En la noche del 21 de julio de 1969, la Luna era...

En la noche del 21 de julio de 1969, la Luna era invadida por ingenuos terrícolas: “Éste es un pequeño paso para el hombre, pero un salto gigantesco para la humanidad”

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El Bestiario

Apolo 11 fue una misión espacial tripulada de Estados Unidos cuyo objetivo fue lograr que un ser humano caminara en la superficie de la Luna. La misión se envió al espacio el 16 de julio de 1969, llegó a la superficie de la Luna el 20 de julio de ese mismo año y al día siguiente, 21 de julio, logró que dos astronautas (Armstrong y Aldrin) caminaran sobre la superficie lunar. El Apolo 11 fue impulsado por un cohete Saturno V desde la plataforma LC 39A y lanzado a las 13:32 UTC del complejo de Cabo Kennedy, en Florida (EE UU). Oficialmente se conoció a la misión como AS-506. La misión está considerada como uno de los momentos más significativos de la historia de la humanidad y la tecnología. El domingo 21 de julio de 2019 se cumple medio siglo de aquella hazaña. La tripulación del Apolo 11 estaba compuesta por el comandante de la misión Neil A. Armstrong, de 38 años; Edwin E. Aldrin Jr., de 39 años y piloto del LEM, apodado Buzz; y Michael Collins, de 38 años y piloto del módulo de mando. La denominación de las naves, privilegio del comandante, fue Eagle para el módulo lunar y Columbia para el módulo de mando. El comandante Neil Armstrong fue el primer ser humano que pisó la superficie del satélite terrestre el 21 de julio de 1969 a las 2:56 (hora internacional UTC) al sur del Mar de la Tranquilidad (Mare Tranquillitatis), seis horas y media después de haber alunizado.

Este hito histórico se retransmitió a todo el planeta desde las instalaciones del Observatorio Parkes (Australia). Inicialmente el paseo lunar iba a ser retransmitido a partir de la señal que llegase a la estación de seguimiento de Goldstone (California, Estados Unidos), perteneciente a la Red del Espacio Profundo, pero ante la mala recepción de la señal se optó por utilizar la señal de la estación Honeysuckle Creek, cercana a Camberra (Australia). Ésta retransmitió los primeros minutos del paseo lunar, tras los cuales la señal del Observatorio Parkes fue utilizada de nuevo durante el resto del paseo lunar. Las instalaciones del MDSCC en Robledo de Chavela (Madrid, España) también pertenecientes a la Red del Espacio Profundo, sirvieron de apoyo durante todo el viaje de ida y vuelta. El 24 de julio, los tres astronautas lograron un perfecto amarizaje en aguas del Océano Pacífico, poniendo fin a la misión. El periodista que transmitió por TVE la llegada del hombre a la Luna, Jesús Hermida, recordaba las vibraciones de aquella noche, cuando el mundo, quizá, se puso a soñar… Estas cosas uno no las puede remediar: cada vez que ahora me acuerdo de la noche de la Luna (¿dónde estabas tú la noche de la Luna?) siempre me sale un estribillo, hasta lánguido, de los Beatles: Oh, I believe in yesterday… Sí, claro: creer en el pasado es una consolación de los que aún no sabemos si creer en el mañana. Luego, en noches de tedio solitario, también me acuerdo del poema que escribió Archibald McLeish -por encargo, supongo, a tanto el verso y la finura a tanto- para la primera página de The New York Times ese día vigésimo del mes séptimo del año sexagesimonono, cuando, por decirlo con titular periodístico muy sobado por aquellas fechas, “los hombres pisan la Luna”.

Cierto: todo era muy sobado por aquellas fechas, pero el poema de McLeish, entonces, quizá tuvo su miga, no lo sé: “Y en el cuarto día, por la noche, bajamos como un rayo y pusimos el pie sobre tus playas y sentimos pasar por nuestros dedos tu arena fina. Y nos levantamos, aquí en el crepúsculo, en el frío, en el silencio. Y aquí, como en el principio de los tiempos, levantamos nuestras cabezas. Y sobre nosotros, más bella que la Luna, una luna”. Archibald MacLeish, fue un poeta modernista y escritor estadounidense. Ganó en tres ocasiones el Premio Pulitzer.  MacLeish admiraba a T.S. Eliot y Ezra Pound y sus obras muestran la influencia de ellos. Sus primeras obras siguieron de cerca al Modernismo y aceptaron la concepción modernista tradicional, de un poeta aislado de la sociedad. En su más conocida obra, ‘Ars Poetica’, un verso define: “Un poema no debería significar / Sino ser”. A pesar de haber criticado al marxismo, en la posguerra MacLeish estuvo bajo el fuego de políticos conservadores como J. Edgar Hoover y Joseph McCarthy, debido a su activismo en las organizaciones antifascistas y a que fue miembro de la Liga de Escritores Americanos y amigo de prominentes escritores de izquierda. En 1949 MacLeish llegó a ser el Boylston Profesor de Retórica y Oratoria en Harvard, cargo que mantuvo hasta su jubilación en 1962. En 1959 su obra “J.B.” ganó el Premio Pulitzer de Drama. Entre 1963 y 1967 fue conferencista John Woodruff Simpson en Amherst College. En 1969 se conoció con Bob Dylan, quien narra este encuentro en “Chronicles”. A Archibald MacLeish está dedicado “Exilio” (1944) del Premio Nobel de Literatura 1960 Saint-John Perse. Nació en Glencoe, 7 de mayo de 1892 y falleció en Boston un 20 de abril de 1982.

Santiago J. Santamaría Gurtubay

“La verdad, lo que más recuerdo y lo que siempre sí quiero recordar de la noche de la Luna es que había un hombre y una mujer sobre el césped manicurado de la NASA, como en sueño o en dormición o en lo que fuera, mirando ellos hacia arriba tal cual e imaginando ellos que sí veían a Neil Armstrong y a Buzz Aldrin en la Luna que por allí, entre nubes, se apareció. Que sí los veían, que los estaban viendo por las arenas, las que luego dijo McLeish, tan finas y tan grises y tan recién desvirgadas. Pero eso fue al final de todo. Primero, al principio, en el principio de aquella noche, fue que se nos hacían el culo y los labios y las almas agua por lo que allí iba a pasar. Y eso era, según nos dijeron, que en un cierto momento aparecerían por nuestros monitores las primeras imágenes y se oirían las primeras palabras de un hombre sobre la Luna: fe es creer aquello que verdaderamente queremos creer. Y yo me recuerdo con el corazón en la nuez de mi garganta: qué inocentes éramos, entonces, todavía”.

Y también revivió Jesús Hermida, cuando se puso a pensarlo después de diez años, una grandísima y nerviosa y hasta sensual algarada. “Después de todo, 3,497 periodistas dan para mucho ruido. Periodistas registrados y con sus papeles en orden, quiero decir. Y no cuento a los periodistas emboscados, consorte, amantes, francotiradores, amigos, conocidos y de ocasión. Otra cosa: hacía calor aquella noche en Houston, por donde la marisma huele a petróleo y a boñiga de vaca. Ya lo había anunciado el periódico de la mañana: ‘Nubosidad considerable, con riesgos de chubascos y de tormentas. Temperatura en los treinta grados’. Pero hacía más calor de sangre en los recintos del centro espacial. Y un ansia de besos que las gentes se daban o se robaban, de paso, por las esquinas. ‘Esta noche todos somos hermanos’. Sí, eso sí… Y luego, por fin al fin, se hizo un silencio grandísimo, como de eclipse o de retreta. Y en mi monitor de televisión apareció una cosa blanca que yo no sabía lo que era. Y resultó ser Armstrong. Y de lo que dijo, pues yo no creo que nadie se enteró así de primera instancia hasta que vinieron las secretarias en un vuelo: ‘Ha dicho no sé qué de un pequeño paso y un gran salto’. Bueno, vale… Y de lo que yo dije sólo recuerdo una solemne, seguramente, estupidez: ‘Y miren cómo Armstrong tantea con sus pies el suelo de la Luna, como un niño extiende los brazos hacia su madre…’. Absolutamente gilipollas. Pero yo lo sentía entonces, y ahora no me da ni vergüenza ni nada”.

