¿Guerra electoral o anticorrupción?

¿Guerra electoral o anticorrupción?

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Desprestigios, hubiera podido decir Donaldo Colosio, son para López Obrador personajes como Marcelo Ebrard y Greg Sánchez, del mismo modo que Javier Lozano, Aurelio Nuño, Enrique Ochoa y otros iguales o peores lo son para José Antonio Meade, aunque en el caso de Ricardo Anaya ni siquiera su socio electoral, Dante Delgado, es peor que él: Anaya es el mayor desprestigio de su causa por el poder presidencial, y en realidad es esa causa, la que lidera Anaya, la más turbia, nociva y peligrosa de las tres que se disputan el supremo mandato del país. Es el único dispuesto a todo para ganar, porque su proyecto político es absolutamente personal: quiere ganar sólo para sí, y ya después para el grupo inmediato de intereses que lo rodea. Y ese tipo de candidato sólo tiene en su entorno a personajes de poder de su misma siniestra catadura.

En José Antonio Meade pensaron bien los estrategas electorales del presidente Enrique Peña y de su partido, el PRI, como el candidato ideal de su alianza con el Verde. No tiene antecedentes de corrupción y sí ha sido un funcionario público competente y prestigiado en la diferentes e importantes posiciones de la administración federal que ha ocupado durante gestiones de distinto signo político. No tiene pecados de complicidad con los episodios más censurables que desvirtuaron a los Gobiernos en que participó. En el caso de las impopulares alzas energéticas, las decisiones fundamentales no fueron suyas, y, en todo caso, hasta los colaboradores presidenciales más honorables y eficientes tienen que compartir las venturas y las desventuras de las decisiones de sus jefes en los sectores de su encomienda, puesto que el servicio público no es el templo de la castidad. (El ilustre académico del Colegio de México, David Ibarra Muñoz, para no ir más lejos, secretario de Hacienda de José López Portillo, y el también muy respetable y a la postre perredista, Ricardo García Sainz, titular de Programación y Presupuesto del mismo López Portillo, tuvieron que asumir en su momento las peores decisiones económicas que les fueron impuestas por el jefe del Estado mexicano, y las mismas en nada los desacreditaron, pese al desastre moral y económico que fue el país tras ese régimen. Porque en todos los Gobiernos hay colaboradores buenos y malos; y si los primeros sólo formaran parte de ejercicios intachables, sólo unos cuantos de ellos habrían conseguido trabajo en la larga historia del poder político.)

No era el mejor candidato del PRI, si se quería contar con un perfil que en algo ayudara a recomponer la retorcida y muy embijada figura electoral de ese partido, de su régimen federal y de su sociedad del crimen con el Verde y su patriarca vitalicio, el muy percudido Jorge Emilio González Martínez. No era el mejor, era el único. Aunque en una sociedad tan incivil, donde la política es de protagonismos eventuales y convenencieros, y de arengas de barriada y proclamas palabreras sobre el coliseo de una demagogia sin principios, la quieta y atildada pinta del no priista y candidato externo tricolor –de un estilo zedillista hecho para las aulas y las oficinas ejecutivas, y no para las mentadas de madre y las desfachateces mediáticas y retóricas- no parece la de un liderazgo combativo y alzado a lo que venga y dispuesto a ganar y a gobernar caiga quien caiga y así sea, por lo pronto, no más que en los necesarios discursos de campaña.

No había otro, pues, que diera una mejor imagen contra el repudio masivo gritado en las encuestas.

Y acaso el pobre Meade fuera un excelente candidato en un territorio habituado a esos modelos de poder, a los planteamientos serenos y aleccionadores, al buen porte y al buen decir. Porque no es ni parece de la canalla, pero para el mundo en vilo que la ha padecido o ha forjado por cuenta propia y al golpe del contagio del estereotipo del grupo en el poder, una imagen de ella, Meade viene desde el centro mismo de esa canalla que hay que regresar por donde vino y hay que echar a patadas en las urnas.

