Los ciudadanos de México desconfían de los medios de comunicación. ‘El Chapo’...

Los ciudadanos de México desconfían de los medios de comunicación. ‘El Chapo’ cambió a su antojo la entrevista concedida a Sean Penn y Kate del Castillo para la revista Rolling Stone

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Factores como el efecto Donald Trump y el terremoto ocurrido en septiembre del año pasado en la Ciudad de México volvieron a México el país más desconfiado a nivel global respecto a las noticias falsas o ‘fake news’. De acuerdo con el Trust Barometer 2018, realizado por la agencia de relaciones públicas Edelman, el 80 por ciento de los mexicanos considera a la información falsa como un arma que puede influir en su toma de decisiones. Esta es la proporción más alta entre la muestra de 28 países considerada para el estudio. “Algunas de las noticias de alto impacto, tras hechos como el terremoto, resultaron ser falsas y la gente comenzó a ser desconfiada”, señaló Stephen Kehoe, presidente global de reputación de Edelman. “Los ciudadanos necesitan ver que los medios están haciendo su trabajo”. El estudio reveló que, a nivel global, la confianza en los medios de comunicación se ubica en 43 por ciento entre la población general y en 53 por ciento entre la población más informada, lo que implica que son el tipo de institución con menor credibilidad, por debajo de las ONGs, las empresas y el Gobierno. Los medios tendrán un papel fundamental para construir credibilidad entre la población. “Será interesante ver cómo los medios deciden o no tomar esta oportunidad para construir confianza en los hechos que reportan”, dijo el líder global de la firma.

Las “fake news” no son lo único de lo que desconfían los mexicanos. La confianza en el Gobierno es de apenas 28 por ciento entre el público en general, 15 puntos porcentuales por debajo de la medición global. Entre el público más informado, la confianza es de 37 por ciento, pero es 16 por ciento por debajo de la media de los demás países. En contraste, el 71 por ciento de los mexicanos considera que las empresas y los directivos tienen el papel más importante para impulsar un cambio en el país, en lugar de esperar a que el gobierno central o los estatales lo hagan. No creen en los ‘boletines oficiales’ que emiten a través de sus ‘portavoces’. El estudio de Edelman también analiza la confianza que existe en todos los países respecto a otros. En este rubro, México no salió muy bien librado, pues es el país en el que menos confía la gente como marca de origen con 32 por ciento.

Andrés Manuel López Obrador, Ricardo Anaya y José Antonio Meade eran los tres principales contendientes por la Presidencia de México. Nadie estuvo a salvo de las noticias falsas en las elecciones del pasado 1 de julio del 2018. Sin duda alguna, fueron los principales objetivos de las ‘fakenews’ que se esparcieron por la Red sacando provecho de la polarización política que vivía el país este año. Para evitar la desinformación, Verificado 2018, una plataforma de periodismo colaborativo que ‘combate’ la información falsa en la que participan 90 medios, organizaciones civiles y universidades, realizó una amplia labor de comprobación de hechos que circularon y siguen haciéndolo por Internet. “En el caso de México, con una sociedad tan polarizada, con poca información y desconfianza en la prensa, es un campo fértil para noticias falsas”, dice a BBC Mundo Tania Montalvo, la directora de Verificado 2018. Fotos, videos y declaraciones manipuladas se usaron como ariete para atacar a los contendientes por la Presidencia, un hecho para manipular a los lectores que no cuestionan en absoluto la información, tragándose lo que le echen. “Hubo una constante de muchas noticias falsas sobre el favorito, López Obrador, quien consiguió el voto de más de 30 millones de electores. Conforme las encuestas variaron, también se incrementaron los ataques en redes contra Anaya y Meade. La ‘Pejefobia’, el miedo a Andrés ‘Manuelovich’ López Obrador, el candidato oficial de Nicolás Maduro y Vladímir Putin…

Santiago J. Santamaría

Verificado 2018 compartió con BBC Mundo algunas de las noticias falsas que se reprodujeron de forma viral en redes sociales. Aquí hay varias de las más compartidas por los mexicanos… Comencemos con la que decía que Nicolás Maduro, el presidente venezolano y sucesor de Hugo Chávez, apoyaba a López Obrador. En las tres ocasiones en las que AMLO ha sido candidato presidencial, sus adversarios han relacionado a su movimiento político izquierdista con el que ha gobernado Venezuela desde 1999. En 2006 y 2012, fue comparado con el entonces presidente Hugo Chávez, mientras que en 2018 apareció un video que lo vinculaba con el actual mandatario del país sudamericano, Nicolás Maduro. “¡Escándalo! Gobierno de Venezuela confirma en su canal de televisión, Venevisión, lo que todos sabíamos: Nicolás Maduro está detrás de la campaña de Andrés Manuel Lopez Obrador”. Verificado 2018 investigó, resultando que el video en realidad era una edición que imitó el estilo gráfico que usa la emisora estatal VTV, que no es Venevisión. Maduro nunca ha respaldado públicamente a ningún candidato mexicano. En el falso video se decía que el nuevo presidente electo, quien sucederá a Enrique Peña Nieto, el Primero de Diciembre era “aliado del PSUV”, el partido oficialista de Venezuela.

