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Los cerebros ‘hackeados’ también votan: investigaciones para vendernos políticos e ideologías, el mayor peligro para la democracia

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La libertad humana se enfrenta a una doble crisis. Lo que más centra la atención es el consabido problema de los regímenes autoritarios. Pero los nuevos descubrimientos científicos y desarrollos tecnológicos representan un reto mucho más profundo para el ideal básico de millones de personas en el mundo occidental. El liberalismo ha logrado sobrevivir, desde hace siglos, a numerosos demagogos y autócratas que han intentado estrangular la libertad desde fuera. Pero ha tenido escasa experiencia, hasta ahora, con tecnologías capaces de corroer la libertad humana desde dentro.Para asimilar este nuevo desafío, empecemos por comprender qué significa el liberalismo. En el discurso político occidental, el término “liberal” se usa a menudo con un sentido estrictamente partidista, como lo opuesto a “conservador”. Pero muchos de los denominados conservadores adoptan la visión liberal del mundo en general. El típico votante de Donald Trump habría sido considerado un liberal radical hace un siglo. Haga usted mismo la prueba. “¿Cree que la gente debe elegir a su Gobierno en lugar de obedecer ciegamente a un monarca? ¿Cree que una persona debe elegir su profesión en lugar de pertenecer por nacimiento a una casta? ¿Cree que una persona debe elegir a su cónyuge en lugar de casarse con quien hayan decidido sus padres? Si responde sí a las tres preguntas, enhorabuena, es usted liberal…”, escribe Yuval Noah Harari, un historiador y escritor israelí, profesor en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Entre sus obras se encuentran ‘Sapiens: De animales a dioses’, ‘Homo Deus: Breve historia del mañana’ y ‘21 lecciones para el siglo XXI.

El liberalismo defiende la libertad humana porque asume que las personas son entes únicos, distintos a todos los demás animales. A diferencia de las ratas y los monos, el Homo sapiens, en teoría, tiene libre albedrío. Eso es lo que hace que los sentimientos y las decisiones humanas constituyan la máxima autoridad moral y política en el mundo. Por desgracia, el libre albedrío no es una realidad científica. Es un mito que el liberalismo heredó de la teología cristiana. Los teólogos elaboraron la idea del libre albedrío para explicar por qué Dios hace bien cuando castiga a los pecadores por sus malas decisiones y recompensa a los santos por las decisiones acertadas.Si no tomamos nuestras decisiones con libertad, ¿por qué va Dios a castigarnos o recompensarnos? Según los teólogos, es razonable que lo haga porque nuestras decisiones son el reflejo del libre albedrío de nuestras almas eternas, que son completamente independientes de cualquier limitación física y biológica.Este mito tiene poca relación con lo que la ciencia nos dice del Homo sapiens y otros animales. Los seres humanos, sin duda, tienen voluntad, pero no es libre. Yo no puedo decidir qué deseos tengo. No decido ser introvertido o extrovertido, tranquilo o inquieto, gay o heterosexual. Los seres humanos toman decisiones, pero nunca son decisiones independientes. Cada una de ellas depende de unas condiciones biológicas y sociales que escapan a mi control. Puedo decidir qué comer, con quién casarme y a quién votar, pero esas decisiones dependen de mis genes, mi bioquímica, mi sexo, mi origen familiar, mi cultura nacional, etcétera; todos ellos, elementos que yo no he elegido.Esta no es una teoría abstracta, sino que es fácil de observar. Fíjese en la próxima idea que surge en su cerebro. ¿De dónde ha salido? ¿Se le ha ocurrido libremente? Por supuesto que no. Si observa con atención su mente, se dará cuenta de que tiene poco control sobre lo que ocurre en ella y que no decide libremente qué pensar, qué sentir, ni qué querer. ¿Alguna vez le ha pasado que, la noche anterior a un acontecimiento importante, intenta dormir pero le mantiene en vela una serie constante de pensamientos y preocupaciones de lo más irritantes? Si podemos escoger libremente, ¿por qué no podemos detener esa corriente de pensamientos y relajarnos sin más?

Aunque el libre albedrío siempre ha sido un mito, en siglos anteriores fue útil. Infundió valor a quienes lucharon contra la Inquisición, el derecho divino de los reyes, el KGB y el Ku Klux Klan. Y era un mito que tenía pocos costes. En 1776 y en 1939 no era muy grave creer que nuestras convicciones y decisiones eran producto del libre albedrío, y no de la bioquímica y la neurología. Porque en 1776 y en 1939 nadie entendía muy bien la bioquímica, ni la neurología. Ahora, sin embargo, tener fe en el libre albedrío es peligroso. Si los Gobiernos y las empresas logran hackear o piratear el sistema operativo humano, las personas más fáciles de manipular serán aquellas que creen en el libre albedrío.Para conseguir piratear a los seres humanos, hacen falta tres cosas: sólidos conocimientos de biología, muchos datos y una gran capacidad informática. La Inquisición y el KGB nunca lograron penetrar en los seres humanos porque carecían de esos conocimientos de biología, de ese arsenal de datos y esa capacidad informática. Ahora, en cambio, es posible que tanto las empresas como los Gobiernos cuenten pronto con todo ello y, cuando logren piratearnos, no solo podrán predecir nuestras decisiones, sino también manipular nuestros sentimientos.Quien crea en el relato liberal tradicional tendrá la tentación de restar importancia a este problema. “No, nunca va a pasar eso. Nadie conseguirá jamás piratear el espíritu humano porque contiene algo que va más allá de los genes, las neuronas y los algoritmos. Nadie puede predecir ni manipular mis decisiones porque mis decisiones son el reflejo de mi libre albedrío”. Por desgracia, ignorar el problema no va a hacer que desaparezca. Solo sirve para que seamos más vulnerables.Una fe ingenua en el libre albedrío nos ciega. Cuando una persona escoge algo -un producto, una carrera, una pareja, un político-, se dice que está escogiéndolo por su libre albedrío. Y ya no hay más que hablar. No hay ningún motivo para sentir curiosidad por lo que ocurre en su interior, por las fuerzas que verdaderamente le han conducido a tomar esa decisión.Todo arranca con detalles sencillos. Mientras alguien navega por Internet, le llama la atención un titular: “Una banda de inmigrantes viola a las mujeres locales”. Pincha en él. Al mismo tiempo, su vecina también está navegando por la Red y ve un titular diferente: “Trump prepara un ataque nuclear contra Irán”. Pincha en él. En realidad, los dos titulares son noticias falsas, quizá generadas por troles rusos, o por un sitio web deseoso de captar más tráfico para mejorar sus ingresos por publicidad. Tanto la primera persona como su vecina creen que han pinchado en esos titulares por su libre albedrío. Pero, en realidad, las han hackeado…

