en las encuestas, de un 20% hace unas semanas a un 22%. Seguía siendo el favorito a la presidencia (solo por detrás de Lula da Silva, quien cumple pena en prisión y fue vetado como candidato a principios de este mes de septiembre). Y también alguien a que el 44% del electorado se negaba a votar. El mayor rechazo de ningún otro candidato. A menos hasta que una tragedia impredecible cambie ese panorama.

El aeropuerto de Vitória, una pequeña ciudad del sureste de Brasil con 200,000 habitantes, no suele ser un lugar de muchos sobresaltos. Por allí suelen pasar de largo celebridades internacionales o políticos en campaña para dirigirse a destinos como Río de Janeiro o São Paulo. Pero el pasado 14 de noviembre una multitud ocupó la terminal de llegadas. Cientos de personas, móvil en ristre, se amontonaban ansiosas esperando a su ídolo. “¡Mito!, ¡mito!, ¡mito!”, coreaban. Aunque lo pareciese, no se trataba de un astro del rock. De la puerta de desembarque salía Jair Bolsonaro, un exmilitar paracaidista de 62 años metido a político que, tras dos décadas con una discreta carrera de diputado federal, ha irrumpido repentinamente como líder de la derecha más radical de Brasil. Con un discurso que defiende la venta libre de armas, la tortura de delincuentes y las ejecuciones extrajudiciales por parte de la policía, Bolsonaro ha conquistado un electorado que no ve una salida convencional a la crisis política, económica y moral que atraviesa el país.A menos de un año de las elecciones presidenciales, ya era segundo en las encuestas. Son varios los analistas que creen que su candidatura puede desinflarse al exponerse ante sus adversarios durante una campaña que promete ser dura, pero, tras el ejemplo de Estados Unidos, nadie se atreve ya a descartar totalmente que un candidato tan improbable pueda hacerse con la presidencia del mayor país de América Latina.

“Los gais, producto de las drogas”, “Los policías que no matan no son policías”, “Las mujeres deben ganar menos, se quedan embarazadas”

Por sus salidas de tono es comparado a menudo con Donald Trump, un espejo en el que él mismo se identifica. Pero el discurso de este diputado -el más votado con creces en Río de Janeiro en las últimas elecciones- deja incluso corto al presidente norteamericano. Su colección de frases estridentes es interminable: “Los gais son producto del consumo de drogas”, “El error de la dictadura fue torturar y no matar”, “Los policías que no matan no son policías” o “Las mujeres deben ganar menos porque se quedan embarazadas”. Bolsonaro -de segundo nombre Messias- interpreta su propia versión, aunque un tanto suavizada, del presidente de Filipinas, Rodrigo Duterte, conocido por defender la ejecución de consumidores y traficantes de drogas. Algunas de sus ofensas han ido tan lejos que han llegado a la justicia. Ha sido condenado a indemnizar a una diputada a la que le dijo que no la violaría porque no se lo merecía por fea. También ha tenido que pagar una reparación a las comunidades descendientes de esclavos negros, de las que dijo: “No sirven ni para procrear”. Él no se achanta: “No serán la prensa ni el Tribunal Supremo quienes van a decirme cuáles son mis límites”. A semejanza de Trump, el brasileño intenta desprestigiar a los grandes medios de comunicación, a los que acusa de manipular sus declaraciones para atacarlo. Los corresponsales extranjeros han comenzado a pedirle entrevistas: no es raro que los deje tirados en el último minuto. En la última encuesta del Instituto Datafolha, el exmilitar cuenta con un 17% de intención de voto para las elecciones de octubre de 2018, cuando en marzo era apenas del 9%. Su avance le ha situado solo detrás del expresidenteLuizInácio Lula da Silva que, condenado en primera instancia a nueve años de prisión por corrupción, lidera los sondeos con un 35%. “Bolsonaro, como Lula, cuenta con electores convencidos, que adoptan un candidato como si fuese una religión”, mantiene el director de Datafolha, Mauro Paulino.

