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En el incremento de las gasolinas en México lo de menos es el subsidio: lo peor es la destrucción de Pemex y del sector energético con el hacha de la corrupción absoluta del poder político

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México era uno de los grandes productores y exportadores de petróleo; y aun contra las pésimas políticas fiscales de los Gobiernos de la década del setenta a la fecha –los del populismo autoritario, el neoliberalismo y la alternancia democrática-, y contra la gran corrupción administrativa y sindical que saqueaba a Pemex, la paraestatal pudo seguir financiando con éxito, durante mucho tiempo, una gran parte del gasto nacional, modernizarse y mantener la competitividad global de su infraestructura y sus tecnologías de producción, de refinación y de transporte, y abastecer el mercado interno con precios bajos. Pero, claro: no hay mal que dure cien años. Sólo que en el caso de México esos males dejan de serlo pero sólo para empeorar y convertirse en catástrofes irremediables. Porque si el autoritarismo –populista o neoliberal- comenzó a destruir la principal industria del país, la alternancia democrática le ha puesto los clavos a su ataúd como se los está poniendo al país entero. Y ahora Pemex es una piltrafa consumida por la corrupción administrativa, sindical y gubernamental en general, además de por la incompetencia fiscal; y del mismo modo que no se diversificaron las fuentes del financiamiento nacional, se perdió asimismo la del petróleo porque se dejó de refinar, se abandonó la petroquímica, se canceló la inversión tecnológica y de investigación, se optó por las importaciones, y se le condenó a morir, dentro de un proyecto de suma perversión de los grupos gobernantes –tan inocultable como impensable en un país civilizado, por cuanto significa la intención misma de hundir a ese país en aras del beneficio de unas cuantas familias oligárquicas-, con el propósito de que esos grupos participaran en la desnacionalización y la privatización de la empresa a través de filiales, asociaciones, comisiones y nexos de distinto tipo con los nuevos propietarios privados de la que fue la industria mexicana más rica y representativa de la capacidad de gestión estatal de una empresa de alta rentabilidad social. Y como sólo podría pasar en un país como México, merced a la corrupción de campeonato mundial que se ha repartido su Estado bajo las definiciones democráticas de la pluralidad política y la alternancia representativa, cuando los precios internacionales del petróleo alzaban los remanentes del erario éstos se distribuían para que los gobernantes se los robaran, para que los invirtieran en las campañas políticas de sus particulares candidatos, y en un montón de gastos personales y de administración que no eran sino las cloacas por las que derivaban esos excedentes petroleros. Nada iba ni para combatir la pobreza ni para la actualización y el mejoramiento de la competitividad de la paraestatal. A Pemex se le saqueaba a manos llenas y se le abandonaba a su suerte, hasta el colmo de la defenestración y la indigencia moral y política de la nación. Hoy día, no hay modo de que los precios de los combustibles dejen de subir. Como exportador de hidrocarburos, México se hunde con la caída de los precios internacionales del crudo. Pero si esos precios suben, México se hunde como importador neto de gasolinas caras que es. Se trata de un callejón sin salida sellado por la retórica de los subsidios, según la cual han sido éstos los que han permitido el abaratamiento artificial del abasto y deben retirarse para que el mercado regule los precios del consumo, lo que en un principio hará que los precios suban para que luego tiendan a bajar y a estabilizarse. Y no: la reforma energética peñista no ha sido para fortalecer la inversión en el sector energético sino para favorecer su apropiación particular. Las empresas públicas bien gestionadas tienen mucha más alta rentabilidad social que las privadas porque no se les descuentan las utilidades corporativas, que son el principio que rige las sociedades de inversión. La rusa Gazprom es pública, y es la empresa más grande y más socialmente útil del mundo en su género. En el sector energético mexicano se requiere la inversión privada, desde luego, pero para ello no era necesario debilitar y descabezar sus industrias esenciales. Bastaba establecer en ellas un régimen de economía mixta y alta competitividad mediante el retorno de los ingresos fiscales necesarios para su innovación, su modernización productiva y su expansión global. Pero en México eso no sólo no es utópico; es fantástico e inconcebible. La economía mixta se entiende entre los sectores de poder del estatus quo como un modelo de estatismo arcaico que debe suplirse con uno de la ortodoxia neoliberal y privatizadora, porque estatización significa burocratismo, sindicalismo y corrupción, y privatización significa eficiencia sobre la base de la administración necesaria de un empresariado responsable y simplificador de los costos de producción y de administración. Pero el país está en ruinas merced a una privatización neoliberal tan corrupta como lo fue la estatización populista. El problema esencial, entonces, no es el modelo, sino la generalización democrática, ilimitada y con el beneficio de la institucionalidad electoral y de transparencia, de la corrupción. Y hoy día, que la globalización de la economía de mercado está siendo abatida por las crisis derivadas de la extrema especulación financiera y los sectores políticos y electorales se inclinan por el proteccionismo nacionalista, la economía mixta alza la mano como la alternativa que se debe buscar en países como México, siempre y cuando se renuncie tanto al autoritarismo como a la demagogia, y se imponga un poder político sobre el principio de la rectificación moral de la nación, del fortalecimiento de la civilidad y de la revolución educativa integral que requiere la nueva genética del desarrollo social.

