La política chifló a su máuser

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Signos

Día de muertos. Y de desenterrar lívidas y cadavéricas ideas en torno del fiambre en que se ha ido convirtiendo la vida pública nacional, víctima de la ‘carabina de Ambrosio’ del ejercicio público y de la generación del nuevo tiempo de los iletrados en el poder. Ideas que en cuanto tales no han de servir de nada, como el mismísimo día de muertos que a menudo sólo sirve para llorar o para cambiar de disfraz en la parranda de la noche de brujas. Porque hoy día, se dice cada vez más a ciencia cierta, pensar es hurgar en el tiempo perdido y pregonar razones inútiles en el desierto. Lo de hoy, se dice, es estar en sintonía con el tráfago básico de la intolerancia conceptual de las redes sociales. No se trata de profundizar sino de ser popular en muy pocas palabras. Ésa es una de las grandes aptitudes que se reconocen en nuestro tiempo. La masividad está enterrando la posibilidad de toda abstracción. Y a menudo proferir ideas es enterrarse en el cada vez más diminuto espacio de la marginalidad.

Ni modo. Pero lo cierto es que, en México, la fracasada transición democrática ha significado también derogación de la cultura política y reparto partidista de la corrupción del Estado, lo que en general significa declinación y atraso del país, y peor calidad de vida para cada vez más mexicanos; significa pobreza y violencia, y todas las patologías asociadas a un decaimiento educativo que a la vez supone reciclamiento de todos los factores del atraso: simulación electoral, disfuncionalidad institucional, ilegitimidad representativa, ingobernabilidad, incertidumbre económica, y todas las derivaciones cíclicas del envilecimiento estatal, y sus consecuencias: más corrupción, incompetencia, pobreza, ignorancia, inseguridad, caos…

La creación estética se ha ido agotando en la medida del derrumbe de la estética nacional (o de los principios rectores de la simetría, la armonía y el equilibrio, la correspondencia razonable de los factores de la convivencia, y los valores éticos de la identidad democrática que advierten de su verdadera naturaleza: de su consistencia, su eficacia y sus capacidades regulatorias y de organización para promover y preservar la paz social y el bienestar general).

La literatura se ha ido agotando con el arte. Si bien nunca se han llevado bien y en realidad siempre se han llevado de lo peor la producción cultural y el consumo popular de la misma, no eran pocos los creadores mexicanos conocidos en el mundo por el valor de sus obras. Pensadores, escritores, pintores, músicos y representantes del humanismo en esas y otras expresiones, le daban lustre a México como lo hacían los diplomáticos de la era del autoritarismo, algunos de los cuales llegaron desde el mundo de las letras y las artes, como Alfonso Reyes, Octavia Paz, Carlos Fuentes, Fernando del Paso o Hugo Gutiérrez Vega. (Una era, por lo demás, ésa, la del autoritarismo revolucionario, no tan discordante en el entorno global, porque el mundo democrático, el llamado “mundo libre”, tenía también mucha cola que le pisaran: las potencias occidentales, por ejemplo, tenían pecados de colonialismo y de racismo que eran peores, y algunos Estados nacionales independizados de los imperios padecían asimismo tiranías mucho más condenables. En tal contexto, el Estado mexicano podía ser, en más de un sentido, mucho más democrático y desarrollado que cualquiera de sus pares, empezando por los latinoamericanos.)

Ahora ya casi no hay creadores de alto relieve, ni públicos alcanzados por sus creaciones. La sensibilidad ha dejado de ser una virtud y se ha convertido en una excentricidad agobiada por un hostil entorno de lo efímero saturado de frivolidades y banalidades. La academia se ha depreciado y desprestigiado. La observación teórica de la realidad social ha dejado de ser útil. El conocimiento y la verdad histórica como principios de la evolución son ahora no más que exóticas referencias del tiempo perdido. Desaparecen la diversidad y la riqueza del habla, las realizaciones del arte popular, y los productos culturales que las recogían, las sintetizaban y las universalizaban como expresiones del espíritu mexicano. Civilidad, civilización, historia y ser, se alejan, como el agua del ocaso. Y así, la política, el quehacer público por excelencia de la acción humana para el cambio civilizatorio y el desarrollo, se pervierte hasta el límite y pierde todas sus facultades narrativas, negociadoras y transformadoras del acontecer del Estado y de la gente.

