La quinta transformación

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Recuerdo a buenos amigos que hace algunos años se referían a AMLO con frases como “es un enfermo de poder”, “es un pragmático”, e incluso “es un inmediatista”. Hoy son parte integrante de Morena.

                Reproches que iban de la mano con posturas ‘extravagantes’ de López Obrador, como auto proclamarse presidente mientras el ‘espurio’ Calderón tomaba posesión de Los Pinos.

                Durante todo el sexenio del panista y una buena parte del de Peña abundaban críticas como “¿de dónde saca tanto dinero para recorrer todo el país, haciendo campaña?”.

                Le llovían las diatribas mientras marchaba por las esquinas recónditas del país, conocía sus caminos y los de la gente, olfateaba el sentir popular, hacía alianzas, se dejaba conocer y querer mientras compartía tortillas, frijoles y viejos reclamos de pueblos olvidados.

                Como ningún otro contendiente “deseoso de poder” en la historia mexicana, ha estudiado concienzudamente a los personajes que dieron rumbo a México y dieron como resultado las tres transformaciones previas de las que habla.

                Hidalgo y señaladamente “El Siervo de la Nación”, José María Morelos y Pavón. El siervo, el que sirve a su patria desde un humilde altar y en nombre de aquel dios, el que se sacrifica y muere por ella y nos lega la máxima mestiza que entiende y abarca por primera vezal otro mexicano, al prieto, al indio, para llevarlo a su Independencia.

El fulgor incandescente de un Benito Juárez a mitad del desierto vandálico de la época, de las amenazas de propios y extraños. El imaginario colectivo sigue la recreación del mito que permite al  indio invisible salir de la profunda sierra y forjarse desde el sagrado mestizaje.

Refundar un México con justicia y equidad y dar la vida, son sinónimos.

Toda Revolución es transformación.

Es creencia popular que la izquierda histórica ha tomado el poder a través de cambios que  han convulsionado a la sociedad, nunca por un proceso democrático. Tomar el poder a toda costa, sin importar los medios.

Pero la Revolución mexicana desmiente esta premisa. Fue producto de una necesidad de carne y hueso con muy poco de ideologías partidarias, era el añorado Imperio español que seguía vivo en haciendas y conventos en contra de los nacidos en el Nuevo Mundo.

El conjunto de ideas que conformaban a los bandos contrarios era conservador por un lado y liberal por el otro, mexicanos separados por abismos insondables entre riqueza y pobreza como herencia y destino.

Construir un país desde esas diferencias ha costado un siglo y millones de vidas.

Cualquiera sabe que la conformación de un grupo conservador es menos difícil que la de un grupo liberal, así nos lo ha dicho la historia una y otra vez.

Hay pocas diferencias en el primer grupo: quieren el poder y ponen sus recursos económicos para tal fin, se alían bajo los mismos parámetros que vienen de familia, religión y educación, y las discrepancias son menores. Claro, son términos generales.

Y siempre se referirán a ellos mismos como clubes, asociaciones, patronatos y otros.

Notorio el cambio de términos para referirse a los liberales. Hoy se llaman tribus gracias a las hordas perredistas que, con mucho, han demostrado voracidad y canibalismo político.

Aunque aquellos liberales del siglo 19 no merecen equipararse a los hijos de los Chuchos.

En todo caso y en el mar revuelto que es hoy la política mexicana, el partido en el poder se ha venido conformando por esta y otras tribus que responden a un liderazgo mayor y que todavía no se adaptan a la idea de que los tiempos están cambiando.

Ya no se trata de tener el poder por el poder mismo, ahora quienes gobiernan serán exigidos  y supervisados como nunca antes. La ciudadanía exige que se ejerza un gobierno desde los poderes del estado, no desde la óptica de un partido.

Así fue con el PRI, con el PAN y desde el arranque mismo de las instituciones con Plutarco Elías Calles.

Por supuesto que MORENA y López Obrador han coqueteado con la idea implícita de que la 4ª transformación es en sí una revolución. Pero convendría transformar la 4ª en una 5ª y dejar la revolución aparte para caminar por senderos democráticos.

Esta medida nos traería de regreso un nacionalismo moderno que nos permitiera admirar a nuestro país de nueva cuenta y entonces comenzar a llamarlo Patria.

Y de cualquier forma, sería revolucionario.

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