‘Las manadas’

‘Las manadas’

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Signos

La Justicia europea es más bien tolerante y consecuente en favor de los criminales.

La suavidad democrática en torno de la defensa de los derechos fundamentales y la reinserción social hasta de los más inhumanos y crueles asesinos, les viene de sus pecados de sangre fascista o colonialista y se consagra en esos afanes de imposible redención humanitaria (porque los genocidios no tienen perdón ni periodo de caducidad moral).

Y en España, a menudo, los escarmientos de la Justicia son patéticos -desde nuestra óptica latina descarriada y los ejemplos de la rudeza justiciera del Tío Sam-: Un desquiciado se venga de su esposa quemando vivos a sus dos niños en una pira, por ejemplo, y le dan cuarenta años de cárcel, que a la entrada en prisión ya son veinte, y con buena conducta puede salir a los siete o a los cinco y pagar en la comodidad de su hogar y en la alegría de la calle, los años restantes de la sentencia de su crimen demencial, imperdonable e impagable (porque ese sujeto es un asesino por naturaleza y no tiene entraña ninguna de humanidad, digan lo que digan los especialistas españoles, cuyo criterio científico está a cien años luz de los estadounidenses, donde ese homicida sería achicharrado sin compasión en una silla eléctrica o sería sentenciado a dos mil años de la peor reclusión -a diferencia de las complacencias y las comodidades europeas- por los múltiples crímenes acreditados en relación con cada una de sus víctimas inocentes, en el entendido lógico, por supuesto, de que la pena advierte con entero pragmatismo la densidad exacta del delito y no la ociosa consideración de que lo impagable no cuenta y sale sobrando si no se puede cumplir).

Es evidente que, con la blandenguería europea y española, la pretendida ‘reinserción social’ de los criminales termina muchas veces en su reincidencia, y no pocas de ellas, para colmo, en el más encarnizado retorno de los victimarios sobre sus víctimas, acusadas por ellos de su ‘inmerecido’ castigo y castigadas de nueva cuenta y de remate, y como el mejor de los ejemplos de lo que debe ser el contundente ejercicio de una voluntad de hacer justicia. La condescendencia con los criminales irredentos puede significar una sentencia de muerte contra sus víctimas, y el justicialismo humanitario el mejor amigo de aquéllos y el peor enemigo de éstas.

Bien: con esa simuladora magnanimidad penal, un grupo de mozalbetes violentos y autodenominados ‘la manada’ asaltó y violó a una muchacha durante una ‘pamplonada’ (las fiestas de San Fermín en las calles de Pamplona, con cuernos de toros de lidia tras los traseros de la marabunta que corre en estampida delante de ellos; esas tradiciones cerriles que no se apagan) y el debate judicial es por una pena de entre diez y catorce años -a partir de una sentencia que se discute y oscila entre ‘sólo’ abuso o agresión sexual-, lo que podría poner en la calle a estas muy aplastables cucarachas (y perdónese el lenguaje un tanto radical, pero el tono fascistoide sólo responde a la cursilería justicialista cuya ridiculez promueve el extremismo expresivo) en, cuando mucho, un par de años.

En México, la peste del ‘debido proceso’-en un sistema penal tan inoperante que deroga las consignaciones en favor de los mayores delincuentes, merced a la corrupción y la disfuncionalidad de todas las instancias institucionales- pone en la calle a sicarios y a victimarios de la mayor capacidad homicida, a menudo por la más leve falta en las aprehensiones y consignaciones realizadas por policías y agentes ministeriales cómplices o incompetentes, y rechazadas por jueces sin criterio ni sensibilidad para hacer justicia más allá de la verdulería demagoga de la defensa de los derechos humanos de los innegablemente culpables de delitos espeluznantes.

Y en Quintana Roo, la sevicia de los ataques sexuales se dispensa con un entusiasmo sin contenciones como en ninguna otra parte, porque de manera complementaria a la fuerza de la depravación que crece con el poblamiento de la indigencia, el hacinamiento, y el arribo de las peores y más promiscuas raleas humanas procedentes de todos los infiernos de la marginalidad y la exclusión, la calidad institucional y de los liderazgos políticos se envilece y es cada vez más lumpen, y las gestiones representativas son cada vez más corruptas, de modo que en la convergencia de tan perniciosos factores, la entidad se eleva con los registros más altos en ese tipo de crímenes –como en otros muchos-, y al ritmo de la impunidad y de la demografía de la miseria humana se multiplican la reincidencia, la violencia y la inseguridad.

Si bien las noticias mayores son las de las matanzas de los sicarios, el crimen cerril, como el de la violencia sexual indiscriminada –de la consanguínea a la que ataca a otras mujeres, niños y demás seres vulnerables-, es de campeonato nacional y mundial, lo mismo en términos de cifras que de brutalidad, horror y saldos irreparables.

Se violan y asesinan mujeres y criaturas a granel, y la mayoría de los expedientes de los casos, cuando los hay (la mayoría ni se denuncian ni se investigan -y mucho menos, en los hechos, se persiguen de oficio-, y a menudo se inventan culpables y se consignan inocentes), se empolvan en los archivos ministeriales o se pierden para siempre y sin más.

