Las sanaciones mágicas en la era digital

Las sanaciones mágicas en la era digital

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La milagrería sigue definiendo a México, es decir: la ignorancia; es decir: la indigencia intelectual y espiritual. La credulidad supina se impone al conocimiento y el trabajo escolar. Pese a las grandes jornadas de los educadores laicos que han intentado, en algunas etapas de la historia, alfabetizar, desfanatizar y hacer prosperar a las grandes mayorías pobres por la vía de la virtud del razonamiento deductivo y por encima y en contra de la inducción dogmática, el Estado promovió los monopolios privados y públicos más influyentes y dominantes en país alguno, en favor de la degradación crítica y de la ideologización del pueblo mexicano proclive al totalitarismo gobernante: los monopolios de la radio y la televisión, y del sindicalismo educativo, los principales instrumentos de control del poder político. Los liderazgos que representaron la posibilidad del cambio en las relaciones del Estado y la sociedad a través de la diversidad electoral y la alternancia en la toma de las decisiones públicas, no se interesaron en impulsar la transformación democrática del país de manera estructural, sino sólo en sus formas jurídicas e institucionales. Se olvidaron de la genética ideológica, de las raíces ontológicas, de los principios educativos y culturales, y de la metamorfosis idiosincrática que demanda una verdadera refundación generacional. Se olvidaron de los fundamentos cognitivos y humanísticos donde se forja el verdadero nuevo ser, el ciudadano emergente cuyo sentido ético alternativo debe apartarlo de la corrupción como el modo de vida fraguado en un sistema de valores donde la superación general y el éxito personal residen en todo lo que la democracia debe prohibir y la comunidad debe entender como lo que más la puede dañar. Los nuevos liderazgos sólo tenían de nuevo la oportunidad de disputar ahora los beneficios patrimonialistas de un Estado que antes tenía sólo una filiación partidista. Entendieron como nueva ideología la de establecer reformas constitucionales e institucionales que dieran legitimidad a la nueva apariencia democrática del poder político, donde concurría ahora una pluralidad de fuerzas de presunta militancia doctrinaria distinta pero cuya intencionalidad era la misma del monopolio que las precediera en el control del Estado, y que se impusiera como la suma representativa de las aspiraciones de un movimiento social que ese monopolio secuestró y administró durante décadas para sustentar sus excesos autoritarios. Entendieron que la nueva era democrática no requería una revolución educativa y espiritual, una nueva estética de la historia, de la simetría entre los valores humanísticos y las formas de la legalidad y la institucionalidad que los expresaran con una renovada identidad hacia el futuro. Entendieron que lo único que se necesitaba era un nuevo discurso, una nueva apariencia, una nueva demagogia. Bastaba concurrir con la simulación de la pluralidad y la civilidad, hacer unas nuevas reglas de interés pluripartidista y unas nuevas instituciones proclamadas como ciudadanizadas donde estuvieran presentes los intereses de todos los partidos, lo que legalizaría la representación de la diversidad social. Lo de menos era si se hacía lo mismo de antes y se encontraban mecanismos y fórmulas para esquivar las nuevas reglas y franquear las fronteras de la licitud y los condicionamientos de la rendición de cuentas y la transparencia democráticas. Lo fundamental era que allí estaban esas reglas y esos condicionamientos, y que, con ese crédito, lo que resultara de las elecciones y lo que hicieran en el poder representativo los vencedores, era constitucional y era legítimo; era, a fin de cuentas, absolutamente democrático.

Y no: la cultura democrática, la nueva estética del poder político, y la verdad de un porvenir popular equitativo y cifrado en la competencia y la soberanía crítica de los individuos, pasa por una revolución y una refundación integral de la genética educativa. La corrupción y el facilismo de la milagrería no se combaten con reformas constitucionales sino con renacimientos culturales que obren la viabilidad de las reformas requeridas; que produzcan individuos, pueblos y generaciones que, en principio, sepan pensar con lógica y escribir con corrección, hablar con ideas propias y desterrar el mal gusto como la peste, apagar la radio mientras no se erradique su estulticia incontinente, elegir la lectura y saber cada día más, distinguir la música de la baratija sonora y la estridencia, hablar con propiedad y sentido común de cosas que se saben y de las que se debe saber, optar por la conversación y no por el improperio y la banalidad y el ocio verbal, votar con conocimiento de causa o no votar si nadie es mejor que uno para representarlo, y que sepan que todo ese universo de la estética democrática y del perfeccionamiento civilizatorio no demanda dinero, sino voluntad y criterio suficientes para exigir escuelas y profesores que cumplan con la obligación humana esencial de producir alumnos interesados en prosperar sobre el principio de estudiar, aprender, competir, y ganarse la vida con la conciencia de lo que son y sin necesidad de quitarle a nadie lo que no es suyo ni se merecen; entendiendo que ésa es la fábrica y la residencia de la pedagogía de todo cambio histórico hacia adelante.