 

Javier Ramírez

El mercado de las gasolinas en México está tan distorsionado que éstas aumentan a pesar del constante desplome mundial del crudo, y la economía mexicana se desploma del mismo modo por eso que cuando el crudo sube porque las gasolinas se tienen que importar, y con el crudo elevado cuestan más.

Antes de llegar a Los Pinos, una de las promesas realizadas por Enrique Peña Nieto fue que acabaría con la política de los ‘gasolinazos’ emprendida por Felipe Calderón y que, mejor aún, bajaría el costo de las gasolinas. De esta manera promovió su famosa reforma energética. Sin embargo, a poco más de un año de que termine su sexenio, los precios de las gasolinas no han hecho más que subir.

La historia de la gasolina en México comienza dos años después de la expropiación petrolera, en 1940, con la creación de Petróleos Mexicanos (Pemex). La primera gasolina producida por la paraestatal fue la llamada Mexolina, con un octanaje de 70, que en ese año se vendió en promedio en 23 centavos el litro. Diez años después apareció una gasolina mejorada, denominada Supermexolina, de 80 octanos, que empezó a venderse a 35 centavos el litro.

En 1973 ambas gasolinas, así como las Gasolmex 90 y 100, que aparecieron en 1959 con una mejor calidad, fueron sustituidas por la Nova y la Extra, con 81 y 94 octanos de plomo, respectivamente. La reducción de plomo se continuó haciendo hasta que en 1990 apareció la gasolina Magna Sin. Finalmente, un año después, la gasolina Nova dejó el mercado para dar paso a las gasolinas Magna y Premium, totalmente libres de plomo, y que continúan produciéndose hasta el día de hoy.

Las primeras alzas

Fue en el sexenio de Miguel Alemán que la gasolina popular tuvo su primera alza, de 33.3 por ciento, y permaneció así hasta la administración de Adolfo Ruiz Cortinez, cuando se incrementó en 37.5 por ciento. En el periodo de 1954 a 1973, la época de la sustitución de importaciones llamada del “desarrollo estabilizador”, la gasolina no volvió a subir de precio y de hecho fue la etapa económica de mayor crecimiento y estabilidad de la economía mexicana, con récords de empleo, de salario y de baja inflación (porque el salario mínimo se estipulaba sobre el cálculo de la inflación, de modo que la segunda nunca fuera superior ni se impusiera al poder adquisitivo del mismo, como tendría que ser en un Estado de prioridad social). La Gasolmex 90 y 100 se mantuvieron entonces entre uno y dos pesos por litro hasta que dejaron de venderse. La Nova comenzó a venderse en 1.40 pesos por litro en 1973, pero al terminar el sexenio de Luis Echeverría, tres años después, su precio se incrementó en 50 pesos, llegando a costar 2.10 pesos. Tiempos los echeverristas de populismo y personalismo exacerbados, derroche, irresponsabilidad fiscal, corrupción, devaluación y tendencia desbocada al endeudamiento.

Durante el sexenio de José López Portillo (1976-1982) la Nova pasó de 2.10 a 20 pesos por litro, lo que significó un incremento porcentual de 852 por ciento. Aun así, dicha alza se quedó corta con el dos mil 365 por ciento que se registró en la administración de Miguel de la Madrid, cuando pasó de 20 a 493 pesos. Tiempos de populismo nacionalista rampante, demagogia, despilfarro, saqueo empresarial, deuda externa, devaluación y corrupción sin fondo, y lo peor: advenimiento del Consenso de Washington, de la religión monetarista, de neoliberalismo y globalización, y de concentración absoluta del ingreso a partir de la propaganda de que la privatización eficiente derrama los mayores beneficios sociales.

En el sexenio de Carlos Salinas de Gortari la gasolina Nova estaba a 50 centavos, tras ajustarse los tres ceros menos al peso, y terminó en 1.30, lo que significó un aumento de 160 por ciento. En la administración de Ernesto Zedillo la Magna arrancó en 1.35 pesos y terminó en 5.27 pesos. El alza total en ese sexenio fue de 290 por ciento.