Y acaso Meade no fuera el presidente más a la medida de los intereses de los priistas de Peña si, en efecto, quisiera hacer un mandato de mínima legitimidad. Pero dadas las penurias morales y competitivas de la actual gestión presidencial de los tricolores, el único personaje contrastante de la envilecida granja es el que ahora no se ve que apriete el paso cuesta arriba, hacia la cumbre de las elecciones venideras.

El panista Anaya es, en cambio, el peor de los perfiles éticos de la contienda y el que tiene las mejores condiciones para crecer en un escenario donde la falta de escrúpulos permite todos los arsenales para la guerra sucia y las convocatorias más osadas, con todas las cartas abiertas para negociarlo todo –el país entero-, a los sectores más perversos y poderosos de la oligarquía política nacional.

Anaya no es un líder de partido ni de ideologías. Es un trepador de índole y modales de fascista, para quien el partido -y los partidos que se sumen para postularlo a él como uno solo, que lo mismo da que sean tres o uno: en todos se piensa igual, y son los intereses y no los principios de un espectro doctrinario diluido por completo los que mandan y se imponen- no es más que un instrumento al servicio suyo y de sus nociones personales de liderazgo al frente de un país manipulable y cuya falta de escuela, de albedrío y sentido crítico debe aprovecharse para gobernarlo a voluntad, a cambio de las cuentas de vidrio de una oferta de juventud tenaz e innovadora; una caricatura hitleriana germinada en el caos de la ingobernabilidad y la violencia mexicanas; la corrupción embozada en un partido de derecha donde se predicaban –se decía que con el ejemplo, mientras su alternancia democrática en el poder demostró que sus prácticas representativas eran tan viles en la era inaugural de la pluralidad y acaso más que las de sus rivales partidistas porque se vendían como más puras y confesionales- las máximas bíblicas más conservadoras del quehacer de gobernar y defender el ‘bien común’ para salvar el alma de las imperturbables tradiciones partidistas blanquiazules, cuyos colores y olor de santidad fueron convertidos en blasfemia por jefaturas de Estado tan disolutas como las ya padecidas de Fox y Calderón, y fueron rematados por la voracidad y el autoritarismo urgente del joven candidato de la alianza de ‘la izquierda’ y ‘la derecha’ mexicanas que ha acumulado y lavado dinero a manos llenas en empresas familiares sin cuento, y hoy concentra en su causa electoral a la sociedad de intereses privados que de manera más sabia y sistemática ha despojado de sus bienes más rentables al país en toda su historia: la del grupo de las más influyentes firmas financieras y de abogados, como la de Diego Fernández de Cevallos, y de los corporativos familiares más poderosos y adinerados a los que la Presidencia de Salinas de Gortari puso en el mapa de los mayores del planeta.

Basta con que el ‘jefe Diego’ hable de su discípulo Anaya (ambos han multiplicado al infinito sus bienes terrenales en Querétaro) como el genio joven de la resurrección de México y como el milagroso redentor de la democracia que hará morder el polvo una vez más al que en su óptica apocalíptica concibe como el terrorista, el enemigo público número uno y el emisario superior del populismo, Andrés Manuel López Obrador, para saber a ciencia cierta que es Anaya el candidato en torno al cual se está agrupando la fuerza del mayor poder oligárquico de México.

Basta con que el ‘jefe Diego’ salga de su retiro de años tras el escándalo de su controversial secuestro, y que anuncie a los cuatro vientos que es la hora de hablar, y hable para defender a México de la tiranía posible encarnada según él en López Obrador, como declaró en entrevista con la revista Proceso, para saber que el diablo tabasqueño ahora es más de veras y anda más suelto que nunca antes, y que ya es la hora de la hora de desplegar las banderas y fortificar las trincheras de la ‘mafia del poder’ -a la que López Obrador dice que Fernández de Cevallos representa, en nombre de Salinas, y a la que promete exterminar en sus colosales privilegios y en sus herencias desmedidas de corrupción y de saqueo nacional- porque la guerra, según los ímpetus declarativos del panista, no dejará adversario con cabeza, y es Anaya, su discípulo ejemplar, el mejor guerrero en turno para cruzarlo ahora con la espada electoral.