El fenómeno de Bolsonaro, alimentado por casi cinco millones de seguidores en Facebook, ha llevado a los analistas a revisar sus teorías sobre el conservadurismo de los brasileños, además de constatar la desconfianza de una buena parte país en sus políticos. Uno de los datos más llamativos es que el 60% de sus electores tienen menos de 34 años, votantes que nunca conocieron la dictadura militar de Brasil (1964-1985), defendida sin ambigüedades por el candidato. “Es el único que no haría más de lo mismo”, afirma Gléiser de Souza, un electricista negro y desempleado de 26 años, nacido en la periferia de Río. “Si el candidato es consciente de que el gran problema económico de Brasil es la corrupción, si está dispuesto a enfrentarla, es, con seguridad, la mejor opción”, defiende el ingeniero Thiago Borges, de 36 años. Bolsonaro también obtiene mejores resultados entre los más ricos y escolarizados. La popularidad del exmilitar -que pese a todo cuenta con un rechazo del 33%, según Datafolha- surfea varias olas que agitan la sociedad de Brasil. Su discurso de que “el mejor delincuente es el delincuente muerto” engancha a millones de brasileños atemorizados por la violencia cotidiana de un país con más de 60,000 asesinatos al año. El derechista radical también capitaliza el odio que una parte del país, sobre todo en la clase media, ha cultivado contra Lula. Y se mueve como nadie en medio de la histeria moralista que se ha apoderado de un sector de los brasileños. Los casos de intolerancia se han multiplicado en los últimos meses, con el hostigamiento a artistas, feministas o miembros del movimiento LGTB, acciones aplaudidas con entusiasmo por Bolsonaro y sus seguidores. “La marca emocional que Bolsonaro alimentó de combatir la violencia con violencia y su discurso moralizador han sido comprados con mucha convicción”, afirma el director de Datafolha. Las encuestas, sin embargo, revelan que una mayoría de los brasileños defienden posiciones progresistas sobre derechos humanos, matrimonio gay o aborto. En una situación normal, como decía a este periódico el sociólogo Celso de Barros cuando el diputado comenzó a destacarse en las encuestas, cualquier candidato tradicional aplastaría a Bolsonaro. “Si la política brasileña funcionase mínimamente, él sería solo un contrapunto cómico de la elección de 2018”, decía Barros. “Pero no tenemos una situación normal”.

El discurso del odio envenena Brasil, grupos ultras desatan una caza de brujas contra artistas, profesores, feministas o medios de comunicación

Artistas y feministas fomentan la pedofilia. El expresidente Fernando Henrique Cardoso, responsable del mayor programa de privatizaciones de la historia de Brasil, y el multimillonario estadounidense George Soros patrocinan el comunismo. Las escuelas públicas, la Universidad y la mayoría de los medios de comunicación están dominados por una “patrulla ideológica” de inspiración bolivariana. Incluso el nazismo nació de la izquierda. Bienvenidos a Brasil, segunda década del siglo XXI, un país donde un candidato a presidente que hace apología pública de la tortura y alardea de su homofobia tiene un 20% de intención de voto. En el Brasil de hoy mensajes así martillean a diario las redes sociales y movilizan a exaltados como los que intentaron agredir en São Paulo a la filósofa feminista Judith Butler, al grito de “quemad a la bruja”. En este país sacudido por la corrupción y la crisis política, que empieza a salir de la depresión económica, es perfectamente posible que la policía se presente en un museo para confiscar una obra. O que el comisario de una exposición espere la llegada de las fuerzas de seguridad para conducirlo a declarar ante una comisión que investiga los malos tratos a la infancia. “Esto era impensable hasta hace poco. Ni en la dictadura ocurrió esto”. Tras una vida dedicada a organizar exposiciones artísticas, GaudêncioFidelis se ha visto estigmatizado casi como un delincuente. Su crimen fue organizar en Porto Alegre una exposición, Queermuseu, en la que conocidos artistas presentaron obras que invitaban a reflexionar sobre el sexo. En las redes sociales se organizó tal alboroto, con el argumento de que era una apología de la pedofilia y la zoofilia, que el patrocinador, el Banco Santander, ante la amenaza de un boicoteo de clientes, decidió cerrarla. “No conozco otro caso en el mundo de una exposición de estas dimensiones que fuera clausurada”, lamenta Fidelis.SobreFidelis pesa ahora una orden para que la policía lo conduzca a declarar a la comisión del Senado sobre malos tratos a los niños. Como él, también están llamados el director del Museo de Arte Moderno de São Paulo y un artista que protagonizó una performance en la que aparecía desnudo. La fiscalía llegó a abrir una investigación después de que se difundiesen imágenes en las que se veía a una niña tocando un pie del artista. “Pedofilia”, bramaron de nuevo las redes. La misma acusación que cayó sobre una de las glorias nacionales, el cantante CaetanoVeloso.

