Las claves del progreso

Las claves del progreso

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Por Salvador Montenegro

Hay verdades tan simples que no se entiende que no se entiendan. Como el beneficio equívoco para el Estado de la creación de empleos en el Estado. El motivo por el que se demandan más es que se crean más. El cuento es de nunca acabar. Está inspirado en una patología de origen: el gigantismo patrocinado por el argumento de que mientras más se crece –como sea que se crezca- es mejor. Y es fácil que se crezca, si de saturar –y no de planificar el crecimiento- se trata, en un rumbo que a primera vista parece muy rico y que tiene por vecindario regional un entorno pobrísimo de donde quieren huir los pobres muy pobres, a quienes no se les podría ocurrir mejor destino que el de salvarse viviendo de lo que fuere en el rumbo más a la mano donde el dinero parece brotar de las piedras donde nacen, se elevan y se multiplican los hoteles. En esa lógica es de anormales no suponer que ocurra un crecimiento sin tocar el techo. El mundo se hunde y la indigencia florece por sus cuatro cuadrantes. Y los éxodos de la miseria se tornan interminables hacia donde vislumbra el hambre las luces de la comida y del oficio que haya para conseguirla. Los que llegan día y noche al Caribe mexicano son estimulados por los que día y noche llegaron antes. Un caminante fue convencido por otro, aquél trajo a su familia, y éste a poco hará venir a la suya o al vecino de al lado o al compañero de juerga. Los contratistas cuentan con un ejército de peones disponibles: no sabrán hacer nada pero la necesidad los induce a no discutir si sólo les dan de comer y no les pagan ni les dan más nada. Y construir y dispersar concreto es algo incesante. No hay regulaciones de nada. Los usos de suelo se dispensan al mejor postor. En Cancún, por ejemplo, la urbe turística más rica y famosa de México, las autoridades han saqueado tanto el patrimonio y las arcas municipales -porque por eso han luchado tanto para ser autoridades- que el Ayuntamiento no tiene para sostenerse ni muchísimo menos tiene para hacer las obras y los servicios que demanda a grito abierto la incontinente demografía de la pobreza. Y las autoridades entrantes quieren también, faltaba más, beneficiarse del patrimonio municipal, como sus antecesoras: como Chacho, por decir, pero sobre todo como Greg, que a punto estuvo y por suerte ya no pudo ser senador. Y siguiendo su ejemplo –que hace una genética del mal ejemplo y de la mala vida- siguen rematando bienes públicos y abaratando la venta de autorizaciones para que los constructores inmobiliarios sigan construyendo de todo en cualquier parte. Y esos magnates de fábula no paran de construir, porque su negocio prospera al ritmo de la densidad incontenible de la demanda promovida por la demografía, por supuesto, aunque la comuna no sepa qué diablos hacer con la dotación de las obras y de los servicios urbanos a que lo obliga esa demanda poblacional, empezando por los basureros y siguiendo por el drenaje, las plantas de tratamiento de agua potable, las escuelas, los hospitales, el alumbrado, las vialidades, las banquetas, los parques, las casetas de vigilancia, las patrullas, los patrulleros, los estacionamientos, el transporte, y los demás servicios, de las demás colonias, que se van necesitando a medida que la ciudad se va extendiendo y se va contaminando, y las periferias se van volviendo más y más insalubres, más inseguras, con más pandilleros, y más vendedores de drogas, y más lumpenaje, y más violadores, y más y más suicidas que se van muriendo en el océano de la soledad y en el hacinamiento, a la vera de los cadáveres del valor de humanidad, de la solidaridad, del compromiso de las burocracias con los marginados, porque todos los límites se van desbordando, con más colonos que llegan y se asientan –pese a las prohibiciones legales y a las iniciativas de ordenamiento que se hacen para que nadie les haga caso- donde los bandoleros, metidos de líderes emergentes, que negocian con los candidatos de ahora, que son los alcaldes y los funcionarios de mañana, les van señalando, a cambio de promesas de votos, de adhesiones posibles, y así la ciudad se desdobla, el chapopote derrite las selvas, las calles se atrofian, el ruido y el tráfico aplastan el orden urbano posible, la ciudad se hace un caos, se pervierte el subsuelo, y el medio tan frágil, como el más delicado del mundo, al igual que en Tulum y en Playa del Carmen, se va haciendo trizas, de modo irremediable, porque la autoridad cada vez es más vil, y más incompetente, y hay menos Gobierno –o menos capacidad de atender las exigencias representativas que implica ser Gobierno-, menos dinero y menos bien común, porque la corrupción y la incapacidad generan más deudas y menos ingresos, y la brecha se ensancha, entre la demanda que crece al ritmo de la inmigración infinita, de una inmigración que cada vez es más pobre, que aporta cada vez menos y requiere cada vez más, y que se hace más lumpen y más peligrosa y violenta, y que amenaza con hacer que el mercado turístico, del que viven la ciudad y el Estado, termine por hacerse polvo de luna vieja. Pero, claro, si es otro y no ése el color del cristal con que el mundo se mira, con una óptica menos perpleja, más idealista y más optimista del desarrollo, donde el crecimiento sólo es más empleo –donde lo de menos es que la calidad del trabajo cada día sea menor y atraiga más demandantes, por precario que sea, con menos posibilidades de renta fiscal y más carga para los Gobiernos-, parece del todo evidente que desde esa feliz perspectiva de lo que es desarrollo en efecto vivimos en el mejor de los mundos posibles en materia de empleo. Y con más dicha y más gloria que eso, celebrarán por supuesto tal concepción del bienestar social los Gobiernos de las entidades del entorno vecino, de donde parten los éxodos de pobres, buscando salvarse de la mala suerte, hacia las ciudades que más crecen y desbordan las fronteras de la cordura urbana –humana, política y ambiental- en el Caribe mexicano. Las claves del progreso no están ocultas entonces, están a la vista de todos. No se entiende que tan simples y elementales que son no se entiendan. ¿O sí se entienden y se hace más como que no? El caso es que no se puede seguir construyendo hasta la entropía que entendemos nosotros ni sobre la línea del sueño de que seguir construyendo es un éxito que no tiene fin. Porque hay signos muy evidentes –y acaso ominosos para la conciencia crítica- de que más temprano que tarde –cada vez más temprano, parece- eso tiene que parar, desacelerarse, dejar de crecer. Y no hay la menor evidencia de que eso suceda por una decisión de poder, de mesura política, de interés público, sino porque ya no habrá para dónde crecer. Con toda la basura del hacinamiento, del deterioro, de la saturación, del discurso de la alada victoria que entraña crecer. En el sacro reino de todo el empleo.

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