La Luna hacía eses por las carreteras de Texas y los hombres y las mujeres, ebrios de historia y de espacio, se echaron en las piscinas

“Y después, a las tres horas de función o así, todo ya terminó (esperemos que el espectáculo les haya gustado, como también cantaban Los Beatles) y se hizo un pandemonio y triquitraca generales, con banderas americanas que salían de todas partes y puros con su vitola y abrazos y parabienes a discreción. Y yo recogí mis papeles y me salí al patio de la NASA, y allí fue donde se pasó lo del hombre y la mujer, que ahora mismo lo copio tal como lo puso en imprenta, por aquellos días, un cierto escribano: ‘A la salida del edificio número 1 de la NASA, en Houston, hay una ladera de césped liviano, mínimo tobogán de hierba fresca. Y había un hombre y una mujer, allí echados, cara a la Luna, casi luna de Jueves Santo, que por entre unas nubes se estaba. Era la madrugada del lunes 21 de julio (hora española), y Armstrong y Aldrin habían ya terminado, entonces, de caminar por la carátula empolvada. Y dijo la mujer: a partir de hoy ya no seremos los mismos, nunca más…”.

“Y eso, yo lo sé, resultó ser cierto después. Porque cuando el hombre y la mujer se vieron otra vez, en la cosa de Apolo XII, ya sí que no eran los mismos y ya sí que no se amaron nunca más. Pero entonces, aquella noche, en los moteles de Houston, nadie quiso pensar sino en lo que dice Kris Kristoferson: que el diablo se lleve el mañana. Y ahora les copio otra vez: Aquella noche fue una histórica, espléndida, magnífica grosería. “Aquella noche hubo de todo: de lo bueno y de lo alto, de lo malo y de lo bajo. Todos llevamos en nosotros un gran señor de altivos pensamientos y, a su lado, el servidor humilde, de las ruines obras. Aquella noche hubo de todo y la Luna hacía eses por las carreteras de Texas. Y los hombres y las mujeres, ebrios de historia y de espacio, se echaron en las piscinas, y los vasos de plástico se echaron en las piscinas, y una sangre gloriosamente alcohólica se echó en las piscinas, y los huesos de pollo se echaron en las piscinas, y un manchurrón de labios y colorete se echó en las piscinas. Y por la mañana, ya, la Luna nos amaneció ahogada y beoda en las piscinas”. Bueno, tampoco hay que ponerse así. Ni tan carnales como los que estábamos en Houston, ni tan exquisitos como McLeish: ‘Desde el principio de los tiempos, antes del principio de los tiempos, antes de que los hombres supieran el sabor del tiempo por primera vez, ya pensábamos en ti”.

“La superficie es fina y polvorienta. Puedo… Puedo esparcirla con la punta de mi pie. Se adhiere en capas muy finas, como polvo de carbón”

“Yo, la verdad, no pienso mucho en la Luna. Y si pienso, cuando pienso, tampoco me dan escalofríos. Eso sí: aquella noche fue una histórica, espléndida, magnífica grosería. El paso y el salto. La página 339/2 del libro de transcripciones correspondientes al viaje del Apolo XI va marcada en su parte superior con los siguientes datos: fecha, 20 de julio de 1969; hora, 21:52 (tiempo de Houston, Texas); momento del vuelo, 109 horas y veinte minutos. La página está dedicada a sólo doce líneas en inglés. Se trata de un casi monólogo que, traducido, podría quedar así: ‘Armstrong. Voy a salir del módulo lu­nar, ahora… Armstrong. Este es un pequeño paso para un hombre. Un salto gigantesco para la humanidad. Armstrong. … La superficie es fina y polvorienta. Puedo… Puedo esparcirla con la punta de mi pie. Se adhiere en capas muy finas, como polvo de carbón, a las suelas y a los filos de mis botas. Sola­mente he salido una pequeña fracción de una pulgada, pero ya puedo ver la huella de mis botas y las pisadas en las finas partículas de arena. Control. Neil… Aquí, Houston. Te oímos…’. Esas líneas son el testimonio más primigenio y verdadero de lo que ocurrió y se dijo en el momento exacto en que un hombre pisaba, por primera vez, la Luna. Según el propio Armstrong, la frase, ya histórica, sobre el paso y el salto no había sido preparada de antemano”.

La carrera espacial, de la Biblia a los porros. Hace cincuenta años, parecía que la Unión Soviética podía ganar la carrera hasta la Luna. Hoy, su programa espacial se encuentra en dificultades. Muchos pensadores sostienen que el mundo cambia a una velocidad acelerada y que nuestro tiempo es el más convulso de la historia. Pero si se vuelve la vista medio siglo atrás cuesta no considerar soporífero el presente ante la épica de entonces. Hace cincuenta años, la Unión Soviética, alentada en parte por el triunfo del Sputnik de 1957, aún creía que podía presentar una alternativa real al sistema capitalista y algunos creyeron que podía demostrarlo ganando la carrera hasta la Luna. Sin embargo, en las Navidades de 1968, ese sueño comenzó a desmoronarse a miles de kilómetros de la Tierra cuando Frank Borman, James Lovell y William Anders alcanzaron por primera vez la órbita de nuestro satélite a bordo del Apolo 8.

En la Nochebuena del 68, Borman, Lovell y Anders leyeron un fragmento de la Biblia en televisión, hoy, Elon Musk, se fumó un porro en directo

Cincuenta años después, no es probable que aquellos hombres o sus rivales soviéticos hubiesen podido predecir los derroteros de la carrera espacial. Durante las siguientes décadas, con la excepción del puñado de misiones Apolo, el ser humano no superó la órbita baja de la Tierra y los rusos ni siquiera llegaron a la Luna. También han cambiado los usos y costumbres del gremio. En la Nochebuena del 68, Borman, Lovell y Anders leyeron un fragmento de la Biblia para el primer programa televisado desde el espacio. Hace unos meses, Elon Musk, la cara más conocida de la nueva carrera espacial, se fumó un porro en directo durante un programa de radio. La caída de la URSS dejó tambaleándose el programa espacial ruso, pero la inercia lograda durante aquella etapa dorada ha mantenido a este país entre los líderes de la carrera astronáutica. Sin embargo, algunos analistas temen que la patria de Laika, Yuri Gagarin o Valentina Tereshkova esté a punto de caer en la irrelevancia. Hace pocas semanas, Rusia anunció un plan para construir una colonia en la Luna en la década de 2040. En un momento de interés renovado por el satélite, con un robot chino recién aterrizado en su cara oculta, la antigua potencia quiere mantener su estatus, pero no parece sobrada de fuerzas.

En una entrevista concedida al diario Pravda y traducida por Ars Technica, Valery Ryumin, un veterano cosmonauta que pasó 362 días en el espacio en las estaciones espaciales rusas Salyut-6 y Mir, cuestionaba los planes rusos para enviar astronautas a la Luna en la próxima década por falta de dinero: “Últimamente, los líderes se dedican más a vender humo que a hacer algo sustancial”. Ryumin, que ha trabajado como ingeniero en RSC Energía, una de las principales compañías aeroespaciales rusas, también consideró irrealizables los planes para construir Federation, una cápsula con la que enviar cosmonautas al espacio. “Incluso si construimos Federation, no tenemos ninguna forma de lanzarla al espacio”, afirmó. “Solo existe la constatación de que necesitamos construir una nueva nave y un nuevo cohete [para lanzarla], pero no hay nada más que palabras. Nos hemos dado una tarea, pero no medios para cumplirla”, concluía.

