La seguridad, entre dos fuegos

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<> on March 26, 2010 in Juarez, Mexico.

Signos

La seguridad, entre dos fuegos

No: el crimen no se resuelve sólo con policías y gente armada, como tanto se hace y como tan vano resulta.

La violencia institucional del Estado es necesaria; pero cuando se asume como una solución permanente, es porque la incompetencia gubernamental también lo es.

Y si eso es así, la violencia criminal y la institucional sólo se suman en un estado de anarquía y de sangre sin soluciones de ninguna especie.

Los policías y los soldados siempre ganarán menos dinero que los sicarios; y serán tan propensos a la corrupción y a la colaboración con las mafias, cuanto más los liderazgos políticos sean los mejores ejemplos de que el éxito público y personal no estriba en la defensa del Estado de Derecho sino en su violación, y de que combatir a las mafias y al crimen común desde esa perspectiva y desde un Estado de Derecho donde tales conductas son la generalidad y no las excepciones, no es lo más aleccionador y edificante, ni para la gente de armas defensora de las instituciones ni para nadie que valga la pena.

Mejor la corrupción que una caída en combate con los sacros honores patrios respectivos de parte de los personeros del poder peores que uno, dirán los policías y los soldados.

No: la solución no está en apoyar con soldados o con policías a tales o cuales autoridades rebasadas en absoluto por el crimen.

En Tulum o en Playa del Carmen o en Cancún, si la droga fluye y el mercado no se ataja es porque la autoridad política no existe: está corrompida o es incompetente o ambas cosas. Frente a eso, no hay tropa ni ejército de salvación que puedan.

Si la democracia electoral sigue produciendo analfabetismo funcional y corrupción representativa, comicios irán y vendrán, y los espectáculos sangrientos en las ciudades seguirán siendo el pan de cada día.

No hay autoridades municipales. No hay autoridad en el país. No hay leyes que sirvan, ni instituciones que las hagan valer.

El turismo en el Caribe mexicano es cada vez peor, más adicto, menos rentable, más lumpen.

Y el turismo más drogadicto sabe que en estos parajes sobra el libertinaje, que el poder público no sirve, y que el abasto y el consumo de lo más prohibido en el mundo es más fácil y asequible acá.

Y las mafias hacen su agosto con eso, mientras el poder político canta la única canción que se sabe sobre la demagogia del desarrollo: si hay inversión, hay progreso; si hay mucho turismo, hay mucho empleo.

De modo que si las ciudades se expanden sin orden ni concierto, y la indigencia se multiplica sobre la destrucción del medio natural, eso no es sino la consecuencia inequívoca de la prosperidad.

Y no: Tulum es ya una ciudad perdida cuando su Municipio recién acaba de nacer, con un patrón de abatimiento más raudo que Playa del Carmen y Cancún.¿Por qué?, pues porque no hay Gobiernos a la medida del desastre, es decir: a la medida de los liderazgos que hacen falta para contener la ruina.

Más inversión turística y más drogas, suponen más mafias y más crimen, y ejércitos de reserva para la violencia, si no hay alternativas de poder público contra esa avalancha demoledora.

Y no las hay…

Las elecciones sólo son fábricas de lo mismo.

Chanito, Mara Lezama, éste y aquél: balas de la misma ruleta rusa.

Tampoco puede esperarse el crecimiento económico y la distribución equitativa de la riqueza como opción estructural, porque eso es quimera que ni a utopía llega.

El crecimiento económico mexicano pasa por las mismas trampas financieras y bursátiles globales de todos los países. Y no pueden hacerse perspectivas superiores al tres por ciento, y en México la emancipación de la pobreza extrema requiere índices superiores al siete, lo cual es del todo improbable, un sueño guajiro.

(Y, por cierto, algunos sabios extraviados del análisis político nacional, muy célebres en las televisoras, celebran siempre crecimientos económicos como los del Estado caribe, del orden de entre el cinco y el siete por ciento anual, como si de decisiones políticas dependieran, y no: En Quintana Roo, crecimiento económico supone al mismo tiempo inmigración pobre, demanda, rezago de servicios básicos, precarismo, irregularidad, expansionismo urbano, déficit fiscal, descomposición moral y cultural, etcétera; problemas que se acumulan y promueven más violencia a medida que la democracia produce representaciones y administraciones públicas iguales o peores que las anteriores, en una sucesión ruinosa e interminable.

Ese ‘desarrollo turístico’ depredador no para en Cancún hacia la zona continental del Municipio de Isla Mujeres. Y no para en la Riviera Maya, de Playa del Carmen a Tulum. Y todo indica que alcanzará a Bacalar.