Santiago J. Santamaría Gurtubay

La propaganda y la manipulación no son ninguna novedad, desde luego. Antes actuaban mediante bombardeos masivos; hoy, son, cada vez más, munición de alta precisión contra objetivos escogidos. Cuando Adolf Hitler pronunciaba un discurso en la radio, apuntaba al mínimo común denominador porque no podía construir un mensaje a medida para cada una de las debilidades concretas de cada cerebro. Ahora sí es posible hacerlo. Un algoritmo puede decir si alguien ya está predispuesto contra los inmigrantes, y si su vecina ya detesta a Trump, de tal forma que el primero ve un titular y la segunda, en cambio, otro completamente distinto. Algunas de las mentes más brillantes del mundo llevan años investigando cómo piratear el cerebro humano para hacer que pinchemos en determinados anuncios y así vendernos cosas. El mejor método es pulsar los botones del miedo, el odio o la codicia que llevamos dentro. Y ese método ha empezado a utilizarse ahora para vendernos políticos e ideologías.Y este no es más que el principio. Por ahora, los piratas se limitan a analizar señales externas: los productos que compramos, los lugares que visitamos, las palabras que buscamos en Internet. Pero, de aquí a unos años, los sensores biométricos podrían proporcionar acceso directo a nuestra realidad interior y saber qué sucede en nuestro corazón. No el corazón metafórico tan querido de las fantasías liberales, sino el músculo que bombea y regula nuestra presión sanguínea y gran parte de nuestra actividad cerebral. Entonces, los piratas podrían correlacionar el ritmo cardiaco con los datos de la tarjeta de crédito y la presión sanguínea con el historial de búsquedas. ¿De qué habrían sido capaces la Inquisición y el KGB con unas pulseras biométricas que vigilen constantemente nuestro ánimo y nuestros afectos? Por desgracia, da la impresión de que pronto sabremos la respuesta.

El liberalismo ha desarrollado un impresionante arsenal de argumentos e instituciones para defender las libertades individuales contra ataques externos de Gobiernos represores y religiones intolerantes, pero no está preparado para una situación en la que la libertad individual se socava desde dentro y en la que, de hecho, los conceptos “libertad” e “individual” ya no tienen mucho sentido. Para sobrevivir y prosperar en el siglo XXI, necesitamos dejar atrás la ingenua visión de los seres humanos como individuos libres -una concepción herencia a partes iguales de la teología cristiana y de la Ilustración- y aceptar lo que, en realidad, somos los seres humanos: unos animales pirateables. Necesitamos conocernos mejor a nosotros mismos.

Este consejo no es nuevo, por supuesto. Desde la Antigüedad, los sabios y los santos no han dejado de decir “conócete a ti mismo”. Pero en tiempos de Sócrates, Buda y Confucio, uno no tenía competencia en esta búsqueda. Si uno no se conocía a sí mismo, seguía siendo una caja negra para el resto de la humanidad. Ahora, en cambio, sí hay competencia. Mientras usted lee estas líneas, los Gobiernos y las empresas están trabajando para piratearle. Si consiguen conocerle mejor de lo que usted se conoce a sí mismo, podrán venderle todo lo que quieran, ya sea un producto o un político.

Las mismas tecnologías que hemos inventado para ayudar a las personas a perseguir sus sueños permiten rediseñarlos

Es especialmente importante conocer nuestros puntos débiles porque son las principales herramientas de quienes intentan piratearnos. Los ordenadores se piratean a través de líneas de código defectuosas preexistentes. Los seres humanos, a través de miedos, odios, prejuicios y deseos preexistentes. Los piratas no pueden crear miedo ni odio de la nada. Pero, cuando descubren lo que una persona ya teme y odia, tienen fácil apretar las tuercas emocionales correspondientes y provocar una furia aún mayor.Si no podemos llegar a conocernos a nosotros mismos mediante nuestros propios esfuerzos, tal vez la misma tecnología que utilizan los piratas pueda servir para proteger a la gente. Así como el ordenador tiene un antivirus que le preserva frente al software malicioso, quizá necesitamos un antivirus para el cerebro. Ese ayudante artificial aprenderá con la experiencia cuál es la debilidad particular de una persona -los vídeos de gatos o las irritantes noticias sobre el actual presidente de los Estados Unidos, un obsesivo compulsivo con su muro en la frontera de México- y podrá bloquearlos para defendernos.

Las mismas tecnologías que hemos inventado para ayudar a las personas a perseguir sus sueños permiten rediseñarlos

No obstante, todo esto no es más que un aspecto marginal. Si los seres humanos son animales pirateables, y si nuestras decisiones y opiniones no son reflejo de nuestro libre albedrío, ¿para qué sirve la política? Durante 300 años, los ideales liberales inspiraron un proyecto político que pretendía dar al mayor número posible de gente la capacidad de perseguir sus sueños y de hacer realidad sus deseos. Estamos cada vez más cerca de alcanzar ese objetivo, pero también de darnos cuenta de que, en realidad, es un engaño. Las mismas tecnologías que hemos inventado para ayudar a las personas a perseguir sus sueños permiten rediseñarlos. Así que ¿cómo confiar en ninguno de mis sueños?Es posible que este descubrimiento otorgue a los seres humanos un tipo de libertad completamente nuevo. Hasta ahora, nos identificábamos firmemente con nuestros deseos y buscábamos la libertad necesaria para cumplirlos. Cuando surgía una idea en nuestra cabeza, nos apresurábamos a obedecerla. Pasábamos el tiempo corriendo como locos, espoleados, subidos a una furibunda montaña rusa de pensamientos, sentimientos y deseos, que hemos creído, erróneamente, que representaban nuestro libre albedrío. ¿Qué sucederá si dejamos de identificarnos con esa montaña rusa? ¿Qué sucederá cuando observemos con cuidado la próxima idea que surja en nuestra mente y nos preguntemos de dónde ha venido?

