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En el territorio de las peores enfermedades sociales, emocionales y mentales, la siquiatría pública es un lujo inexistente y la decadencia humana una peste irreversible

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La indigencia –anímica, moral, intelectual, mental, material o total: espiritual y económica- y la falta de solidaridad familiar, vecinal o comunitaria –o indigencia humanitaria- son causas propiciatorias de los peores malestares y epidemias sociales, como el suicidio en su condición de fenómeno colectivo –por más que, contra lo establecido desde finales del siglo XIX por una importante corriente sociológica, la Siquiatría pueda seguir negando que se trata de un hecho individual no contagioso- y otras patologías asociadas a la descomposición humana en conglomerados de alta diversidad idiosincrática, nula cohesión y unidad -ausencia de tradiciones, extrema volatilidad de valores comunes y principios familiares y culturales, y profundas desigualdades de ingreso y de estatus, lo que favorece el condicionamiento del ‘tener’ por encima del ‘ser’, o el egoísmo-, y suprema fragmentación y debilidad institucionales (puesto que la ‘institucionalidad’ –familiar, religiosa, política y estatal, por ejemplo- tendría que suplir lasdeficiencias de la solidaridad comunitaria y las tendencias fatales del individualismo, como ocurre en países como Estados Unidos, donde las patologías sociales y sus tendencias al caos son resueltas por el poder de las instituciones morales y constitucionales, introyectado como estructura genética e inconsciente). De modo que no es casual que en las principales ciudades de Quintana Roo, las de mayor heterogeneidad poblacional y cultural y de más altos contrastes sociales y de ingreso, ocurran algunas de las peores aberraciones humanas de México y del mundo entero gracias al factor fundamental de las fragilidades institucionales. Y así, la ansiedad, el estrés, la ludopatía, los trastornos bipolares, las tendencias suicidas o violentas, la perversión sexual y la esquizofrenia son sólo algunos de los males mentales que afectan a una cuarta parte de la población quintanarroense. Por eso lideramos las tasas de suicidio, de ataques sexuales, de homicidios atroces, de alcoholismo y adicciones tempranas, de embarazo adolescente, de violencia doméstica y otras. Pero a las diferentes administraciones estatales y municipales muy poco o nada parece importarles este tipo de pendientes definitivos en la salud, la viabilidad y el futuro de la comunidad del Estado, pues nunca se ha tenido ni se tiene una estrategia, un plan o un conjunto de políticas y disposiciones públicas para entender estas manifestaciones tan objetivas y tan inmediatas de su decadencia, y para intentar erradicarlas desde sus fondos históricos, estructurales, que es la única manera de, por lo menos, contenerlos. Vaya: ni siquiera se cuenta con un hospital siquiátrico, para no ir más lejos, ni con especialistas y terapeutas suficientes –en calidad y cantidad- que puedan atenuar la peste en el entorno más castigado por la degradación, por lo que los pacientes con problemas emocionales y mentales –para no hablar de la colectividad de la indigencia espiritual- que llegan a alguno de los centros de salud pública son relegados a una cama al final de un pasillo, donde estarán sedados por un par de días, solos, como parias, sin recibir siquiera un diagnóstico -ya no se diga un tratamiento o un trato humanitario- de su enfermedad. El mal es catastrófico en sus fundamentos originarios y en la irracionalidad de las nociones, actitudes y alternativas públicas para enfrentar y contener sus fuentes y sus expresiones. Y si lo esencial se asume como lo más intrascendente -enseñaría Camus en “La peste”-, lo irremediable no está en el mal en sí mismo, sino en la cepa del egoísmo social y la irresponsabilidad pública para acometerlo.

Armando Galera

El aumento de trastornos mentales ha vuelto urgente la instalación de un hospital siquiátrico en la entidad, pero las autoridades de salud siguen sin tener intenciones de atender este problema que cada vez deja más muertos.

