Los aviones de la austeridad republicana

Los aviones de la austeridad republicana

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Signos

¿Qué pensaría el presidente electo de la República: él, el líder nacional más popular y legítimo del país haciendo fila en los aeropuertos para abordar aeronaves de línea en sus viajes, y gobernantes y políticos reprobados y condenados con sus partidos en las urnas, por abusivos y corruptos, transportándose en vuelos privados o en jets de propiedad pública y con enormes costos -de uso de aeropuerto, combustible, salarios de pilotos y ayudantes, etcétera- pagados con el erario, nada más que para estar presentes en actividades protocolarias e innecesarias que no sólo no les reportan ningún beneficio a los pueblos de esos ‘invitados especiales’, sino que, por el contrario y por el desmesurado consumo de recursos públicos -tan castigado en las urnas de estos tiempos mexicanos-, más perjuicios -y malos humores- les provocan (a esos pueblos y a las mayorías nacionales ya por demás cansadas del escarnio de sus ‘representantes populares’)?

Será demagogia, pero mientras desde la dirigencia que asumirá el poder presidencial se anuncian recortes presupuestarios y de grandes gastos personales y de administración en el sector público, y se proponen conductas y formas de liderazgo y de ejercicio del poder político austeras, moderadas y de trato sencillo y sin imposturas, algunos gobernantes y dirigentes de la vida pública de todos los partidos -pero sobre todo de los más censurados por su delictivo desempeño institucional-, prefieren mantenerse dentro de los usos y costumbres de las tradiciones priistas menos edificantes y más impúdicas, más allá o más acá de que la prehistoria autoritaria y sus totémicos rituales presidencialistas hubieran sido sentenciados a la hoguera de la ignominia tras el advenimiento milenarista de la modernidad democrática, de la alternancia pluralista en los poderes representativos de la diversidad popular, y de la fecundación a granel de todo tipo de organismos autónomos o no autónomos de Estado, ‘ciudadanizados’ o no, destinada, según los ‘considerandos’ reformistas de la nueva era del Estado nacional, a elevar la ética y la eficiencia del servicio público, a prevenir y sancionar las malas prácticas institucionales, a vigilar y transparentar el manejo de los recursos del erario y la administración de los patrimonios estatales, y a procurar las mayores legitimidad y equidad de los representantes sociales elegidos por el verdadero sufragio ciudadano.

Lo novedoso del mensaje gubernamental del pasado 8 de septiembre no fue su contenido ni nada de lo que en su entorno se dijo o se hizo, sino, justamente, que no hubo novedad ninguna respecto de todas las ceremonias, discursos, comportamientos y erogaciones de cuantos los antecedieron, de los menos malos a los peores mandatarios del pasado, de los mejores líderes a los presidiarios o que debieron serlo, de los más populares a los más odiosos y pobres diablos.

Casi todos los mensajes políticos de ocasiones como la del caso -y como los de todas las ocasiones en que a los líderes de cualquier pelaje les da por hablar solemnemente en tribunas para el aplauso o la promoción de imagen- suelen ser irrelevantes por cuanto desde la antevíspera de la víspera se sabe a ciencia cierta que lo que más abundará serán las medias verdades retóricas y los lugares comunes del falso idealismo y las entelequias de cartón piedra de la metafísica política y oratoria del poder en turno, y que lo que menos habrá de sentirse será la autenticidad de la autocrítica, el reconocimiento cabal de culpas y errores, y la capacidad cierta de convencer a la masividad de los descreídos y descontentos y desconfiados, de que habrá voluntad y virtud para la enmienda, tolerancia suficiente para la interlocución crítica, y reconocimiento y humildad en torno de las verdades creíbles y necesarias, y de las experiencias negativas de acción y comunicación de las que debe aprenderse para no repetirse..

Puede creerse o no en las posturas y las palabras del próximo mandatario federal, pero no puede dejar de reconocerse que la austeridad republicana y la supresión de los excesos de la corrupción y los dispendios de la equivoca grandilocuencia política son exigencias de una sociedad lacerada por todo ello y ofendida por tales atropellos que han hecho a las urnas hablar en su contra.