El responsable de involucrar a los artistas en la investigación parlamentaria sobre los abusos a la infancia es un senador y pastor evangélico, Magno Malta, muy conocido por su extremismo y sus modales exaltados. Pero los organizadores de la escandalera en las redes no tienen nada de religiosos. Son un grupo de veinteañeros que hace un año, durante las masivas movilizaciones para pedir la destitución de la presidenta DilmaRousseff, lograron encandilar a buena parte del país. Con su desenfado juvenil y su aire pop, los chicos del Movimento Brasil Livre (MBL) parecían representar la cara de un país nuevo que rechazaba la corrupción y abogaba por el liberalismo económico. De la noche a la mañana se convirtieron en figuras nacionales. En poco más de un año su rostro ha mutado por completo. Lo que se presentaba como un movimiento de regeneración democrática es ahora una potente maquinaria que explota su habilidad en las redes para difundir campañas contra artistas, hostigar a periodistas y profesores señalados como de extrema izquierda o defender la venta de armas. Además de una legión de internautas, cuentan con poderosos apoyos como los alcaldes de São Paulo y Porto Alegre. O el dueño de la mayor cadena de tiendas de ropa del país, Flávio Rocha, que en un artículo advirtió que ese tipo de exposiciones forman parte de un “plan urdido en las esferas más sofisticadas del izquierdismo” como “medio para llegar al comunismo”.

“Hasta los años 90, estas campañas provenían de colectivos extremistas evangélicos, pero ahora estamos ante un fenómeno nuevo, el conservadurismo laico”, explica Pablo Ortellado, profesor de Gestión de Política Públicas en la Universidad de São Paulo. “Este tipo de guerras culturales está ocurriendo en todo el mundo, sobre todo en Estados Unidos, aunque aquí tienen colores propios. Se aprovecharon los canales de comunicación organizados durante las movilizaciones por la destitución de Rousseff. Surfeando esa ola, se ha creado un nuevo movimiento conservador con un discurso antisistema y muy oportunista, porque que ni ellos mismos creen muchas cosas de las que dicen. Pero es extremadamente preocupante. Tengo 43 años y jamás había vivido algo así”. En este clima, los brasileños serán llamados a las urnas dentro de apenas unas semanas para elegir nuevo presidente. “Y me temo”, dice Ortellado, “una campaña violenta en un país superpolarizado”. El atentado de estos días contra Jair Bolsonaro le ha dado la razón.

Nadie más expeditivo que la víctima al hablar de los artistas: “Merecen ser fusilados”. Fusilar es una actividad que excita a este exmilitar, diputado y candidato a la Presidencia, quien ya lamentó que el expresidente Cardoso no fuese ejecutado cuando era opositor a la dictadura que gobernó el país entre 1964 y 1985. El año pasado, Bolsonaro dedicó su voto a favor de la destitución de Rousseff a uno de los mayores torturadores de la dictadura. Y hace poco posó orgulloso con una camiseta que tenía estampado: “Derechos humanos, estiércol de la escoria social”. Este individuo tiene en las encuestas una intención de voto del 20%, solo por detrás del expresidente Lula da Silva. Los estudios del mayor instituto privado de demoscopia, Datafolha, revelan que el 60% de sus apoyos son jóvenes de menos de 34 años. El fenómeno Bolsonaro, explica Mauro Paulino, director de Datafolha, “se alimenta del miedo que se ha apoderado de la sociedad brasileña”. Un 60% de la población confiesa que vive en un territorio controlado por alguna facción criminal. Cada año son asesinados 60,000 brasileños. Y los partidarios de la venta libre de armas han crecido del 30% al 43% desde 2013. Pero fuera de la cuestión de la seguridad, y pese al ruido cada vez mayor de los grupos ultraconservadores, tampoco hay datos para afirmar que la mayoría del país haya derivado hacia posiciones reaccionarias. De hecho, en los últimos cuatro años, los defensores de los derechos de los homosexuales han pasado del 67% al 74%.