La influencia de la Rusia de Vladímir Putin, tampoco podía faltar en la nueva y paradójica ‘Guerra Fría’ entre los mandatarios de la Casa Blanca, Donald Trump, y del Kremlin, Vladímir Putin, obsesionados con los muros fronterizos, el primero, y los envenenamientos, el segundo. Un video que fue reproducido más de 200,000 veces en línea titulaba: “RT RussiaToday. Cadena oficialista Rusa promoviendo a AMLO”. Los periodistas ‘Aleksey Kazakov’ y ‘Ekaterina Gregorevna’ informaban -hablando en ruso- sobre el apoyo del Gobierno de Vladímir Putin a la campaña de López Obrador. “Su discurso populista y su oposición a las políticas neoliberales han hecho que las esferas del poder vean en el camarada Obrador al próximo protegido del régimen de Putin”, decía la traducción en los subtítulos. Sin embargo, era una noticia falsa: un reporte del canal Rossiya 24 sobre el fisicoculturista Kirill Tereshin fue editado para añadir imágenes del candidato mexicano mientras los periodistas hablaban. La frase traducida por Verificado dice: “El gimnasio no es indispensable, es suficiente utilizar unas inyecciones que permiten el rápido crecimiento de los músculos. Él se llama Kirillin, reconoce que las inyecciones son un poco dolorosas”. El Gobierno de Vladimir Putin ha sido acusado reiteradamente de intervenir en elecciones extranjeras, incluida la de Estados Unidos, logrando desbancar a la demócrata Hillary Clinton, la favorita, frente al republicano y multimillonario de Manhattan, Donald Trump.

La esposa de Ricardo Anaya no tiene parentesco con la familia de Carlos Salinas y la compañera de AMLO tampoco tiene ancestros nazis

El expresidente Carlos Salinas de Gortari (1988-1994) no goza de la mejor imagen entre muchos mexicanos. Eso ha sido aprovechado políticamente en los últimos 20 años. En la última campaña una publicación aseguraba que había un parentesco entre Salinas de Gortari y el candidato Ricardo Anaya. Fue compartida más de 160,000 veces en mayo. Verificado 2018 demostró que Carolina Martínez, la esposa de Anaya, no es hermana de Ana Cecilia Martínez, la esposa de Raúl Salinas, un hermano de Carlos Salinas. Beatriz Gutiérrez Müller, la esposa de López Obrador, fue el objetivo de un mensaje de tinte ‘neonazi’ que circuló a través de las redes sociales. “Lo que no sabías de la esposa de AMLO, Beatriz Gutiérrez Müller, (es que es) nieta del general Heinrich Müller de la División de la SS y Criminal de Guerra Nazi, conocido como Gestapo Müller”, decía el mensaje. Una comprobación de quiénes son los ascendientes de Gutiérrez Müller mostró que su bisabuelo, Walter Müller, nació en Alemania y emigró a México en la década de 1890.Su abuelo fue Adolfo Müller, vivió en Alemania (1908-1924) y luego se mudó a Chile en 1939, antes de la Segunda Guerra Mundial. Tuvo una hija, Nora Beatrice Müller, quien es madre de Beatriz Gutiérrez, por lo que ésta no tiene ninguna relación con el exjefe nazi. Heinrich Müller sí fue un jefe de la Gestapo, pero según documentación de Verificado 2018 no hay evidencias de que se mudara a Chile.

En los últimos tres meses de campaña aparecieron múltiples imágenes de empresarios, millonarios y hasta asesinos a sueldo opositores a López Obrador. Eran los ‘influyentes’. Pero entre las más curiosas composiciones con miles de interacciones en Twitter y Facebook, principalmente, estuvieron las de actores muy conocidos en la industria pornográfica. Uno de ellos, Steve Wolfe, conocido como ‘Johnny Sins’ en las películas XXX, en México fue presentado como un empresario que “usará sus millones para que López Obrador no sea presidente”. Verificado 2018 aclaró que se trataba de un actor porno. El mismo caso del actor de películas para adultos Ángel de la Mancha, que en una imagen viral decía que tenía un plan para asesinar a López Obrador.

La encuesta fantasma de The New York Times daba como favorito a José Antonio Meade mientras el Papa Francisco ‘alzaba’ la voz

Las encuestas publicadas en México dieron resultados muy similares en los tres meses de campaña: Andrés Manuel López Obrador a la cabeza, y Ricardo Anaya y José Antonio Meade disputando el segundo lugar. Pero los resultados de una encuesta inexistente del diario estadounidense The New York Times también dieron de qué hablar en las redes sociales. El sondeo ponía a Meade como el favorito (con 42% de las preferencias), seguido por AMLO (31%) y Anaya (18%). Fue compartida miles de veces en redes sociales. El director editorial deThe New York Times NYT en español, Elías López, confirmó una y otra vez que ese diario no había realizado ninguna encuesta sobre las elecciones presidenciales mexicanas.