A veces la gente piensa que, si renunciamos al libre albedrío, nos volveremos completamente apáticos, nos acurrucaremos en un rincón y nos dejaremos morir de hambre. La verdad es que renunciar a este engaño puede despertar una profunda curiosidad. Mientras nos identifiquemos firmemente con cualquier pensamiento y deseo que surja en nuestra mente, no necesitamos hacer grandes esfuerzos para conocernos. Pensamos que ya sabemos de sobra quiénes somos. Sin embargo, cuando uno se da cuenta de que “estos pensamientos no son míos, no son más que ciertas vibraciones bioquímicas”, comprende también que no tiene ni idea de quién ni de qué es. Y ese puede ser el principio de la aventura de exploración más apasionante que uno pueda emprender.Poner en duda el libre albedrío y explorar la verdadera naturaleza de la humanidad no es algo nuevo. Los humanos hemos mantenido este debate miles de veces. Salvo que antes no disponíamos de la tecnología. Y la tecnología lo cambia todo. Antiguos problemas filosóficos se convierten ahora en problemas prácticos de ingeniería y política. Y, si bien los filósofos son gente muy paciente -pueden discutir sobre un tema durante 3.000 años sin llegar a ninguna conclusión-, los ingenieros no lo son tanto. Y los políticos son los menos pacientes de todos.

¿Cómo funciona la democracia liberal en una era en la que los Gobiernos y las empresas pueden piratear a los seres humanos? ¿Dónde quedan afirmaciones como que “el votante sabe lo que conviene” y “el cliente siempre tiene razón”? ¿Cómo vivir cuando comprendemos que somos animales pirateables, que nuestro corazón puede ser un agente del Gobierno, que nuestra amígdala puede estar trabajando para Putin y la próxima idea que se nos ocurra perfectamente puede no ser consecuencia del libre albedrío sino de un algoritmo que nos conoce mejor que nosotros mismos? Estas son las preguntas más interesantes que debe afrontar la humanidad.

En vez de enfrentarse al reto de la inteligencia artificial y la bioingeniería, la gente recurre a fantasías religiosas y nacionalistas

“Por desgracia, no son preguntas que suela hacerse la mayoría de la gente”, recalca Yuval Noah Harari. “En lugar de investigar lo que nos aguarda más allá del espejismo del libre albedrío -añade el autor de ’21 lecciones para el siglo XXI’-, la gente está retrocediendo en todo el mundo para refugiarse en ilusiones aún más remotas. En vez de enfrentarse al reto de la inteligencia artificial y la bioingeniería, la gente recurre a fantasías religiosas y nacionalistas que están todavía más alejadas que el liberalismo de las realidades científicas de nuestro tiempo. Lo que se nos ofrece, en lugar de nuevos modelos políticos, son restos reempaquetados del siglo XX o incluso de la Edad Media.Cuando uno intenta entregarse a estas fantasías nostálgicas, acaba debatiendo sobre la veracidad de la Biblia y el carácter sagrado de la nación (especialmente si, como yo, vive en un país como Israel). Para un estudioso, esto es decepcionante. Discutir sobre la Biblia era muy moderno en la época de Voltaire, y debatir los méritos del nacionalismo era filosofía de vanguardia hace un siglo, pero hoy parece una terrible pérdida de tiempo. La inteligencia artificial y la bioingeniería están a punto de cambiar el curso de la evolución, nada menos, y no tenemos más que unas cuantas décadas para decidir qué hacemos. No sé de dónde saldrán las respuestas, pero seguramente no será en relatos de hace 2000 años, cuando se sabía poco de genética y menos de ordenadores”.

“¿Qué hacer?”, se pregunta el historiador de Jerusalén. “Supongo -se responde- que necesitamos luchar en dos frentes simultáneos. Debemos defender la democracia liberal no solo porque ha demostrado que es una forma de gobierno más benigna que cualquier otra alternativa, sino también porque es lo que menos restringe el debate sobre el futuro de la humanidad. Pero, al mismo tiempo, debemos poner en tela de juicio las hipótesis tradicionales del liberalismo y desarrollar un nuevo proyecto político más acorde con las realidades científicas y las capacidades tecnológicas del siglo XXI”.

Yuval Noah Harari nació en Israel de padres judíos con raíces en Europa oriental. Su abuela polaca escapó de Polonia y llegó a Palestina en 1934, según relató en 2018. Es especialista en historia medieval y militar. Obtuvo su doctorado en la Universidad de Oxford en Inglaterra, en 2002. Desde entonces ha publicado varios libros y artículos en inglés y francés sobre cuestiones militares medievales.Su libro ‘Sapiens: Una breve historia de la humanidad’ le dio fama internacional. Este texto fue publicado inicialmente en hebreo y después traducido a treinta idiomas. El texto se refiere a la historia de la humanidad desde el principio de la evolución del Homo sapiens, la Edad de Piedra, hasta las revoluciones políticas del siglo XXI. Sapiens cobró notoriedad primero en Israel y después en Europa. En su obra‘Homo Deus: Breve historia del mañana’ se desarrollan ideas sobre un mundo futuro no tan lejano del actual en el cual nos veremos enfrentados a una nueva serie de retos. En el libro, el autor explora los proyectos, los sueños y las pesadillas que irán moldeando el siglo XXI, desde superar la muerte hasta la creación de la inteligencia artificial.

