Jair Messias Bolsonaro ‘decomisa’ la Amazonia a un millón de indígenas y...

Jair Messias Bolsonaro ‘decomisa’ la Amazonia a un millón de indígenas y a los ciudadanos que defienden el mayor pulmón de la Tierra

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El nuevo presidente ultraderechista de Brasil firmó un decreto, apenas juró el cargo en Brasilia, que da al Ministerio de Agricultura el poder de delimitar las reservas indígenas. Bolsonaro también ha dedicado una de sus primeras reuniones con representantes extranjeros al jefe de la diplomacia de Estados Unidos, Mike Pompeo, impulsando la naciente alianza entre los mandatarios nacional-populistas de los países más poblados de América. Bolsonaro, además de aprobar una batería de decretos, ha estrenado un gabinete de 22 ministros. En el nuevo Ejecutivo destacan los siete militares retirados, incluidos Bolsonaro (un capitán que dejó el Ejército a finales de los ochenta) y su vicepresidente, Hamilton Mourão (general hasta el año pasado), además de dos mujeres y el juez que condenó al exmandatarioLula Da Silva por corrupción. El miembro fundador y presidente honorario del Partido de los Trabajadores (PT) obtuvo la victoria en las elecciones de 2002, y fue investido presidente el 1 de enero de 2003. En las elecciones de 2006 venció otra vez en las elecciones presidenciales y obtuvo un segundo mandato como presidente, que finalizó el 31 de diciembre de 2010. Actualmente está detenido en un centro de reclusión en Curitiba, condenado a 12 años de prisión. Fue detenido el 8 de abril de 2018 cuando se entregó a las autoridades después de permanecer en el Sindicato de los Metalúrgicos de São Bernardo do Campo… El Barón de Río Branco, a principios del siglo XX decía que “En Brasil hay dos cosas organizadas: el desorden y el Carnaval de Río de Janeiro”. Considerado el patrono de la diplomacia brasilera, su nombre está inscrito como uno de los héroes de la patria, en el panteón existente en la Plaza de los Tres Poderes, en la ciudad de Brasilia, donde fue investido Jair MessiasBolsonaro.

En el titular de esta columna he utilizado la palabra ‘decomisar’. Un amigo de mi padre Jacinto recuerdo que me hizo un cuento… Eran tiempos de cambio en la España del Generalísimo. Muchos jóvenes participamos en los movimientos sociales que reivindicaban la salida de Francisco Franco del poder. El Mayo del 68 en París y en otras capitales, incluida México; la Revolución Cubana con el Comandante Fidel Castro; los movimientos anticolonialistas y la Guerra del Vietnam; libros defensores de la socialdemocracia europea y de otras ideologías más cercanas al socialismo y al comunismo…, nos acompañaban. Éramos jóvenes, sin ‘cargas administrativas’, y por lo tanto éramos ‘chulos de la libertad’ que tanto molestaba a las Fuerzas del Orden Público de la Dictadura. “Santiago, ¿sabes cuál fue la gran aportación del “Manifiesto comunista” de Carlos Marx y Federico Engels? Te voy a revelar un secreto: Hasta la aparición de este libro, en La Biblia y en las leyendas históricas se narraba la entrega a Moisés, por parte de Dios, de una tabla con los Diez Mandamientos. El Séptimo decía claramente “No robarás”. A partir del “Manifiesto” ya no hubo robos sino decomisos sociales…”.La competencia de delimitar las tierras indígenas correspondía, hasta hace apenas unas horas, a la Funai, la agencia para los asuntos indígenas. Ahora, “identificar, delimitar, demarcar y registrar las tierras tradicionalmente ocupadas por los pueblos indígenas” pasa a manos de la ministra de Agricultura, Tereza Cristina Dias, que hasta las últimas elecciones era la diputada al frente de la bancada que representa los intereses de la industria agroganadera y las multinacionales del sector. Este decreto de Bolsonaro satisface una vieja demanda de la industria pecuaria y de la soja, que con los evangélicos fue uno de los apoyos clave para que el exmilitar alcanzara la presidencia. Ya en campaña anticipó su intención de abrir más tierras a la explotación comercial.

El brasileño, emulando a su homólogo estadounidense Donald Trump, ha explicado su decisión en un tuit en el que, una vez más, ha dejado claro su desdén por las minorías -hoy a cuenta de los indígenas como en ocasiones anteriores los negros, las mujeres o los homosexuales-. “Menos de un millón de personas viven en estos lugares verdaderamente aislados de Brasil, explotadas y manipuladas por las ONG. Juntos vamos a integrar a estos ciudadanos y poner en valor a todos los brasileños”, ha tuiteado. La decisión presidencial es temporal, deberá ser ratificada en 120 días por el Congreso.Un millón, de los 209 millones de brasileños, son indígenas; viven en tierras que suponen un 12.5% del territorio nacional, sobre todo en la frágil Amazonia. Sonia Guajajara, una de sus líderes, que fue candidata a la vicepresidencia por un pequeño partido de izquierda, respondió con un tuit indignado de condena: “La destitución ya ha comenzado; la Funai ya no es responsable de la identificación, delimitación, demarcación y registro de Tierras Indígenas, salió hoy en el Diario Oficial de la Unión. ¿Alguien todavía tiene dudas de las promesas de exclusión de la campaña?”. Ya de candidato y en su trayectoria como diputado,Bolsonaro ha minusvalorado la protección medioambiental y ha anunciado su intención de abandonar, siguiendo los pasos de Estados Unidos, el Acuerdo de París contra el cambio climático. Antes incluso de tomar posesión declaró que renunciaba a la candidatura para acoger una cumbre mundial sobre el cambio climático en 2025…

Santiago J. Santamaría Gurtubay

Pese a la euforia entre sus seguidores, el entusiasmo en el mundo es muy inferior. A la toma de posesión asistieron menos delegaciones foráneas (46) que a cualquier otra desde finales de los noventa. También es el presidente que menos optimismo despierta (65%) al inicio de su mandato, según una encuesta de Datafolha.Bolsonaro, aún convaleciente de un atentado que en septiembre casi le costó la vida, ha incluido en su gabinete al juez que condenó a Lula por el caso Lava Jato (lavacoches), Sergio Moro. Este ha dejado el caso judicial nacido en un lavacoches y convertido en uno de los mayores escándalos de corrupción internacional de la historia para asumir la cartera de Justicia. Moro era sin duda el ministro estrella entre los seguidores reunidos en Brasilia para la toma de posesión presidencial. Los votantes del ultra han puesto en él todas sus esperanzas de acabar con esa lacra. “La misión prioritaria que me ha encomendado el presidente está clara: acabar con la impunidad en los casos de corrupción y combatir el crimen organizado para reducir los delitos violentos”, ha declarado el magistrado al asumir el cargo en Brasilia.Además de los ministros militares, otros cinco estudiaron o trabajaron en instituciones castrenses. La otra estrella del Ejecutivo es Paulo Guedes, el titular de Economía al que Bolsonaro ha dado amplísimos poderes. Este antiguo banquero de inversión ha recalcado la necesidad de reducir el gasto. De entrada, el salario mínimo ha aumentado menos de lo esperado y queda en 998 reales (230 euros). Y, mientras la Bolsa subió un 2%, las acciones del principal fabricante de armas de Brasil se disparó un 27% después de que el presidente reiterara en su primer discurso a la nación del derecho de los brasileños a la defensa propia.El ultraconservador sólo ha nombrado dos ministras, incluida una pastora evangélica al frente de la cartera de Mujer, Familia y Derechos Humanos que incluirá también los asuntos indígenas. El ministro de Exteriores es un diplomático que desprecia el globalismo, y lo que denomina marxismo cultural y defiende la presencia pública de la religión cristiana. El ministro de Educación anunció que elimina la secretaría de diversidad y, como en España, uno de los ministros fue astronauta. El primer sudamericano que viajó al espaciodirigirá el ministerio de Ciencia, aunque el brasileño procede de las Fuerzas Aéreas.