“Las ideologías de AMLO son dictaduras que no sirven”, decía el texto que acompañó a una imagen del papa Francisco en un video con más de 2.5 millones de reproducciones. Hubo todo un serial con un único protagonista, el líder de la Iglesia Católica, la religión mayoritaria en México, cuyas palabras fueron sacadas de contexto. Francisco nunca se refirió a López Obrador durante su visita a Paraguay en 2015 de la cual se sacó un fragmento de su mensaje sobre las ideologías políticas. “Las ideologías terminan mal, no sirven. Las ideologías tienen una relación o incompleta o enferma o mala con el pueblo. Las ideologías no asumen al pueblo. Por eso, fíjense en el siglo pasado. ¿En qué terminaron las ideologías? En dictaduras, siempre, siempre. Piensan por el pueblo, no dejan pensar al pueblo”, recalcaba en parte del mensaje presentado como una crítica a AMLO que no fue así. El pontífice no ha expresado ninguna postura pública sobre las elecciones en México.

Para la directora de Verificado 2018, cada lector tiene una responsabilidad que es de suma importancia para erradicar las noticias falsas: “Dudar siempre”. “Estamos trabajando con miras a que los ciudadanos puedan ejercer ese derecho libremente. Que los engaños no atenten contra su derecho a la información y un voto libre”, explicaba Montalvo a BBC Mundo. “Pero yo sí veo una responsabilidad de los lectores en las noticias falsas. Tienen que empezar a cuestionar lo que lee y lo que ven antes de compartirlo. Compartirlo en una red abierta, como Facebook o Twitter, tiene consecuencias”, advierte. Los sitios que difunden “información basura” se alimentan del público que sólo replica sus contenidos sin cuestionarlos. “Si el mismo lector exige calidad e información confiable, entonces estos sitios que nacen para generar información falsa y difundirla no tendrían objetivo ni razón de ser”, apunta Montalvo.

Un redactor que trabajó como creador de información falsa para candidatos políticos cuenta cómo fue la ‘campaña oscura mexicana’

Fernando tiene 30 años y es licenciado en Periodismo. Durante la campaña electoral en México trabajó escribiendo ‘fake news’ (noticias falsas) y formó parte de lo que los expertos Esteban Illades y Luis Roberto Castrillón denominan “la campaña sucia de los partidos”, un fenómeno que en los últimos seis años se ha magnificado gracias al crecimiento de las redes sociales. En realidad, Fernando no se llama Fernando. Prefiere mantener su identidad en el anonimato por miedo a las represalias. Habló con la periodista Almudena Barragán, para Verne, la web que explora el lado asombroso de Internet. Ha sido promovida por el periódico El País que se edita en Madrid, España. “Desde el 2012 las campañas en México están usando las redes para competir de manera sucia. Antes era con ‘bots’, ahora en 2018, también usan la desinformación, promoviendo noticias falsas tanto en Internet como en sus intervenciones”, dice Esteban Illades, autor del libro ‘Fake News: la nueva realidad’. Un bot (aféresis de robot) es un programa informático que efectúa automáticamente tareas repetitivas a través de Internet, cuya realización por parte de una persona sería imposible o muy tediosa.

Contratado por una gran empresa de marketing digital, Fernando escribió ‘fake news’ para favorecer a varios candidatos a gobernadores, diputados y senadores en contra de sus adversarios políticos. Según varios documentos relacionados con la elaboración de este tipo de información a los que ha tenido acceso Verne, Fernando realizó contenido falso o inventado para Mauricio Sahuí, candidato a gobernador de Yucatán por el PRI; Rodrigo Gayosso, candidato del PRD a gobernador en Morelos y otros políticos en los Estados de Veracruz, Tabasco, Querétaro y Nuevo León. Verne se puso en contacto con los equipos de campaña de los aspirantes mencionados que negaron que se haya llevado a cabo algo así durante la campaña de sus candidatos. El responsable de comunicación del equipo de Sahuí argumentó que ellos mismos han sido víctimas de una campaña de ‘fake news’ y que tienen más de 800 noticias documentadas en su contra. Según Luis Roberto Castrillón, esta es una práctica muy extendida entre todos los partidos políticos que han encontrado en Internet una forma de sembrar dudas sobre el contrario casi sin dejar rastro.

“Inventamos que el exfutbolista Cuauhtémoc Blanco había dicho que el asesinato de periodistas es culpa de la libertad de expresión”

“Tenía que hablar mal de Cuauhtémoc Blanco (candidato de Morena a gobernador de Morelos) para favorecer a Rodrigo Gayosso (candidato del PRD e hijastro del actual gobernador de Morelos, Graco Ramírez)”, recuerda Fernando. “Me sentí mal y tuve cierta contrariedad cuando empezamos a hacerlo”. Fernando cuenta que el trabajo lo encontró en la página de ofertas de empleo OCC. Le pagaban unos 20,000 pesos al mes (1,000 dólares), siempre en efectivo, en un sobre. “El anuncio decía algo así como: Empresa importante de comunicación solicita periodista con experiencia en medios”. La entrevista, según Fernando, fue en las oficinas que la agencia tiene en Santa Fe, uno de los centros empresariales más importantes de la Ciudad de México. “Al principio sólo teníamos que alimentar algunos sitios web con información general, pero al mes, empezamos a escribir las notas que pedían nuestros clientes”, relata el periodista. “Tuve que inventar que había protestas de los habitantes de Cuernavaca en contra de Cuauhtémoc Blanco porque no tenían agua ya que supuestamente su Gobierno no había pagado contratos de la luz, pero eso se venía arrastrando desde Gobiernos anteriores”, explica.