Harari en sus trabajos, sobre todo en ‘21 lecciones para el siglo XXI’ expone cómo en la sociedad actual el epicureísmo es la filosofía dominante; indica que “en los tiempos antiguos mucha gente rechazó el epicureísmo, pero hoy en día se ha convertido en la opinión generalizada” en la sociedad occidental por su carácter ilustrado, racional y también por su poderío económico y militar. El epicureísmo tiene como señas de identidad básicas el alejamiento en la creencia en dioses, la ausencia de temor a la muerte, el materialismo del mundo existente, la satisfacción razonable del placer sin caer en el deseo ni en el miedo y la práctica de la razón como guía de conocimiento. Harari expone en sus libros la evolución del hombre hasta alcanzar en los tiempos presentes una posición privilegiada que le obligaría a ser consecuente con su humanidad globalizada y compleja en la que una de las pocas guías debe ser la educación abierta, el abandono de los relatos parciales e inútiles de la religión, el nacionalismo y muchos otros, la lucha contra el dolor individual y social innecesario y la asunción responsable de los nuevos retos biotecnológicos y bioinformáticos.

Xenofobia, rechazo de la pluralidad, paranoia al mundo exterior y chivos expiatorios, tendencia mundial desde Estados Unidos

Lamentablemente, en el panorama europeo de renacimiento del neofascismo, España ya no es una excepción. Se acaba de teñir, casi por sorpresa, de las pinceladas del color oscurantista y xenófobo que avanzan por doquier en el Viejo Continente, el color de la ultraderecha. Se demuestra, una vez más, la sagacidad de la afirmación del gran Quijote: “No hay memoria a quien el tiempo no acabe”.Si bien España solo cuenta ahora con un grupúsculo -Vox-, este se inscribe de lleno en una ola de nacionalpopulismo neofascista que se extiende de modo alevoso por todo el mundo; sin duda, una nueva época se está abriendo, de importantes y graves retos que las democracias tendrán que afrontar, probablemente durante unas décadas. Es innegable que la globalización liberal que se puso en marcha a final del siglo pasado ha entrado en una fase crítica, debida a su patente y consciente desregulación caótica, responsable de sus contradicciones actuales. La búsqueda de un nuevo equilibrio económico-social planetario se hace, pues, imprescindible. Afrontar el desafío de este nuevo periodo exige imperativamente a las democracias encontrar modelos económicos y sociales que apuesten, de modo efectivo, por eliminar la gran brecha actual de la desigualdad, por la solidaridad, expectativas que son de la inmensa mayoría de la población arraigada en la civilización del respeto mutuo y de la dignidad. Al mismo tiempo, sin embargo, resulta llamativa la aparición -como consecuencia de los efectos disgregadores de la globalización- de capas sociales reacias étnica, cultural y políticamente, que se identifican con un discurso de odio de remota experiencia. Se trata de una tendencia mundial, cuyas características comunes son tan importantes como sus diferencias.

En Estados Unidos, la irrupción de Donald Trump ha venido acompañada de una mutación de fondo, a la vez demográfica y racial: los trabajadores blancos de Kansas, Detroit, Texas y otros lugares del país apoyan al magnate inmobiliario porque promete frenar la llegada de los latinos, no pagar servicios sociales a los afroamericanos, acabar con el relativismo de los valores. Ellos temen no solo perder el empleo por competir con otros países, sino que su miedo se resiste también a los fundamentos de la igualdad institucionalizada, así como a la mezcla demográfica y étnica que encarnaba la política de Barack Obama. Un temor transformado en gasolina política por Trump, con una ideología ultrapopulista. Es, en definitiva, un nacionalpopulismo, ‘new wave’, que retoma muchos de los ingredientes del fascismo clásico: rechazo del mestizaje (del que subyace, para muchos, la defensa de la “raza blanca”), oposición de los de abajo a los de arriba, xenofobia, mentalidad paranoica frente al mundo exterior, política de fuerza como método de “negociación”, denuncia del otro y de la diversidad, hostilidad frente a la igualdad de género, etcétera.

Brasil supo invertir las promesas de la teología de la liberación en teología del odio, con el apoyo de militares, financieros y mass media

Otro gran país, Brasil, acaba también de entrar en esta senda. Hablamos aquí de un movimiento evangelista, que ha emergido de las entrañas de las capas medias empobrecidas y temerosas, también, de la liberalización de los usos, de la desaparición de valores morales en un país minado por el cinismo y la corrupción, por desigualdades crecientes, por el fiasco de la izquierda brasileña que no pudo promover una sociedad activamente orientada hacia el progreso colectivo. Bolsonaro no es un profeta, solo supo invertir las promesas de la teología de la liberación en teología del odio, con el apoyo de las élites militares y financieras y de los grandes medios de comunicación. Lula y Rousseff perdieron el apoyo de las clases medias y después fueron crucificados, además con un golpe de Estado rampante urdido por los grupos financieros, dirigentes y algunos sectores del poder judicial. La retórica evangelista se arroga ahora el papel de salvación de un país al borde del abismo, haciendo de la lucha contra la corrupción su caballo de batalla y proponiendo el modelo de una sociedad moralmente autoritaria, modelo inevitablemente condenado al fracaso, dada la excepcional diversidad y vitalidad de la sociedad brasileña.

Tanto el Estados Unidos de Donald Trump como el Brasil de Jair MessiasBolsonaro son testigos directos y alientan los movimientos reaccionarios de esas capas sociales amenazadas por el rumbo de la globalización neoliberal. El repertorio de movilización descansa sobre el ideario de la reivindicación nacionalista y su metodología rompe con la representación política clásica: los mítines de masas conllevan ritos de fusión extáticos con el líder, que denuncia, como una letanía de golpes de efecto, la decadencia moral de los partidos, llamando urgentemente a la recuperación de la grandeza perdida del país.

El neofascismo europeo, un proyecto de sociedad jerarquizada de señores y siervos, que acepta la necesidad imperativa de sumisión a un líder

En Europa, el proceso de estancamiento de la economía desde hace casi dos décadas (ausencia de crecimiento generador de empleo) también ha producido la enorme regresión de derechos sociales y libertades que sufren los ciudadanos, una regresión identitaria que explica el surgimiento de los movimientos neofascistas. Aunque tengan elementos particulares, todos comparten la misma metodología política en su conquista del poder: critican severamente la representación política, instrumentalizando la democracia que la sustenta para lograr la victoria; reivindican la libertad de expresión para expandir sus demandas pero la censuran a sus adversarios; focalizan la energía política de las masas contra un objetivo previamente construido como chivo expiatorio (los inmigrantes o esa libertad de prensa que pone en tela de juicio sus discursos, etcétera). Se sirven de este arsenal demagógico para eludir hablar de su programa económico concreto. Todo vale en la batalla que despliegan vehementemente contra la civilización (siempre “decadente” según ellos) y la igualdad, pues el principio fundamental de la retórica neofascista, expuesto (esto sí) en todos sus programas, es el rechazo a la igualdad y a la diversidad de la ciudadanía.