Vida y ascenso del capitán Bolsonaro, hijo de un dentista sin título, ambicioso, ultraderechista, misógino y nostálgico de la dictadura

El capitán retirado Jair Bolsonaro se ha convertido en presidente de Brasil tras la segunda ronda electoral. Dónde se crio, cómo entró en el Ejército y en el mundo de la política, donde empezó de la nada y fue, poco a poco, hilando apoyos de sectores claves. Doña Narcisa, de 63 años, señala la escuela de paredes azules. “Fue ahí”, cuenta. “Estábamos todos los estudiantes ahí cuando de repente: pum, pum pum”. Era el 8 de mayo de 1970. Carlos Lamarca, un guerrillero que luchaba contra la dictadura brasileña (1964-1985), se refugió en Eldorado, una ciudad de 15,000 habitantes situada a 180 kilómetros al sur de São Paulo. Hubo un tiroteo. Un policía muerto. Carreteras cortadas, identificaciones masivas. Al final, el guerrillero consiguió huir y se llevó su lucha a otra parte. Pero aquel viernes quedó en la memoria de los habitantes de Eldorado. Impresionó a todos, sobre todo a los niños. Pero más que a nadie, a un adolescente testarudo, ambicioso y larguirucho llamado Jair.Hasta ese día, Jair, que tenía entonces 15 años, había destacado en el pueblo por su cabezonería y su inteligencia. También por su facilidad para mezclarse con los otros chicos. Pero tras la visita del guerrillero, descubrió la capacidad del Ejército para organizar a la sociedad civil. Empezó a tener algo claro en la vida. “Nos los decía, a todo el mundo y todo el rato”, relata Narcisa. “Iba a salir de Eldorado porque se iba a apuntar al Ejército”.

Los Bolsonaro habían llegado a Eldorado liderados por el patriarca, Percy Geraldo Bolsonaro, tras deambular durante años por varios pueblos del Estado de São Paulo. El padre ejercía de dentista sin título médico. Así sostenía a su familia de seis hijos. Llegó a ser célebre en la ciudad. Ahora, el hijo de aquel dentista sin homologar se ha convertido en presidente de Brasil,  frente a su rival, Fernando Haddad, del Partido de los Trabajadores. Tras su victoria, será el jefe del Estado más polémico de la reciente vida democrática del gigante sudamericano.Para cumplir su obsesión y entrar en el Ejército, el joven Bolsonaro necesitaba algo que no tenía: dinero y estudios. Para lo primero contaba con un socio: quien entonces era su mejor amigo, Gilmar Alves. “Nos compramos una caña y nos pusimos a pescar para vender: todos los días íbamos al río, hiciera frío o calor”, recuerda hoy Alves, con el pelo completamente canoso, sentado en una cafetería de Registro, un pueblo cercano a Eldorado.“Y mientras, estudiábamos. Teníamos que esforzarnos mucho porque en aquella época Eldorado no tenía buenos profesores: el de Historia te enseñaba Química, sin saber mucho”, prosigue. “Pero Jair es una de las personas más obstinadas que he conocido. Estudiaba 24 horas al día. Todo el mundo iba a los bailes de los clubes sociales y nosotros nos quedábamos empollando. Me decía que me fuese al Ejército con él, porque los presidentes eran todos militares y él iba a ser presidente”.

El plan salió bien. Gilmar llegó a estudiar Agronomía en Curitiba, y Jair entró en el Ejército. Durante años, los dos amigos mantuvieron el contacto. “Me llamaba de vez en cuando para pedirme mi opinión”, recuerda. “Oye, ¿qué opinamos de la prostitución? ‘Pues mira, Jair, es la profesión más antigua del mundo y hay que apoyar a las trabajadoras. Hay que rechazar a los que explotan a la mujer’. ‘Ya, ya. Pero es que me estoy aproximando a los evangélicos y no me conviene eso”.La amistad acabó quebrándose. En abril de 2015, cada vez más convencido de que podía llegar a presidente. Bolsonaro habló, en una entrevista en televisión, de su amigo de la infancia. Tras décadas de proferir bravuconadas homófobas y racistas, tal vez para contrarrestar, esta vez soltó algo diferente: “Yo tengo un amigo gay, Gilmar, que vive en Registro”. Gilmar se quedó de piedra al oírlo. “Yo no soy gay”, dice. A la supuesta revelación le sucedió una campaña de acoso: por WhatsApp, en los bares, en la calle. “Allá donde fuera, alguien se me acercaba y me decía con una sonrisa: ‘Qué bien escondido tenías eso, maricón’ o ‘bueno, si el río suena, algo habrá’. Le llamé para que me diese explicaciones”, recuerda Alves. “Y me contestó: ‘Pero si yo no te he llamado gay”. Gilmar tiene muy claro cómo definir a su antiguo amigo: “Es un desequilibrado, que no piensa antes de hablar. Primero habla y luego lo trata de arreglar. Así quiere llegar a la presidencia, pero no de un sindicato, sino de un país. A mí me mostró algo que no conocía de él: que era un mentiroso”.

El dueño del mayor restaurante de Eldorado es partidario de Bolsonaro; las empleadas de su cocina, negras, no

Eldorado ha cambiado en apariencia desde los años setenta. Donde había casas de barro y madera, ahora se levantan viviendas de hormigón y ladrillo. Han surgido parabólicas sobre los tejados. Pero sigue siendo un pequeño trozo de urbe en mitad del bosque. La rutina es la misma: trabajar, el bar, la casa. Y los problemas también: uno de ellos, como en el resto de Brasil, es la desigualdad. El dueño del mayor restaurante de la plaza es partidario de Bolsonaro; las empleadas de su cocina, negras, no. “Si ese hombre gana, los primeros en sentirlo seremos nosotros”, explica Ditão, un hombre gigante, negro, de gafas de metal. Está en la plantación de plátanos que le da de comer. “Los negros pobres estamos más expuestos que nadie a la opresión militar. Yo tenía nueve años cuando comenzó la dictadura en 1964; un día la policía detuvo a mi padre porque sí. Porque sí. ¿Sabes lo que hizo falta para que lo liberasen? Que fuese el dueño de la tierra que él trabajaba. El blanco”. Bolsonaro salió de Eldorado para ingresar en una escuela de cadetes de la ciudad de Resende, en el Estado de Río de Janeiro, a final de los setenta. El país vivía la etapa más sangrienta de su dictadura. Centenares de jóvenes de izquierda que se oponían a los militares fueron torturados y asesinados. Y enterrados en fosas comunes. Muchos familiares aún no han encontrado sus restos pese a haberlos buscado durante años. Se han sucedido las campañas para buscarlos. En su despacho de diputado del Congreso, en 2009, Bolsonaro tenía un cartel en el que aludía despectivamente a una de esas campañas: “Los perros son los que buscan los huesos”.