La Unión Soviética, alentada en parte por el triunfo del Sputnik de 1957, aún creía que podía presentar una alternativa real al sistema capitalista

En los últimos meses, Roscosmos y el programa espacial ruso han sido noticia por dos problemas técnicos. Una nave Soyuz con dos astronautas a bordo tuvo que realizar un aterrizaje de emergencia después de un fallo en el cohete con que fue lanzado. Un agujero en un módulo ruso en la Estación Espacial Internacional produjo un escape de oxígeno que algunos responsables de Roscosmos achacaron a un sabotaje por parte de astronautas estadounidenses. Al final, los indicios apuntan a una pifia de RSC Energia que quiso ocultar su responsable, algo que ya habría sucedido en otras ocasiones. CBC News, un medio público de Canadá, país de uno de los primeros astronautas que volarán en una Soyuz después del accidente, recordaba en un artículo reciente una auditoría del Kremlin que puede explicar algunos de los problemas financieros y de producción del programa espacial ruso. En declaraciones a la agencia RIA Novosti, el director de la Cámara de Cuentas de Rusia, aseguraba que tienen “grandes problemas con Roscosmos”. “Se han robado varios miles de millones de rublos [decenas de millones de euros y dólares] y hay una investigación en marcha”. En total, hay más de 200 personas involucradas en diversas pesquisas, que incluyen la venta de productos de baja calidad. El mayor de los delitos investigados es una presunta malversación de 152 millones de dólares en el proyecto de construcción del cosmódromo de Vostochny, en el extremo oriental del país.

Medio siglo después del comienzo del fin de la carrera espacial, el regreso a la Luna no cuenta con el mismo interés simbólico que tenía en los sesenta y alcanzar Marte requeriría una inversión descomunal que sitúa la hazaña en un futuro más bien nebuloso. En este nuevo panorama, los encargados de reconstruir el relato épico pueden hacerlo desde trincheras con nombres parecidos a los de entonces pero que muestran todo lo que ha cambiado el mundo desde 1968. En el bando capitalista, junto a la NASA, vencedora de la primera carrera espacial, compiten otros triunfadores de la nueva economía como Jeff Bezos, fundador de Amazon, o Elon Musk, creador de PayPal. Desde el comunismo, China, su mutación más exitosa, donde hace 50 años la Revolución Cultural mantenía cerradas las universidades y paralizó el desarrollo tecnológico.

“El Mar de la Tranquilidad nos recuerda que tenemos que duplicar los esfuerzos para traer la paz a la Tierra”, manifestaba Richard Nixon

“Hola Neil y ‘Buzz’, les estoy hablando por teléfono desde el Despacho Oval de la Casa Blanca y seguramente ésta sea la llamada telefónica más importante jamás hecha, porque gracias a lo que han conseguido, desde ahora el cielo forma parte del mundo de los hombres y como nos hablan desde el Mar de la Tranquilidad, ello nos recuerda que tenemos que duplicar los esfuerzos para traer la paz y la tranquilidad a la Tierra. En este momento único en la historia del mundo, todos los pueblos de la Tierra forman uno solo. Lo que han hecho los enorgullece y rezamos para que vuelvan sanos y salvos a la Tierra”. Armstrong contesta al presidente Richard Nixon: “Gracias, señor presidente, para nosotros es un honor y un privilegio estar aquí. Representamos no solo a los Estados Unidos, sino también a los hombres de paz de todos los países. Es una visión de futuro. Es un honor para nosotros participar en esta misión hoy”. Por último instalan a pocos metros del LEM un sismómetro para conocer la actividad sísmica de la Luna y un retrorreflector de rayos láser para medir con precisión la distancia que hay hasta nuestro satélite.

Mientras esto sucede, Michael Collins sigue en órbita en el módulo de mando y servicio con un ángulo muy rasante. Cada paso en órbita, de un horizonte a otro, sólo dura seis minutos y medio pero desde semejante altura no es capaz de ver a sus compañeros. Cada dos horas ve cómo cambia la Luna y también observa cómo orbita debajo de su cápsula la sonda soviética Luna 15 en dos ocasiones. Los astronautas realizan importantes experimentos científicos: instalan un ALSEP con varios experimentos, una bandera estadounidense de 100 por 52 centímetros, dejan un disco con los mensajes y saludos de varias naciones del mundo, las medallas recibidas de las familias de Yuri Gagarin y Vladímir Komarov, las insignias del Apolo en recuerdo de Virgil Grissom, Edward White y Roger Chaffee, fallecidos en el incendio de la nave Apolo 1, sellan con un tampón el primer ejemplar del nuevo sello de correos de 10 centavos y recogen 22 kilogramos de rocas lunares. Los paquetes de experimentos Apolo en la superficie lunar (conocidos en inglés como ALSEP siglas de Apollo Lunar Surface Experiments Package) son los equipos de experimentos científicos para el estudio de la superficie lunar utilizados en las misiones del programa Apolo, transportados en un cubículo del módulo lunar denominado MESA (del inglés Modular Equipment Storage Assembly). Su misión era recoger datos sobre el ambiente lunar y transmitirlos a la Tierra.

Houston informa que hay temporal en la zona prevista para el amerizaje y la redirigen a 1500 km al sudoeste de las islas Hawái

Los aparatos que han llevado son: un reflector láser con más de 100 prismas de cristal destinado a efectuar mediciones desde nuestro planeta de la distancia Tierra-Luna, un sismómetro para registrar terremotos lunares y la caída de meteoritos, así como una pantalla de aluminio destinada a recoger partículas del viento solar. El primero en regresar al módulo lunar es Aldrin, al que sigue Armstrong. Después los dos astronautas duermen durante 4:20 horas. Después de 13 horas se produce el despegue. El motor de la etapa de ascenso entra en ignición abandonando su sección inferior en la superficie, y se dirige hacia el Columbia. A las 19:34 del 21 de julio, el módulo de ascenso se eleva desde la Luna hacia su cita con C.S.M. Siete minutos después del despegue, el Eagle entra en órbita lunar a cien kilómetros de altura y a quinientos kilómetros del Columbia. Lentamente y utilizando los propulsores de posición, se van acercando ambos vehículos hasta que tres horas y media después vuelan en formación. El comandante efectúa la maniobra final con el Eagle y gira para encararse con el Columbia. Se acerca hasta que los garfios de atraque actúan y ambos módulos quedan acoplados. El módulo de ascenso es abandonado, cayendo sobre la superficie lunar.

El transbordo de las muestras y la desconexión de parte de los sistemas del módulo Eagle, ocupa a la tripulación durante dos horas, y cuando se sitúan en sus puestos, se preparan para abandonar al Eagle en la órbita de la luna. A las 6:35 del 22 de julio encienden los motores del módulo iniciando el regreso a la Tierra. Es la maniobra denominada inyección transtierra, que consiste en un encendido hipergólico de dos minutos y medio y que sitúa al Columbia en una trayectoria de caída hacia la Tierra que concluirá en sesenta horas. Durante el viaje de regreso se realizan leves correcciones de rumbo. Houston les informa de que hay posibilidades de temporal en la zona prevista para el amerizaje y redirigen al Apolo 11 a una zona con tiempo estable, concretamente a 1500 km al sudoeste de las islas Hawái, donde serán recogidos en el océano Pacífico por los tripulantes del portaaviones USS Hornet, un veterano de la Segunda Guerra Mundial, tras efectuar 30 órbitas a la Luna.