¿Será verdad que Brasil no tiene arreglo? Los brasileños serán capaces de perpetrar ese milagro ‘futbolero’ de resurgir frente a las adversidades

Juan Arias Martínez es un periodista, filólogo y escritor nacido en Arboleas, Almería (España) en 1932. Ordenado sacerdote de los Misioneros del Sagrado Corazón, orden de la que llegó a ser Secretario General en Roma, Juan Arias realizó estudios universitarios de teología, filosofía, psicología, filología y lenguas semíticas en la Universidad de Roma. Tras pedir dispensa a Pablo VI para dejar el ministerio sacerdotal, contrajo matrimonio a los veinte años de su secularización. Continuó con una gran actividad como escritor de temas religiosos y corresponsal de prensa hispánica en el Vaticano. Fue corresponsal de El País en Roma y el Vaticano. Acompañó al Papa Juan Pablo II por todo el globo, escribiendo la crónica de sus viajes. Actualmente, y desde hace años, es corresponsal en Brasil. Se ha ocupado además de las relaciones de dicho diario español con las universidades y ha realizado tareas de Defensor del Lector. Ha sido asimismo responsable de Babelia, el suplemento cultural del periódico.Es miembro del comité científico del Istituto Europeo di Design. Recibió la Cruz de Oficial de la Orden del Mérito Civil por el conjunto de su obra como periodista y escritor. En 1985, fue galardonado con el Premio Castiglione di Sicilia (premio concedido por el ayuntamiento de esa ciudad siciliana y de gran prestigio en Italia) al mejor corresponsal extranjero y el Premio a la Cultura del gobierno italiano. En su trabajo como filólogo destaca su descubrimiento en la Biblioteca Vaticana del único códice existente escrito en arameo, dialecto que supuestamente habló Jesús de Nazaret, buscado desde hacía siglos.

En verano del pasado año escribía Juan Arias una interesante columna sobre la el ‘tsunami’ político que ahoga Brasil… “Vuelvo de Italia después de dos semanas. De lejos, la crisis brasileña que se agranda a diario, parece difuminarse. Visto desde Europa, Brasil sigue siendo un país feliz, bello y alegre. Y cuando se habla de la corrupción política replican que se trata de una epidemia mundial. Una vez en casa, al preguntar a mis amigos cómo están las cosas, todos me repiten el mismo mantra: que este país no tiene arreglo. ¿Será verdad? Lo cierto es que la política parece abocada, cada hora que pasa, a no encontrar una salida. En unos días, todo parece haberse precipitado hacia el abismo. El presidente Michel Temer se hunde por minutos y, con él, su Gobierno y la esperanza de una mejora en una economía que agonizaba cuando llegó al poder. La expresidentaDilmaRousseff, a la que Temer sustituyó tras un polémico ‘impeachment’, vuelve a ser objeto de investigación en el Supremo Tribunal Electoral (STE), que podría anular las elecciones que le dieron la victoria en 2014 y perder así sus derechos políticos. Por si faltaba poco, la Fiscalía General pide que su antecesor, el mítico y popular presidente Lula, sea encarcelado acusado de corrupción. Tres presidencias de la República en la berlina en un puñado de años, parecen un desafío capaz de quebrar todas las esperanzas en la política hasta en las democracias más sólidas. ¿Resistirá Brasil ese terremoto político para el que, al mismo tiempo, los analistas más ponderados, no ven una salida ya que la bacteria de la corrupción, parece haber carcomido a toda la clase política, con pequeñas excepciones? Como en el relato bíblico de Sodoma y Gomorra parece hoy imposible hallar un solo justo en la ciudadela política brasileña.