Anaya está enseñando los dientes de un proyecto político de enormes horizontes. Parece una reedición de Salinas pero con mayores ínfulas, más prisa, menos disfraces programáticos, y convicciones más autoritarias. Usaría los caudales de ese grupo, que son los más grandes del país y de buena parte de la Tierra, aunque luego quisiera desplazarlos y acumular el propio por encima de todos ellos. Va por todo.

Y por eso la guerra electoral parece estar subiendo de tono.

Anaya está tomando vuelo al parecer con la oligarquía salinista como impulso, mientras en el frente de Meade parece estar poniéndose en marcha una nueva estrategia de combate y relanzamiento de la hasta ahora inerme candidatura; una estrategia que se advierte más explosiva y con ingredientes de alto potencial del poder coercitivo del Estado.

Si el gobernador panista de Chihuahua, Javier Corral, puso en movimiento una intensa y eficaz campaña mediática, cifrada en el combate a la corrupción, contra el Gobierno peñista y su proyecto sucesorio, parece que ahora ese Gobierno, su partido y su candidato han decidido responder abriendo fuego con armas de la misma especie –anticorrupción- contra ese enemigo compacto de la alianza panista-perredista representada en la candidatura de Anaya.

Parece que la de los expedientes hacendarios y de otro orden punitivo es la etapa que ha decidido emprender el grupo en el poder presidencial, y ese despliegue estratégico puede ser definitivo en las líneas de choque entre las coaliciones lideradas por el PAN y el PRI, donde el que tiene más información tiene, por supuesto, más reservas de ataque.

Meade fue el secretario de Hacienda que habría armado el plan de los expedientes anticorrupción y es ahora el candidato presidencial más débil. Ha propuesto en el Congreso federal, en días pasados, un programa de persecución contra el ilícito maniobreo de recursos públicos, que ahora parece asociado a la guerra electoral en la etapa de la exhibición de documentos incriminatorios de personajes distintivos en las filas del enemigo.

Y si la campaña presidencial tricolor sigue sin levantar polvo, los expedientes hacendarios y de otras versiones de la corrupción pueden intentar servirle de combustible.

Chihuahua y Quintana Roo parecen estar siendo escenarios capitales del fuego anticorrupción como alternativa de propaganda.

¿Cuál será la evolución, y qué territorios y personajes incluirán las nuevas avanzadas? ¿Habrá nuevas avanzadas? ¿Cuántos expedientes hacendarios y causas penales como los del exsecratario quintanarroense de Finanzas, Juan Vergara, se tendrán preparados o estarán en preparación dentro del calendario de las elecciones? ¿La detención del precandidato a diputado federal de la coalición PAN-PRD, Juan Vergara, es parte de una estrategia de resurrección electoral de Meade en todo el país, o se trata sólo de un intercambio particular de tiros en el Caribe mexicano, como también se afirma, y donde se estarían tomando unos rehenes locales por otros y por razones más bien personales?

Pero, en todo caso, parece que el precandidato Meade está enseñando que no es tan blando como parece, y el capítulo de la detención de Juan Vergara en Quintana Roo influirá en el curso de las aguas electorales de manera tan decisiva como el de la toma de decisiones anticorrupción en Chihuahua en favor de la campaña de Ricardo Anaya.

Lo cierto es que en la guerra electoral anticorrupción, López Obrador sale ganando. Lleva tres campañas presidenciales sin que el polvo de la maledicencia se le convierta en lodo penal, y, por el contrario, esas guerras que le han hecho ‘lo que el viento a Juárez’ lo tienen con más certeza que nunca camino a la Presidencia, por más que desprestigios como el de Greg y Ebrard signifiquen, diría el poeta, gotas de lodo sobre el diamante de su causa caer.

SM

estosdias@gmail.com

 

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