Todo es obvio. No hay noticias de valor. Hacer política es sólo hacer actos públicos innecesarios y declaraciones anodinas. Las parafernalias protocolarias son cada vez más contrastantes con el pragmático quehacer informativo de la política mundial. Los huecos ceremoniales onomásticos de la patria y otras recordaciones calendáricas socialmente olvidadas –y algunas muy olvidables-, y casi todos los actos políticos presenciales con unos y otros oradores y listas de prohombres o emisarios suyos, están más plagados que nunca de palabrería ociosa y mal resuelta, y ayunos del mínimo dato informativo. La esterilidad de contenidos es el núcleo de la retórica política de hoy. No hay obra pública y tampoco hay ingenio discursivo ni bagaje intelectual ni casi liderazgo con ideas y novedades y proyectos afortunados y creíbles, promotores de algún entusiasmo e impulso popular.

La ordinaria nadería y los lugares comunes, hacen la política nacional. ¿Se dice querer combatir la corrupción?, fácil: se hacen más y más reformas e instituciones anticorrupción, y se derivan a ellas y a sus expansivas burocracias, caudales infinitos y crecientes del erario. ¿Se quiere combatir el fraude electoral?, fácil: se hacen reformas, instituciones electorales y normas reglamentarias eventuales al gusto de los partidos que mandan en las Legislaturas y según les vaya en las ferias de los comicios, y se derivan a ellas nutridos y crecientes caudales del erario. Pero la corrupción, el fraude electoral y la ilegitimidad representativa, siguen intactos y gozan de cabal salud.

Nadie cree en nada. Porque todo se hace sin creer en nada. Porque todo tiene el mismo principio: todo se hace para justificar que se está allí, en el ejercicio del poder; la trascendencia cultural, social y humana de las reformas de la política, es lo de menos. La incivilidad, la nimiedad, la inmovilidad, siguen consolidándose en la falacia de la historia democrática. Lo diría Fidel en Cuba: en el analfabetismo sólo se cultiva y florece la ignorancia; sin educación no prospera ninguna de las formas del saber y la existencia humana. De la calidad escolar dependen la cultura política y el futuro de un pueblo.

El periodismo, por su parte, no tiene que indagar nada porque todo está a la vista. El país se cae y la política no tiene soluciones. El periodismo tampoco avanza hacia una narrativa virtuosa: no cuenta historias con mejores lenguajes y estilos que sumen verdad, cualidad formal e interés público. No se cultivan los géneros ni se renueva el tratamiento de los de la rutina diaria. Las historias del país son tan malas noticias, que en su cotidianidad y su redundancia ya no le importan a nadie y el periodismo pierde fueros, como todo lo que depende de los valores educativos y culturales, cuando esos valores se disuelven en el ácido del desinterés o la desesperanza. Las redes sociales son las del desagüe de un desencanto general plagado de improperios, de impotencia, de inconsciencia, y de faltas gramaticales y de opciones de mejorar o de no empeorar.

Escuchar la radio es un martirio cuando no se tiene atrofiada la razón ni se sobrevive aplastado por el mal gusto. La programación musical es una letrina cancionera de ruido vil e impertinencias verbales que sólo dimensiona la barbarie masiva y progresiva de las audiencias mexicanas, la indigencia espiritual que acomete lo mismo a esos públicos enanizados que a las empresas mediáticas criminales que los proveen de tanta mierda. La radio y la televisión se estancaron e involucionaron desde la mediocridad; hoy día están peor que nunca: sin libretistas, sin productores, sin conductores, sin personal creativo. Hay medios, públicos y privados, que son impecables tribunas de la incapacidad absoluta de pensar, escribir y hablar. No hay innovación, y donde hay alguna mínima excepción de calidad, no hay quien la escuche ni la vea. No se conceptualiza, ¿para qué, si nadie lo hace? Todo se improvisa y se consume sin que nadie demande nada más; y, si el mercado manda, al consumidor lo que pida; y no ha de pedir nada que no conozca, y lo que conoce es lo que hay. Todo es cíclico y terminal.

No: no hay política, no hay novedad. Si ya casi no hay cultura ni sabe nadie lo que es eso.

SM

estosdias@gmail.com

 

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