Esta misión fue un homenaje a su inductor, el presidente John F. Kennedy que no pudo disfrutar del mismo tras ser asesinado en 1963

Los equipos de recuperación se preparan para recoger a la tripulación del Apolo 11. A unos kilómetros por encima, el módulo de mando con la tripulación en él, se ha separado del módulo de servicio y se preparan para la reentrada. En esta parte de la misión no hacen falta motores de frenado puesto que es el rozamiento el que se encarga de disminuir la velocidad de la cápsula desde los 40,000 km/h iniciales a unos pocos cientos, de modo que puedan abrirse los paracaídas sin riesgo de rotura. Hay que tener en cuenta que la reentrada es un proceso en el que la inmensa energía cinética de la cápsula se disipa en forma de calor haciendo que esta alcance una elevadísima temperatura. Por efecto de esta elevada temperatura, se forma una pantalla de aire ionizado que interrumpe totalmente las comunicaciones con la nave. Ésta se precipita como un meteoro sobre la atmósfera terrestre alcanzando temperaturas de 3,000 grados centígrados.

Unos minutos después de la pérdida de comunicaciones, se reciben en Houston las primeras señales procedentes de la nave. A ocho kilómetros se abren los dos primeros paracaídas para estabilizar el descenso. A tres kilómetros, estos son reemplazados por tres paracaídas piloto y los tres paracaídas principales de veinticinco metros de diámetro. Por fin consiguen amerizar a las 18:50 del 24 de julio, exactamente ocho días, tres horas, 18 minutos y 35 segundos después de que el Saturno V abandonara la rampa del Complejo 39. Esta misión fue un rotundo éxito para el gobierno estadounidense comandado por el presidente Richard Nixon, y un homenaje a su inductor, el presidente John F. Kennedy que no pudo disfrutar del mismo tras ser asesinado en 1963.

Un momento estelar para la humanidad, aunque fuera fruto la Guerra Fría, en un mundo plagado de problemas, en plena guerra de Vietnam.

Hará 50 años en apenas unos días. Neil Armstrong dio los primeros pasos de un ser humano en la Luna. Madrugamos mucho para, emocionados, verlo en la televisión prácticamente en directo. Fue un momento estelar para la humanidad, aunque fuera fruto de una confrontación, la Guerra Fría, en un mundo plagado de problemas, en plena guerra de Vietnam. Pero “se pueden hacer grandes cosas en tiempos terribles”, señala Clara Moskowitz en Scientific American. EE UU consiguió su objetivo en un tiempo relativamente breve, dedicando un 4,5% de su presupuesto nacional a la NASA. Tres años después, en 1972, la misión Apollo 17 llevaría a los últimos astronautas a la Luna, aunque expediciones no tripuladas de unos y otros han seguido. Ahora, de nuevo, se trata de llevar hombres y mujeres a la Luna y de vuelta. Pero esta nueva carrera es muy diferente, con múltiples actores estatales. EE UU con Donald Trump quiere volver a poner humanos allí en cinco años. China ha llegado en vuelo no tripulado a la cara oculta y tiene todo un programa lunar en desarrollo. India también se lo plantea, como Rusia o los intentos fallidos de Israel. Hay empresas privadas que empiezan a programar tales viajes, como SpaceX de Elon Musk, o que exploran como Moon Express posibilidades mineras -que todos buscan-.

Es importante quién llegue primero y adónde. El Tratado del Espacio Exterior de 1967, del que son parte 107 países, incluidos China, Rusia y EE UU, impide que nadie pueda reclamar parte de un cuerpo celeste. Pero también estipula en sus cláusulas de no interferencia que si alguien se instala en algún lugar, ningún otro podrá hacerlo en las cercanías. Los más poderosos, los más rápidos, incluidas empresas, se pueden instalar y quedar con las partes más interesantes para explotar. De vez en cuando los países o grupos de países se embarcan en misiones, muchas veces con un contenido científico o tecnológico de alcance geopolítico. La de América, para lo que empezaba a ser España, fue una. La de la Luna de los Apollo, para EE UU -el moonshot que muchos buscan ahora emular- fue otra. Aunque volver a la Luna ya no signifique lo de entonces, ¿no necesitaría Europa algún tipo de misión a este respecto? Es lo que propuso la economista Mariana Mazzucato en un informe de 2018 para la Comisión Europea, en el que planteaba que la UE se dote de misiones -“ciencia grande para resolver problemas grandes”- que tienen que ser osadas, activar la innovación a través de sectores, actores y disciplinas, de modo que se genere crecimiento económico, inclusión y sostenibilidad. Mazzucato apuntó tres: ciudades neutras en emisión de carbono para 2030, océanos sin plástico y la lucha contra la demencia en los mayores.

Las misiones pueden cumplir un papel importante en los devenires colectivos. El mundo tiene ahora su Agenda 2030 de 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible a los que la tecnología puede contribuir. China, según Kai-Fu Lee, tuvo su “momento Sputnik” (descubrimiento repentino de la capacidad tecnológica de un adversario) en 2017, cuando el ordenador de Google AlphaGo ganó a un maestro coreano de este complejo juego considerado como una institución nacional por los chinos, aunque su plan para convertirse en superpotencia tecnológica empezó antes. Trump quiere hacer grande a EE UU de nuevo, también en la Luna. La UE anda bastante perdida, aunque, impulsora de una colaboración con la NASA, ahora propugna un “pueblo multinacional en la Luna”. Impulsar la cooperación internacional en la Luna es quizá su papel. A la UE le faltan misiones, y visiones. El loable Programa 2020 se ha quedado corto ante lo que pasa en el mundo. Incluso para lo que propone Mazzucato hay grandes divisiones en Europa, sobre todo por la falta de fondos europeos necesarios, aunque ya no podrán ser sólo públicos, sino que requieren el concurso privado. Europa no necesita ir a la Luna, al menos por sí sola. Pero sí dotarse de una capacidad de autonomía estratégica, y no estamos hablando sólo ni principalmente de la dimensión militar. También tecnológica. Podría. Realmente ¿quiere?

Trump promete colocar “pronto” la bandera de EE UU en Marte: “Nunca olvidéis que somos estadounidenses y el futuro nos pertenece”

Donald Trump convirtió su discurso de este 4 de Julio, el primero que un presidente daba en décadas en el Día de la Independencia, en una fiesta de exaltación patriótica en la que ensalzó todo de tipo de gestas y héroes de sello estadounidense: desde la invención de la bombilla a la del jazz, de la derrota del nazismo a la llegada a la Luna. Sobre esto último volvió a prometer: “Iremos pronto de nuevo a la Luna, y también vamos a poner la bandera en Marte pronto”. En el monumento a Abraham Lincoln en Washington, y ante una multitud considerable, pese a la lluvia que había caído por la tarde, Trump llamó a la unidad del país, ahora lastrado por una fuerte polarización política. La brecha era evidente en la propia celebración: en un lado de la explanada, el republicano con sus seguidores; en el otro, la manifestación en contra. El 4 de Julio es, además del Día de la Independencia de Estados Unidos, una de esas pocas festividades nacionales en un país con escasos días de vacaciones. La gente acude a ver los desfiles civiles por la mañana y se reúne alrededor de barbacoas hasta la hora de los fuegos artificiales, por la noche. Se dice “¡Feliz 4 de Julio!” a todo el mundo como si fuera Navidad, por algo es el cumpleaños de la nación, y las banderas de barras y estrellas se encuentran por doquier. Es una jornada patriótica, pero no política, y el cambio introducido por Trump ha despertado muchas críticas, no solo por su protagonismo, sino por el despliegue de vehículos y aviones militares, algo poco común.

