La maldición sobre Barcelona

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No es un prejuicio decir que en el prejuicio ideológico arraigan los peores y más inhumanos exterminios, y que las religiones más dogmáticas –inquisitoriales, restrictivas y depurativas- son las incubadoras de los prejuicios más letales y más resistentes a la evolución civilizatoria.

El islamismo es, por definición, intolerante y refractario a las libertades y la convivencia plural de las vocaciones de la fe (y, de hecho, de todas las libertades civiles; una cárcel espiritual vigilada por proféticos emisarios inflexibles y totalitarios que condicionan el modo de pensar, de hablar, de vivir y de vestir de los elegidos, bajo reglas de abstinencia libidinal y de desigualdad humana infames y cavernícolas entre los pueblos más avasallados y domesticados por la enajenación y la impiedad).

En las particulares interpretaciones litúrgicas del evangelio de su profeta, es decir del Corán, no sólo no caben las creencias de los musulmanes que obedecen rectorías distintas, sino que los otros son el enemigo -a vencer-, y las disidencias, entre unos y otros islamistas, son de vida o muerte.

Los musulmanes son todos fanáticos intolerantes; hay gradualismos, por supuesto, entre los extremistas suicidas y los solamente radicales, pero no hay ninguno que crea en el liberalismo de los derechos igualitarios de los seres humanos, de las mujeres y los homosexuales, por ejemplo; y aún en la pro-occidental Turquía, el homosexualismo se paga con muerte, y, entre los árabes de La Meca, las mujeres infieles o ‘libertinas’ son víctimas de lapidaciones, lo mismo que se paga con sangre la tentación por cualquier vicio o conducta inmoral.

No es cierto: no hay un islamismo moderado, y ese fanatismo irredimible y cerril es la verdadera sombra de la realidad que encubre el activismo yihadista.

Las voces que hablan de mantener sin cambios el ejercicio libre de todos los credos y todas sus militancias sin restricciones civiles pese al imperativo de la seguridad, son demagogas.

No hay modo de distinguir el alma de un musulmán moderado y de un extremista suicida. El primero no existe, y entre un radical y un ultra-radical, la frontera es una hebra por lo regular inadvertible, y más en estos tiempos, donde académicos políglotas y profesionales de las ciencias refinan la capacidad depredadora de los soldados de Alá, cuando no acaban como mártires de la causa en un atentado infernal o degollando herejes para la sed de sangre de su guía divino.

La unidad musulmana se cifra en la vida del uno por la del otro, como inviolable determinación superior transmitida por mulás, ayatolas y redentores similares. Y la vida implica la muerte por el Supremo, una condición inapelable de felicidad eterna.

El terrorismo musulmán es hijo del islam, de la intransigencia retrógrada de la fe. Combatirlo -ni modo- implica restringir libertades civiles y religiosas en aras de una seguridad cada vez más mediatizada y regateada.

Son los tiempos. Las libertades occidentales ya no pueden ser tan permisivas.

El humanismo ha cedido, y, a su vera, el libertinaje occidental ha crecido y el primitivismo terrorista se alza desde el fondo de los tiempos para cobrarle las cuentas.

La irracionalidad primitiva se encuentra, en vísperas de la hora cero, con la hipermodernidad.

La entrópica derogación humanística de la cultura determina su irremediable fin.

¿Cómo, pues, destruir el terrorismo sin humanismo, cuando el absolutismo financiero también le declara la guerra del fin del mundo a la humanidad? ¿Es menos terrorista la concentración patológica de la riqueza mundial en los fondos de inversión de unos pocos califas financieros? Ese tipo de libertinaje empobrecedor del género humano y destructor de la vida civilizada, ¿debe defenderse dentro de esas libertades que en Occidente “nos hemos dado”?

Con declaraciones humanitaristas y defensoras de todas las libertades conquistadas por las democracias occidentales, no se habrá de poder contra esa violencia (sobre todo si las potencias democráticas que han sido potencias imperialistas, esclavistas y racistas se olvidan de su pasado expoliador y evangelizador a sangre y fuego, base de su envidiable, democrática y civilizada calidad de vida; ¿quién partió el mundo en Constantinopla?); sin acotar libertades ni extremar medidas policiacas, migratorias y de seguridad, tampoco.

¿Entonces?

Sabrá Dios. Eso dirían Spinoza y Einstein. Y eso decimos aquí. Sin humanismo perece la humanidad. En eso estamos. Dios nos agarre confesados.