Cuatro de cada 10 quintanarroenses sufre algún tipo de trastorno sicológico, como estrés, depresión, ansiedad y esquizofrenia. Sin embargo, parece que a ninguna autoridad le importa el tema, pues Quintana Roo es uno de los tres únicos Estados del país que no cuenta con un hospital siquiátrico, ni mucho menos con políticas públicas encaminadas a prevenir y atender este tipo de trastornos mentales, para no hablar de las enfermedades sociales: tasas de suicidios, ataques sexuales, vicios y adicciones tempranas, violencia doméstica, etcétera.

Asociaciones de médicos, catedráticos y especialistas en salud han visto desfilar gobernadores y promesas de atender el problema. Incluso la Universidad de Quintana Roo, desde hace una década, presentó un proyecto para construir un centro de atención de salud mental en Chetumal, con capacidad para unas 15 mil consultas al año.

Pero nunca se concretó, porque se considera que la inversión de 100 millones de pesos para edificarlo, más los 22 millones de pesos anuales que se requieren para su operación, bien puede destinarse a otros rubros (o terminar en la cuenta personal de otros).

En su lugar, se instalaron dos Centros Integrales de Salud Mental en los mismos edificios de las Unidades de Especialidades Médicas de Cancún y Chetumal. Sin embargo, cada uno de estos institutos sólo cuentan con dos siquiatras y cuatro camas para atender a igual número de pacientes.

En el ISSSTE, por su parte, laboran tres psicólogos y dos psiquiatras para atender a casi 180 mil afiliados en el Estado. El IMSS posee un psiquiatra para cubrir a más de 560 mil beneficiarios; mientras que en los Hospitales Generales solamente trabajan cuatro psiquiatras.

En los DIF estatal y municipales, tienen en promedio de dos a tres psicólogos cada uno; pero sólo se enfocan en brindar servicios de prevención, terapias grupales, talleres y atención a niños con problemas de TDH.

Es por lo anterior que los casi 240 mil quintanarroenses que enfrentan algún tipo de problema mental, deben esperar un promedio de 14 meses para recibir la consulta en algún hospital del sector público, o acudir a algún psiquiátrico de Mérida para ser atendido, aunque el gasto de cada viaje ronda entre los cinco mil y los 10 mil pesos.

Un problema cada vez más común

‘Jorge’ es contador público y durante siete años trabajó en un hotel de la ciudad de Playa de Carmen. Ganaba lo suficiente para vivir con ciertos lujos junto con su familia y tenía la dicha de vivir en una de las ciudades turísticas del país.

Sin embargo, a partir del 2013, la empresa para la que laboraba comenzó a presionar laboralmente más y más a sus empleados, principalmente a los que llevaban el registro de contabilidad. Con tal de cumplir con las exigencias y mantener su trabajo, ‘Jorge’ comenzó a sacrificar sus días de descanso y los tiempos libres con su familia. Aun así, las cuentas del hogar y los pagos de las colegiaturas de sus hijos, entre otros gastos, terminaron por sofocarlo.

Apenas un año después, ‘Jorge’ comenzó a sufrir los estragos del estrés que le provocaba su nuevo y ajetreado y menos remunerado tren de vida. Los ataques de ansiedad e ira se hicieron presentes, lo que terminó fracturando a su entorno familiar. En ningún lugar le ofrecieron la ayuda que necesitaba, pues en el Hospital General, su médico familiar no pudo elaborar un diagnóstico de su trastorno mental y emocional, por lo que sólo le recetaron tranquilizantes.

En marzo de 2017, luego de 10 meses de severas crisis nerviosas, se convirtió en una de las 240 personas que se quitaron la vida en el Estado ese año.

Desde 2005 a la fecha, Quintana Roo registró 3 mil 826 suicidios. Muchas vidas podrían haberse salvado si tan sólo hubieran recibido la atención adecuada a tiempo.