Hubo exhibición de tanques y otros vehículos armados, aviones militares surcando el cielo y música castrense. También algún fallo de planificación: el presidente pronunció su discurso tras una mampara de cristal que, con la lluvia, se encontraba completamente manchada de gotas y la imagen del republicano se vio en vivo y en todas las televisiones de forma borrosa, algo anticlimático para lo grueso de sus palabras. “Para los estadounidenses nada es imposible”, arengó, tras celebrar la creación de Cruz Roja, el voto de las mujeres o la celebración de la Super Bowl. “Mientras nos mantengamos leales a nuestra causa y recordemos nuestra gran historia, y mientras no dejemos de luchar por un futuro mejor, no habrá nada imposible que América pueda hacer”, dijo. “Nunca olvidéis que somos estadounidenses y el futuro nos pertenece”, remató al final.

El monumento a Lincoln, presidente  que acabó con la esclavitud y desde donde Luther King pronunció su famosa frase “Yo tengo un sueño”

Trump no se salió finalmente del guión de un discurso planeado en clave patriótica, aunque el ambiente sí tenía algo de mitin: las largas colas para entrar, las gorras rojas con el lema trumpista Make America great again (Hacer América grande otra vez) y, por supuesto, la manifestación en contra, esta vez, organizada por los activistas de Code Pink y con uno de esos globos gigantes con forma de un Trump bebé que tan famosos hicieron los manifestantes de Londres. Los demócratas habían criticado previamente la decisión de llevar a cabo el evento, independientemente del contenido, por la fecha y por el lugar, el monumento a Lincoln, un lugar santo de la historia norteamericana, que homenajea al presidente que acabó con la esclavitud y desde donde Martin Luther King pronunció su famosa frase “Yo tengo un sueño”. El del mandatario era un gran desfile militar desde que asistió al del día de la Bastilla, en París, el 14 de julio de 2017, invitado por el presidente Emmanuel Macron. Trump se quedó embelesado y regresó con la ilusión de importar la idea. Pensó al principio en una gran marcha de las Fuerzas Armadas en Washington para el Día de los Veteranos del año siguiente, el 11 de noviembre de 2018, pero tuvo que dar marcha atrás por el coste -rondaba los 92 millones de dólares, casi todo a cargo del Departamento de Defensa-, aunque Trump culpó al Ayuntamiento, demócrata. En Estados Unidos no hay tradición de desfiles militares, el último se realizó en 1991 para celebrar el final de la guerra del Golfo, y un desembolso semejante no se entendió desde el propio Pentágono.

Finalmente, el republicano se ha conformado con un pequeño despliegue de tanques M-1 Abrams y vehículos armados Bradley traídos de Georgia, el vuelo de aviones de combate y música militar en el Mall. Trump fue enumerando y ensalzando a cada una de las cinco ramas de las fuerzas armadas, tras lo cual la orquesta tocaba su himno y aviones de combate sobrevolaban el lugar. En total, el acto duró cerca de una hora. Justo después, se celebraba el tradicional concierto y los fuegos artificiales. Desde Harry Truman, en 1951, ningún mandatario se había dirigido a las masas en el Mall por el Día de la Independencia. The Washington Post recordaba esta semana una de las últimas veces que un presidente quiso dar un discurso un 4 de Julio: fue Richard Nixon -no en persona, sino a través de una grabación- en plena contestación por la guerra de Vietnam y acabó en disturbios.

Las misiones lunares, un tesoro de conocimiento sobre la formación del satélite, de nuestro propio planeta y del Sistema Solar entero

A nadie parecía ya importarle la Luna. Medio siglo después de que Neil Armstrong pisara nuestro satélite, todos dábamos el asunto por periclitado. La nave china Chang’e 4, que acaba de posarse en la cara oculta de la Luna, es la muestra evidente de lo equivocados que estábamos. Vuelve la Luna. Ahora sabemos que los polos lunares contienen hielo y compuestos volátiles que, en teoría, pueden servir para establecer colonias allí, o incluso para utilizar la Luna como un espacio puerto desde el que lanzar misiones a otros objetos celestes más lejanos. También sabemos que visionarios del sector privado como Elon Musk han empezado a interesarse por el negocio espacial, incluido un presunto turismo lunar para millonarios. Y, sobre todo, sabemos que las decisiones de la NASA han dejado de ser el único factor esencial. La carrera espacial de nuestros días refleja un mundo hexapolar en el que, a las clásicas agencias de Estados Unidos y Rusia, se han unido las de Europa, China, India y Japón. Estos seis galácticos están tejiendo un sorprendente renacimiento de la exploración lunar.

La nave Chandrayaan-2 es ya la segunda misión lunar de India, y un séptimo actor en este drama, Israel, iba a marcar un hito histórico con el alunizaje de su nave Sparrow, la primera misión lunar dirigida por una organización civil sin ánimo de lucro, resultando fallida , semanas atrás. Otra institución similar, esta vez en Japón, prevé enviar misiones el año que viene, y sus análogos norteamericanos están en negociaciones con la NASA para entregar cargas científicas a la superficie lunar, quizá en un par de años. Pese a la entrada del sector privado en este negocio, y pese a que media docena de Gobiernos han recuperado el gusto por exhibir su poderío tecnológico en el escaparate lunar, estas misiones tienen sobre todo un interés científico. Aportarán un tesoro de conocimiento sobre la formación de la Luna, de nuestro propio planeta y del Sistema Solar entero. Chang’e 4, en particular, examinará, por primera vez en suelo lunar, el entorno de uno de los mayores cráteres de impacto que conocemos, la cuenca Aitken del polo sur, con 2.500 kilómetros de diámetro. Y no solo la historia, sino también los compuestos químicos del lado oculto de la Luna son distintos de los de la cara visible que hemos traído a la Tierra hasta ahora. La cara oculta es rica en helio-3, un excelente combustible que puede convertir a la Luna en la gasolinera clave para la exploración espacial. Para el disco de luz que inspira a los amantes, lo mejor está aún por llegar.

Elíades Ochoa ‘regresó’ a la Luna con su vecino Neil Armstrong, “Buena suerte míster Grabowski” exclamó el astronauta

Dijo su frase inmortal, aquella que sus guionistas le prepararon sobre un paso pequeño para un hombre y un gran salto para la humanidad, cuando en 1969 fue el primer hombre en pisar la luna. Neil Armstrong pronunció otra frase, “Buena suerte míster Grabowsky”. Nadie supo en aquellos momentos qué significaban aquellas palabras. Un año y medio después de su muerte, logramos descifrar lo que pareciera un mensaje de pura criptología cubana. Neil, jugaba al fútbol con sus amigos de su natal condado de Auglaize, en Ohio, Estados Unidos. El árbitro había marcado penalti. Armstrong ejecutó la máxima pena. Fue tal la fuerza que metió el gol, pero la pelota rompió las redes y fue a parar a la casa de los Grabowski, rompió la luna principal de la casa. En aquellos instantes los Graboswski protagonizaban una disputa conyugal sexual. El fogoso míster Grabowsbi pretendía, en vano, desde horas atrás, hacer el amor con su asexuada esposa. Al entrar el balón enviado por el niño Neil, el hombre hizo caso omiso, obsesionado con sus quereres… Su esposa, a la defensiva, no le dio importancia tampoco al accidente doméstico. No obstante, pronunció una frase premonitoria… “Para que lo sepas míster Grabowski, haremos el amor cuando Neil suba a la luna”. Décadas después aquel infante pisó el único satélite natural de la tierra. Neil Armstrong no se había olvidado de la extraña actitud de sus vecinos, quienes le devolvieron el balón y nunca reclamaron  el arreglo de su vidrio roto. “Buena suerte míster Grabowski” fue la frase más real y humana del primer astronauta en pisar la luna.