El neofascismo europeo que surge en la actualidad es, por antonomasia, supremacista, individual y colectivamente. Es el proyecto de una sociedad jerarquizada de señores y siervos, una cosmovisión que acepta la necesidad imperativa de sumisión a un líder, su “servidumbre voluntaria”. Dicha sumisión queda oculta por el sentimiento de fuerza y de revancha para con las “élites”, que la movilización colectiva confiere al neofascismo militante. Y esto funciona porque esta ideología, sin perjuicio de sus particularidades en cada país, genera, en la identidad de sus seguidores, una potente liberación de instintos agresivos y hace estallar los tabús que limitan las expresiones primitivas, violentas, en las relaciones sociales. El gran analista del fascismo George L. Mosse se refiere a este rasgo como a una liberación de la brutalidad en un contexto minado por el “ablandamiento” propio, en términos de esta retórica, de la sociedad democrática.

El rechazo al pluralismo político se basa en la frontal oposición al multiculturalismo y a la multietnicidad de la sociedad

El discurso de la extrema derecha propone, desde luego, una sociedad estrictamente homogénea, en pie de guerra frente a todo lo que puede introducir diferencias y singularidades dentro del conjunto. El rechazo al pluralismo político -que lleva como un proyecto de gestión del poder- se basa también en la frontal oposición al multiculturalismo, y, por ende, el rechazo de la multietnicidad de la sociedad. El modelo es el de un pueblo sustancial, étnicamente puro. La obsesiva cultura de la pureza se anuda intrínsecamente con la desconfianza hacia el extranjero, hacia la actividad crítica del intelectual -e incluso del arte que no comulgue con la estricta línea de la moral autoritaria vigente-, hacia la libertad de orientaciones sexuales y de identidad de género, hacia la pluralidad de confesiones religiosas. No es casualidad que el islam se encuentre hoy en el ojo del huracán neofascista en Europa: la presencia de población de origen extranjero que profesa la religión musulmana pone en cuestión el concepto esencialista de pueblo, cultural y confesionalmente homogéneo (aunque el viejo fascismo de los años treinta no tenía apetencia particular por la religión).Una sociedad democrática puede gestionar poblaciones entremezcladas y destinadas a convivir con sus mutuas aportaciones a la civilización humana, siempre que se establezcan pautas seculares claras para todos. En cambio, una sociedad basada en el concepto sustancial de pueblo, en el sentido que le otorga el neofascismo, tiende inevitablemente a la exclusión efectiva de la diversidad. De ahí que el modelo autoritario de nuevo se legitime apelando al peligro de religiones y culturas diferentes, a las que hay que vigilar y perseguir para que no “contaminen” la identidad del pueblo.

El Frente Nacional francés, al comienzo de su andadura en los años ochenta, hizo del rechazo al islam un eje central de su programa, escondiendo su tradicional antisemitismo. El partido alemán AlternativfürDeutschland situó la islamofobia en el centro de su estrategia de movilización en 2015, tras la crisis de la afluencia de refugiados. En Austria, Italia, Bélgica, Holanda y todos los países del norte, también los refugiados se han convertido en plato principal de la movilización electoral, al igual que en la retórica ultracatólica de Orbán en Hungría y en los programas de los partidos neofascistas del este.Estos movimientos, que avanzan de España a Suecia, pasando por los países europeos occidentales y del este, comparten además una característica de índole histórica: apelan al nacionalpopulismo como reacción frente a la época de gobernanza supranacional, resultante de la extensión del mercado europeo, de los efectos de la globalización neoliberal, así como de los intentos de construir instituciones representativas europeas posnacionales. De ahí, el consenso en torno al objetivo de poner en jaque la actual construcción europea, en nombre de la soberanía nacional.

“¿Qué hacer frente a este desafío?”, se pregunta Sami Naïr, catedrático en Ciencias Políticas y Director del Centro Mediterráneo Andalusí de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla. “Hoy, los partidos nacionalpopulistas neofascistas no representan más que entre el 10% y 20% del electorado europeo -subraya el politólogo francés, de familia oriunda de Argelia-, pero su influencia ideológica real es más amplia. Por supuesto, hay que diferenciar el cuerpo de doctrina de dichos partidos de las representaciones mentales, mucho menos elaboradas, de los ciudadanos que los respaldan. Si bien es cierto que las causas del avance paulatino de las corrientes de la ultraderecha son conocidas, no existe un concierto común de las fuerzas democráticas a la hora de contenerlo. Hay, fundamentalmente, tres campos de intervención clave, y el primero de ellos es económico. Si la democracia no camina en aras del progreso social, las víctimas, que son muchas, tenderán siempre a culparla del no progreso. Es, por tanto, preciso relanzar la máquina económica de integración profesional, que depende, hoy, esencialmente de las capacidades no del mercado, como lo cree la Comisión Europea, sino de los Estados para incentivar el empleo. Por esto necesitan una política presupuestaria más flexible, que genere equilibrio social. Desgraciadamente, esta es una reivindicación que todavía no se baraja en Bruselas…”.

Se debe asumir con rotundidad la lucha contra el neofascismo, explicar a la ciudadanía de su peligro, proponer pactos democráticos antifascistas

“En segundo lugar, frente al nacionalismo reaccionario y excluyente -insiste Sami Naïr, autor del libro ‘La Europa mestiza’-, hay que tomarse en serio la cuestión nacional, no dejarla en manos de los nacionalistas xenófobos. Es crucial interpretar bien la demanda de seguridad identitaria de las capas sociales más vulnerables y desestabilizadas por la exclusión del empleo o por la incapacidad para adaptarse a los cambios de la sociedad moderna que se suceden a una extraordinaria velocidad. Es necesario fortalecer la cohesión colectiva, es decir, la adhesión al bien común, sin perjuicio del respeto a la diversidad, bajo pautas comunes y con valores esenciales de referencia. Es menester gestionar racionalmente los flujos migratorios no solo para evitar las mentiras y la demagogia deconstructiva sobre la inmigración, sino también porque la vida diaria se ha vuelto mucho más competitiva y las percepciones espontáneas favorecen un ilimitado imaginario de fantasías en un contexto de inseguridad profesional. La economía, en todos los países desarrollados, necesita la inmigración y esto se debe regular en clave de respeto por los derechos humanos. En Europa, un gran acuerdo político deviene imprescindible para desactivar el papel que la inmigración ha asumido como chivo expiatorio.