En sus tiempos de teniente bisoño, Bolsonaro ya daba pistas de su personalidad. Unos documentos publicados por el diario Folha de São Paulo el año pasado muestran que, en los ochenta, los oficiales consideraban que el joven Bolsonaro tenía “una excesiva ambición financiera y económica”. Lo que le llevó, entre otras cosas, a buscar oro ilegalmente junto a otros militares bajo su mando.Fue, sin embargo, otro episodio el que le dio a conocer. En 1986, con 31 años, escribió un artículo en la revista Veja en el que se quejaba de los bajos sueldos de los militares, lo que, según contaba, incentivaba a muchos cadetes a dejar la academia. Fue detenido por el texto, arrestado durante 15 días y sufrió un proceso militar por indisciplina. También recibió 150 telegramas de solidaridad de todo el país y el apoyo de oficiales y sus esposas.

Entusiasmado con ese apoyo, desarrolló un plan que revela su temperamento. Según la misma revista, Veja, un grupo de oficiales del Ejército bajo su mando planeó, en 1987, la Operación Beco SemSaída (callejón sin salida), que consistía en explosionar bombas de baja potencia en cuarteles y academias militares para protestar por los bajos salarios. Se zanjó el tema discretamente. El Tribunal Militar absolvió a Bolsonaro en 1988 de todas las acusaciones de indisciplina y deslealtad. Él niega el episodio, aunque tuviera que dejar el Ejército con el rango de capitán. Fue entonces cuando se fijó en la política.

Respalda a grupos policiales violentos, defiende la pena de muerte, la reducción de la edad penal y el que la población se arme

Aprovechando la fama adquirida por defender las causas de los militares, consiguió un acta de concejal por la ciudad de Río de Janeiro en las elecciones municipales de 1988. “Tenía el respaldo de los rangos más bajos, pero los generales en su mayoría eran contrarios a él. Hoy se tiene la impresión de que siempre ha contado con el respaldo de todos. Pero muchos militares de alto rango le tildaban de oportunista. Cuando inició su carrera política muchos cuarteles prohibían su entrada”, explica un coronel bajo condición de anonimato.Dos años después logró ser elegido por primera vez para un cargo nacional, como diputado por Río para el Congreso brasileño. Ahí ha permanecido durante seis legislaturas. “Siempre ha sido un político individualista que consigue su cuota de popularidad gracias a su carácter peculiar”, asegura el politólogo Eurico Figueiredo, director del Instituto de Estudios Estratégicos de la Universidad Federal Fluminense (UFF). Se hicieron famosos muchos de sus discursos y algunas de sus entrevistas. En los noventa rechazó las privatizaciones puestas en marcha por el Gobierno de Fernando Henrique Cardoso y declaró que el entonces presidente tenía que haber sido fusilado por la dictadura. Repetía que el régimen se había equivocado al no haber matado a más de 30,000 personas y que solo una guerra civil, y no el voto, cambiaría algo en el país. También ha respaldado a grupos policiales violentos, defiende la pena de muerte, es partidario de la reducción de la edad penal y de que la población se arme y asegura que está dispuesto a abarrotar aún más las cárceles brasileñas.

Con todo, nunca destacó en Brasilia, capital del país, donde ha ejercido como diputado desde hace 28 años. Nunca figuró entre los cien principales parlamentarios brasileños evaluados por instituciones independientes. De hecho, en todos sus años de diputado consiguió aprobar solo dos propuestas: una para aplicar el impuesto sobre los productos industrializados también a los productos informáticos y otra en la que autorizaba la utilización de una pastilla para curar el cáncer. Lo que en verdad le gustaba a Bolsonaro no era la oscura vida de un legislador parlamentario, sino la del político amigo de polémicas.Sus colegas raramente lo escuchaban. Él mismo decía que no tenía prestigio. Cuando disputó la presidencia de la Cámara, en 2017, al actual presidente, Rodrigo Maia, de Demócratas (DEM), solo obtuvo cuatro votos de los más de 500 en liza. “Yo no soy nadie aquí. Nunca he tenido el honor de ser ni siquiera el vicelíder de mi partido. No lo he tenido porque nunca me voy a alinear con las orientaciones partidistas”, afirmó en 2011 ante la Cámara.

Era un lobo solitario que pasó por siete partidos diferentes -en Brasil la Cámara se divide en más de 30- y, elección tras elección, se preocupaba casi exclusivamente de defender los intereses de los suyos. De los 190 proyectos de ley presentados por Bolsonaro, el 32% estaba relacionado con los militares, el 25% con la seguridad pública y solo tres con temas económicos, dos con la salud y uno con la educación. Suele decir que, en todos estos años, ha sido más importante evitar que se votaran ciertas medidas que conseguir ganar sus batallas. Ahí mezcla lo verdadero y lo falso. Entre esto último, cita el kit gay, que él considera un intento para estimular la homosexualidad que en realidad era un proyecto de Haddad -entonces ministro de Educación- para luchar contra la homofobia en las escuelas, finalmente abortado por la presión de la Iglesia Evangélica. “Si un chico tiene un desvío de conducta cuando es joven, hay que volverlo a poner en el buen camino, aunque sea con unos bofetones”, dijo en 2010.

Implantar un sistema de control de natalidad para la población pobre. “Esta tasa beneficia a los Gobiernos corruptos”

Pasó por loco, por histriónico, un militar tomado a broma en plena democracia. Sin embargo, la virulencia de sus discursos antiguos es la misma que la de ahora. Propuso en plena campaña el fusilamiento de los militantes del Partido de los Trabajadores (PT). Años antes insultó a una diputada del PT asegurando que no merecía ser violada por fea. Ha llegado a afirmar que es partidario de la implantación de un sistema de control de natalidad para la población pobre. “No podemos convivir con esta tasa de natalidad. Es algo que, lógicamente, beneficia a los Gobiernos corruptos y populistas: hay más ciudadanos que ayudan a que se perpetúen”.Su participación en comisiones parlamentarias ha sido casi nula. Pero su presencia en el pleno está por encima de la media. En las últimas cuatro legislaturas estuvo por lo menos en el 90% de las sesiones. Su despacho es una oda a los militares. Hay imágenes de los dictadores del periodo 1964-1985 y, en los últimos años, se ha convertido en una especie de atracción turística en Brasilia. No es raro encontrar admiradores haciendo cola solo para sacarse un selfie con el parlamentario -preferentemente haciendo el gesto de disparar con las manos- o con su nombre escrito en la puerta.