Alérgico a la fama hasta el punto de dejar de firmar autógrafos cuando supo que luego se vendían por astronómicas cifras económicas, Neil Armstrong posiblemente se sonrojaría hoy ante el sinfín de muestras de respeto, halagos y condolencias hacia su familia tras conocerse su muerte aquel ya lejano 25 de agosto del 2012. Aunque él huyera de esa etiqueta, Armstrong fue recordado por el presidente Barack Obama como lo que fue: “El mayor héroe que ha dado Estados Unidos, y no solo de su tiempo, sino de todos los tiempos”, expresó Obama, junto a su esposa Michelle, en un comunicado hecho público por la Casa Blanca. Neil regresó a la luna 43 años después. Allí se fue a ‘encontrar’ con Elíades Ochoa, guajiro trovador santiaguero, quien decidió -todavía no de forma definitiva- instalarse allí. Va y viene a la tierra cuando le llegan las vacaciones y las actuaciones. Meses atrás estuvo por España y Europa y Nueva York con Buenavista Social Club. No se olvida, en sus ‘días libres’ de Cancún y el Caribe Mexicano… Es fanático de las tertulias después de una comida cubana, en el restaurante ‘Mamainés’ en pleno Yaxchilán de nuestra ciudad, en torno a un café Serrano y un ron Havana Club añejo 7 años.

El norteamericano Neil Armstrong y el cubano Elíades Ochoa protagonizaron un abrazo simbólico lunar entre dos pueblos vecinos

“El clima está cambiando en el mundo”, nos recalcaba “porque le hemos hecho mucho daño a la tierra, a los paisajes… Tenemos un planeta herido. Extraño la frescura del clima, las palmeras…”. Nos ratificó que el astronauta está ya con él, compartiendo lo que el artista se llevó para la luna, “la alegría santiaguera, el amor de mi guajira, y el verde de mis palmeras”, si visas ni bloqueos. Lo que no ha podido ser en la tierra estos dos buenos tipos, el norteamericano Neil Armstrong y el cubano Elíades Ochoa protagonizaron un abrazo simbólico entre dos pueblos vecinos deseosos de volver a recuperar amistades de antaño. “Hablamos los dos, a camisa quitada, y vamos a lanzar destellos de solidaridad desde la luna para que el reencuentro sea una realidad antes de que cumpla un nuevo año más de este error histórico. Lo intentó enmendar Barack Obama con una ‘realpolitik’ de cohabitación… Donald Trump acabó con el proyecto de hermandad. La familia del astronauta, al anunciar su muerte, dijo que solo tenía una petición para aquellos que quisieran honrar su memoria: “Sigan su ejemplo de servicio, logros y modestia y la próxima vez que anden por la calle en una noche de Luna y esta les sonría, piensen en Neil y háganle un guiño”. No se olviden tampoco de su nuevo vecino, Elíades Ochoa, ‘El Carretero’ de Buena Vista Social Club, “A caballo vamos p’a Cancún”…

“Soy un trovador cubano. Mi segunda casa es la Casa de la Trova de Santiago de Cuba. Nunca estudié música. Mi universidad ha sido la universidad de la calle. De niño comencé a tocar la guitarra y a cantar en mi Santiago a la luz de la luna y con el acompañamiento de ladridos de los perros jíbaros. Soy un universitario callejero. La vida es un libro abierto. Mi inseparable sombrero servía para recoger las propinas que nos daban en los bares de barios de prostitutas donde tocábamos… Venimos siempre que podemos a Cancún, a Solidaridad y a Quintana Roo pues tardamos desde La Habana apenas cincuenta y cinco. En México nos dan cariño, amor, la gente es muy hospitalaria… Muchos mexicanos me han cambiado ya de nombre, bautizándome de nuevo… No me llaman Elíades sino ‘El carretero’, nombre de la canción con la que destaqué en Buenavista Social Club… Elíades Ochoa Bustamante, el ‘carretero’ de Buenavista Social Club, “a caballo vamos pa’l monte, a caballo vamos pa’ Cancún…”. En su tonada que es muy guajira y muy sentida alegre cantó.

‘Sarao’ en un hotel de Rotterdam, Holanda, con el mailense Toumaní Diabaté derivó en Afrocubismo, disco premiado por National Geographic

Comenzó a tocar la guitarra cuando contaba tan sólo con 6 años de edad y para 1958 cuando ya alcanzaba la talla de su guitarra, empezó a trabajar para ganarse la vida tocando su música en barrios llenos de antros de prostitución en Santiago de Cuba, dando así comienzo a su carrera profesional. Sus raíces musicales se encuentran en la guajira, la guaracha y el bolero, además de toda la música cubana tradicional. Elíades se encuentra en su elemento cantando cualquier tipo de música popular cubana. Fue integrante del grupo de músicos cubanos que grabaron el disco Buena Vista Social Club, el cual fue galardonado con un Grammy. En estos últimos años se le asocia con el ‘Afrocubism’, un viejo sueño de unir la música africana y cubana. La idea original del mítico proyecto Buena Vista Social Club parece cristalizar 16 años después en un disco y una gira… Se cuenta de Elíades Ochoa que regresando a un hotel en Rotterdam, con su sombrero negro de guajiro y guitarra al hombro, encontró a un africano sentado en el ‘hall’ tocando un extraño instrumento. Con un gesto le pidió que aguardara un segundo y desenfundó su guitarra de ocho cuerdas, su guitarra “Tres”, la que un día diseñó un campesino para adaptarla al son cubano. El negro que empuñaba aquella “kora”, una suerte de arpa atravesada por 21 cuerdas, era el maliense Toumani Diabaté, y el ‘sarao’ que montaron ante todos los clientes fue tan grande que llegó a oídos de Nick Gold, gran productor del ‘worldmusic’. Trece años antes había intentado juntarles en La Habana para grabar un disco que por culpa (vendida culpa) de unos visados terminó siendo Buena Vista Social Club. “Lo del hotel fue definitivo para reactivar el proyecto… Asoma, al fin, el Afrocubismo. El viejo sueño de unir la música africana y cubana es una realidad. Hace unos meses, con mucho ingenio legal para conseguir todos los visados, se inició otro hito en Oslo con músicos de Cuba y Malí, principalmente…”

El disco es una realidad y, luego de su lanzamiento al mercado, obtuvo el singular reconocimiento por parte de la fundación naturalista británica, National Geographic, que le calificó ese año como “El mejor disco del mundo”. Nada más. Producido por Nick Gold y su empresa WorldCircuit, contiene 14 piezas de extrema belleza y pulimiento, con esa fusión de ritmos primigenios africanos y el son cubano, ya de por sí una fusión. El resultado fue producto de la comunicación con el lenguaje universal de la música. Algunas de las interpretaciones son novedosas reediciones de legendarias canciones, como ‘Al vaivén de mi carreta’, ‘Para los pinares’, ‘Se va montoro’ o ‘Guantanamera’… Otras son frescas y nuevecitas, como ‘A la luna yo me voy’, que escribió Elíades inspirado por el deterioro ambiental y el cambio climático, según él mismo nos explicó en entrevista. La que abre el disco redondea el concepto: ‘Malí Cuba’.