¿Todo perdido entonces? Me hacía esta pregunta volviendo de Venecia, la milagrosa ciudad que, según todos los especialistas, debería estar ya sepultada bajo sus aguas desde hace siglos. Todo en esa ciudad de arte, única en el mundo, sin coches, lo que nos permite escuchar las pisadas de la gente en la calle, es precario, difícil, a veces parece una ciudad imposible. Y sin embargo, ahí está, cada día más codiciada por los turistas del mundo. Sigue en pie, desafiando todos los pesimismos en torno a su muerte anunciada. Venecia ha sido vista siempre como símbolo y desafío de un país como Italia que, a pesar de sus terremotos políticos, incluido el escándalo de ManiPulite, la Lava Jato italiana, ha sabido salir a flote gracias, sobre todo, a la pujanza de una sociedad emprendedora, rica en creatividad, que sigue su camino y es capaz de resucitar nuevos renacimientos, aún en medio a la mediocridad y, a veces, suciedad de su política. Con estos pensamientos a mi llegada a Brasil, el país para el que se dice que no hay arreglo, leo, en el diario O Globo, el artículo del psicoanalista, Paulo Sternick, titulado Solo un milagro salva el país. Citando a la escritora y pensadora alemana, Hannah Arendt, recuerda que la emergencia de lo nuevo, incluso en medio a las crisis políticas más sombrías, se da de la forma más inesperada e inexplicable para el raciocinio. A eso llama Sternick, el milagro posible, que no necesita ser religioso, sino que nace de la voluntad de la sociedad de querer rescatar la dignidad en política, ya que la vida es siempre una pulsión que reacciona frente al enemigo.La esperanza, también para Brasil, en esta hora de noche oscura, podrá venir no de sus dirigentes, que representan un mundo apagado y sin esperanza, sino de ese impulso de vida de cada uno de nosotros que, como recordaba Freud, acaba siendo más fuerte que la muerte. Los políticos pasarán, incluidos los presidentes, los mayores responsables de la vida pública, y los brasileños serán capaces de perpetrar ese milagro de saber resurgir, frente a las adversidades, como están empezando a hacerlo hasta en su viejo y eterno amor, el fútbol. No deja de ser significativo que el bochornoso 7 a 1 del Mundial, esté transformándose de repente en esperanza, en un milagro que está haciendo posible un entrenador como Tite, llegado por sorpresa, de alma sencilla, sin hueros cacareos ni fanfarronadas, trabajando con tesón, convencido que Brasil puede ser mejor. Alguien que cree que siempre es posible levantarse y que lo impensable, y hoy imposible, puede mañana ser una realidad.

‘Lava Jato’ y ‘ManiPulite’, el precedente italiano de la crisis brasileña, como hace 25 años en la patria de Dante y cuna del Renacimiento

Han transcurrido más de un cuarto de siglo del inicio, en Italia, de la operación ‘ManiPulite’ (Manos Limpias), el mayor escándalo de corrupción político empresarial hasta entonces conocido y ante el cual incluso el caso ‘Lava Jato’ brasileño se presenta con dimensiones menores. En Italia, como en Brasil, todo empezó casi por casualidad, tirando del hilo de un pequeño escándalo de corrupción político empresarial que envolvió al líder de los socialistas de Milán, Mario Chiesa, que aspiraba a ser alcalde de la ciudad y exigía dinero sucio a las empresas a cambio de concesiones de obras públicas. Fue a partir de allí cuando un grupo de jueces, capitaneados por Antonio Di Pietro, el Sergio Moro italiano, llegó a descubrir que la corrupción estaba incrustada en todo el país y constituía una especie de mafia entre políticos y empresarios. Como en el caso Odebrecht, fueron descubiertas hasta planillas con las cifras ofrecidas a partidos y políticos. Aparecieron comprometidas prácticamente todas las formaciones políticas, aunque el que movía los hilos de la corrupción era el Partido Socialista (PSI) que, con BettinoCraxi había llegado por primera vez al Gobierno.Entre los cientos de políticos condenados, Craxi y su partido fueron considerados el alma de la trama. El líder socialista fue condenado a 17 años de cárcel, pero prefirió huir al exilio en Túnez, donde acabó sus días. También allí, como aquí en Brasil, Craxi arremetió contra los jueces y hasta intentó procesar al juez Di Pietro. Y fueron estigmatizadas las llamadas delaciones premiadas (arrepentidos en Italia). La trama se reveló como un cáncer que había infectado a todos los partidos.