Finalmente, se debe asumir con rotundidad la lucha contra el neofascismo, explicar claramente a la ciudadanía su peligro, proponer pactos democráticos antifascistas a aquellos que abanderan la democracia y el respeto a la igualdad y dignidad humana, denunciando, asimismo, a los que pisotean esos valores por razones electorales. Es una lucha diaria la que debe emerger contra el nacionalpopulismo neofascista, pues permanente debe ser la defensa de la democracia, del bienestar social, de los derechos y libertades. ¡Ojalá todos lo entiendan, pues del porvenir de la paz social se trata!”.

Ciudadanos no consideran “imprescindible” vivir en democracia, las distopías imaginadas por AldousHuxley y Orwell están más cerca

El 21 de octubre de 1949, Aldous Huxley envió una carta a George Orwell para agradecerle que le mandara su libro ‘1984’; y, de paso, para decirle, orgulloso, que su propia visión del autoritarismo del futuro, la contenida en ‘Un mundo feliz’, era mucho más acertada. No es que fuera muy educado eso de señalarle sus errores, pero en esa misma misiva Huxley establece una distinción interesante entre dos formas de concebir la tiranía que nos espera: la que vendrá a través de la represión, “instigando y empujando a la obediencia” (el modelo Orwell); o la que se impondrá mediante la sugestión y la seducción, haciendo que seamos inducidos a “amar nuestro sometimiento” (el modelo Huxley). A pesar de sus diferencias, ninguno de estos autores daba dos duros por la pervivencia de la democracia tal y como la conocemos.Hoy no tenemos a dos o más intelectuales que compitan por ver quién acierta más en la escenificación de los horrores del porvenir, sino a miles de politólogos indagando qué diablos está pasando con la democracia. Es la nueva industria académica, desentrañar qué hay detrás de los populismos y el estremecedor giro hacia las democracias iliberales. Medimos así con pulcritud cada avance de los partidos populistas, identificamos a sus votantes, hacemos llamadas de alerta ante la aparición de los “hombres fuertes” y sus sibilinas y torticeras estrategias de comunicación con las masas, u observamos cómo aumenta en las encuestas el número de personas que no ven imprescindible el vivir bajo un sistema democrático. Y al fondo, en algún lugar del futuro, atisbamos con pavor el rostro del fascismo.

Casi todas estas inquietudes beben, pues, más del modelo de Orwell que del de Huxley. Desde luego, es difícil que nos emancipemos psicológicamente de la experiencia del periodo de entreguerras y la caída en los totalitarismos. El aire de familia es además indudable. Como entonces, vivimos tiempos de un radical ajuste a la modernización tecnológica -“hipermodernización”, en nuestro caso-; el miedo al futuro y al desclasamiento nos impele a buscar la seguridad detrás del rearme del Estado; el temor a la inmigración y la inestabilidad existencial nos hace añorar las supuestas “comunidades naturales”; se ha eliminado el tabú del racismo y los discursos del odio son moneda común -por doquier se señalan con nitidez a los enemigos interiores y exteriores-. Vuelve también el resentimiento como pasión dominante y retorna la “lógica de la horda”, aunque ahora cobra mucho más a menudo la forma de enjambres en la Red que la de masas en la calle. Hay, por tanto, suficientes motivos para la preocupación. Pero todo es a la vez mucho más complejo.

La democracia liberal es algo muy sencillo, pero nada fácil de llevar a la práctica. Se concreta en la proclamación de la igualdad política de todos los ciudadanos y el respeto a la autonomía individual, que debe ser garantizada mediante la protección de los derechos individuales, el pluralismo y el control del poder político. A ello habría que añadir la capacidad por parte de los ciudadanos de poder participar en lo posible en las decisiones que les afecten. Solo así cabe imaginar un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Todo lo demás, esa increíble variedad de prácticas e instituciones con las que siempre la asociamos, no son más que diferentes variaciones históricas destinadas a permitir la realización de esos principios, instrumentos para la realización del ideal. Aunque sean también decisivos.

El poder ha emigrado a instancias distintas de las institucionales, como son los mercados, las grandes empresas u otros imperativos sistémicos

Desde hace ya tiempo observamos que muchos de estos elementos instrumentales comenzaban a fallar, como la división de poderes, el sistema de representación partidista o el aumento de la ingobernabilidad. Todas estas deficiencias podían caracterizarse como problemas de fontanería, requisitos institucionales y procedimentales dirigidos a conectar el ideal normativo a los condicionantes políticos empíricos. El drama empieza cuando ya no hay agua que introducir en el sistema y toda esa tupida red de conducciones que traslada la voluntad popular y permite el control ciudadano comienza a griparse; es decir, cuando el poder ha emigrado a instancias distintas de las institucionales, como son los mercados, las grandes empresas u otros imperativos sistémicos. Aparece, por tanto, el déficit de soberanía y la crisis de gobernanza derivada de la globalización y de las nuevas interdependencias.La consecuencia principal es que dejamos de ejercer un eficaz control democrático sobre las decisiones que más nos afectan, con la correlativa pérdida de confianza de los ciudadanos en los gobernantes, incapaces de trasponer coherentemente la voluntad popular en decisiones políticas concretas. De esta forma se rompe por el eje la promesa de la democracia, el poder imaginar a un demos con libertad para decidir su destino. Por otro lado, la supuesta igualdad política de los ciudadanos se convierte en una farsa ante la galopante desigualdad económica. La máxima de W. Streeck, voters versus markets (votantes frente a mercados), señala con acierto la actual disyuntiva.