Intenta pasar por un elemento ajeno a la política, por alguien que no goza de padrinos ni acoge protegidos. Sin embargo, tres de sus cinco hijos han sido elegidos para cargos legislativos: FlávioBolsonaro es diputado estatal y senador por Río de Janeiro con votación masiva. Eduardo Bolsonaro ha sido reelegido diputado federal por São Paulo. Y Carlos es concejal de Río de Janeiro.En las elecciones presidenciales de 2010 y de 2014 Bolsonaro ya llegó a pensar en presentarse, con un discurso anticorrupción y anti-PT. Nunca ha figurado entre los políticos implicados en los grandes escándalos de corrupción que han sacudido Brasil en los últimos años. Cuando le gritan homófobo, misógino, machista o fascista, responde de manera brusca: “¡Llámame corrupto!”.Pero entonces no encontró ningún partido que lo admitiera. Se contentó con presentarse una vez más para un escaño en la Cámara de los Diputados. Al día siguiente de su elección, en 2014, analizó la composición del Congreso Nacional y notó que el conservadurismo había avanzado. Los representantes de la bancada BBB (Bala, Buey y Biblia, es decir, los que abogan por una despenalización de las armas y que centran sus discursos en la seguridad, los que representan a los terratenientes y ganaderos, y los diputados religiosos evangélicos). Era el momento de aproximarse más a ellos. A pesar de ser católico, volvió a juntarse con los evangélicos, se afilió al Partido Social Cristiano y fue bautizado por un pastor en Israel.

El año pasado cambió de partido otra vez. Se integró en el Partido Social Liberal, una formación pequeña y casi desconocida hasta ese momento. Ocupó los puestos clave y se reservó el control del dinero y de las subvenciones. En la primera reunión en su casa, en diciembre de 2016, había diez colegas. En la última, en abril de este año, un centenar. “Los diputados esperaban en la acera para poder entrar”, afirmó un diputado del DEM que entró en el grupo en la última reunión.

“Era honesto, no era de izquierdas, entendía de seguridad pública, estaba bien asesorado”

Haberse casado tres veces y tener hijos de esos tres matrimonios distintos no le ha impedido ensalzar siempre el modelo de familia tradicional y su moralidad ultraconservadora para hacerse con el crucial apoyo de los votantes evangélicos. Sabe de qué habla. Sabe cómo hablarles. En 2006, en plena efervescencia de la era Lula, cuando la economía del país crecía bajo el Gobierno del que llegó a ser el presidente más popular de Brasil, un desalentado Bolsonaro conversaba en los pasillos del Congreso con un senador evangélico, Magno Malta. Ambos lamentaban la aprobación de lo que se conoció como ley antihomofobia, que establecía penas para quien discriminase a alguien por su orientación sexual. “No nos queda otra, vamos a tener que crear una candidatura”, pactaron los dos en aquel pasillo. Allí nació la idea de una candidatura y de un eslogan que hoy utiliza el excapitán: “Brasil por encima de todo. Dios por encima de todos”.Entonces estaban casi solos. Pero conforme la candidatura de Bolsonaro se consolidaba, acabó atrayendo a casi todos los líderes religiosos. El fenómeno bola de nieve tomó forma. El mundo económico decidió inclinarse de su lado según las encuestas engordaban. Y los empresarios que antes se apartaban de él por encontrarle chabacano y vulgar, han decidido cruzar la línea animados por el Gobierno liberal y las bajadas de impuestos que promete. Los mercados también le hicieron campaña: la Bolsa de São Paulo subía a cada sondeo ganador.

Meyer Nigri, dueño de la constructora Tecnisa, fue uno de los primeros empresarios que declaró su apoyo, en febrero. Justificó que existían cinco razones: era honesto, no era de izquierdas, entendía de seguridad pública, estaba bien asesorado y su acercamiento a Israel. Otro empresario que se unió a él es el controvertido Luciano Hang, dueño de una red de tiendas, investigado por aparecer en un vídeo reunido con sus empleados advirtiéndoles de que si ganaba el PT cerraría. Folha de São Paulo asegura que Hang ha comprado servicios digitales para distribuir masivamente mensajes falsos a través de WhatsApp en contra del PT.Bolsonaro es el rey de las redes sociales en un país adicto a ellas. Tiene siete millones de seguidores en Facebook, el doble de los que reúne, por ejemplo, el centenario periódico O Estado de São Paulo (3.7 millones de seguidores). Su campaña ha discurrido en buena medida por WhatsApp. El 66% de los electores brasileños consume y comparte noticias y vídeos sobre política por medio de esta red. Muchos contratan planes de telefonía móvil que incluyen solo el servicio de mensajes. Reciben la noticia, pero no hay Internet para contrastarla. Muchos expertos coinciden en que no hay nada que encaje tan bien con los algoritmos de las redes sociales como el tribalismo, el radicalismo y el histrionismo. El estilo bravucón que Bolsonaro ha practicado a lo largo de su vida ha encontrado el camino de expandirse. El larguirucho adolescente fascinado por los militares que tomaron su pueblo ha triunfado y se ha convertido en el hombre más importante de su país. Su victoria ha pasado por ahí. Por indignarse ante todos por los monstruos que él mismo se inventa.

Una constante en la historia brasileña es que cualquier cambio en las disputas territoriales conlleva ríos de sangre

El peor sonido del mundo para los indígenas karipuna de Rondonia, al noroeste de Brasil, son los motores. No tienen ni que ir a su origen en mitad de la selva para saber lo que representan. Camiones, tractores, sierras eléctricas; señales de que, una vez más, lo único que supuestamente tienen en el mundo, unas tierras a 200 kilómetros de una capital en mitad de la nada en un país en vías de desarrollo, está siendo invadido y explotado, probablemente por latifundistas armados. Poco pueden hacer en estos casos. Denuncian y el proceso resultante parecer caer en saco roto. “Les denunciamos porque los casos van aumentando”, explica André Karipuna, uno de los líderes de la comunidad. “Están formando pastos y retirando madera de nuestra tierra”. Lo mismo pasa en buena parte de las 305 comunidades indígenas que quedan en Brasil y muchas lo tienen peor: los conflictos en tiros y ríos de sangre.

Pero últimamente se escucha un runrún que amenaza con ser todavía peor. Este no viene de ningún motor sino del Gobierno en ciernes. El dirigente repitió en campaña que es contrario a proteger tierras indígenas -antes de la campaña llegó a decir es como tener monos en un zoológico- y que la cantidad de territorios demarcados están “sobredimensionados” (las 436 tierras suman 117 millones de hectáreas; el 14% del territorio nacional brasileño). Recientemente, varios miembros de su gabinete han manifestado ideas parecidas, desatando el pavor y el temor porque algo terrible está por llegar. Su cénit ha llegado este miércoles, 2 de enero del 2019. Onyx Lorenzoni, uno de los principales allegados del ultraderechista, ha anunciado que la Fundación Nacional del Indio (Funai) -el órgano que defiende los derechos indígenas de las embestidas de, sobre todo, el mucho más poderoso lobby de la agricultura- dejará de formar parte del Ministerio de Justicia, donde ha estado los últimos 27 años. Eso a pesar de que un grupo de indígenas había ido hasta Brasilia para exigir que la maltrecha Funai se quedase en Justicia, donde mejor puede plantar cara a los latifundistas.La decisión conlleva sus riesgos. En Brasil hay 471 territorios que ya están demarcados y que son propiedad de los indígenas que estaban allí antes de que llegasen los portugueses en 1500; pero todavía hay 246 casos en proceso de valoración, y 484 que esperan ser analizados. Ahora, las comunidades están en alerta, como cuando oyen el ruido de un motor, sabiendo que se avecinan cambios. “Este nuevo gobierno tiende a unir a los pueblos indígenas en una relación que interesa a esa industria. Es un modelo excluyente, ambientalmente insostenible y, si se aplica a las tierras indígenas, provocará la destrucción del entorno”, alerta CléberBuzzato, dirigente del Consejo Indígena Misionario (CIMI).

