Liderazgo ideal

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Signos

No hay modelo de Estado ideal. Las democracias europeas, por ejemplo, se presumen las más civilizadas del planeta; las más modernas en filosofías y constitucionalismos liberales, en la defensa de los derechos humanos y las garantías individuales, en la institucionalidad representativa y la cultura del Derecho y la anticorrupción, y en la experiencia pluralista y de laica renuncia a todo prejuicio y toda exclusión.

Pero en ellas y de sus democracias felices emergen las peores contradicciones de su retórica ideológica y ética: los fanatismos más retrógrados y segregacionistas, los fascismos más inhumanos y extremistas, los grupos de poder más proclives a la beligerancia y el exterminio, y las decisiones políticas y militares más radicales como solución a los problemas causados por las desigualdades, las masivas inmigraciones miserables y las chusmas populares. Y por la vía de dichas libertades democráticas y del sufragio de las mayorías, esos sectores derechistas y ultranacionalistas asumen un día los destinos de sus naciones -que fueron imperios genocidas que impusieron el terror y toda suerte de sanguinarias tiranías con las que dominaron sin piedad y con el supremo impudor de la injusticia, el atraco vil y la convicción absoluta y de origen divino de la superioridad racial, todas las colonias de las que pudieron apropiarse y habrían de esclavizar a sangre y fuego-; y, herederos de la genética de sus crueles antepasados, vuelven a la carga de acusar a los ‘seres inferiores’ y a los éxodos de refugiados procedentes de los territorios de infamia que por siglos explotaron, de los males del terrorismo, la inseguridad y el miedo a la pérdida de estabilidad y privilegios, y, para lo cual, las élites y otros amplios sectores de votantes clasemedieros intentan cerrarles el paso en las urnas a los partidos y a los liderazgos que consideran comunistas, populistas –así sean de las izquierdas más blandas y menos afines a las políticas de bienestar social y contra la pobreza- y promotores de todos esos perjuicios y de toda esa inestabilidad patológica que los intimida y les quita el sueño.

Hoy día, para no ir más lejos, Bruselas, la capital de la Unión Europea, se pronuncia en favor del derrocamiento del jefe del Estado venezolano Nicolás Maduro -un hablantín y analfabeto funcional, heredero de las glorias del finado presidente Hugo Chávez, a su vez un demagogo con ínfulas de libertador latinoamericano heredero de Bolívar- y en favor de un ‘presidente interino’ espurio, fáctico y golpista –el no menos retardado y anormal, pero éste un servilísimo posgraduado, Juan Guaidó, socio del pobre diablo mitificado Leopoldo López, o lo mismo que el populismo de izquierda pero en la rupestre y putrefacta oligarquía, la misma de todos los tiempos-, cuyo derrumbe no sólo no supondría ninguna democratización soberana del pueblo venezolano sino un intervencionismo abyecto más, de la mayor de las potencias democráticas imperiales, al mismo estilo en que Teddy Roosevelt inauguró, en el amanecer del siglo pasado, el colonialismo estadounidense, respaldando los independentismos panameño –respecto de Colombia- y cubano –respecto de España- para apropiarse sus territorios, como haría también con Puerto Rico, desplazando del mapa colonial al timorato y decadente Imperio español –lo mismo acá que en el Pacífico-, cuyos herederos actuales en el poder asumen la misma postura democratizadora que Bruselas y toda la Unión Europea.

No hay nada inexplicable y el exCongo Belga sigue envuelto en llamas, en sangre, en guerras de exterminio, porque de Bélgica y de la voracidad enfermiza de su rey Leopoldo II –y también en el amanecer del siglo XX, cuando los imperialismos despedazaron a buena parte del mundo para fortalecerse como tales y enriquecer sus lindas e imponentes metrópolis y sus democracias liberales, ejemplos pedagógicos para los bárbaros del mundo- sólo obtuvieron masacres masivas, esclavitud, hambre, ignorancia, humillación y miseria infrahumana, como la Venezuela de hoy recibe de ese mismo reino, ahora paraíso de la democracia y la defensa de los derechos humanos, el respaldo diplomático y moral que -entienden tales europeos descendientes de sus intervencionismos atroces- ayudará a elevar la justicia, la dignidad, la igualdad, la libertad y la fraternidad.