“¿Recuerdas la noticia que decía que el obispo de Cuernavaca, Ramón Castro, criticaba a Cuauhtémoc Blanco por dejar a la gente sin agua en el Municipio y le acusaba de mentir? Era falsa”. El propio candidato de Morena denunció en sus redes el pasado mes de marzo que se trataba de una noticia falsa y salía a desmentir con el obispo las acusaciones. Los medios locales recogieron la información. Junto al obispo de Cuernavaca, Ramón Castro Castro, presentaremos una demanda contra quien resulte responsable por la difusión de videos y declaraciones falsas publicadas en redes sociales en los últimos días. La sola elaboración de esa información -que ya ha sido borrada de las páginas en las que aparecía- costó alrededor de 50,000 pesos (2,500 dólares), en una campaña de “erosión o mala prensa” que incluía la elaboración del artículo y su promoción en Facebook durante 3 días, según Fernando. El redactor también señala que intentaron dañar la candidatura de Blanco inventando que el exfutbolista había dicho que el asesinato de periodistas es culpa de la libertad de expresión.

La creación de las noticias falsas era cuidada desde el inicio. Varios estrategas y supervisores sugerían a los redactores el enfoque, el contexto político en el que debían apoyarse, si había que inventar declaraciones y datos o si era necesario hablar del pasado de los otros candidatos para sembrar dudas entre los votantes. “Adán López de Morena está compitiendo por la gubernatura de Tabasco y había que inventar para el cliente que el presidente de Morena en Tabasco no confiaba en Adán López por su pasado priista”, explica Fernando. El departamento de ‘Antropología y Psicología’ de la agencia se encargaba de estudiar a quién dirigir cada publicación: ‘votantes indecisos’, ‘contrarios al candidato’, ‘base de militantes políticos’, ‘funcionarios’, ‘beneficiarios de planes sociales’ o ‘púbico alcanzable’. Para ello, cada información era tratada como una campaña de marketing en la que el público era segmentado, se calculaba la cantidad de personas a las que impactar y la línea de acción cuyo objetivo era hacer el mayor ruido, generando disonancia entre los seguidores del candidato. También se buscaba mejorar la imagen de los clientes, escribiendo sobre sus logros y su agenda política.

“Escribir ‘fake news’, un buen negocio, inversión baja y retorno muy alto”, explica Esteban Illades en su libro “Fake News: la nueva realidad”

A partir del 1 de abril de 2018 (fecha en la comenzó la campaña política) el número de ‘fake news’ aumentó hasta producir unas 30 noticias falsas al día, dice Fernando. El precio de las notas dependía del tipo del contrato con el cliente. “A un candidato a una senaduría le cobran 5 millones de pesos (250,000 dólares) por una campaña de uno a tres meses. A gobernador debe ser más dinero”, explica. “Escribir ‘fake news’ es un buen negocio. La inversión es muy baja y el retorno es muy alto”, comenta el especialista Esteban Illades. “Es muy difícil contabilizar todo el dinero de los partidos y para qué lo emplean. Tienen recursos aparte que justifican como donaciones”, argumenta el periodista Luis Roberto Castrillón de ‘El editor de la Semana’, medio especializado en detectar noticias falsas.

Las páginas web con apariencia de medio de información en las que Fernando publicaba sus textos tienen una estética muy parecida: diseño sencillo, imágenes grandes, titulares que llaman la atención, noticias sin autor, con decenas de miles de seguidores pagados en Facebook en las que se intercalan noticias diarias con informaciones falsas. Entre ellas están The Mexico Post, Las Américas Post, MexNewz, Estado Plasma y Frentes Políticos, pero son infinitas y fáciles de crear. A comienzos de la campaña, Facebook México en alianza con el Instituto Nacional Electoral, lanzó una campaña contra ‘fake news’ con el propósito de alejar este tipo de información de los usuarios. Sin embargo, este tipo de páginas siguen teniendo perfiles en la red social y sus publicaciones, cientos de compartidos. Fernando decidió dejar su trabajo porque sintió un conflicto ético y político a medida que aumentó la petición de ‘fake news’. “Para ser honesto, ni yo ni mis compañeros creemos que la mayoría de la gente se haya creído lo que escribimos”, se justifica. “En realidad era un consuelo para nosotros pensar que nuestro trabajo no ha afectado a la gente. Muchos decíamos ‘no queremos que las personas que leen esto, se lo crean’, añade el periodista.

