La indiferencia asesina

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Signos

Hace unos días se cumplió una década de la violación y el asesinato a puñaladas, en Chetumal, de la niña Jazmín Iridian Jiménez, que ahora tendría veinte años.

Diez años de absoluta impunidad.

Un expediente más, empolvado en los archivos del Ministerio Público, y del Juzgado que conoció del caso y tuvo que absolver al albañil Aníbal Madrigal, a quien se quiso inventar como el culpable que desde el principio de las averiguaciones previas se supo que no era.

(Un homicidio similar se produjo en Cancún tiempo después, y el verdugo de ambas criaturas podría ser el mismo y seguir libre.)

Años atrás, otro endemoniado día, otra niña de una colonia popular chetumaleña se quitó la vida con veneno para ratas porque su padre la violaba.

En esos y otros casos de violencia contra inocentes, la indignación social fue pólvora de opinión pública.

Y al cabo las noticias volaron con el viento del olvido, y los ultrajes lamentados de manera tan sonora se volvieron también polvo mediático muy pronto disperso en la memoria pública.

La ‘normalidad’ regresa, o la desidia tropical de siempre en la que viven vecinos y autoridades.

La mecha de las sentencias condenatorias se moja a la vuelta de los días, y la justicia se disipa en un oprobioso silencio general que favorece la libertad y la crueldad de los canallas para seguir haciendo daño y vejando y ensañándose contra seres indefensos.

¿Nadie sabía del calvario cotidiano de la criatura suicida violentada por el salvajismo de su padre, y del que decidió escapar por cuenta propia y de la manera más dolorosa que tuvo a la mano, abandonada al martirio de su suerte en la soledad de un destino miserable donde no tuvo nunca cerca a nadie, a nadie, de los que tanto lloraron y lamentaron su partida, para acompañarla cuando tanto lo necesitaba e impedir tanto infierno suyo a sus tan pocos años?

¿Alguien de los tantos acongojados por el duelo de Jazmín se acuerda de la desgracia de su familia, y de que el sádico violador y homicida que la tuvo a su merced durante horas sigue tan libre como el aire que no respiran sus pequeñas víctimas inocentes cuya cifra es seguro que sigue incrementando?

La peste de la complicidad social y de la falta de solidaridad vecinal es la garantía de la existencia y la reproducción de los bárbaros y sus horrendas y feroces jornadas de violencia criminal contra seres vulnerables y abandonados por la gente de su entorno, cuya indolencia se traduce en más violencia y más y más impunidad.

Insensibilidad se llama el germen del estercolero en que se multiplican el impudor y la crueldad.

Hoy día se sueltan los perros de la discusión sobre los pormenores más morbosos, nauseabundos y reprobables acerca de la brutalidad descargada por un maniático desorbitado en contra de una mujer indefensa que no tuvo a nadie, nunca, en ningún momento de su horror, que pudiera defenderla de una locura sangrienta de insuperable saña, y que de ningún modo podía pasar desapercibida ni ser ajena a nadie con la mínima conmiseración en sus alrededores inmediatos.

Y así, Addisbel Pupo quedó destrozada y bañada en sangre a media calle sin que vecino alguno se apiadara de ella.

Horas y horas de un demente triturándola, arrancándole las uñas, reventándole los ojos, matándola sin pausas, arrastrándola desnuda… y nadie quiso saber nada.

Los gritos del horror, el festín de la saña, la locura ensordecedora… Y no, nadie… Nadie abrió la boca ni salió a impedir el escándalo de la masacre…

Y así llegaron los policías a completar el circo del escarnio, de la complicidad con el crimen y la impunidad incubada en el ominoso silencio de la gente.

El novio de la moribunda, el error de su vida, el más repugnante y terminal de sus destinos posibles, huyó al amanecer, al amparo de los vecinos, de la autoridad, de un ámbito humano de su misma catadura: insensible, inmundo y carnicero.

El ciclo ingrato de Addisbel, entre su patria originaria y ésta de su maldita desgracia, había terminado.

Por más que se salve y un milagro la mantenga viva, éste será el territorio final de su infelicidad, de su martirio, de su memoria enferma, de su rencor irremediable, de su abismo.

Porque nadie quiso apiadarse de ella. La dejaron caer. Y la mataron.

¿Por qué no la discusión es ésa, y no las clasificaciones del tipo de atentado -que son tan estériles donde las instituciones policiales y penales cumplen de la misma inútil manera si se llama de un modo o de otro el crimen cometido- ni las motivaciones particulares de una violencia inaudita e imposible de justificar, ni de explicar de otra forma que no sea la de la bestialidad de un homínida -que muy poco ha de tener de especie humana y como tal debieran tratarse sus derechos fundamentales- contra una víctima abandonada a su desventurada suerte por un entorno vecinal y público, asimismo, de tan poca sensibilidad y tan pobre valor humano?

SM
estosdias@gmail.com

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