Las diferencias entre ‘ManiPulite’ y ‘Lava Jato’ están sobre todo en los números, En Italia fueron condenados cuatro ex primeros ministros, 438 políticos y 872 empresarios. Hubo 2.993 mandatos de prisión y 6.059 investigados. Y allí la operación fue más dramática. Once de los condenados se suicidaron. Entre ellos, y ya en la cárcel, Gabriele Calhari, el presidente de la empresa estatal ENI (Ente Nacional de Hidrocarburos). Se mató también con un tiro en la cabeza Raúl Gardini, presidente de Montedison, la gigante industria petroquímica. La operación ‘ManiPulite’ acabó literalmente con todos los grandes partidos, entre ellos la poderosa Democracia Cristina (DC), que gobernaba desde hacía 40 años, y el Partido Socialista (PSI). Allí falleció la Primera República.

Lo que siguió a ‘ManiPulite’ para Italia lo conocemos y no es halagador. A Craxi, fugitivo, le sucedió en el Gobierno el empresario de la construcción y dueño de un conglomerado mediático Silvio Berlusconi, con grandes sospechas ya entonces de corrupción y al que acabó adoptando la mafia siciliana. Llegó a gobernar 20 años por culpa en buena parte de la izquierda, que no supo rehacerse después del descalabro del partido socialista. Desde entonces, la vida política italiana no ha sido entusiasmante. A los grandes partidos de la República le sucedieron nuevas fuerzas políticas de pequeño tamaño, muchas de ellas nacidas de los restos maltrechos de las grandes formaciones desaparecidas. Es sabido que el juez brasileño Sergio Moro es un experto en ‘ManiPulite’ en la que, sin duda, se inspiró. Y conoce muy bien las maniobras que los restos del naufragio de la República italiana consiguieron llevar a cabo en el Congreso para amnistiar a la gran mayoría de los condenados. Lo que ni él ni nadie se atreve hoy a imaginar, a 25 años de distancia de la historia italiana, es cómo acabará la brasileña. Como entonces en la patria de Dante y cuna del Renacimiento, también hoy la sociedad brasileña está atónita y desorientada, a la espera de ver la conclusión del escándalo. Una cosa parece cierta y es que también en Brasil la clase política, en el banquillo y aún sin condena, moverá todos los hilos para defenderse con nuevas leyes del Congreso, al mismo tiempo que la sociedad está en alerta para que eso no se produzca.

El final de la historia brasileña que está teniendo ya ramificaciones en varios países del continente y hasta en África. Dependerá sin duda de una sociedad que tendrá este próximo mes de octubre, en la cita con las elecciones presidenciales y la renovación del Congreso, la gran oportunidad de actuar con la fuerza de su voto libre. La suerte es que en Brasil las instituciones siguen firmes y con la capacidad de juzgar a toda una clase política. Y la esperanza de quienes se esfuerzan para que la dolorosa experiencia pueda fructificar positivamente es que Brasil se mire en el espejo de Italia y no permita que se repitan aquí los errores de entonces. Brasil puede salir fortalecido y con un empuje mayor para llevar a cabo el rosario de reformas que sean capaces de dar vida a una nueva república, liberada de la escoria del presente. De lo contrario, ya que no existe democracia sin el fortalecimiento de la política, el resultado final podría ser una aventura política peor y con un desenlace más melancólico que el de Italia. Ojalá que 25 años no hayan pasado en balde y hayan enseñado la lección a los brasileños.