Una constante en la historia brasileña es que cualquier cambio en las disputas territoriales conlleva sangre. Y hace años que las debilitadas comunidades tradicionales sangran más que nunca: en 2017 hubo 70 homicidios por conflictos de territorio, nueve más que en 2016 y más del doble que en 2013. Esto incluye otro tipo de grupos que no son indígenas, pero los indígenas son los que suelen llevarse la peor parte. Hace dos años, por ejemplo, indios de la comunidad Dourados-AmambaiPerguá, en Caarapó (Mato Grosso del Sur), ocuparon un territorio que estaba en proceso de ser demarcado. Fueron recibidos a tiros y ellos intentaron defenderse con flechas. Uno murió y cinco resultaron heridos, entre ellos un niño de 12 años. Estas escenas de western (o faroeste, como se le llamaría aquí) siguen siendo la realidad diaria de los indígenas brasileños. La que muchos temen que empeore radicalmente a partir de este 1 de enero.

Eso sabiendo que lleva años sin mejorar. En Brasil, la constitución de 1988 estableció que el Gobierno debía demarcar los terrenos indígenas en cinco años. No ocurrió. El proceso es largo y está lleno de tensiones entre las propias comunidades y los sucesivos gobiernos en Brasilia, que no suelen tener fuerza para plantarle cara al lobby agropecuario. El gobierno de DilmaRousseff (2011-2016) fue el que menos demarcó en la historia reciente, y la situación se agravó cuando su vicepresidente, Michel Temer, se hizo con el poder tras el ‘impeachment’. Temer directamente no demarcó tierra alguna. Y en las que ya estaban demarcadas, no completó la retirada de latifundistas que las habían ocupado.También la Funai está más débil que nunca. El lobby agropecuario en el Congreso ha logrado derribar a dos presidentes en menos de un año. “Y nuestra preocupación es que todo puede empeorar”, suspira André Karipuna. El contacto de su comunidad con el hombre blanco, en 1970, supuso incontables muertes, entre enfermedades y conflictos. “Hemos llegado a ser tan solo ocho y hoy somos 58 en la aldea. Sufrimos amenazas de muerte, pero también hemos sufrido las matanzas de otros pueblos”. Ellos consiguieron la demarcación hace casi 20 años. Sus 152,000 son suyas. Hasta que llegan los motores.

El ojo del dron espía a los indios. Las tribus no contactadas representan uno de los últimos misterios de la tierra

La imagen, captada a un centenar de metros de altura por un dron y hecha pública hace unos días, muestra un claro de la selva y unas figuras diminutas que lo atraviesan en diagonal, caminando entre los árboles abatidos. El dron mantiene la vertical unos minutos. Las figuras desaparecen. Eso es todo. La grabación pertenece a la Fundación Nacional del Indio (Funai), organismo brasileño que tiene como objetivo proteger los derechos de la población indígena. Fue tomada hace un año en el rincón más remoto del planeta, el valle del Javari, en el extremo oeste del Estado de Amazonas, a un paso de la frontera con Perú. Para llegar hasta allí y echar el dron a volar, los expertos de la Funai necesitaron recorrer -desde su base en la zona- casi 180 kilómetros en barca y 120 a pie a través de la selva. Las dos figuras que avanzan como hormiguitas en el vídeo son dos miembros de una tribu india que jamás ha tenido contacto con (nuestra) civilización.Viven como se supone que vivíamos hace cientos de miles de años, pertenecen a un grupo de cazadores-recolectores como los que poblaban la Tierra antes de que se inventaran las ciudades, la agricultura y los alfabetos, antes de que, según algunos antropólogos, todo se echara a perder. En la zona, según La Funai, hay al menos 11 tribus más aisladas de (nuestro) mundo, amenazadas por cazadores, madereros, buscadores de oro y, en el fondo, por los más de 6,000 millones de habitantes del planeta que los miran por el ojo del dron caminar por el claro del bosque.

Nadie puede saber lo que pensaron esos dos indios al ver al dron, si es que lo vieron. Imaginarían que es un ave extraña, desconocida, algo enigmática por la forma circular y su particular manera de desplazarse sin movimiento en las alas, un pájaro raro y amenazante, probablemente maligno. ¿Qué pájaro puede quedarse quieto ahí arriba? Pensaran lo que pensaran no se acercarían ni remotísimamente a una punta de la verdad. Hay muchas probabilidades también de que nosotros tampoco adivinemos ni remotamente lo que son o lo que piensan esos dos hombres o mujeres, también enigmáticos, que avanzan desnudos por la selva.En junio de 2014, otro grupo de siete indios apareció algo perdido en la ribera de un río en el Estado brasileño de Acre, también fronterizo con Perú. La Funai los recogió y los recluyó en un poblado escondido en medio de la selva, para protegerlos de enfermedades inofensivas para nosotros pero mortales para ellos como la gripe común. Hay un vídeo de 2015 que muestra a tres de ellos en ese refugio. Uno está tumbado en una hamaca, moribundo, precisamente de gripe. Los otros dos están a su lado, inclinados sobre él, muy juntos, casi pegados, uno con la camiseta de la selección brasileña, el segundo con el torso desnudo, los dos aferrados a dos pequeñas lanzas que sujetan con una determinación conmovedora mientras canturrean en voz muy baja una salmodia curativa. Cantan para sacar la fiebre del cuerpo del enfermo. No entendemos nada de lo que dicen en su ininteligible lengua pano, pero comprendemos, cientos de miles de años después, a pesar de las ciudades y los alfabetos, el miedo, el dolor, la esperanza, la impotencia y la tristeza que sienten por la muerte de un pariente o de un amigo. Son los mismos que los nuestros. Los mismos de todos.

La comunidad internacional clama que los pueblos originarios son los mejores defensores del medioambiente

“Por desgracia, no puedo. No puedo nombrar ningún país que esté proporcionando una protección real a los pueblos indígenas”. Esta no se trata de una opinión cualquiera. Viene de labios de Victoria Tauli-Corpuz, la relatora especial de la ONU sobre los derechos de los pueblos indígenas. Adelanta sus impresiones durante una entrevista en el Foro de Bosques de Oslo, celebrado el verano pasado. Ahora las ha puesto por escrito y difundido en las páginas de su informe anual sobre la situación de estos pueblos. Bajo el título Deberían haberlo sabido antes, la relatora denuncia que los Gobiernos y las empresas de todo el mundo están haciendo cada vez más difícil, y letal, que las comunidades indígenas protejan las tierras y los bosques. Estas poseen consuetudinariamente más del 50% del territorio mundial, pero solo tienen derechos legalmente reconocidos en el 10%, algo que da vía libre a los Gobiernos para declararlos ilegales en las tierras que han sido sus hogares durante generaciones.