¿Y por qué no se ocuparon nunca, los europeos, de compensar en algo a los pueblos más abatidos por el infierno en que los abandonaron a su maldita suerte, luego que tanto los despojaron de sus riquezas y los hundieron en la postración anímica y cultural más honda de todos los tiempos de la civilización humana? ¿Y por qué en medio de sus grandes goces democráticos –y de un nivel de vida que en buena parte se robaron de sus posesiones imperiales- hoy elevan al poder a otras élites con el mismo espíritu de sus conquistadores de ayer para que los salven de los éxodos indeseables que arriban desde esos territorios despedazados –que fueron tan caóticos e ingobernables lo mismo antes que después de su independencia nacional- a descomponerles la privilegiada paz que se han construido con su civilismo constitucionalista ejemplar? ¿Por qué con su sabio liberalismo y la gentileza de su humanitarismo y de su rectificación y su redención democrática, no contribuyeron a evitar el derrumbe de la vida y del derecho al bienestar en los territorios que ocuparon durante tanto tiempo y con tanta sevicia? ¿Por qué dejaron morir solos a esos pueblos saqueados y hambreados por ellos, y por qué prefieren insistir ahora en esas causas tan libertarias y tan humanitarias como la de la salvación democrática de Venezuela?

Con los Estados Unidos sembraron el terror en Libia, Egipto y otras naciones, alegando la devastación de satrapías que ahogaban a sus pueblos, y con el mayor descaro le llamaron a eso ‘Primavera árabe’. Lo habían hecho en Irak y lo hicieron más tarde en Siria. El cinismo europeo es hoy más educado y refinado, pero tiene los mismos gérmenes de la inmundicia genética ocupacionista de sus antepasados.

De modo que no: no hay modelo de Estado ideal, pero hay liderazgos de Estado mejores o peores que los hacen socialmente más o menos serviciales.

En el liberalismo capitalista se le rinde culto a la propiedad privada, y en su extremo neoliberal se entiende que todo debe privatizarse (aunque en naciones como México, el neoliberalismo salinista, por ejemplo, haya sido más corrupto y pernicioso que lo demoledor que fue antes el populismo echeverrista nacionalizador y de economía mixta).

En Rusia tocó Putin, y, gracias a él, el país emergió del colapso comunista soviético y de la depredación de las mafias que habían asaltado la economía durante los turbios días de la transición de Yeltsin.

Putin ha acabado con las más grandes mafias financieras (tras que de la mano del jefe de una de ellas, amigo de Yeltsin, es que llegó al poder, y, cuando le quiso cobrar la cuenta, Putin lo metió a la cárcel como el delincuente más rico que era, y ahí sigue, lamentando su desgracia de haber retado al líder máximo mediante el invento de un partido político que lo llevaría a la Duma, luego de haberse comprometido a retirarse de la vida pública bajo la promesa de no ser perseguido por el fisco) gracias al vasto poder de su sistema de Inteligencia –que controla como ninguno la información de los contribuyentes y los evasores estratégicos- y ha hecho posible un régimen de economía mixta donde muchas de las empresas expropiadas por evasoras o insolventes funcionan mejor como empresas públicas que como privadas.