Los terroristas religiosos no son católicos o judíos o protestantes o budistas ni de ninguna otra filiación que no sea musulmana. Son musulmanes; islamistas chiíes o suníes, sobre todo. Y es el fundamentalismo musulmán y no de otra naturaleza, el que tiene que observarse y vigilarse, más allá de las proclamas demagogas o de buena fe de preservar los valores de la coexistencia libre y plural de los ciudadanos de todas las creencias y… etcétera, etcétera, etcétera.

No se trata de promover o de aceptar censuras, condenas, exclusiones o persecuciones. Se trata de saber y de asumir que hay una fuente teológica propiciatoria del integrismo, el sectarismo, la intolerancia, la exclusión y la descalificación de quienes piensan y viven con otras creencias, con otras concepciones, con otras devociones o con otros atavismos, y de quienes no creen en profesión de fe ninguna y aún las condenan todas, con todas sus cerradas y absolutas prescripciones sobre el bien y el mal a partir de sus iluminados profetas y sus particulares intérpretes y patricios visionarios.

Porque la evidencia y las noticias diarias son inequívocas en el sentido de que las sangrientas guerras milenarias del odio musulmán siguen intactas; que los cristianos coptos siguen siendo masacrados por islamistas de uno y otro bíblico bando, que los judíos sólo se matan contra los musulmanes de todos los signos que quieren matarlos a ellos, que para los musulmanes toda la vida fuera de las reglas del islam es pecadora y ofensiva de su dios exclusivo y de sí mismos, y que un terrorista que quiere matar e inmolarse en nombre de ese reino es y será siempre un ser superior al de sus víctimas.

La lógica es inequívoca: ningún dogma religioso reproduce una genética tan fundamentalista, tan generalizada y tan peligrosa para quien no profesa sus devociones divinas y no asume sus obsesivas abstinencias, como el islamismo. Y eso hace que en sí misma la fe musulmana sea más proclive al terrorismo y a su barbarie, que a su erradicación y al exterminio del extremismo suicida y homicida.

Donde lecturas y rituales distintos del Corán producen odios, crueldades y mortandades entre pueblos creyentes del mismo origen y la misma adoración al mismo dios, que trascienden los siglos y son inmunes a los cambios históricos y civilizatorios, no debería sino ser explicable que quienes tienen esa genética y esas vocaciones genocidas, son tan execrables como condenables al fuego del infierno, y que el terrorismo, de uno u otro signo interpretativo de las ordenanzas de Mahoma, a final de cuentas y en el fondo del alma de las militancias del profeta, sólo están cumpliendo con su deber asesinando infieles.

Porque si los musulmanes más moderados, como los turcos laicos o los saudíes, consideran que un homosexual es una maldición de Dios que debe ser sacrificado sin piedad ninguna, y una mujer de dudosa moral -y por dudosa moral quiere decir que pretenda los mismos derechos humanos de los hombres- debe ser apedreada peor que un animal rabioso, es difícil entender que millones de fanáticos integristas no comulguen, más allá de lo que digan, con la justicia demoledora de la ley de Alá ejercida por los yihadistas contra los creyentes de credos enemigos y contra todos los ciudadanos de Occidente que tendrían que desaparecer del reino de su dios unívoco.

De modo que suponer que en cada musulmán puede haber un terrorista en potencia o un cómplice posible, quizá sea una hipótesis desmesurada y odiosa, sentenciosa y censurable por islamofóbica y fascista. Pero acaso no consignarla y descartarla más allá de una valoración razonada y relativamente objetiva, puede ser muy humanístico o muy hipócrita, y acaso eso quede más cerca de la rentabilidad y de la contextualidad favorable al integrismo violento.

Habría que revisar las variables a la luz del concepto y a la distancia del prejuicio.

Aquí hemos recomendado leer, por ejemplo, al Nobel turco Orhan Pamuc para entender un poco el comportamiento musulmán en sus formas y sus fondos.

Leamos “Nieve”, o releámosla; una aproximación necesaria a la enfermiza solidaridad, a los brutales complejos anímicos y a los horrores de un pueblo acuchillado y salvado para la eternidad al mismo tiempo, por la palabra irrevocable de vida y muerte de Alá, la única que debe reconocerse, respetarse y obedecerse por los siglos de los siglos. Y no son unos cuantos terroristas, son millones de islamistas los que profesan que sólo los hijos probados de ese dios tan implacable y su promiscuo profeta inquisitorial, deben poblar el mundo bajo su mandato de la edad de piedra.

SM

estosdias@gmail.com

 

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