La crisis opositora

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La crisis opositora

A menudo nuestro juicio crítico sigue cambiando el oro por cuentas de vidrio. Es ése un mal de la idiosincrasia mexicana desde el principio de los tiempos que sigue sin remediarse, porque la calidad educativa anda penando en los mismos harapos seculares que nos han condenado a la incivilidad milagrera y creyente en toda suerte de conspiraciones absurdas, y a la pésima condición espiritual y conceptual de privilegiar la subjetividad de las apariencias y el facilismo de nuestras interpretaciones particulares, en lugar de las razones -más complejas, desde luego, pero más objetivas- de la verdad histórica.

No dejamos de preferir el individualismo y la conveniencia personal, al interés colectivo, aunque éste también nos incluya. En tal y tan deplorable circunstancia, el complejo de inferioridad de nuestras limitaciones racionalistas nos hace defender a toda costa nuestras presumibles ganancias equívocas contra las evidencias de que lo son, y optamos por exagerar hechos menores para acusar con ello de grandes fracasos a quienes nos empeñamos en señalar como los peores enemigos de todos, sólo porque no son los que creemos que nos sirven a nosotros en particular, aunque las pruebas disponibles y las elecciones generales indiquen que son los que más les pueden servir a los más.

En esa perspectiva ruin y apriorística ocurre, asimismo, que elegimos mal el argumento de nuestros alegatos, y cambiamos el oro que sí podríamos explotar con buen uso de razón, por las cuentas de vidrio de acontecimientos sin importancia, lo que evidencia el espíritu chiquito de nuestras grandes mezquindades, debido a dicha urgencia de acogernos a cualquier bagatela para justificar sólo las más caras convicciones del ego, lo cual, en su anemia crítica, muere. En fin: perdemos de vista lo más por lo menos.Y ni siquiera nos damos cuenta del exhibicionismo de tal naturaleza pírrica y vengativa, que en su irracional desesperación renuncia, incluso, a la necesaria serenidad de otros perdedores más lúcidos y menos viscerales, quienes, sabiendo que lo son, lo asumen, pero esperan la mejor ocasión para atacar e intentar remontar, con mejores resultados, a sus enemigos, los vencedores (‘por ahora’, piensan, con la actitud ganadora de los que saben perder).

¿Por qué no esperar a que los morenistas y López Obrador incurran en errores verdaderamente graves y en errores de cálculo trascendentales para llamarlos a cuentas y evidenciarlos como el fraude que, sus adelantados inquisidores, los acusan de ser? ¿Por qué escoger el becerro de las baratijas y por qué tan en la víspera, en vez de la diligencia del oro de las metidas de pata que podrían esperarse a la hora de las grandes decisiones del supremo poder del Estado para enderezar ofensivas del mismo peso contra esos sectores representativos de las instituciones nacionales elegidos por la mayoría popular? ¿Se confunden, quizá, las pequeñeces con las grandes cosas, o acaso en realidad y en el conflicto de la insignificancia propia se cree que esas menudencias del enemigo son los más grandes equívocos de los que es capaz, y en el fuero interno y en la desesperación se entiende, al fin y al cabo, que las mayorías han tenido razón y las nimiedades que se les advierten son lo único que se les puede cuestionar y usar en su contra?

Será el sereno, pero el caso es que López Obrador no ha asumido el poder, y que ya hay disputas parlamentarias y de opinión pública donde sus adversarios más enconados lo quieren echar de él, y lo único que enseñan es la pacotilla de su pobreza de perdedores y su impaciencia de contrincantes sin virtud crítica y ética para esperar la oportunidad de los tiempos y las circunstancias más adecuadas con el objeto de combatirlo con tesis de valor, y para presentarse a sí mismos, a su vez, como la nueva alternativa –o como una alternativa fincada en la autocrítica y emergida de la experiencia de la derrota como principio de reconstrucción-.

Nada más ganador, es cierto, que convertir los yerros del enemigo en municiones propias, pero nada más cierto, también, que la interpretación equívoca de esos deslices no es otra cosa que pifias propias y ventajas del otro, y que los errores mínimos de aquél son apenas cosechas ínfimas de éste que sólo objetivan el tamaño de su precaria rentabilidad popular y que ninguna buena propaganda le hacen.