Tauli-Corpuz difunde en su informe los datos de la organización Front Line Defenders, que sostiene que de los 312 defensores de derechos humanos que fueron asesinados en 2017, el 67% eran indígenas que protegían sus terrenos o sus derechos, casi siempre frente a proyectos del sector privado. De estos, el 80% ocurrieron en cuatro países: Brasil, Colombia, México y Filipinas, aunque también se resalta la situación de Ecuador, Guatemala, Honduras, India, Kenia y Perú. La ONG británica Global Witness, por su parte, contabilizó al menos 207 asesinatos en su informe de 2017, presentado el pasado julio y que la relatora también menciona. “Reconocer la importancia de proteger a los defensores de las tierras y del medioambiente es un tema que ha salido a menudo en el Foro. Pero en las sesiones a las que he asistido no he oído nada sobre la violencia y la intimidación que sufren rutinariamente estos grupos por empresas que quieren explotar sus territorios”, señala Patrick Alley, cofundador de Global Witness, durante el encuentro en Oslo. Alley habla así durante una de las sesiones paralelas del Foro que él mismo modera. Bajo el título Abordar las causas de los ataques a los defensores del medioambiente y los indígenas, el investigador presenta a cuatro personas que han sufrido en sus propias carnes la pérdida de un ser querido de manera violenta por su militancia.

Entre ellas, Claudelice Da Silva, del estado brasileño de Pará, que es el lugar del mundo donde más crímenes de este tipo se cometen. “Siempre defendí los bosques, pero me volví más activista a raíz de que mi hermano fuera asesinado junto con su compañera. Los mataron como un recado para que quienes continuaran con la lucha supiesen que tendrían el mismo destino”, clama Da Silva ante el auditorio. Se refiere a José Claudio Ribeiro da Silva y su mujer, Maria do Espírito Santo, ejecutados en 2011 de varios disparos de escopeta.También se pronuncia Julio César López, coordinador de la Organización de Pueblos Indígenas de la Amazonía colombiana. El líder comunitario explica que la disidencia de la FARC está allí presente y con intención de seguir operando en esos territorios, pero también existen otros actores armados que resguardan los intereses de narcotraficantes. Y los pueblos originarios están en medio de esta lucha, lo que les provoca “temor” e “incertidumbre”.

De los 312 defensores de derechos humanos que fueron asesinados en 2017, el 67% eran indígenas

Para Tauli-Corpuz, el problema radica en que todo el desarrollo al que el mundo se ha adaptado es un modelo que continuamente extrae recursos, muchos de los cuales se encuentran sobre todo en tierras indígenas. “Da lo mismo que hablemos de oro, litio, cobalto o madera: si hay existencias, allí que van a por ellas. Los agricultores extensivos quieren expandir sus cultivos y van y cogen las que quieran aunque pertenezcan a los indígenas. Esa es la foto que tenemos en el mundo de hoy”, reconoce. “Se privilegia a las empresas por los intereses económicos y comerciales que hay detrás”, denuncia, en relación con la expansión de proyectos de desarrollo de infraestructuras, agricultura y minería en tierras indígenas sin el consentimiento previo de los legítimos dueños.Esta situación ha impulsado el drástico aumento de la violencia y del acoso legal contra los pueblos indígenas por parte del sector privado, que actúa en complicidad con los Gobiernos. Acoso por parte de quienes primero deberían protegerlos, indica la relatora en su informe, en el que incluye docenas de ejemplos (nueve en países de América Latina, cuatro en África y siete en Asia) de ataques físicos o legales perpetrados en rincones de todo el mundo. Se trata tan solo de una selección, asevera, porque a sus oídos llegan “cientos”.

“Las empresas y los políticos corruptos a menudo se confabulan para otorgar concesiones y contratos. Esta corrupción asegura que las comunidades no puedan exigir responsabilidades a sus abusadores, ni que puedan acceder a los canales legales y democráticos que deberían abrirse a lo contrario. Los perpetradores de la violencia a menudo son la policía y el ejército”, opina Alley. El investigador también recuerda que los asesinatos solo son la punta del iceberg: “los defensores del medioambiente se enfrentan a violencia física extrema, intimidación, criminalización… Y las mujeres están particularmente afectadas por la expansión de la violencia sexual”.Estos asesinatos casi siempre ocurren en el contexto de continuas amenazas contra comunidades enteras. Primero, con campañas de difamación y discursos de odio que presentan a los pueblos indígenas como “obstáculos para el desarrollo”, o en el peor de los casos, como “terroristas” o “matones”, subraya el informe de la relatora. Luego vienen órdenes de arresto por cargos inventados, que a veces se dejan deliberadamente pendientes para que las comunidades vivan bajo una amenaza perpetua. Cuando los líderes indígenas son detenidos, a menudo permanecen en la cárcel durante años en espera del juicio. En los peores casos, el militarismo, la legislación antiterrorista y los “estados de emergencia” se utilizan para justificar una creciente violencia física.Victoria Tauli-Corpuz ha vivido en primera persona la persecución. Mujer y líder indígena del pueblo filipino kankanaeyigorot, el pasado marzo el presidente Rodrigo Duterte pidió incluirla en una lista de 600 terroristas perseguidos por las autoridades del país en represalia por defender a los pueblos de la isla de Mindanao, muchos de los cuales han sido desplazados por la creciente militarización de una zona convulsa a causa de conflictos con la milicia islámica que opera en el territorio. El pasado agosto, su nombre fue borrado de tal lista.

“La edad de la revancha. En 2018 la política del odio obtuvo su mayor triunfo en Brasil…”, escribe Antonio Muñoz Molina

Antonio Muñoz Molina, nacido en Úbeda, ciudad de la provincia andaluza de Jaén, en 1956, es un escritor español, académico de número de la Real Academia Española.En 2013 fue galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. En su obra abundan referencias a la cultura popular, que es una de las principales fuentes de inspiración del autor. Su primera novela, BeatusIlle, apareció en 1986, aunque se gestó durante varios años. En ella figura la ciudad imaginaria de Mágina, trasunto de su natal Úbeda que reaparecerá en otras obras suyas. Cuenta la historia de Minaya, un joven que regresa a Mágina para realizar una tesis doctoral sobre el poeta Jacinto Solana, muerto en la guerra civil, pero cuya apasionante vida le llevará a una serie de indagaciones que darán como resultado un final magistral. En 1991 gana el Planeta por “El jinete polaco”. Otras obras destacadas son “El invierno en Lisboa” (1987), Beltenebros” (1989) una novela de amor, intriga y de bajos fondos en el Madrid de la posguerra con implicaciones políticas -Pilar Miró la llevaría al cine dos años más tarde con el mismo nombre- ;“Los misterios de Madrid” (1992); “El dueño del secreto” (1994); “Plenilunio” (1997); “Ventanas de Manhattan” (2004); o “El viento de la luna” (2006). En 2009 publicó “La noche de los tiempos”, un monumental trabajo que recrea el hundimiento de la Segunda República Española y el inicio de guerra civil española a través de las peripecias de un arquitecto llamado Ignacio Abel.