La confianza de un pueblo en la milagrería es la medida de su cultura y sus aptitudes de porvenir.

La milagrería y el fanatismo mexicanos son tradicionales, culturales y genéticos desde todos los tiempos, desde las supercherías prehispánicas a las evangelizaciones de todos los credos y creencias dogmáticas, y arraigan con todopoderoso rigor y superior perjuicio, por supuesto, en los espíritus más sometidos por el analfabetismo, la ignorancia y las debilidades de la razón y la conciencia.

Lo paradójico es que en la era de la hiperinformatización digital y el dominio integrador de los procesos cibernéticos, en México se multipliquen y se refuercen los fenómenos de esa milagrería y ese fanatismo ancestrales, y tenga cada vez más éxito el mercadeo de las curas sobrenaturales del cuerpo y el alma -más allá y más acá de todas las ciencias- a través de mensajeros de la superioridad divina, de ministerios y predicadores de infinidad de evangelios (hijos unos de otros, o inventados y reproducidos por una legión de profetas, discípulos e intérpretes iluminados de la cósmica sabiduría de la sanación física y la salvación moral de todos los pecadores), y de curanderos, rezanderos, santeros y, ahora más que nunca, de promotores de una constelación industrial de productos, tratamientos, medicaciones y consultorios sin cuento mediante los cuales usted, señora, usted, señor, y cualquiera de aquí o de allá, aquejado por la mala suerte o por cualquier padecimiento corporal o anímico, puede encontrar el remedio para todos los males con sólo creer que en menos de lo que se lo cuento, usted, señora, usted, señor, y todos quienes sean capaces de tener fe, conocerán, a partir de ahora mismo, la felicidad de una buena vida y un destino infalible de inmejorable fortuna.

Que la digitalización sea la plataforma de la existencia del presente y el animismo prehistórico y las creencias a ciegas en cualquier hechizo totémico y en cualquier insumo de esencias míticas y en cualquier cuento chino de resucitaciones milenarias se expandan al mismo tiempo, no supone sino que el analfabetismo real y funcional es más poderoso que nunca, que la regresión educativa e intelectual prospera en lugar de ceder, y que el humanismo y la cultura son especies en un proceso de extinción vertiginoso, perfecto y casi terminado.

En Quintana Roo, como se ha publicado en distintas épocas en las páginas de este semanario, el proceso de lumpenización espiritual que favorece la proliferación de Iglesias, sectas, ritos y templos de las más extravagantes denominaciones -de los tradicionales a los inventados por una chusma charlatana creciente y abusiva, cuyo mercado es la medida de la también desbordada orfandad que arraiga en estos ámbitos del país, donde asimismo florecen, como en ninguna otra parte, el éxito turístico y la masividad inmigrante y heterogénea de la pobreza que produce, con su desigualdad social, su marginalidad extrema, su degradación humana, su egoísmo, sus rencores, sus venganzas, sus desconfianzas, su violencia infinita y todas las demás patologías del hacinamiento, la aglomeración, la segregación, y la derogación de la vida pública y su institucionalidad, que alienta el invivible caos- tiene que ver con las desmesuras de ese abigarramiento migratorio interminable, de su total ausencia de identidad comunitaria y de cohesión solidaria, y con las características de una idiosincrasia religiosa desperdigada en una multitud de credos -tradicionales o creados para el consumo de la desesperación, la soledad y el abandono de los desamparados proclives al vicio, al homicidio o al suicidio- cuyo mejor abono es la fragilidad ideológica del entorno regional; un entorno donde la catequización de la Conquista fue un fracaso entre la comunidad aborigen nómada y envuelta en guerras de exterminio, y donde esas debilidades de un catolicismo que de cualquier modo contribuyó a derretir las paganías originarias -en una comunidad maya diezmada de manera facciosa por sí misma y desconfiada, en el declive de su esplendor civilizatorio, de sus propios guías religiosos, a los que culpó del ocaso de su ecuménico e invencible reino prehispánico-, creó las condiciones para el despliegue, a finales del siglo XX, de todas las ofertas redentoras de la fe que se han convertido en el mejor negocio, luego de la corrupción política, del ‘narco’, y de la empresa turística, cada vez más corrompida, también, por la codicia, que abarata la plaza y es insensible a la descomposición de su medio natural, social y urbano, de la que es un factor determinante.

Tal es el contexto educativo, económico, moral y cultural en el que arraigan los beneficios de la industria de la milagrería en el Caribe mexicano.

SM

estosdias@gmail.com

 

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