Manuel Velasco Coello, por ejemplo, del Partido Verde, solicitó licencia como senador para seguir como gobernador de Chiapas, a cuyo cargo también pidió licencia, antes, para ser legislador federal. Bien: ¿habría cometido una imperdonable falta y un atentado ético y una traición contra los electores y contra ambas investiduras?; pues los habría cometido, sin duda, si el retorno al Gobierno del Estado no fuera por nada más que tres meses para concluir la gestión; si fuese por mucho más que sólo eso. Los senadores mayoritarios del Morena habían negado, primero, la solicitud de licencia de Velasco, y luego rectificaron y la aprobaron (seguramente luego de consultar con López Obrador). ¿Es un asunto tan malo, de veras?

El gobernador electo de Chiapas -Rutilio Escandón-, que sustituirá a Velasco, es lopezobradorista, y su equipo y él mismo ya están inmersos en el proceso de la transferencia de la administración y el poder político del Estado. Están en la revisión de las cuentas y las condiciones de cada una de las áreas del Gobierno estatal.Y no está ya, por tanto, el gobernador saliente, en posibilidad de hacer movimientos o cometer actos indebidos fuera del alcance de los representantes del Gobierno electo. Los lopezobradoristas y morenistas tendrán a su entera disposición todos los recursos institucionales y legales para fincarle cargos a Velasco, ya como exgobernador y senador, en caso de encontrar malversaciones e iniquidades, y contarán con mayorías parlamentarias estatales y federales de sobra para desaforarlo como senador, si fuera el caso. ¿Por qué, entonces, tanta pirotecnia verbal y mediática por la aprobación de la licencia en el Senado para que el gobernador saliente de Chiapas regrese a su entidad a entregar el mandato?

Hasta donde se sabe, además, no hay insuficiencias significativas, déficits y abusos de poder que perseguir durante el ejercicio del chiapaneco. Se trata de una de las entidades más pobres, complejas y difíciles de gobernar, y no se conocen conflictos de interés denunciados en contra de un gobernante que, más allá de los ruidos de la farándula de la telebasura en torno de su situación conyugal, forma parte de una familia honorable como nieto que fue de uno de los médicos, humanistas y políticos más respetables de México, el ya finado doctor Manuel Velasco Suárez (para no hablar del padre de éste y bisabuelo del gobernador, Manuel Velasco Balboa, otro de los grandes personajes públicos más reconocidos de México), por mucho el mejor gobernador que ha tenido su Estado, y creador, entre muchas otras obras, del Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía, además de la Universidad Autónoma de Chiapas.

Es seguro que Andrés Manuel López Obrador y otros expriistas y morenistas de su primer círculo -como Porfirio Muñoz Ledo, Ifigenia Martínez, Cuauhtémoc Cárdenas, Manuel Bartlett y Ricardo Monreal- guarden respeto y simpatías por la familia del gobernador Manuel Velasco–quien fuera sobrino político, asimismo, del ahora extinto Manuel Camacho Solís (artífice, por cierto, del Partido Verde, en sus días de jefe del entonces Departamento del Distrito Federal, urdido para dividir y debilitar a la oposición cardenista contra el priismo salinista que había arrebatado a Cuauhtémoc Cárdenas, mediante fraude electoral, la Presidencia de la República, y encontraría en el PRD, donde militó luego Camacho, a su más poderosa fuerza opositora)-, y no sería ninguna novedad que prefiriesen que un perfil de liderazgo como el suyo y con tan intachables antecedentes familiares, pudiese ser el contrapeso ideal, o, de plano, la alternativa, en las decisiones fundamentales del Partido Verde, frente a las del delincuente Jorge Emilio González Martínez, a quien se le han permitido, en diversas entidades pero sobre todo en Quintana Roo, además de cargos públicos de elección–tan vergonzantes en su persona y en la de quienes él ha querido que los ejerzan-, y además del control absoluto del Ayuntamiento cancunense, toda suerte de atropellos, ilícitos, impunidades y sociedades del crimen, al amparo de presidentes de la República priistas y panistas, y de gobernadores como Félix González y Roberto Borge. Ganar, pues, una mayoría legislativa absoluta a cambio de una solicitud de licencia sin más objeto que la conclusión de un encargo gubernamental que será entregado en menos de tres meses al partido que estará en el poder presidencial, en el del Congreso de la Unión y en el del Estado de Chiapas, no puede ser una mala decisión política ni, mucho menos, un caso repudiable de traiciones republicanas y ese catálogo de sandeces y frivolidades retóricas esgrimido por un coro opositor que lo es porque se ha ido de los principales escenarios del poder, justo por la comisión de los peores delitos y los más censurables agravios cometidos por sus liderazgos y sus partidos y sus grupos oligárquicos contra la nación.