Días antes de la elección de Bolsonaro leyó una curiosa estadística en un reportaje del Expressode Lisboa. En las redes sociales brasileñas, al parecer de una toxicidad aún más virulenta de lo normal en otros sitios, había un destinatario claro para la mayor parte de los mensajes de odio: mujeres negras, de origen humilde o clase media, con estudios superiores. Pensó en esos artículos que se repiten ahora en los periódicos españoles, todos ellos derivados, abiertamente o no, de un artículo y luego un libro de Mark Lilla publicados a raíz de la victoria de Donald Trump en 2016: la causa del ascenso de los populismos de extrema derecha en Europa y en América, y del correspondiente declive de las fuerzas progresistas, sería que la izquierda ha abandonado la defensa de la clase obrera, concentrándose, o distrayéndose, en la vindicación de las minorías, étnicas, sexuales, de género, etcétera. La reflexión de Lilla está muy enraizada en la realidad política y social americana y en algo tan específico como las derivas del Partido Demócrata en las últimas décadas, así que no creo que se pueda trasladar sin reparos a Europa, y menos a España. Y que se cite tanto su nombre entre nosotros tiene menos que ver con sus razonamientos que con una atmósfera política viciadamente española, una variedad autóctona de la gran oleada de revanchas que se ha extendido por el mundo en los últimos años, quizás décadas.

“Es la revancha -recalca en una columna periodística esta semana, el escritor andaluz- contra los progresos alcanzados por grupos humanos marginados o humillados desde siempre. Llamarlos minorías es abusivo, o inexacto, desde el momento en que uno de ellos lo forman las mujeres. Y contraponer esos grupos a una presunta clase obrera uniforme y compacta que en tiempos más gloriosos hubiera sido el corazón de las reivindicaciones de la izquierda es aún más engañoso. Como indica la estadística brasileña que cité más arriba, el odio se multiplica cuando al origen de clase se le une el sexo y el color de la piel, y las identidades colectivas de los desfavorecidos no son decisiones voluntarias, opciones caprichosas de multiculturalismo. Es el racista el que te empuja, quieras o no, a formar parte de un grupo cerrado. Es el antisemita el que adjudica una identidad homogénea a las personas tan diversas, religiosas o no, conservadoras o progresistas, proisraelíes o antiisraelíes, que se identifican a sí mismas como judías”.

“Las mujeres o los homosexuales se organizaron en grupos específicos porque los partidos de izquierda eran indiferentes”

“Me temo que no es el afán de justicia ni la nostalgia de las luchas por la emancipación universal lo que anima ese lamento por la supuesta deslealtad de la izquierda hacia sus ideales verdaderos. Es, más bien, la incomodidad o el abierto rechazo ante la irrupción pública de quienes antes no contaban, ante la visibilidad de pronto ostensible y ruidosa de quienes hasta hace poco eran invisibles. Las mujeres o los homosexuales no se organizaron en grupos específicos por afán de romper con sus obsesiones identitarias la causa universal de la izquierda: lo hicieron porque los partidos de izquierda unas veces eran indiferentes a sus reivindicaciones y otras hostiles a ellas. Como observó SimoneWeil en los años treinta, los trabajadores magrebíes en Francia crearon sus propias organizaciones cuando los partidos de izquierda, más colonialistas que solidarios, se negaron a aceptarlos en sus filas.

La fuerza de la revancha es proporcional a la conquista que la ha provocado. Nunca se había visto una movilización, una sublevación de las mujeres como la de 2018. Nunca, tampoco, una virulencia mayor y más impúdica en las reacciones extremas, una visceralidad tan reveladora. Algo que no parecía que fuera tan poderoso y tan sórdido se ha despertado. Pasó algo semejante cuando Barack Obama llegó a la presidencia de Estados Unidos. Era un hombre tibio, calculador, nada radical en sus actitudes políticas, incluso, como se ha visto luego, demasiado proclive a acomodarse en los privilegios de la celebridad y del dinero. Pero el color de su piel, y yo sospecho que más todavía el de su mujer, hizo que reventara en su país un absceso repulsivo de racismo que lejos de desaparecer se había mantenido oculto y creciendo desde lo que parecían los grandes avances irreversibles de los años sesenta.

Hay una fealdad estética, una mueca crispada en la revancha: es el rictus en la boca infantiloide de Donald Trump, el bramido de sus fieles en los estadios, la chabacanería de Salvini, la chulería gélida de Santiago Abascal. Pero la fealdad mayor, el pozo de negrura, está en la confusión entre la revancha y la rebeldía, entre el resentimiento y la rabia legítima contra la injusticia. Hombres y mujeres blancos de clase obrera que no encuentran trabajo y no tienen prestaciones sociales ni derecho a la sanidad votan a Donald Trump y beben un agua y respiran un aire más envenenados todavía gracias a las políticas de desguace de los controles medioambientales puestas en marcha desde que tomó el poder. Mujeres pobres, negras e hispanas, pero también blancas, son las más perjudicadas por la reducción cada vez mayor de asistencia pública para el control de la natalidad y los obstáculos al derecho al aborto. A la izquierda, a las diversas izquierdas, a los partidos y también a los sindicatos, les corresponde su parte de culpa por no haber permanecido lo bastante alerta a los efectos devastadores de la desigualdad, a las nuevas formas de explotación e injusticia propiciadas por el capitalismo a escala global, tan victoriosamente libre de fronteras nacionales como de controles legales o ambientales efectivos”.

“Defender la justicia social y la igualdad será el mejor antídoto de la izquierda contra el resentimiento”

“Pero han sido y son esos poderes económicos los que llevan muchos años invirtiendo cantidades inmensas de dinero en comprar influencias, en debilitar instituciones democráticas, en imponer los envoltorios ideológicos de sus intereses lo mismo en las alturas elitistas de las universidades y de los llamados thinktanks que en la grosería al por mayor de canales de televisión y redes sociales. La revuelta del derechismo populista contra las élites es una campaña abrumadoramente efectiva de las élites económicas y sociales más restringidas. Cuando el Tribunal Supremo de Estados Unidos dictaminó en 2010 que poner límites al gasto electoral de las grandes corporaciones contravenía el derecho a la libertad de expresión estaba legitimando el poder del dinero para comprar la política. Es el poder del dinero el que ha empujado hacia el extremismo al Partido Republicano en Estados Unidos y el que financió, con la ayuda inestimable de Rusia, el vuelco de esa parte pequeña pero decisiva del electorado que dio la victoria a Donald Trump.

En 2018 la política de la revancha obtuvo su mayor triunfo en Brasil. No es imposible que siga avanzando este año en toda Europa, incluida esta España que ya no ha resultado inmune como parecía a la extrema derecha. Defender la justicia social y la igualdad, pero también la variedad de las formas de vida y el libre albedrío de cada uno, será el mejor antídoto de la izquierda contra el resentimiento. En la defensa de la razón y de la escrupulosa legalidad democrática, izquierda y derecha deberían tener una causa común y una responsabilidad inexcusable. El edificio de la convivencia es más frágil de lo que parece. Cualquier complicidad o jugueteo de baja política con los incendiarios de la revancha equivale a una capitulación”.

“La felicidad del pobre parece la gran ilusión del Carnaval”, escribió Vinícius de Moraes para la película ‘Orfeo Negro’

En 1958, Rock Hudson acudió a Brasil, recién separado de la secretaria de su agente -con quien la habían casado para acallar los rumores sobre su homosexualidad- y participó en el baile de máscaras del Hotel Gloria; empeñados los fotógrafos de los periódicos en sacarle una imagen con una actriz local a la que le intentaban arrimar para vender un affaire tropical, lo único que consiguieron fue robarle al galán de Hollywood una instantánea de madrugada, entre vapores etílicos y ataviado con una banda de miss con una elocuente leyenda: ‘Princesa do Carnaval’; en realidad no el actor estadounidense el adelantado a su tiempo, sino la urbe de Copacabana e Ipanema, un oasis de libertad sexual, con el famoso Baile de Travestidos en el teatro João Caetano; durante cuatro días de febrero se democratizaba una de las sociedades más desiguales del mundo, sin discriminación de sexo ni clase, convocándose tal armonía que hasta los altos índices de criminalidad se diluyen en la ilusión de la fiesta, no hay tiempo ni para el crimen; “La felicidad del pobre parece la gran ilusión del Carnaval”, escribió Vinícius de Moraes en la inmortal ‘A Felicidade’, canción estrella de la película ‘Orfeo Negro’.