Sedados y abandonados a su mala suerte en un camastro al final del pasillo

De acuerdo con Enrique Avilés Aceves, siquiatra y expresidente del Colegio Médico de Quintana Roo, cuatro de cada 10 quintanarroenses necesitan con urgencia atención sicológica, principalmente para atender problemas como ansiedad, esquizofrenia, estrés, trastornos bipolares, ludopatía, impulsos violentos y alcoholismo, entre otros.

“Sólo el 20 por ciento de las personas que sufren este tipo de males puede costearse un servicio médico privado. La mayoría se queda sin tratamiento, pues el sector de salud pública en Quintana Roo no ofrece dicha cobertura. Y es ésa una de las razones por las que nuestro Estado lidera los índices de suicidio, violencia intrafamiliar, estrés laboral y abuso sexual”, dice el siquiatra.

“Si toda esta problemática social no indica nada y no es justificante para que en Quintana Roo haya un hospital siquiátrico, entonces no sé qué es lo que esperan nuestras autoridades”, reprocha el especialista, quien lamenta que los gobernantes y los políticos sigan sin entender la importancia de tener un centro para tratar la salud mental.

Por su parte, médicos integrantes de la Asociación Quintanarroense de Psiquiatría informan que por lo menos cinco pacientes al día llegan a Urgencias del Hospital General Jesús Kumate Rodríguez, en Cancún, para atención y control de algún trastorno mental, incidencia que ha ido en aumento en los últimos cinco años.

“Para ellos sólo se encuentran disponibles cuatro camas al final de un pasillo, como una manera de cumplir con la indicación de la Organización Mundial de la Salud para que, de cada 100 camas de un hospital, cuatro de ellas estén destinadas a pacientes con problemas siquiátricos”.

“De esa manera, las autoridades dicen ‘ya cumplimos’. Pero no tienen un área especial y adecuada para ellos, ni mucho menos se les da un diagnóstico y un tratamiento. Son pacientes que estarán sedados durante dos días, hasta que tengan que desalojar el espacio para continuar con la lista de espera”, dice en entrevista el siquiatra Soilo Salazar García.

Evelyn Sánchez Parra, sicóloga y especialista en suicidios, señala que, en las oficinas del DIF estatal en Cancún, de 40 pacientes que llegan al día, al menos 14 requieren atención especializada para trastornos mentales; pero al no contar con la capacidad para atenderlos, son remitidos al Hospital General para su valoración y atención.

“Por eso la mayoría desiste de buscar ayuda y prefiere continuar con su enfermedad en silencio, porque al llegar al Jesús Kumate Rodríguez se encuentran con la noticia de que sólo les van a dar unos calmantes”, explica.

Sin interés de la autoridad

Jorge Polanco Benois, presidente de la Asociación de Psiquiatras de Quintana Roo, afirma que por quince años se ha insistido en la necesidad de contar con un hospital siquiátrico en Quintana Roo, y que incluso se han entregado varias propuestas a secretarios estatales de Salud y gobernadores, sin que hasta el momento hayan recibido una respuesta favorable.

Indicó que, ante la falta de dicho centro de salud especializado, desde hace cuatro años realizan gestiones con los psiquiátricos de Campeche, Yucatán y Tabasco para realizar traslados de pacientes que así lo requieren.

Sin embargo, afirma que desde marzo pasado no “les reciben a ningún paciente, pues estos centros están saturados y a los enfermos externos se les relega hasta después de atender a los pacientes locales de cada uno de los puntos mencionados”.

Entrevistada por este semanario, la titular de la Secretaría estatal de Salud, Alejandra Aguirre Crespo, señaló que por el momento no existe ningún plan de construir un hospital especializado en la salud mental, pues para ello se requieren más de 150 millones de pesos, recursos con los que no cuenta la entidad.

Añadió que por el momento seguirán adecuando áreas en los hospitales generales para atender a los enfermos mentales, mientras que aquellos que necesiten algún tipo de diagnóstico o tratamiento podrán ser atendidos a través de sus citas médicas.

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