La serie documental ‘El cuarto poder’ muestra el seguimiento que hace NYT al primer año de mandato del presidente de los Estados Unidos

“La sangría (de pobreza) acaba aquí y acaba ahora”, clamaba Donald Trump ante la masa el día que pasó de ser un mediático magnate inmobiliario a presidente de los estadounidenses. Era 20 de enero de 2017, el día de su toma de posesión de un cargo que meses antes pocos imaginaban que iba a ocupar. Comenzaba así el que es el tema periodístico más relevante de los últimos años para Dean Baquet, director ejecutivo de The New York Times. “Ha sido un discurso siniestro; con un mensaje nada unificador”, comentaban entonces algunos miembros de su redacción, intentando mantenerse analíticos ante un momento de elevada tensión. La serie documental ‘El cuarto poder’, que emite y produce Movistar+ junto a los canales Showtime, ARTE y BBC, muestra en cuatro capítulos el proceso de adaptación de este grupo de periodistas ante la inesperada llegada al poder de un hombre “que se siente cómodo no diciendo la verdad”, asegura Baquet ante la cámara. En un gesto muy revelador, Trump se refiere al diario en muchas de sus intervenciones públicas como “un enemigo del pueblo”. Es el mismo término con el que se conoce a uno de sus personajes más conocidos del autor teatral Henrik Ibsen, un hombre de principios dispuesto a enfrentarse a la mayoría por defender una verdad inconveniente.

La publicación neoyorquina y muchas otras cabeceras estadounidenses dedicaron sus editoriales a rebatir el ‘sanbenito’ que les ha colgado el máximo dirigente de su país. Antes de este gesto, una de las formas que The New York Times encontró para defenderse de los ataques de Trump fue dar acceso completo a las directoras de esta serie documental, Liz Garbus y Jenny Carchman, para rodar en su redacción mientras el periódico hacía seguimiento del primer año de mandato del presidente. “Ellos se enfrentan a un líder más agresivo y beligerante de lo que habían visto hasta ahora. Además, en esas primeras semanas de gobierno, la estructura de poder en la Casa Blanca se iba componiendo sobre la marcha. Nadie sabía nada dentro de la Administración Trump y los periodistas no encontraban un punto de referencia sobre el que trabajar”, recuerda Jenny Carchman. El equipo editorial del periódico pasa del desconcierto al cabreo en los primeros instantes de ‘El cuarto poder’, aunque también se muestra excitado ante el reto de informar con veracidad sobre un político que dinamitó en tiempo récord casi todas las reglas que respetaron sus antecesores en el cargo.

Una de las primeras cosas de las que se dieron cuenta es que tenían que centrar su atención en Twitter. “Era allí donde Trump se comunicaba y donde realmente estaba ocurriendo todo; el sitio desde el que podían extraer sus mejores declaraciones. Otro asunto distinto era comprobar la veracidad de sus palabras”, cuenta Carchman. MaggieHaberman corresponsal en la Casa Blanca para el periódico, ha vivido durante meses pegada a la red social, donde cuenta con 900,000 seguidores. Somete la enorme cantidad de información procedente del Gobierno a un ‘factchecking’ permanente que le exige, como al resto de la redacción, los más altos niveles de eficiencia y rapidez. A mediados de julio de 2018, anunciaba en un tuit y a través de un artículo su intención de alejarse de la plataforma por la ansiedad que le ha generado la tensión continua que vive en ella.

“Aunque Donald Trump nació rico se ve como un hombre hecho a sí mismo, que llegó a la Quinta Avenida por méritos propios”

La periodista también ha tenido que aprender a observar las cosas desde la perspectiva de Trump para intentar dar coherencia en sus crónicas al discurso del magnate. En un momento dado, ‘El cuarto poder’ muestra cómo la reportera intenta trazar un perfil psicológico de Trump con el que sus compañeros puedan comprender a qué se atienen. “Aunque nació rico se ve como un hombre hecho a sí mismo, que llegó a la Quinta Avenida por méritos propios y que sigue sin tener el respeto de la comunidad empresarial e inmobiliaria a pesar de ser uno de los grandes empresarios. Está obsesionado con The New York Times y le importa mucho lo que escribamos de él”, explica en una reunión de redacción. Las cámaras de Garbus y Carchman están presentes en uno de esos encuentros a puerta cerrada. En él, los miembros de la cúpula editorial del diario se plantean utilizar lo menos posible la palabra “mentira” en los titulares relacionados con la administración Trump. No quieren que pierda su efecto en el lector, aun siendo conscientes de tener argumentos necesarios como para poder usarla a diario. “Son muy conscientes de que cada fallo publicado es un argumento a favor del hombre que los define como un peligro público. En cierto modo, el vodevil Trump ha tenido un efecto positivo en el periódico. Y no sólo porque se haya disparado la cifra de suscriptores, sino porque se han reactivado su forma de trabajar y se ha despertado el lector: ahora mismo todo el mundo quiere saber qué está pasado en el mundo”, comenta Carchman.