Durante el periodo del panista Vicente Fox Quesada el aumento de la gasolina fue de 25.4 por ciento, mientras que en el de Felipe Calderón fue de 55.5 por ciento.

El subsidio y los ‘gasolinazos’

Durante el sexenio de Vicente Fox los precios internacionales del petróleo repuntaron con fuerza, con lo que la cotización de la ‘mezcla mexicana’ se elevó de los 18.69 dólares por barril en el 2001, a 53.24 dólares en el 2006, es decir, registró un incremento de 185 por ciento.

Con el precio del hidrocarburo en ascenso, los ingresos petroleros del Gobierno mexicano comenzaron a inflarse, por lo que una parte de ese recurso extra se destinó a subsidiar los precios de los combustibles. De esa forma, durante la administración de Fox el costo de la gasolina aumentó apenas 28 por ciento.

Pero en esos inicios de la democracia mexicana los gobernadores priistas no tenían jefe presidencial priista y recibían grandes prebendas de la Presidencia panista a cambio de aprobaciones presupuestarias en un Congreso federal de mayoría priista donde los gobernadores imponían a los legisladores de su partido y a cuyas campañas, en buena medida, se iba parte de los excedentes petroleros distribuidos por la Presidencia de la alternancia; es decir: los gobernadores no invertían ese dinero en obra y en beneficios sociales, sino que se lo robaban o lo gastaban en procesos electorales para imponer sucesores, alcaldes y legisladores federales y estatales, mientras seguían endeudando a sus Estados para financiar el gasto público.

Con la llegada en 2006 de Felipe Calderón Hinojosa la estrategia del Gobierno federal fue ‘desmantelar’ el esquema de subsidios emprendido por su antecesor, con la finalidad de acercarlos a los precios internacionales. De esta manera comenzó el primero de al menos setenta ‘gasolinazos’ durante el periodo 2006-2012, mientras se prometían grandes refinerías que no se hacían y los consorcios privados del entorno del régimen se iban apropiando de segmentos de Pemex y Pemex seguía su vertiginoso proceso de desintegración.

El argumento que en ese entonces utilizó la Secretaría de Hacienda fue que el 30 por ciento de la población mejor retribuida concentraba el 53.2 por ciento de los subsidios a la gasolina, mientras que la gente de menores recursos sólo recibía 10.9 por ciento. De igual manera, presumía Calderón, los recursos ahorrados se destinarían a educación, salud o programas sociales para combatir la pobreza.

Pese a la estrategia federal, los precios del petróleo en el sexenio de Calderón aumentaron mucho más rápido de lo que se incrementaban los precios de las gasolinas en México, por lo que la brecha entre los precios internacionales y los nacionales continuó ampliándose y el Gobierno siguió pasando la diferencia. Como consecuencia, el Impuesto Especial para Productos y Servicios (IEPS) de gasolina y diesel durante ese sexenio fue de más 620 millones de pesos. El sexenio de Felipe Calderón finalizó con un precio de 10.81 pesos por litro en las gasolinas.

La nueva política de precios de Peña Nieto

El priista Enrique Peña Nieto llegó a la Presidencia con la promesa de un nuevo, democrático, experimentado y eficiente PRI, y de que con su reforma energética se liberarían los precios de las gasolina para crear un mercado abierto a la competencia en que los precios se determinarían de acuerdo con las condiciones del mercado y por lo tanto se reducirían los costos de las gasolinas y de los energéticos en general.

Sin embargo, sus planes se vinieron abajo cuando a mediados de 2014 los precios del crudo se desplomaron y los ingresos petroleros se esfumaron. La situación cambió entonces, de una en la que el Gobierno subvencionaba al consumidor a otra en la que los automovilistas se convierten en una importante fuente de recaudación para compensar los recursos petroleros perdidos. La reconversión, además del descrédito acumulado por las desmedidas evidencias de corrupción personal y de su régimen, le ha costado a Peña la peor impopularidad de un presidente posrevolucionario y a su partido la derrota anticipada de las elecciones presidenciales, federales y estatales que vienen.

De esta manera, en 2015 el precio de los combustibles aumentó conforme a la inflación. El 1 de enero de ese año subió tres por ciento, por lo que la gasolina Magna se fijó en 13.57 pesos, la Premium en 14.38 y el diesel en 14.20 pesos.

Un mercado distorsionado

En un mercado libre y competitivo como el de los Estados Unidos, la sintonía entre los precios del petróleo crudo y las gasolinas es completa, es decir: cuando sube el crudo aumentan las gasolinas, y viceversa. Sin embargo en México las gasolinas han aumentado pese al desplome del crudo, porque para compensar la caída de los ingresos internacionales del petróleo exportado se sube el precio de unas gasolinas que además se compran en el extranjero; nada menos que un laberinto sin solución cifrado en la corrupción mexicana químicamente pura.