La ‘Ley Seca’ del 68, cerró Buena Vista Social Club donde tocaban los músicos que inspiraron al guitarrista norteamericano Ry Cooder

Volvemos a hablar de Buena Vista Social Club, un club social de La Habana, Cuba, donde sus miembros practicaban actividades relacionadas con el baile y la música, volviéndose un sitio muy popular donde se encontraban y jugaban quienes de él formaba parte. “En los años 90, casi 50 años después de que el club fuera cerrado, -recuerda Elíades Ochoa- inspiró una grabación hecha por el músico cubano Juan de Marcos González y el guitarrista norteamericano Ry Cooder con los tradicionales músicos cubanos, muchos de ellos antiguos miembros del club en el que se presentaron cuando su popularidad estaba en el tope. La grabación, nombrada Buena Vista Social Club, se volvió éxito internacional y el grupo se vio alentado a presentarse con su formación completa en Ámsterdam en 1998. El director de cine alemán Wim Wenders grabó la presentación, seguida de un segundo concierto en el Carnegie Hall, de Nueva York, concierto este que fue la cumbre del documental que resultó del trabajo de Wenders. El documental incluye también entrevistas con los músicos llevadas a cabo en La Habana. Recibió una nominación al Oscar…”.

No hay duda que el éxito del álbum como el de la película encendió un interés internacional por la música cubana tradicional y la música latinoamericana en general. Algunos de los músicos cubanos lanzaron después discos en solitario. Este ‘boom’ fue efímero para la mayoría de los reconocidos miembros del grupo: Compay Segundo, Rubén González, Ibrahim Ferrer… Compay Segundo falleció a los 95 años. La experiencia Buena Vista resucitó a tantos destacados músicos, quienes se quedaron sin trabajo cuando en 1968 se aplicaron unas leyes, hoy cuestionadas, fruto de una vorágine que cerró cabarets y centros nocturnos habaneros así como bares y miles de bodegas y casetas. Aquellas medidas se conocieron popularmente como la “Ley Seca”. La vida nocturna junto a la música y su espectáculo se vio ‘seca’ de la noche a la mañana. Hubo quien quiero ‘echarse’ hasta el propio “Tropicana”. La Ley Seca clausuró Buena Vista Social Club. Llegó más tarde la Nueva Trova y compositores como Silvio Rodríguez. También apareció la música popular y la salsa, un estilo derivado de la música cubana pero desarrollada en los Estados Unidos. Esto significó que el son quedó relegado por un largo tiempo. Aquellos malos tiempos quedaron atrás.

Elíades y su vecino Neil ya han ‘fumado la pipa de la paz’, sin visados ni bloqueos. La Luna es como Roma, ‘città aperta’, ciudad abierta

“El Buena Vista Social Club -nos explica Elíades Ochoase ubicaba en el populoso barrio de Marianao en la Capital de Cuba. Estaba localizado en la calle 41… Cuando los músicos Ry Cooder, Compay Segundo y el equipo de rodaje intentaron identificar la ubicación del club en los años 1990, las personas que por allí vivían no llegaron a un acuerdo sobre dónde hubiese estado el club. Este estaba ubicado sobre la región de un cabildo, una cofradía que databa del colonialismo español…”. Elíades Ochoa se alegró de la reelección de Barack Obama para facilitar y hacer realidad el levantamiento del bloqueo impuesto por Estados Unidos a Cuba en 1962, firmado por John Fitzgerald Kennedy. Elíades Ochoa y su vecino Neil Armstrong ya han ‘fumado la pipa de la paz’, sin visados ni bloqueos. La Luna es como Roma, ‘città aperta’, ciudad abierta.

“Ay, por el camino del sitio mío un carretero alegre pasó/En su tonada que es muy guajira y muy sentida alegre cantó/ay, por el camino del sitio mío un carretero alegre pasó/En su tonada que es muy sentida y muy guajira alegre cantó/Me voy al transbordador a descargar la carreta/Me voy al transbordador a descargar la carreta/Para llegar a la meta de mi penosa labor/A caballo vamos pa’l monte, caballo vamos pa’l monte/A caballo pa’l monte, a caballo vamos pa’l monte/Yo trabajo sin reposo para poderme casar/Yo trabajo sin reposo para poderme casar/Y si lo puedo lograr seré un guajiro dichoso/A caballo vamos pa’l monte, a caballo vamos pa’l monte/A caballo vamos pa’l monte, a caballo vamos pa’l monte/ Soy guajiro y carretero, en el campo vivo bien/Soy guajiro y carretero, en el campo vivo bien/Porque el campo es el edén más lindo del mundo entero/A caballo vamos pa’l monte, a caballo vamos pa’l monte/A caballo vamos pa’l monte, a caballo vamos pa’ Solidaridad…”

Los griegos de la antigüedad, Shakespeare, Beethoven, Van Gogh, García Lorca… vieron una fuente de inspiración en la ‘esfera blanca’

 Los seres terrestres se percataron de la existencia de la Luna por primera vez hace unos 300 millones de años. De noche, su luz era la única guía que tenían, hasta que aparecieron los humanos y descubrieron el fuego, y luego la pintura, la música y la poesía. A lo largo de los siglos, los griegos de la antigüedad, Shakespeare, Beethoven, Van Gogh, García Lorca y otros genios vieron una fuente de inspiración en la gran esfera blanca, siempre misteriosa e inalcanzable. Hasta que hace exactamente 43 años, el 16 de julio de 1969, por primera vez en la historia del universo, un ser humano pisó su superficie. Y lo vimos y lo oímos, los que tuvimos la suerte de estar vivos, en directo por televisión. Fue como si hubiéramos seguido en nuestras pantallas la llegada a América de Cristóbal Colón, sólo que esta aventura fue infinitamente más osada y peligrosa. Los tres conquistadores del Apolo 11 no viajaron al fin del mundo; viajaron a otro mundo. Lo dijo Andrew Smith, autor del libro definitivo sobre los astronautas del programa espacial Apolo: el espectáculo televisivo de aquellos días fue “el teatro más alucinante de todos los tiempos”. Fue la ciencia al servicio del arte. Los hombres fríos, matemáticos de la NASA -ninguno más frío que el comandante de la misión, Neil Armstrong-, crearon un ‘reality show’ cuyo dramatismo jamás ha sido superado por la ficción.

El despegue del cohete Saturno V, de la altura de un edificio de 35 pisos y con un consumo de 3,785 litros de combustible por segundo, tuvo su punto de emoción, como lo tuvo la partida de Colón y sus tres carabelas del puerto de Palos. Sólo que en este caso la comitiva que se despidió de los tres astronautas a bordo -Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins- consistió en 500 millones de personas de todas las razas y todos los continentes; entre ellos, el novelista de ciencia-ficción Arthur C. Clarke. “… five, four, three, two, one: we have lift-off!”, anunció Jack King, “la voz de Apolo”, y en ese instante, dijo Clarke, “lloré por primera vez en 20 años y recé por primera vez en 40”. Pero esa escena ya se había filmado; la había patentado ocho años antes el astronauta soviético Yuri Gagarin, el primer hombre en el espacio.

Cuando por fin el módulo tocó tierra y Armstrong hizo la famosa declaración “The Eagle has landed”, el mundo explotó en júbilo

Muchos más llantos y rezos se oyeron cuatro días después cuando el módulo lunar, el Eagle, un aparato de aspecto absurdamente frágil, como si se hubiera armado con piezas de mecano y papel de aluminio para una película en blanco y negro de los años treinta, comenzó el descenso a la Luna. Columbia, la nave madre, la que les tenía que devolver a la Tierra, se quedó en órbita, con Collins al mando. Aldrin y Armstrong, el piloto del Eagle, hablaban continuamente con Mission Control en Houston. Como si de un ‘Gran Hermano’ se tratase, con los participantes a 384,000 kilómetros de distancia, oíamos todo lo que se decían y pensábamos: ¿qué pasa si la superficie de la Luna consiste en polvo movedizo y se hunde el aparato, y mueren ahogados los astronautas? O nos preguntábamos los más pequeños, o los más ignorantes: ¿y si resulta que hay habitantes en la Luna? ¿Habitantes hostiles? O una posibilidad más realista: si el Eagle aterriza mal, por ejemplo, sobre un lugar inclinado, y vuelca, ¿cómo podrán despegar? ¿Presenciaremos el espectáculo de la muerte lenta de dos seres humanos en la Luna?