En la hora en que los anuncios y los acontecimientos más importantes a informar a la opinión pública y al pueblo entero se comunican en la escalinata de unas oficinas y frente a la comunidad mediática que está allí para dar cuenta de esas noticias, en esa hora, los aeropuertos, como el chetumaleño -chiquitos y por eso más insuficientes para el despliegue aparatoso y exhibicionista-, se llenan de ‘personalidades importantes’ y de cortesanos a su merced que descienden de ‘sus’ aviones y abordan lujosos vehículos de propiedad pública para hacer la más inútil y criticable de todas las presencias invitadas a un ceremonial que tampoco tiene, ni ha tenido nunca, ninguna razón de ser, en los términos tan veleidosos y de aparador de su pomposa celebración.

Porque la nota la dan los formalismos, que tendrían que ser los menos visibles y los más discretos, y los mensajes se pierden en los valores pagados de las primeras planas y en la desaprobación o el desinterés de los públicos que debieran ser el destino más importante del acto y sus mensajes.

No es buena política contravenir los que sí son buenos ejemplos del liderazgo presidencial venidero, con el que tiene que convenirse el futuro dela entidad. No que haya que coincidir y someterse o ponerse a sus órdenes, sino entender y asumir lo que sí es razonable, y no perseverar en actos y actitudes que, en estos tiempos de país, son impropios y negativos en dos sentidos: no sirven frente a la mayoría del electorado y, menos, frente al supremo poder de la nación con el que habrán de negociarse las prioridades de la entidad para los próximos años.

No se trata de no ser críticos con el liderazgo presidencial que viene, sino de serlo a partir de competencias y mensajes y diálogos políticos de valor. Del mismo modo que debe reclamarse y demandarse que cumpla él con lo que el mandato popular exige, debe cumplirse con el que se obtuvo, con toda legitimidad democrática -la mayor y más incuestionable de todos los tiempos-, en los pasados comicios gubernamentales del Estado. Porque es menester respetar las soberanías, pero será imposible hacerlo si no se respetan los compromisos electorales en cada una de ellas.

Decía el ideólogo tricolor más citado de los viejos tiempos: “En política, la forma es fondo”.

Eran los tiempos en que los tlatoanis del poder priista mandaban mensajes cifrados y asumían determinadas actitudes para que sus destinatarios entendieran lo que debían entender u obedecer.

El ceremonial de los informes de Gobierno formaba parte de esos misterios y escenarios para el morbo de la supremacía y la sumisión. Lo que se informaba era lo de menos, y a menudo lo que no se decía era lo que debía entenderse. La majestuosidad del foro parlamentario nacional era la del tributo a la personalidad del dios revolucionario del momento y el de su retórica sentenciosa para dictar las líneas inapelables del quehacer político nacional. En los reinos inferiores, las asistencias y los guiños de los invitados de honor que iban a los informes y eran sentados en tales o cuales lugares, eran vitales para los gobernantes y sus mensajes. La verdad suprema estaba escondida en esos mensajes; los datos del informe eran apenas remedos de bisutería que se tiraban a la basura. Quién iba, qué declaraba, cómo miraba, a quién y cómo saludaba, qué representaba… ésa era la ley de los tiempos. Hoy día, en cambio, el qué dirán las urnas venideras es la verdad reina que debe atenderse. Los aviones esperando turno para aterrizar o despegar, hacen más ‘fuego amigo’ que buena imagen. Ése, es el signo de los tiempos. Esas formas auguran los peores fondos. Es hora de entender el nuevo mensaje.

¿Qué pasaría, por ejemplo, si López Obrador llegara invitado a un informe estatal en un vuelo regular de línea, y los gobernadores y otros invitados especiales lo hicieran en sus jets privados o en los de sus Gobiernos? Muy bien: contra la demagogia populista tronarían los críticos, pero, ¿y los sectores populares y la opinión pública censora de las arbitrariedades y los lujos de la corrupción? ¿Sería buena política la de saturar los aeropuertos con aeronaves portadoras de linajes para ‘dar mayor realce al evento’?

El exgobernador Pedro Joaquín no llegó. ¿Buena o mala señal? Es el operador de las reformas energéticas más apedreadas por el ganador de las elecciones presidenciales recientes, y es representante de primera línea del régimen político más corrupto y repudiado de la historia. El exgobernador Félix González Canto tampoco llegó. Es el segundo de la trilogía de gobernadores más destructivos de la historia de Quintana Roo y por los cuales paga con cárcel sólo el último de ellos. ¿Hacían falta esas presencias en el recinto ceremonial del informe? ¿Las demás sí?

SM

estosdias@gmail.com

 

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