El político acuchillado era trasladado a volandas por su ‘cuadrilla’ evocaba el poema de Federico García Lorca, ‘A las cinco de la tarde’

¿Ganará quien orgullosamente se autodenomina el Donald Trump de Brasil, convaleciente en un hospital tras ser apuñalado ante miles de personas,el pasado jueves 6 de agosto, que le aupaban y vitoreaban como a un torero a la salida de una Plaza de Toros, tras una tarde triunfal, que comenzó a las cinco de la tarde?Federico García Lorca, nacido y asesinado en Granada, en su Andalucía, poeta, dramaturgo y prosista español, adscrito a la generación del 27, fue el autor de mayor influencia y popularidad de la literatura española del siglo XX. Murió fusilado tras el golpe de Estado que dio origen a la Guerra Civil Española un mes después de iniciada por el general Francisco Franco, el 18 de julio de 1936. Dejó escritos poemas como éste que me evocaban las imágenes de los videos que colapsaron las redes sociales tras el apuñalamiento de Jair Bolsonaro y su traslado a volandas entre la multitud hacia el hospital malherido tras la ‘cornada’ dada por el ‘morlaco’ Adélio Bispo de Oliveiro… “A las cinco de la tarde. Eran las cinco en punto de la tarde. Un niño trajo la blanca sábana a las cinco de la tarde. Una espuerta de cal ya prevenida a las cinco de la tarde. Lo demás era muerte y sólo muerte a las cinco de la tarde. El viento se llevó los algodones a las cinco de la tarde. Y el óxido sembró cristal y níquel a las cinco de la tarde. Ya luchan la paloma y el leopardo a las cinco de la tarde. Y un muslo con un asta desolada a las cinco de la tarde. Comenzaron los sones de bordón a las cinco de la tarde. Las campanas de arsénico y el humo a las cinco de la tarde. En las esquinas grupos de silencio a las cinco de la tarde. ¡Y el toro solo corazón arriba! a las cinco de la tarde. Cuando el sudor de nieve fue llegando a las cinco de la tarde, cuando la plaza se cubrió de yodo a las cinco de la tarde, la muerte puso huevos en la herida a las cinco de la tarde. A las cinco de la tarde. A las cinco en punto de la tarde. Un ataúd con ruedas es la cama a las cinco de la tarde. Huesos y flautas suenan en su oído a las cinco de la tarde. El toro ya mugía por su frente a las cinco de la tarde. El cuarto se irisaba de agonía a las cinco de la tarde. A lo lejos ya viene la gangrena a las cinco de la tarde. Trompa de lirio por las verdes ingles a las cinco de la tarde. Las heridas quemaban como soles a las cinco de la tarde, y el gentío rompía las ventanas a las cinco de la tarde. A las cinco de la tarde. ¡Ay, qué terribles cinco de la tarde! ¡Eran las cinco en todos los relojes! ¡Eran las cinco en sombra de la tarde!”.

Ignacio Sánchez Mejías entró en la leyenda y Federico García Lorca lo convirtió en un semidiós: “Aire de Roma andaluza” cantó el poeta

‘Eran las cinco de la tarde…’, cantó Federico García Lorca en su ‘Llanto por Ignacio Sánchez Mejías’, un torero sin parigual en el sentir del poeta, pues “no hubo príncipe en Sevilla que comparársele pueda, ni espada como su espada ni corazón tan de veras…”. Así escribió con el alma Federico García Lorca, tras la muerte trágica de su amigo entrañable.Los versos han mantenido el recuerdo del torero predestinado, herido en la plaza de toros de Manzanares, Ciudad Real, un 13 de agosto de 1934,hace 84 años, y le han fabulado una biografía no siempre acorde con la realidad. Para empezar, no eran las cinco de la tarde; quizá las seis y pico. Ni era el manejo de la espada, precisamente, una suerte que dominara Sánchez Mejías. Su corazón, en cambio, debía ser “muy de veras”, pues frente al toro mostraba un sobrecogedor desprecio del peligro y fuera de los ruedos se desbordaba en generosidad y afecto con sus amigos, entre quienes ejercía una auténtica fascinación. “Su preferencia fueron siempre los intelectuales, acaso el primero de todos Rafael Alberti, y luego Bergamín, Salinas, Altotaguirre, Alexandre, Cernuda, Guillén, Dámaso Alonso y, naturalmente, Federico…”, como escribiera el santanderino Joaquín Vidal, el gran renovador de la crítica taurina.