En el seguimiento que ‘El cuarto poder’ hace a la cobertura informativa de The New York Times a Trump se incluye uno de esos multitudinarios mítines en los que el político descalifica al periódico antes sus votantes. “La ira es el primer sentimiento que percibes entre la gente que acude a ellos. Es impactante comprobar en directo cómo Trump sabe redirigir esa ira de sus espectadores. En muchos casos, la enfoca en ese sector de la prensa que es crítica con su mandato. Es una situación que da algo de miedo y te hace darte cuenta de que hay mucha gente que necesita esa ira para vivir. Trump solo la canaliza hacia donde él desea”, expone Carchman. La directora de esta serie documental se atreve a analizar el origen de esa ira: “Sin ser socióloga, creo que la gente quiere sentir que importa, que sus opiniones se tienen en cuenta. Mientras intentas sobrevivir al día a día, no tienes tiempo de conseguir ser escuchado. Y Trump les hace creer que les escucha y les entiende”

Gabriel GarcíaMárquez ‘envió saludos’ a las madres de los ‘fact-checkers’ de The New Yorker que le dijeron “Ha cometido un error”

Cuando Gabriel García Márquez descolgó el teléfono no esperaba discutir sobre la lluvia. “Ha cometido un error”, le dijeron. En un artículo aún no publicado en The New Yorker mencionaba, de pasada, un chaparrón como telón de fondo de su historia. Un verificador de hechos de la revista había consultado un almanaque y comprobado que aquel día, en aquel sitio y durante aquella hora no había caído ni una sola gota. O una tontería del estilo. Algo que tampoco comprometía la esencia del escrito ni el toque del Nobel de Literatura. Sin embargo, quienes vivieron el episodio recuerdan el mosqueo que se agarró. “Sugerir a Gabo que cambiase algo era como insultar a Dios”. Lo que pasó a continuación tampoco está muy claro. La leyenda urbana sostiene que García Márquez decidió retirar la pieza antes de permitir que le alterasen una gota. Otros cuentan que acabó cediendo a la corrección climatológica, asegurándose, eso sí, de enviar saludos a las madres de todos los que trabajaban en el aquel departamento. Los ‘fact-checkers’. Durante décadas eran casi figuras espectrales. Conocidos en el círculo periodístico, pero de los que el lector rara vez tenía noticia. El origen de la verificación de datos como práctica institucionalizada se remonta a 1913, cuando el diario New York World fundó el Bureau of Accuracy and Fair Play, un organismo dedicado a “corregir los descuidos y erradicar a los farsantes”. ‘Almanaques, espías y un chándal: el universo secreto de los fact-checkers’ es un magnífico reportaje escrito por Bárbara Ayuso y Borja Bauzá, Jot Down Cultural Magazine, o simplemente Jot Down, una revista cultural española. Fundada por Ángel Fernández y Ricardo J. González en mayo de 2011, cuenta con una versión en línea y otra en papel. Han colaborado autores como Enric González, Juan José Gómez Cadenas, Pepe Albert de Paco, Manuel Jabois, Jordi Bernal o Tsevan Rabtan. Las visitas mensuales superan el millón.

Hoy el término ‘fact-checking’ se ha popularizado dando lugar a un nuevo género, centrado fundamentalmente en auditar las declaraciones políticas. Proliferan las webs dedicadas a ello, las secciones en programas televisivos e incluso verificaciones en vivo durante los debates electorales. Pero el ‘fact-checking’ va más allá de concluir si el ex presidente español del Partido Popular, Mariano Rajoy, mentía o no sobre la cifra del paro. En su concepción original el objetivo es evitar la vergüenza y eliminar los errores antes de que una pieza se publique. Se trata, además, de uno de los pocos asuntos en los que el sector periodístico renuncia a la competencia despiadada: el mejor departamento de ‘fact-checking’ está en el piso 38 del World Trade Center, no hay discusión. Allí, en las oficinas de The New Yorker, dieciocho personas se dedican en exclusiva a garantizar que ninguno de los reportajes que llegan a la redacción termina en la calle sin haber pasado antes por un proceso casi neurótico. Pongamos por caso el perfil de Pedro Almodóvar publicado en diciembre de 2016. En el borrador, el reportero -que pasó largo tiempo en España-, aseguró que en algunas discotecas de Madrid todavía se escucha ‘La bien pagá’, una canción de los años cuarenta. Durante semanas, los ‘fact-checkers’ intentaron averiguar si esto era cierto. No pudieron ni confirmarlo ni tampoco desmentirlo y por ello en la versión final el detalle se amputó de raíz. Su metodología no contempla el beneficio de la duda.

Si el ‘fact-checker’ cuenta con la grabación del testimonio, no hay mayor percance; si no existe prueba material, la cosa se complica