A pesar de todo, y aunque sea a trancas y barrancas, la democracia sobrevive. Está demostrando una gran resiliencia, aunque sus dos mayores desafíos de futuro están conectados con el propio desarrollo tecnológico. El primero, derivado de la espectacular reorganización de la esfera pública, es la progresiva pérdida de un mundo común que está provocando Internet, con la caída en las cajas de resonancia y la sistemática distorsión de la verdad. Una de las grandes virtudes de las sociedades plurales era que las discrepancias podían dirimirse a partir de un espacio y un lenguaje compartidos. Ya no los tenemos. Las palabras cambian de significado para ajustarse a los intereses de cada cual, cada facción las distorsiona para crear su propia realidad. Y, como decía el bueno de Montaigne, “al realizarse nuestro entendimiento únicamente por medio de la palabra, aquel que la falsea (…) disuelve todos los lazos de nuestra política”.

Curiosamente, términos como “comunicación” o “comunidad” tienen la misma raíz. Sin búsqueda de un entendimiento sincero, la esfera pública pierde su sentido como el lugar en el que negociar todo lo que nos es “común”. La razón exige pluralidad y el dejarse llevar por la argumentación, no por “razones” espurias envueltas en emociones primarias. Para romper esa pluralidad es por lo que Orwell imaginó que los nuevos dominadores diseñarían una “neolengua” que impediría imaginar mundos alternativos. Es lo que utilizan los nuevos dictadores blandos a lo Vladímir Putin en Rusia mediante el control de la información. El autor inglés no cayó en la cuenta, sin embargo, de que es mucho más sencillo recurrir a la estrategia que Yahvé siguió en Babel, disolver toda comunicación creando islotes lingüísticos separados, justo aquello a lo que parece que nos estamos dirigiendo. Pero hay algo en lo que tanto Orwell como Huxley estarían de acuerdo: no hay forma más eficaz de poder que ser capaces de decidir lo que es verdad. Para eso están los hechos alternativos y todas las astucias de la política posverdad. Nos encontramos así con que una política cada vez más tecnocrática puede convivir con todo el vocerío de las meras opiniones, sustentadas sobre poco más que la inducción emocional.En este rápido cabalgar hemos olvidado ese sacrosanto principio de la democracia liberal que es la autonomía individual, la capacidad para conformar el mundo a partir de nuestras voliciones. Sin ella no hay libertad posible, porque aquí cada sujeto es soberano. Este es precisamente el ámbito donde las nuevas tecnologías constituyen la mayor amenaza.

“El futuro de las democracias está en peligro, tras perder prestigio entre las gentes…”, escribe el exdirector de El País, Juan Luis Cebrián

El periodista y fundador del periódico español El País, Juan Luis Cebrián, ha hecho pública una columna en las últimas horas, con el título ‘El descrédito de la política’. “El futuro de las democracias está en peligro, tras perder prestigio entre las gentes. El pacto entre socialistas, liberales y democristianos que garantizaba el pluralismo y la alternancia en el poder no funciona ya…”. Este es un tema que preocupa a millones de ciudadanos en el mundo quienes viven en sociedades democráticas…

“Definitivamente el mundo está peor este mes de enero que hace un año –apunta Juan Luis Cebrián- y los buenos propósitos para el que ahora comienza no prometen nada que no sea la ambición de no aumentar el deterioro. Cuando cayó el muro de Berlín, y con él un orden mundial mantenido bajo la amenaza de la destrucción mutua asegurada, Occidente se apresuró a celebrar el fin de la historia, tal y como fue definido por Francis Fukuyama. Una forma de anunciar el triunfo del capitalismo frente al socialismo real, y por tanto el de la democracia. Apenas un cuarto de siglo después, esta ha perdido prestigio entre las gentes, es asediada desde dentro y fuera de sus fronteras, y la suposición de que el capitalismo resulta incompatible con regímenes que reprimen las libertades ha quedado hecha añicos. Las causas de la erosión son múltiples, aunque pueden resumirse fácilmente: la escalada vertiginosa de la globalización hace cada vez más difícil el mantenimiento de los sistemas establecidos en la posguerra mundial. El pacto entre socialistas, liberales y democristianos que garantizaba el pluralismo y la alternancia en el poder no funciona ya, debido al distanciamiento de la política profesional respecto a las demandas de las poblaciones. La autonomía salvaje del capitalismo global, cuyo funcionamiento los Gobiernos son incapaces de regular, ha multiplicado las desigualdades, consolidado el triunfo de la economía financiera frente a la productiva y debilitado a las clases medias de la mayoría de los países democráticos.

Es un ambiente favorable para la extensión de la demagogia y el triunfo de los brujos. También el de los payasos. Que individuos como Trump o Bolsonaro puedan estar al frente de los destinos de sus países parece marcar una regla cada vez más en boga, lejos de constituir una excepción. El histrionismo en política no es patrimonio exclusivo de los dictadores, aunque su emulación nos avecina a sus prácticas. El único antídoto posible ante semejante descalabro es el buen funcionamiento de las instituciones, pero las democracias de nueva planta, como Brasil, Polonia o Hungría, para no hablar de Turquía y Rusia, resisten mal el embate del populismo y acaban por agostar el ejercicio de las libertades.

La reaparición de la extrema derecha es consecuencia directa de un reflujo ultranacionalista español

Tales reflexiones no son ajenas a la situación española. El descrédito de los partidos tradicionales, víctimas del clientelismo, la endogamia y la corrupción, facilitó la creación de nuevas formaciones como Podemos y Ciudadanos. La primera se presentó inicialmente, con ingenua demagogia, como adalid de la lucha de los de abajo contra los de arriba, renegando de la fractura entre izquierda y derecha. Pero acabó por construirse con la ayuda de un comunismo que renuncia a sus orígenes, los de un partido cuya contribución a la reconciliación entre los españoles fue ejemplar y admirable. Y diluye sus ambiciones en un entramado ideológico y personal que se debate entre el buenismo y el oportunismo, secuelas de la enfermedad infantil de la izquierda que ya denunciara Lenin. Ciudadanos surgió como respuesta al apartheid creciente que sufrían los catalanes no nacionalistas, despreciados por la Generalitat y víctimas de las tendencias xenófobas de determinadas elites dominantes. Patrocinado el nacimiento del partido por un núcleo considerable de intelectuales y académicos, muchos de trayectoria izquierdista y aun revolucionaria, amplió sus aspiraciones en el resto del Estado presentándose como una alternativa de centro, con arraigados principios liberales, dispuesta a recuperar la transparencia y limpieza de la función política frente a la podredumbre bipartidista. Dicho perfil le permitió facilitar la gobernación de los populares en la Comunidad de Madrid al tiempo que apoyaba el mandato socialista en la autonomía andaluza.