El turismo vicioso se despliega y el vicio local también, al son del crecimiento patológico y sin regulaciones. Y detrás del vicio, los proveedores de drogas. Y, con ellos, los espectáculos de muerte que ahora mismo se multiplican en Tulum.

Si no hay Gobiernos, no hay donde topen los cauces del caos.

En Tulum, por ejemplo, el Cabildo aprueba un gentilicio y decide que los tulumenses no se llamen así sino tulumnenses, para que a las mujeres, por decreto, no se les diga tulumensas, porque ‘mensas’ se oye muy feo.

¿Esa autoridad puede ser llamada y respetarse como autoridad?

Es evidente que la sangre seguirá corriendo por las calles y las veredas de esa ciudad sin ley, y que la solución no está en más gente armada del poder público.

El problema es la debilidad estructural de una democracia mexicana pluralista que ha sido muchísimo peor que el peor de los autoritarismos unipartidistas.

Y lo que viene no augura ninguna buena nueva.

Nombres irán, nombres vendrán.

Nadie, nadie, conoce uno solo de sus méritos políticos y de sus contribuciones sociales.

Que López Obrador será el próximo presidente de México, parece que ya no admite discusiones (si la discusión admite que las autoridades electorales se han pervertido de manera inédita y son capaces ahora de cualquier cosa en favor del estatus quo al que pertenecen, y de que hay signos cada vez más ominosos sobre intenciones de hacer a toda costa que las cosas cambien de último momento, como las encuestas compradas que advierten acercamientos entre las preferencias por los candidatos presidenciales y tendencias del voto del todo falaces, donde una mínima diferencia –repetida mediáticamente miles de veces y convertida en verdad entre la ignorancia masiva- puede bastar para que la autoridad electoral consume el fraude. Porque Meade está en la lona, y Anaya es un criminal que debería pisar la cárcel antes del día de los comicios, por sus inocultables y documentadas prácticas de lavado de dinero y enriquecimiento ilícito).

Bien: entre los muchos compromisos y propuestas ofrecidas por López Obrador, debía cumplir la de acabar con las oligarquías de las cúpulas burocráticas de la institucionalidad electoral y las partidistas.

Debía emprender cuanto antes esas iniciativas de suspensión de la vagancia electoral y seguirse con las de la institucionalidad de transparencia y anticorrupción.

Y debía promover una reforma constitucional integral que garantice elecciones que produzcan liderazgos representativos íntegros, competentes y legítimos, y se acabara de una vez por todas con este arrabal sin rumbo de bodoques electoreros inventados de ninguna parte, que se sienten capaces de gobernar el mundo y no saben para qué se levantaron del suelo las extremidades superiores de su especie.

Ah: y algo que acaso sí debiera expropiar López Obrador, son los bancos. Sus dueños son unos mercenarios usureros contra los que el Estado no tiene -o no quiere tener- recursos legales suficientes para poner al servicio de la sociedad y de sus ahorradores más necesitados de protección.

Los bancos trafican con sus clientelas todo tipo de condicionamientos a su favor –el de los bancos, claro-, y los usuarios menores no tienen opciones para operar sus depósitos porque todos los bancos son iguales de arbitrarios y mendaces.

¿Quieres abrir una cuenta de ahorro?, pues tienes que comprar un seguro de cualquier cosa. ¿No hiciste con absoluta puntualidad un abono?, pues pagas el porcentaje de interés que el banco quiera y no leíste en las ‘letras chiquitas’ del contrato. ¿No dijiste con énfasis suficiente, en una propuesta telefónica, que no querías un servicio extra?, pues tendrás que pagar el cargo correspondiente y enredarte en engorrosas e inconcebibles gestiones para cancelar el servicio. Y cuida no tener una mínima participación en una sociedad empresarial con algún adeudo, porque tus fondos particulares pueden ser expropiados para pagar sin que tú lo autorices.

Los bancos mexicanos se burlan de la autoridad federal regulatoria y ganan miles de millones extorsionando a sus clientes más vulnerables, que son la mayoría, y usando sus ahorros para especular con ellos.

Los bancos mexicanos debieran ser expropiados, o sometidos a controles estrictos y sin posibilidades de escapatoria.

Y lo mismo debiera hacer el fisco con los evasores más grandes: evitar que se escapen e imponerles todo el peso del Estado a sus fraudulentas prácticas tributarias. Y a bancos y consorcios privados que no cumplan con rigurosa puntualidad sus obligaciones, aplicarles las leyes más duras que se puedan legislar, porque por esos túneles de la complicidad y la corrupción es que se ha ido más de la mitad de la riqueza nacional –el PIB-, la que se paga con una brecha del ingreso y una desigualdad social de las más grandes del mundo.

SM

estosdias@gmail.com

 

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