Sin embargo, no parece que Sánchez Mejías tuviera una juventud demasiado unida a las letras. Hijo de un médico acomodado de Sevilla -donde nació en 1891- emprendió los estudios de Bachillerato pero no los terminó. Ya desde muy joven sintió la llamada del toreo, participó en, capeas, y apenas cumplidos los 18 años se embarcó de polizón rumbo a Nueva York, iniciando así una vida aventurera. Estuvo en México, regresó a España, actuó de novillero y formó parte de diversas cuadrillas en calidad de subalterno, una de ellas la de José Gómez Gallito, llamado ‘Joselito’, el torero más importante de la historia de la tauromaquia, con cuya hermana se casó. Tenía ya 28 años Sánchez Mejías cuando su cuñado le dio la alternativa en Barcelona, cediéndole el toro Buñoler. Toreó mucho Sánchez Mejías a partir de entonces, y los aficionados lo atribuían no tanto a su arte como a las influencias de ‘Joselito’, que mandaba en el toreo. Seguramente también aquí habría mucho de exageración, ya que ‘Joselito’ murió trágicamente en Talavera al año siguiente y Sánchez Mejías continuó en los ruedos, ganándose los contratos mediante aquellos alardes de valor desmedido que sobrecogían el ánimo.

Al parecer -y según él mismo comentaba- no sentía sensación de peligro, pues consideraba a los toros unos infelices animales que no pretendían hacer ningún daño. De ahí que el toreo de Sánchez Mejías lo caracterizara una aparente despreocupación por la lidia, si bien otros atribuían ese raro estoicismo a su escasa vocación torera. El año 1927 dejó la profesión y se dedicó a una intensa actividad literaria que fructificó en tres piezas dramáticas: ‘Sinrazón’, ‘Zaya’ y ‘Ni más ni menos’. También escribió ensayos, dictó conferencias y colaboró en la génesis de la Generación del 27, a varios de cuyos miembros costeó el viaje a Sevilla para que celebraran en el Ateneo hispalense la histórica sesión del tercer centenario de Góngora. Participó en la tertulia del Café Lyón, donde nació Cruz y Raya, “revista de afirmación y negación”, que dirigió José Bergamín. El destino ya había trazado una macabra pirueta sobre esta publicación señera: andando el tiempo daría acogida al ‘Llanto’, de Federico, y al ‘Verte y no verte’, de Alberti, que elevarían la figura del torero y literato a la categoría de romance. El año 1934 volvía a los ruedos Ignacio Sánchez Mejías. Toreó cuatro tardes, al parecer falto de ilusión, desmejorado y cansadizo, y la quinta la dispuso también el destino. El 11 de agosto estaba anunciado en Manzanares Domingo Ortega pero, lesionado en un accidente de automóvil, le sustituyó Sánchez Mejías, quien alternaría en la lidia de toros de Ayala con Armillita, Corrochano y el rejoneador Simao da Veiga. Sánchez Mejías inició su faena de muleta al primer toro de lidia ordinaria, de nombre ‘Granadino’, con los pases de su especialidad, sentado en el estribo. Al dar el segundo, el toro le corneó la ingle y lo volteó de mala manera. Aunque la herida era profunda y grave, el diestro no permitió intervenir a los médicos, pues quería que lo operaran en Madrid. Ingresado de madrugada en un sanatorio, empeoró alarmantemente, Pepe Bienvenida donó su sangre para una transfusión que no pudo reanimarle, se presentó la gangrena gaseosa, y a primeras horas de la mañana del lunes 13 de agosto irrumpía la muerte. Ignacio Sánchez Mejías entró en la leyenda y Federico García Lorca lo convirtió en un semidiós: “Aire de Roma andaluza” cantó el poeta, “le doraba la cabeza, donde su risa era un nardo, de sal y de inteligencia”.

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