El proceso es el siguiente. Cuando un reportero termina el trabajo de campo, que puede prolongarse varios meses, dedica otro mes a elaborar un borrador. Ese borrador pasa primero por un editor que trabaja en la longitud, el enfoque y se asegura de que el reparto de protagonismos es el acertado. Una vez da el visto bueno, el reportero se lo envía al ‘fact-checker’ junto con el cuaderno de notas, las grabaciones y una agenda donde figuran todas las fuentes, también las que han hablado ‘off the record’, y sus respectivos teléfonos. Aquí empieza el trabajo del verificador. Primero, llama a cada una de las fuentes para confirmar que lo que va a salir publicado coincide con lo que dijo en su momento. Después, contacta con cualquier persona que figure mencionada en el reportaje (por las fuentes o por el propio periodista) para ratificar que lo que se le atribuye es correcto. Por último, comprueba que todas las afirmaciones, ‘notas de color’ y descripciones son ciertas. Acto seguido, el ‘fact-checker’ informa al reportero de los cambios. Suelen ser pequeños -una cifra, una fecha-, pero siempre se desliza alguno más peliagudo. Que una fuente acuse a otra de algo, por ejemplo. Si el reportero no aprueba algún cambio, entra en negociaciones con el verificador y este último debe conseguir documentos o fuentes adicionales que lo avalen. Una vez ambos están de acuerdo, la pieza pasa de nuevo al editor, quien realiza una segunda revisión muy parecida a la primera. El proceso termina el día antes de mandarse a imprenta con el ‘fact-checker’, el copy-editor (editor de estilo), el reportero y el editor en una salita para revisar, por tercera y última vez, el artículo palabra por palabra. Esta reunión suele durar cinco o seis horas como mínimo. El proceso completo entre dos y cuatro semanas.

Hay escollos, por supuesto. Gente que se arrepiente de lo dicho o fuentes que se echan atrás. Si el ‘fact-checker’ cuenta con la grabación del testimonio, no hay mayor percance. Pero si no existe prueba material de la conversación, la cosa se complica. Camila Osorio, ‘fact-checker’ en The New Yorker, recuerda un episodio reciente en un reportaje sobre Colombia. “El periodista habló con un alto funcionario sobre el proceso de paz, pero al ser una conversación casual, no planeada, no pudo grabar nada. Cuando logré contactar con el funcionario para confirmar lo que le había dicho al periodista lo negó todo. Como no tenía forma de comprobar que esa conversación había existido, tuvimos que prescindir de ella. Fue una lástima, porque aportaba una información maravillosa”. También se han dado casos en los que la fuente confirma su testimonio, pero pide que se cambie o que se quite. “Eso se puede llegar a negociar dependiendo del motivo. Si es un cantante que teme que su declaración afecte a las ventas de su último disco, evidentemente no se toca nada, pero si es alguien cuya vida corre peligro se lo digo al periodista y al editor y ellos deciden”. Algo así le sucedió en 1998 a Jon Lee Anderson, uno de los reporteros más veteranos de la New Yorker. “Después de enviar un reportaje sobre Charles Taylor, el entonces dictador de Liberia, el ‘fact-checker’ llamó diciéndome que una de las fuentes estaba suplicando por su vida. Reconocía haber dicho lo que dijo, y haberlo dicho ‘on the record’, pero como era una persona muy cercana al dictador explicó que, si eso aparecía publicado, él era hombre muerto. Tenía razón, así que lo sacamos del reportaje”.

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Las descripciones son otro quebradero de cabeza. Si el periodista dice que en una plaza había una mujer con un vestido rojo, el ‘fact-checker’ debe intentar confirmar la presencia de la mujer del vestido rojo en esa plaza como sea. Tiene que hablar con el ‘fixer’, si lo hubiese, con los negocios de la zona o con alguien que pudiera haber presenciado lo mismo que el periodista. ¿Y si resulta imposible de comprobar? Pues no se mete. Aunque eso derive en discusiones de horas sobre los detalles más nimios. En el periodismo, un solucionador o ‘fixer’ es alguien, a menudo un periodista local, contratado por un corresponsal extranjero o una compañía de medios para ayudar a organizar una historia. Los fijadores suelen actuar como traductor y guía, y obtendrán acceso a entrevistas locales a las que el corresponsal no tendría acceso. Un reportaje se puede complicar por un simple chándal. El que supuestamente llevaba puesto Henrique Capriles durante su cita con Jon Lee Anderson. Cuando desde The New Yorker contactaron con el político venezolano para verificar sus declaraciones también le preguntaron por su atuendo. Capriles negó la mayor. “Él se empeñaba en que la descripción estaba mal y Jon Lee no quería ceder porque estaba seguro de lo que había visto. El problema es que no le había sacado una foto y no había forma de respaldar su versión. Al final contacté con una amiga de Capriles que estuvo ese día con él, pero tampoco supo decirme qué llevaba puesto”, recuerda Camila entre risas. Tras el toma y daca, Jon Lee Anderson y Capriles llegaron a un acuerdo: el líder opositor llevaría, en el texto, “ropa deportiva”.

“En términos de ‘fact-checking’, está The New Yorker… y después, a mucha distancia, el resto”, comenta Kyle Pope, redactor jefe de la Columbia Journalism Review, que se encarga de velar por la buena praxis del gremio. El mismo Pope, que trabajó en otra publicación de Condé Nast y se sometió al rigor de la verificación, considera que actualmente solo las revistas Time y TheAtlantic se acercan a la exigencia de The New Yorker. “El dilema es el siguiente: puedes gastar dinero en ‘fact-checkear’ el trabajo que ya tienes, o puedes invertirlo en otro reportero que te dé más historias. Y los medios suelen elegir la segunda opción. Lo que me aterra es la tendencia: el ‘fact-checking’ está desapareciendo de los medios, que cada vez priorizan más la cantidad sobre la calidad”. Don Peck, editor sénior de The Atlantic, le da la razón. De hecho, su revista replicó el modelo de The New Yorker allá por los años setenta. Hoy sigue vigente, aunque en lugar de con una veintena de verificadores cuentan sólo con cinco.