“De entre todo lo que el periodismo engulle y procesa a base de tópicos y lo devuelve a la audiencia triturado en confeti hay un evento anual que ganaría de calle el mundial de los prejuicios. Se trata del Carnaval de Río de Janeiro, normalmente despachado al final de los telediarios en un minuto saturado de color y decibelios: plumas y brillantina, alcohol y sexo, samba y desenfreno. Todo agitado y bebido de penalti, para que suba más. Y a otra cosa…”, escribía Arturo Lezcano, en la revista española, Jot Down Cultural Magazine, en un interesante artículo titulado ‘Elogio del Carnaval de Río’. El Barón de Río Branco, a principios del siglo XX decía que “En Brasil hay dos cosas organizadas: el desorden y el Carnaval de Río de Janeiro”. Considerado el patrono de la diplomacia brasilera, su nombre está inscrito como uno de los héroes de la patria, en el panteón existente en la Plaza de los Tres Poderes, en la ciudad de Brasilia. Al cumplirse el centenario de su nacimiento, en 1945, se creó el Instituto Rio Branco, especializado en servicio exterior. Era hijo de Río de Janeiro. Su mayor contribución al país fue la anexión de tres importantes territorios por medio de la diplomacia. Obtuvo una victoria sobre Francia al establecer una nueva frontera de la Guyana Francesa con el estado de Amapá, en 1900 por medio del arbitraje del gobierno suizo. En 1895 ya había conseguido asegurar buena parte de los Estados de Santa Catarina y Paraná, en litigio con Argentina en el incidente conocido como la Cuestión de Palmas. Ese primer arbitraje fue decidido por el presidente estadounidense Grover Cleveland, y tuvo como opositor por el lado argentino a Estanislao Severo Zeballos, que más tarde se posesionó como ministro de relaciones exteriores y durante mucho tiempo acusó al Barón de fomentar una política imperialista. Fue el prestigio obtenido por el Barón en esos dos casos lo que hizo que el presidente Rodrigues Alves lo escogiera para el puesto máximo de la diplomacia brasilera en 1902, cuando Brasil estaba justamente envuelto en una disputa fronteriza, esta vez con Bolivia.

Este país intentaba arrendar una parte de su territorio a un consorcio empresarial anglo-americano. La tierra no era reclamada por Brasil, pero era ocupada casi completamente por colonos brasileros que resistían a los intentos bolivianos por expulsarlos de su territorio. En 1903, firmó con Bolivia el Tratado de Petrópolis, poniendo fin al conflicto de los dos países por el territorio de Acre, que pasó a pertenecer a Brasil, mediante una compensación económica y pequeñas concesiones territoriales. Ésta es la acción diplomática más conocida del Barón, cuyo nombre fue dado a la capital de aquel territorio (actualmente un estado brasilero). Sería estúpido esconder el fin lúdico de una de las fiestas populares más grandes del mundo. Pero tras ese evento pintoresco se esconde la historia, el arte, la música y todo aquello que conforma lo que antropológicamente se define como cultura. Aquella que absorbe y define a la vez las costumbres de un lugar llamado Río de Janeiro, interpretado en el imaginario popular como un paraíso tropical, festivo pero violento, sin más. Pero por detrás hay mucho más que eso y el carnaval tiene gran parte de culpa. Por eso merece el beneficio de la duda y un pequeño repaso a sus historias.

“La tristeza no tiene fin, la felicidad, sí. Trabajamos un año entero por un momento de sueño para disfrazarnos”

En realidad no era Rock Hudson el adelantado a su tiempo, sino Río de Janeiro. En aquella época (de nuevo: 1958) el carnaval era un oasis de libertad sexual, con el famoso Baile de Travestidos en el teatro João Caetano y el arraigo de lo que llamaban ‘Tercera Fuerza’ de la fiesta. De algún modo, durante cuatro días de febrero se democratizaba una de las sociedades más desiguales del mundo. El carnaval mete en el baúl durante cien horas todos los prejuicios patentes el resto del año y se echa a la calle, sin discriminación de sexo ni clase. Y se convoca tal armonía que hasta los altos índices de criminalidad se diluyen en la ilusión de la fiesta. No hay tiempo ni para el crimen. Pero lo que hoy puede ser, para adolescentes desatados y turistas despistados, un ejercicio ligero sin memoria aparente, en su origen atiende a una conquista social manifiesta. De viernes de carnaval a miércoles de ceniza, la mayoría silenciosa del resto del año festeja a lo grande su reinado efímero sobre la ciudad. Millones salen a las calles a disfrutar sin más, y decenas de miles de personas trabajan durante meses para construir su propio sueño de carnaval, aunque todo se desvanezca al terminar para volver a empezar. Algo así escribió Vinícius de Moraes en la inmortal ‘A Felicidade’, canción estrella de la película que espoleó a la música brasileña a hit planetario: ‘Orfeo negro’ (1958): “La tristeza no tiene fin, la felicidad, sí. La felicidad del pobre parece la gran ilusión del carnaval. Trabajamos un año entero por un momento de sueño para disfrazarnos y que todo se acabe el miércoles”. Faltan menos de meses para que Brasil y Río de Janeiro disfruten de sus Carnavales. Las fechas de este año 2019, del 1 de marzo al 6 de marzo.

“En Brasil hay dos cosas organizadas: el desorden y el Carnaval de Río de Janeiro”, como decía el diplomático brasileño del siglo XX, El Barón de Río Branco. El desorden ya lo ha montadoel nuevo presidente confirmando su carácter disgregador en su primer discurso. La toma de posesión de Jair Bolsonaroha servido para escenificar la preocupante división que vive el país sudamericano y que el mandatario ha sabido explotar durante la campaña electoral que le ha convertido en el primer jefe de Estado de ideología ultraderechista desde el fin de la dictadura militar en 1985. A pesar de haber pedido a los congresistas unidad para afrontar los importantes retos que Brasil tiene por delante, Bolsonaro enarboló ante sus simpatizantes, tras recibir la banda presidencial, una enseña nacional vociferando que esta “nunca será roja”. Hacía referencia así al Partido de los Trabajadores (PT), la formación progresista que ha gobernado el país entre 2003 y 2016 protagonizando el mayor periodo de crecimiento social de la historia de Brasil, al tiempo que hacía una utilización impropia y partidista de un símbolo que pertenece y une a todos los brasileños. Este tono marcadamente polarizador y de enfrentamiento contrasta con el carácter inclusivo de sus predecesores en ceremonias similares. Brasil es un país inmenso y plural en todos los sentidos y tratar de dejar apartados desde el principio a aquellos sectores que no comparten la misma visión quizá pueda servir para mantener las simpatías de los adeptos, pero no responde al papel que debe desempeñar el presidente de todos los ciudadanos.

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