Ese tipo de oposiciones y de banderas vindicativas sólo enseñan su marca indeleble de cinismos y atrocidades, y explican con ella el porqué de sus reveses y de la emergencia de las nuevas mayorías representativas.Los sectores críticos y contrarios al lopezobradorismo deberían estar trabajando, más bien, en los grandes casos donde el nuevo mandato presidencial pudiera incurrir en contradicciones y atentados contra el interés público, porque en ellos tienen sobrada experiencia y muy acreditados derechos de autor.Pero escandalizarse por la autorización de una solicitud de licencia en el Senado como la del chiapaneco Manuel Velasco, es un sonoro despropósito político y moral.Está muy bien: hacer política en contra de esas decisiones del nuevo partido mayoritario, no es más ni es menos que hacer política tomando tales decisiones, como lo hace dicho partido, en efecto. Pero, por Dios: decir que se defienden posiciones políticas morales y republicanas en contra de otras inmorales y antirrepublicanas, y hacerlo desde el descrédito de unas minorías exhibidas por inmorales y por eso derrotadas políticamente en los comicios por sus acusados, es mucho decir.

Esa licencia de Velasco entraña, por ahora, una mayoría legislativa absoluta indispensable para emprender reformas del más alto potencial de transformaciones en el país; cambios radicales prometidos y conquistados, como tales promesas aceptadas, en las urnas, pero sobre los cuales es menester debatir y a los cuales habría que combatir cuando fuese el caso. ¡Pero todavía no se operan! ¡Siguen siendo promesas por cumplir! Y, como eso, siguen teniendo el aval de las mayorías electoras, y, sus opositores, en cambio, siguen teniendo una condena popular tan absoluta como las mayorías parlamentarias que la representan.

Hoy día, en España, por ejemplo, se protesta contra las elevadas tarifas del consumo eléctrico que imponen las dos empresas privadas que lucran con ellas, e importantes sectores de opinión pública claman que el abuso obedece a que no existe un organismo público alternativo que suministre la energía o regule el mercado en beneficio de los usuarios y de los sectores populares más afectados.

En México, el PRI y el PAN han perdido sus fueros electorales y representativos, en parte porque han usado la democracia y la opción de la alternancia sólo para favorecer la privatización en las empresas nacionales estratégicas del país, como la Comisión Federal de Electricidad y Petróleos Mexicanos.

La destrucción de las industrias eléctrica y petrolera ha sido la tendencia neoliberal de los seis últimos regímenes presidenciales en favor de las oligarquías mexicanas. Parar esa devastación es uno de los proyectos mayores del mandato presidencial por venir, y por cuya oferta electoral y la de erradicar la corrupción que ha obrado ese tipo de iniciativas del Estado nacional que han saqueado al país y han empobrecido a su población, es que está en curso el arribo de ese mandato presidencial.

Ése es uno de los debates políticos fundamentales. Y si el lopezobradorismo se equivoca, el debate favorecerá la revocación del mandato. Pero entramparse con (im)posturas morales en litigios de opinión pública como la solicitud de licencia de Manuel Velasco para ir a concluir su gestión estatal, es seguir mostrando la insignificancia política condenada por los electores el pasado primero de julio. Los graves problemas republicanos no están ni pueden estar envueltos en tonterías como ésa. Y empecinarse en ellas, es fracasar de antemano en el gran debate nacional que amerita México.

SM

estosdias@gmail.com

 

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