En tales circunstancias, los partidos tradicionales, conscientes de su pérdida de arraigo y del cansancio de sus votantes, lejos de promover transformaciones que mejoren su representatividad, se han echado materialmente al monte, ávidos de recuperar el poder perdido (ya que no el prestigio), y dispuestos a ahondar la fractura y la polarización de las opiniones públicas en la búsqueda de imposibles mayorías electorales. Por último ha hecho aparición un grupo de perfiles retrofascistas y estética a lo John Wayne, que pretende apoderarse para sí de lo que es de todos: la bandera, el himno, la patria y, en definitiva, España. Un verdadero atraco a mano armada. Como ha sucedido en otros países, el desprestigio de la política tradicional evoca las consecuencias de la crisis de 1930, cuando las recetas de la ortodoxia económica enfrentaron a liberales y socialistas, aumentaron las desigualdades sociales, y propiciaron la aparición del nazismo y el fascismo. Pero cuestiones puntuales hacen del caso español algo extravagante y contraproducente para el futuro de Europa. Me refiero al procés catalán y la torpeza en su tratamiento por los poderes del Estado. Pero también a lo sucedido en las recientes elecciones de Andalucía y la respuesta de los respectivos partidos en liza.

Lo que recaba la defensa de la Constitución es un cordón sanitario que aleje del poder a los enemigos de la libertad

La reaparición de la extrema derecha en España -o mejor dicho su abandono del manto protector que le ofrecía el Partido Popular- es consecuencia directa de un reflujo ultranacionalista español, centralista y refractario a las autonomías, característicos de los años de la dictadura. Su incursión en Andalucía, con ser absolutamente marginal, ha desatado decisiones y comentarios que constituyen una amenaza mayor para el futuro que la propia existencia de ese partido claramente incompatible con los valores democráticos. La prensa conservadora y la oposición de izquierdas aseguran que la alianza de Ciudadanos, populares y retrofascistas puede constituir una mayoría de derechas que desaloje al socialismo del poder. Llama la atención el poco empeño de los líderes del partido de Albert Rivera en rechazar semejante adscripción y la nula insistencia en sus valores centristas y liberales que le permitieron obtener votos tanto de los sectores templados del socialismo como de la derecha moderada. Por otro lado, la opinión del presidente del PP en el sentido de que no se puede establecer un cordón sanitario que aísle a la extrema derecha nos alerta sobre la parvedad de su sentimiento democrático. Lo que recaba la defensa de la Constitución y la estabilidad del país es precisamente eso: un cordón sanitario que aleje del poder a los enemigos de la libertad. Tratamiento a  aplicar igualmente a quienes han vulnerado en el Parlamento catalán la legalidad constitucional y llaman al desorden público, o incluso lo agitan, en reivindicación de sus particulares obsesiones. Pero tampoco los socialistas parecen dispuestos a establecer en ese caso el tan mentado cordón sanitario que demandan para los extremistas de la derecha.

Un pacto como el sugerido para garantizar a Ciudadanos participar en la gobernación de Andalucía es mil veces peor para el presente y el futuro de la democracia española que la continuidad del poder socialista, al que por otra parte han sostenido de forma casi incondicional los propios líderes de aquel partido durante la reciente legislatura. Y resultaría tan letal al menos como la humillación innecesaria e inútil a que el actual Gobierno español se somete frente a la hostilidad del separatismo catalán. Ambos casos suponen una renuncia a los principios democráticos y constitucionales, vulnerados en ocasiones por servir a determinadas ideologías, pero las más de las veces para satisfacer deseos de poder personal. Actitudes así son la principal causa del descrédito de la política, y anuncian una deriva perniciosa que todavía podemos y debemos evitar. Pues cada vez está más extendida la impresión de que, lejos de resolver el problema, los políticos de la democracia son quienes lo constituyen. Lo que nos sitúa en la antesala del autoritarismo”.

Los soberanistas catalanes parece que están jugando muy felices a la república y a la independencia de Cataluña como, tal vez, lo hacían con el caballo de cartón que les trajeron los Magos de Oriente cuando eran niños. Alguien debería decirles que los reyes son los padres, una realidad que se empeñan en ignorar. En tiempos de la aterida y famélica posguerra los niños que dejaban de creer en los reyes se quedaban sin juguetes. Para ahorrarse los regalos que no podían comprar, las familias pobres solían revelar muy temprano este secreto a sus hijos como una forma cruel de destete de las ilusiones vanas y los niños pobres a su vez, como venganza de su infortunio, les abrían los ojos a los niños ricos, pero estos simulaban seguir creyendo en los reyes para que no les faltaran los regalos. Alguien debería decirles a Carles Puigdemont, a Quim Torra y a Oriol Junqueras que ya son muy mayores para galopar hacia la república catalana en aquel caballo de cartón con el que se daban golpes contra las paredes por el pasillo de casa. “Independencia es una palabra sagrada que empieza por inflamar el corazón y acaba por achicharrar el cerebro…”, es la definición que hace el escritor español Manuel Vicent.

Acogidos a esta ilusión los independentistas siguen escribiendo una carta a los Magos de Oriente esperando que les traigan una república de regalo, pero un día como hoy, al abrir los paquetes al pie de la chimenea con latidos de emoción, se encuentran siempre con el único y maldito juguete, un rompecabezas diabólico del mapa de España, de imposible solución. Como aquellas familias pobres que destetaron a sus hijos con el pan negro del cruel desengaño, alguien debería decirles a los independentistas catalanes que los reyes son los padres, aunque queda por ver si los padres de verdad en este caso no será la derecha radical que llega caracoleando en caballo jerezano.

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