(Porque, además, Dimitri Medvedev, que ha ido de Primer Ministro a Presidente y de regreso gracias al poder de Putin -fundador y líder de una ‘dictadura perfecta’ cimentada en la eficacia política y gobernante, que lo ha encumbrado como el dirigente global más popular del mundo y como un revolucionario impecable que ha transformado a una nación que sacó de los escombros y la ha puesto en un nivel competitivo de potencia mundial, ahora capitalista y de economía mixta, pero con la superior regulación del Estado y con los sectores básicos del desarrollo, como la educación, fomentados como prioridad estatal-, Medvedev es un especialista bursátil y una inteligencia mayor en el orden de la inversión pública.)

Evo Morales, en Bolivia –con un equipo de genios financieros de alto compromiso popular, lo mismo que con colaboradores de la mayor eficiencia y lealtad políticas-, ha hecho de la inversión pública el motor esencial de una economía mixta donde el Estado es un competidor muy productivo y muy buen regulador del sector financiero. Evo ha probado que, sin corrupción, la inversión pública es un potente catalizador del financiamiento fiscal del desarrollo, y donde el potencial exportador se traduce en crecimiento económico con alta rentabilidad social.

En Cuba, Fidel no sentó las bases económicas de su revolución a largo plazo y rompió de tajo, para siempre y de una manera innecesaria, las relaciones con la superpotencia vecina (como no lo hicieron ni China ni Vietnam), y, tras el colapso soviético, no siguió el ejemplo de Putin para readaptar el modelo económico y administrativo a los nuevos tiempos globales.

El embargo estadounidense y la caída del comunismo debieron obligar, cuando menos, a descolectivizar la producción rural y alimentaria, y a redimensionar el sistema planificado de administración estatal. De ese modo, el desarrollo productivo de los recursos humanos –científicos, técnicos y de todos los ámbitos educativos de la formación profesional, el gran acierto castrista- fueron frenados por la prioridad ideológica y no se pusieron al servicio de la sustitución de importaciones y de la producción para el consumo doméstico, la exportación y la competitividad comercial (y una enorme cantidad de ellos sirve ahora, por eso, en el extranjero).

La economía mixta –con alta regulación del Estado-, el control fiscal –a la rusa, con un sistema de Inteligencia tan potente como el cubano- y el ajuste más conveniente en los márgenes de la desigualdad del ingreso, eran medidas que acaso debieron intentarse, en el sentido de que las prioridades revolucionarias –la educación, la salud, la cultura, el deporte y las subvenciones en materia alimentaria y de servicios, por ejemplo- preservaran sus gratuidades y beneficios.

Hoy día, en cambio, los ingresos siguen siendo de la misma naturaleza del principio de los tiempos castristas, pero la carencia productiva y la alta dependencia de las importaciones –con el bloqueo añadido- los anula como posibilidad de consumo y como ingrediente fiscal para el financiamiento de obras y servicios.

No hay financiamiento público y no hay obra pública. Se descompone el intercambio privilegiado con los países amigos cuyos regímenes dejan de serlo, y se descompone el consumo a niveles de escasez extrema. ¿Por qué no producir pollo en lugar de avestruces o liberar la producción de carne de res y de puerco –en lugar de castigarla de manera policiaca-, y abrir la producción agropecuaria con algunos financiamientos?, no se sabe a ciencia cierta, pero puede explicarse de manera relativa: En las decisiones fundamentales siguen imperando criterios de la vieja guardia y soluciones para un país que ya no existe en el ámbito del contexto global de nuestro tiempo. Los dirigentes de más de setenta años –y mucho más los de ochenta y de noventa- no son ya palancas del progreso sino anclas para el retroceso (porque si no se avanza cuando el mundo gira a una velocidad de vértigo comparada con la de hace sesenta años, se retrocede a la misma velocidad de los tiempos cibernéticos). Fidel fue un visionario capaz de milagros mayores. Pero también envejeció y no quiso asumirlo; y algunas de sus herencias menos lúcidas –las estructuras burocráticas de decisión del Partido, pétreas y anacrónicas, por ejemplo-, y no pocos dirigentes que merecieron el retiro desde hace algunas décadas, también. Hoy se padece, por eso, la zozobra entre lo necesario y la voluntad de quienes pueden sentir lo mismo aceptándolo que negándolo, porque al fin y al cabo el tiempo que les queda en esta vida puede ser de hoy a mañana.

