Entre Honduras y negruras

Entre Honduras y negruras

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De manera extraña y repentina, se juntan 7 mil hondureños de la noche a la mañana que exigen entrar a México desde la frontera con Guatemala.

                No solo representa una anomalía con respecto a las leyes internacionales entre naciones que, todas ellas y bajo acuerdo, necesitan un pasaporte para trasladarse de un país a otro. También tiene otros significados, otras lecturas.

                Es una formidable excusa para alertar a los votantes estadounidenses de que esta “peligrosa migración” debe ser detenida en cualquier sitio que no sea su propia frontera, no sea que se vayan a colar unos cuantos y desestabilicen la economía.

                Trump puso a su país en alerta máxima. Enfurecido, amenazó con quitar la ayuda económica a Honduras, si persisten en su intento de llegar a Estados Unidos. Y se le asoman las ansias de enviar la tropa al Río Suchiate, esquina con la intromisión armada a nuestro país.

Por supuesto, los GI Joe’s afilan cuchillos y estrategias desde sus cuarteles con el aplauso y bendiciones de ‘filántropos’ como George Soros, el Tea Party y Wall Street. Por mencionar lo más granado de la extrema y peligrosa ultraderecha gringa.

                Y es una formidable excusa, porque están tocando a la puerta las elecciones intermedias de noviembre que Trump quiere ganar a toda costa, incluso desequilibrando el orden mundial ya que le podrían asegurar el triunfo para los siguientes cuatro años de gobierno.

                Los grandes acumuladores de dinero, la industria militar y la extrema derecha de Estados Unidos alientan cualquier movimiento de desestabilización en cualquier parte del mundo, con tal de resguardar sus multimillonarios intereses.

                Todo se vale desde esa óptica. Lamerle las botas a Putin y a los dos meses salirse del acuerdo de armas nucleares con Rusia; enemistarse con China al subirle aranceles; bocabajear a sus socios Canadá y México con el acuerdo T-MEC (antes TLC); picotear al príncipe saudí con la muerte del periodista Jamal Khashoggi para desestabilizar a la OPEP y manipular los precios del petróleo.

                Han conseguido pingües negocios pateando pobres y menospreciando ricos, así llegan estos hondureños a nuestra frontera sur y ya se alistan contingentes guatemaltecos y salvadoreños para derribar puertas chiapanecas.

                La policía y los soldados mexicanos se han convertido en espectadores de tan lamentables hechos. Saben que si matan o hieren a cualquiera de ellos, Derechos Humanos se les van encima y los meten a la cárcel por muchos años.

                El pasado 13 de octubre partió el contingente desde San Pedro Sula, una de las ciudades más violentas del mundo. Dicen que fue creciendo en número mientras caminaban.

                Algunos hondureños decidieron regresar ante los oficios del cónsul de su país en Chiapas quien les prometió trabajo y seguridad. La mayoría decidió seguir su camino hacia el norte a pesar de los peligros.

                Según las autoridades mexicanas en el lugar, son alrededor de 3,600 personas.

                Y me viene a la mente aquel periplo de pueblo en pueblo realizado por el santón Antonio Conselheiro, quien convenció a miserables, desterrados, parias y prostitutas enfermas para fundar el paupérrimo pueblo de Canudos en el desértico nordeste brasileño.

                Este personaje llevaba la palabra del Buen Dios, mientras en Rio de Janeiro las autoridades temblaban de miedo y preparan las fuerzas castrenses.

                Los militares representaban los intereses y el poder de los terratenientes que añoraban la monarquía a punto de desaparecer, de los ingleses que apoyaban esta monarquía, de los burgueses e incluso de los aventureros que buscaban lo que siempre buscan los filibusteros.

                En el libro La Guerra del Fin del Mundo, Mario Vargas Llosa narra este hecho real sucedido en 1879. El gobierno brasileño –recién creado- en su ignorancia y pavor, envía tropas armadas que atacan brutalmente a los desvalidos yagunzos o campesinos, hasta que finalmente no queda uno con vida.

Paralelos cíclicos de extrema derecha que hoy se repiten en el Brasil actual de Bolsonaro.

Y en Honduras.

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