Cancún, Playa del Carmen, Tulum y Chetumal son paraísos de la depravación criminal.

Sólo en la capital del Estado ocurren aberraciones inconcebibles a la luz de la autoridad responsable, que por conocidas que sean quedan sin castigo y sin que nadie proteste, y son apenas muestras insignificantes de la masividad del delito y de la infamia de la tolerancia colectiva y de la pasividad institucional.

De la memoria inmediata: En julio de 2009, durante un motín en el antiguo centro de internamiento para menores, en la comunidad de Calderitas, una secretaria fue tomada como rehén, sometida con un filo en el cuello y vejada por uno de los líderes adolescentes de la revuelta (que gracias a la justicia del azar terminaría muerto después a manos de sicarios enemigos, en Monterrey, donde trabajaba de asesino.) No pasó nada. Las Policías, el Ministerio Público y todas las autoridades involucradas en el incidente –empezando por las del presidio de menores-, conocieron el caso a plenitud y no movieron un dedo para reivindicar a la víctima y castigar a su victimario.

Apenas a finales de ese mismo año, al nuevo centro de internamiento de menores -hoy Centro de Ejecución de Medidas para Adolescentes, pero a donde derivan también a presidiarios que ya no caben en el eufemístico Cereso, o Centro de Reinserción Social- fue a dar la pandilla de violadores de una muchacha en el Bulevar Bahía a la que atacaron de manera tumultuaria. En menos de dos años, los seis adolescentes criminales estaban de nuevo en la calle, seguros de que podrían cometer crímenes mayores a cambio de penas pírricas –en el caso de ser atrapados y beneficiados con las bondades infinitas del nuevo sistema de Justicia Penal, como antes las recibieron del sistema de Justicia para adolescentes- o sin siquiera pagar por ellos de ningún modo. (Hoy día ya son carne de presidio para adultos, a quienes la impunidad ha enseñado que la Justicia opera en favor de los delincuentes, en un país incivilizado donde la ‘reinserción social’, como el ‘debido proceso’ y el sistema penal acusatorio, siguen siendo no más que coartadas de un constitucionalismo formalista y retórico, y de la demagogia política y judicial de los nuevos tiempos.)

El caso de la ‘manada’ española no quedó impune en términos legales, aunque el escarmiento penal sea sólo una caricatura de la justicia necesaria.

En Estados Unidos, un caso como ése o como el de la masacre contra la cubana Addisbel Pupo, en Chetumal, sería de tantos cargos imputados y por pagar como una vida entera en años tras las rejas de los verdugos, y acaso de asaltos sexuales cotidianos en su contra de parte de sus compañeros de reclusión, tan depravados y sádicos como ellos, ahora pobres víctimas a su merced.

En Quintana Roo… en Quintana Roo todo es un paisaje horrendo de mentiras que nadie cree y del que todo el mundo es cómplice.

Se alzan las voces de la justicia y empapan la opinión pública de acaloradas denuncias y sentencias implacables contra la complicidad de todos –vecinos, policías, fiscales, jueces, líderes políticos y de Gobierno-, y al cabo el silencio y la omisión los junta a todos bajo el mismo manto del segundo y más irreparable crimen: el del olvido inmediato tras el escándalo del protagonismo y la sonora condena de las militancias y del público en general.

Igual que en el caso de Jazmín Iridian, de la suicida del veneno para ratas, de la secretaria del centro de criminales adolescentes, de la violación colectiva de los también criminales adolescentes en el bulevar chetumaleño, e igual que todos los crímenes, por violentos y crueles e inconcebibles que sean, la pólvora de la opinión pública estalla y la institucionalidad judicial y política hace como que se mueve. Y antes del amanecer, la mecha de la justicia se ha mojado una vez más en la desidia tropical de la ‘normalidad’ consuetudinaria y vámonos nosotros a festejar las Navidades y que Addisbel trate de conciliar el sueño en su cama del hospital junto al destino que le mataron.

Porque el caso de Addisbel está también a punto de morirse: a punto de quedar más que cerrado y agotado en los hechos, y su correlato será un proceso penal complaciente con su victimario y con la familia de éste, que concluirá con la liberación temprana del criminal a la sombra del olvido cómplice de todos.

Y la impunidad seguirá reciclándose y multiplicando la reincidencia, y la sangre y las ‘manadas’ seguirán pulverizando la vergüenza ínfima que pudiera quedar, y la oportunidad remota y cada vez más inasible de forjar una nueva y más solidaria idiosincrasia.

Porque las ‘manadas’ y sus víctimas tienen su matriz en la tolerancia social y judicial, pero sobre todo en el descaro y el amparo criminal a ellas del poder político, con la indiferencia amiga de vecinos y comunidad, todo lo cual hace una ‘manada’, tanto más invencible, cuanto más insensible y vacía de solidaria humanidad.

SM

estosdias@gmail.com

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