Putin ha enviado a la isla a un grupo de especialistas en administración de empresas y recursos públicos. Pero el problema de la administración planificada y cifrada en la ‘nomenklatura’, es genético, cultural, y nada fácil de revolucionar. Porque es una revolución lo que hace falta en el sistema: la revolución de la era digital que le ha posibilitado a Putin, con la visionaria colaboración de Medvedev, reconstruir a Rusia tras los icónicos impedimentos del sistema soviético de gestión, pero aprovechando los recursos más logrados de la vieja guardia desde los días de Stalin: la Inteligencia punitiva –ahora contra el crimen de la violencia, y contra la delincuencia financiera y fiscal-.

Cuba está en la encrucijada justa de sus definiciones: ya no está Fidel y los asedios del mundo enemigo se ceban en las debilidades internas y las inconformidades crecientes. Quedan pocos alimentos y poco tiempo para la alternativa. Transitar por algo parecido a un ‘periodo especial’ ya no es opción, y los aliados no pasan ya de sólo ayudas eventuales y emergentes: el mercado y las utilidades mandan. Aunque, claro: hoy son tan importantes, como en la Guerra Fría, las prioridades geoestratégicas. Rusia y China pueden financiar a La Habana frente a la radicalización del asedio estadounidense, que quiere descabezar en una maniobra amplia a Venezuela y a Nicaragua, pero sobre todo a Cuba.

Pero en términos de economía mixta y de inversión pública exitosa, Putin y Evo llevan varios periodos reeligiéndose y consolidando sus transformaciones nacionales.

En la época de mayor crecimiento económico y menor corrupción en México -en los cincuenta y sesenta-, la economía mixta y la inversión pública fueron pilares del desarrollo y la rentabilidad social, y no por nada es que Antonio Ortiz Mena fue titular de Hacienda durante dos sexenios presidenciales consecutivos y está tipificado como el mejor administrador de las finanzas nacionales.

La continuidad es esencial en el ejercicio del gasto de inversión, tanto como evitar los dispendios de la corrupción institucional.

En el caso mexicano, el tiempo apremia, López Obrador no va a reelegirse, y garantizar el futuro tanto del régimen económico –la economía mixta- como del gasto de inversión (en términos de alternativa de crecimiento), es su mayor imperativo, junto al combate a la corrupción (y sobre todo del combate a la corrupción en el sector magisterial, puesto que si no se sientan los cimientos de la calidad escolar, no habrá civilidad ni nuevos horizontes).

Pero no debe contraerse el gasto sobre el principio de contraer primero la corrupción. El reto es operar de manera simultánea en ambos frentes. De otro modo se pausarán, más de la cuenta, la dinámica económica y los índices de crecimiento.

Y la desconfianza es la madre de todas las crisis.

Hay un liderazgo legítimo y popular al que no se le deben exigir transformaciones inmedia(tis)tas e irresponsables. Pero el cambio que ha propuesto es de dimensiones históricas inéditas. Y el peor enemigo de ese tipo de proyectos revolucionarios es el tiempo.

No hay modelos de Estado ideales en el mundo. Pero hay liderazgos mejores o peores en función de su capacidad visionaria (tan utópica como concreta y de largo plazo). Y los mejores de esos liderazgos no son los que hacen todo lo que un pueblo necesita en su tiempo de mandato (ya sea que puedan permanecer en él por la vía de la reelección o no; decía Paz que los periodos históricos siempre serán mucho más dilatados que las vidas de los prohombres más longevos), sino los que advierten con serenidad lo posible y lo imposible, y aseguran los fundamentos de la posteridad sin protagonismos trascendentes.

SM

estosdias@gmail.com

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