Cuando el precio del petróleo aumentó, los Gobiernos panistas de Fox y Calderón aprovecharon para subsidiar las gasolinas (la mayoría refinadas en los Estados Unidos, de acuerdo con la doctrina de que importarlas era más barato que producirlas en México). Pero cuando el crudo cayó, el Gobierno de Peña Nieto buscó recaudar por medio del IEPS parte de los ingresos petroleros perdidos e impuso un nuevo impuesto que inició con 10.38 centavos por litro.

Por ejemplo, entre julio de 2014 y el final de ese mismo año, el barril de la ‘mezcla mexicana’ de crudo se hundió 50 por ciento, pero el precio de la gasolina Magna se incrementó 4.3%. Durante 2015, el precio del barril cayó otro 50%, pero el de la gasolina se mantuvo sin cambios en 13.57 pesos el litro. En consecuencia, ese año la recaudación por IEPS fue de 220 mil millones de pesos.

En 2016 los precios del petróleo iniciaron una recuperación que se consolidó a finales de año. De febrero a diciembre la mezcla mexicana se disparó 81 por ciento y los precios de la gasolina Magna apenas aumentó 6.2 por ciento.

A inicios de este 2017 el Gobierno de Peña Nieto aplicó de manera abrupta un aumento en el precio de las gasolinas que llegó hasta el 20 por ciento. De esta manera, el incremento en la Magna en lo que va del sexenio de Peña Nieto se ubicó en 47.9 por ciento.

De acuerdo con datos del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), México es uno de los países con mayor consumo de gasolina en el mundo, ubicándose en la posición 25, con consumos que superan los 295 litros de gasolina por persona, es decir el más alto en consumo per cápita en Latinoamérica. De igual manera, México es el segundo país a nivel global que más gasta su salario en el consumo de gasolina.

Caen los ingresos del IEPS

A finales de mayo pasado la Secretaría de Hacienda y Crédito Público informó que los ingresos por el cobro del IEPS a gasolina y diesel se redujeron por cuarto mes consecutivo, con lo que sólo se recaudaron 15 mil 068 millones de pesos.

José Antonio Meade Kuribreña, titular de Hacienda, aseguró que lo anterior se debe principalmente al estímulo fiscal que la Secretaría a su cargo utiliza para suavizar los precios de la gasolina ante la volatilidad en los precios internacionales de los combustibles. Sin embargo, dijo, esta menor recaudación no afectará las metas fiscales previstas para el cierre de este año.

De igual manera, comentó que dependiendo de cómo evolucionen los precios en las gasolinas a nivel internacional, la Secretaría de Hacienda analizará si seguirá interviniendo con el subsidio para el 2018 o si se liberarán los precios por completo y que funcionen conforme a la oferta y demanda.

La alternativa depende en buena medida de los pronósticos electorales. Pero todo indica que en la conciencia de que el PRI no tiene nada qué hacer en las presidenciales que vienen, es posible que Peña decida que los subsidios se cancelen y las gasolinas se disparen, que al fin y al cabo de la ignominia no ha de salvarlo, ni a él ni a su partido, nada ni nadie. Aunque dada la evidente persistencia de reincidir en sus yerros y malos cálculos, acaso el presidente pueda creer que los subsidios le servirán de algo para que su también muy desprestigiado y poco apto secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, su virtual candidato a sucederlo, gane en junio del año que viene.

La falta de inversión en Pemex

Aunque México es productor de petróleo, el aumento del hidrocarburo afecta al país debido a varios factores, como el hecho de que la producción bajó 24 por ciento de 2004 a 2010, a pesar de que la extracción aumentó en las regiones sur y suroeste. Además está el hecho de que se importa gasolina y otros refinados y petroquímicos de los Estados Unidos a precio más caro.

Las malas políticas de los Gobiernos del PRI y el PAN han golpeado la industria petrolera del país, pues no se han creado refinerías y han concentrado las exportaciones en el petróleo crudo, sobreexplotando los campos y haciendo del contratismo su primer negocio en lugar de invertir directamente en las diversas áreas de Pemex, que hasta el momento ha sido fuente de riqueza de directivos, funcionarios y gobernantes federales, contratistas globales y nacionales de las preferencias privadas de los presidentes de la República, y de los líderes sindicales multimillonarios e impunes que viven como jeques a costa de una empresa de propiedad pública.

Corrupción general e ineptitud administrativa y fiscal, es lo que ha sellado la suerte del país, y por lo tanto de Pemex.

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