De todos, el que delató menos nervios fue el que tenía más motivos para tenerlos, Neil Armstrong. No sólo tenía su propia muerte a la vista, no sólo saltaron de repente luces de alarma dentro del módulo (Armstrong las ignoró, sospechando, correctamente, que la orden electrónica de abortar la misión era un error), sino que detectó en el último momento que había unas grandes rocas en el lugar escogido para aterrizar. Con lo cual tuvo que planear sobre la Luna utilizando el control manual, como si el Eagle fuera un helicóptero, buscando en la semioscuridad un espacio de tierra blanca llano, liso y seguro. Pasaron los segundos, como si fueran horas, ante un silencio aterrador. Nunca tanta gente vivió simultáneamente tanto suspense, y eso que no sabíamos los telespectadores del planeta azul, tan pequeñito y lejano de repente, que el combustible se estaba agotando. Cuando por fin el módulo tocó tierra y Armstrong hizo la famosa declaración: “The Eagle has landed”, el Eagle ha aterrizado, Mission Control explotó en júbilo, y el resto del mundo, también. Pero la sensación de susto no se había extinguido. La respuesta del interlocutor de Armstrong en Houston, que sabía que si hubieran pasado 25 segundos más el combustible se habría agotado, fue: “Tienes unos tipos aquí que estaban a punto de ponerse azules. Hemos vuelto a respirar”. Ésa fue la sensación de todos, como si no sólo la Luna careciera de oxígeno, sino, en aquel momento, la Tierra también.

Hay gente que no entiende que escribir una gran poesía, hacer una gran película o ascender al Everest o a la Luna da sentido y gloria a la vida

Armstrong bajó primero por la escalerita de la nave, sin que la arena blanca le tragara; dijo su frase inmortal, aquella que sus guionistas le habían preparado sobre un paso pequeño para un hombre y un gran salto para la humanidad; pasados 19 minutos, emergió Aldrin y, como en toda buena película cuando el bien vence al mal, la tensión dio paso al alivio; la tragedia, a la comedia. Y empezó la celebración. Colocaron una cámara de televisión, plantaron la bandera americana, tiesa como un cartón en la no gravedad de la Luna, y los dos, vestidos de blanco, empezaron a descubrir el territorio conquistado, dando brincos de canguro a cámara lenta, un baile sin música, en el insólito escenario (“magníficamente desolado”, diría Aldrin), de la Luna. El que no estaba participando de la fiesta era Michael Collins, que después escribiría que le daba a sus compañeros no más de un 50% de posibilidades de llegar a la Luna, despegar de ella y reconectar con su nave, la Columbia. Collins estaba mucho más nervioso que sus dos compañeros, aterrado ante la posibilidad (“viví un terror secreto”, confesaría más tarde) de que recibiría la orden de abandonar a Aldrin y Armstrong y volver a casa solo. El temor del astronauta lo compartía la casi totalidad de la especie humana. Si había existido una cierta duda acerca de la capacidad del cohete Saturno de despegar de la Tierra, mucho más motivo había para pensar que aquel aparato con pinta de juguete de lata carecería de la potencia necesaria para ascender los 100 kilómetros que lo separaban del Columbia. El recuerdo de los dos astronautas muriéndose en televisión, a cámara lenta, se conservaría en la memoria de Collins y en la memoria colectiva de la humanidad para siempre.

Pero el Eagle despegó, los tres aventureros espaciales tuvieron su feliz reencuentro, volvieron a la Tierra y fueron recibidos como héroes en Nueva York y Washington, y en muchas grandes capitales del mundo. Y entonces Armstrong, convertido en famoso en la Luna, casi desapareció de la faz de la tierra. Se volvió un recluso, negándose a dar entrevistas a los medios. Pero sí dejó caer un par de frases dignas de un hombre que tuvo la sabiduría de reconocer que la celebridad podría ser dañina para su salud mental. Cuando le preguntaron un día por qué no quería aceptar la gloria que el mundo le quería otorgar, respondió: “Porque, sencillamente, no me la merezco”. Tenía razón, del mismo modo que un gran actor de cine no se merece toda la gloria por más grande que haya sido la película en la que él ha sido el protagonista. El primer viaje a la Luna fue una superproducción en la que medio millón de personas, desde el director del proyecto en Houston hasta los que cosieron los uniformes de los astronautas, todos, tuvieron su papel.

Hay quien dice que ese colosal esfuerzo fue una pérdida de tiempo; que al final no hubo ningún gran salto para la humanidad. Tales comentarios los suele hacer gente práctica, de mente cerradamente científica, poco dada a soñar; gente que no entiende que escribir una gran poesía, hacer una gran película o ascender al Everest o a la Luna da sentido y gloria a la vida. Tampoco entienden que aquel épico viaje, al mostrarnos imágenes del insignificante lugar que ocupa nuestro mundo en el universo, nos dio a todos una lección de humildad tan imborrable como las huellas de los astronautas en la superficie lunar. Armstrong, científico y soñador, sí lo entendió. Su otra frase célebre tras regresar del espacio fue a propósito de una observación que él mismo había hecho. Dijo que cuando estaba en la Luna se dio cuenta de repente que podía tapar el planeta Tierra con el pulgar de la mano. “¿Eso hizo que se sintiera muy grande?”, le preguntaron. “No”, respondió, “hizo que me sintiera muy, muy pequeño”.

“Como una nube gigante, mandaremos a tapar el sol, queremos que todo esté fresco, aquí no queremos calor…”, cantaban Neil y Elíades

 Mientras Neil Armstrong termina de instalarse en la luna, Elíades acaricia, araña y da piquetas a las cuerdas como para afinar su guitarra en los tonos ‘eliadescos’, esos que suenan a alegría con granitos de sal de lágrimas, suelta una introducción animosa. “El clima está cambiando en el mundo, porque le hemos hecho mucho daño a la tierra, a los paisajes… Escribí esta canción ‘A la luna me voy’ precisamente por ese motivo, porque tenemos un plantea herido… Extraño la frescura del clima, las palmeras…”. Y arranca ante la admiración de su amigo Neil: “Quiero irme a la Luna, ya tomé mis decisiones, voy a vivir a la Luna, ya tomé mis decisiones. Que pronto volveré a la Tierra, cuando esté de vacaciones, sólo volveré a la Tierra, cuando esté de vacaciones. Eeeeh eh eh, a la Luna yo me voy. Ehhh me voy me voy, a la Luna yo me voy. Me llevo para la Luna, la alegría santiaguera, me llevo para la Luna, la alegría santiaguera, el amor de mi guajira, y el verde de mis palmeas/Yo me voy, yo me voy pa’la luna/A la luna yo me voy”.

Los historiadores insisten en que la luna no ha sido visitada desde 1973. Esta columna de El Bestiario les ha demostrado que no es cierto. La próxima vez que anden por la calle en una noche de Luna y esta les sonría, piensen en Neil y Elíades y háganles un guiño. Ese mismo día recibirán un mensaje en su Twitter, desde la Luna de la solidaridad… Elíades Ochoa ‘regresó’ a la Luna con su vecino Neil Armstrong, “Buena suerte míster Grabowski” exclamó el astronauta en 1969, cuando se convirtió en el primer hombre en pisar la Luna.

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