Otras cabeceras como The New York Times Magazine, National Geographic, GQ o la Smithsonian también verifican los reportajes, pero ni se acercan a la neurosis por el detalle de las anteriores. Solicitan al reportero que envíe un e-mail aclarando todas las referencias utilizadas y, en ocasiones, su cuaderno de notas con las citas y el contacto de las fuentes. Periodista y ‘fact-checker’ interactúan por teléfono o correo electrónico, pero rara vez suelen verse. “Pero tampoco nos engañemos: no solo es cuestión de falta de recursos. En ocasiones no hay voluntad de fact-checkear. El problema es la metodología”, explica Kyle Pope. Se refiere a Rolling Stone, cuyo reportaje “Una violación en el campus” suscitó un escándalo que es uno de los hitos más sonados de la última década. En 2014 la revista publicó el testimonio de una joven que decía haber sufrido abusos sexuales en la Universidad de Virginia. El reportaje fue recibido con recelo y sospechas de falsedad, por lo que Rolling Stone solicitó a la Columbia Journalism Review que analizase el caso. ‘Anatomía de un fracaso periodístico’, así titularon el informe final, que llevó cerca de cuatro de meses de investigación. Rolling Stone salió mal parada al comprobarse que sus editores hicieron caso omiso de una ‘fact-checker’ que informó de una serie de contradicciones en el testimonio de la víctima.

Pero, tal y como Pope subraya, lo improcedente no es el error, sino la metodología: dos años después Rolling Stone publicó un reportaje escrito por el actor Sean Penn, con el ‘asesoramiento’ de la actriz mexicana, Kate del Castillo, la Teresa Mendoza de “La Reina del Sur” sobre ‘El Chapo’ Guzmán al que le llovieron las críticas porque -entre otras cosas- la revista permitió al narcotraficante revisar y cambiar a su antojo el texto antes de su publicación. Aunque quizá el episodio más sangrante lo protagonizó The New Republic, la cabecera que por aquel entonces leían en el Air Force One. En 1998 la revista Forbes investigó la veracidad de un reportaje del periodista Stephen Glass, gran promesa del periodismo anglosajón. A raíz de eso, destaparon que una treintena de sus trabajos (que habían pasado el preceptivo ‘fact-checking’) no eran incorrectos: eran, directamente, inventados. The New Republic pasó de ser una referencia en la Casa Blanca a militar en segunda división.

Ted Conover es el autor de “Newjack: Guarding Sing Sing”. Cuando le negaron el acceso como periodista solicitó trabajo dentro del cuerpo

Ted Conover es un tipo menudo de sesenta años que se conduce con una timidez superlativa; su voz suave, su mirada cálida y una sonrisa como de disculpa por estar robándote el oxígeno invitan a pensar en el gerente de una floristería. Desde luego, no en el autor de “Newjack: Guarding Sing Sing”, el libro que escribió sobre los funcionarios de prisiones de la famosa cárcel neoyorquina. Conover logró entrar en su mundo convirtiéndose en uno de ellos. Cuando las autoridades le negaron el acceso como periodista solicitó trabajo dentro del cuerpo. Se desempeñó como guardián de prisiones durante un año. Luego escribió el libro, que se quedó a las puertas del Pulitzery ganó el National Book Award. Ese no fue su primer trabajo. “Coyotes: A Journey Across Borders with America’s Illegal Migrants” -sobre un puñado de inmigrantes con los que cruzó en varias ocasiones la frontera- y “Rolling Nowhere: Riding the Rails with America’s Hoboe” -que escribió tras pasar una temporada acompañando a los vagabundos que recorren el país en trenes de mercancías- llegaron antes. También ha publicado numerosos reportajes y dirige la Escuela de Periodismo de la Universidad de Nueva York. Resumiendo: que el apacible hombrecillo es uno de los principales referentes de eso que algunos denominan ‘periodismo de inmersión’, una práctica tan intensa como arriesgada.

Conover reconoce que sus trabajos son tarea complicada para los ‘fact-checkers’ por su narración en primera persona. “Hay que pedirles un grado de confianza al que no están acostumbrados”, recalca. “Normalmente me piden los cuadernos de notas con mis citas y a veces tengo que enviar, también, cajas con los libros o DVD en los que me he basado para hacer tal o cual afirmación”. En ocasiones Conover debe infiltrarse sin revelar su identidad. Lo hizo en su libro sobre Sing Sing y también en un reportaje sobre un matadero industrial en Nebraska que publicó en Harper’s. “Cuando terminé la investigación, el ‘fact-checker’ llamó a la compañía encargada del matadero para revelarles que había estado allí y ofrecerles la posibilidad de confirmar o desmentir lo que había escrito”. Describe que algunas veces las fuentes se muestran reacias a colaborar, pero otras agradecen la oportunidad. Cuando existen versiones enfrentadas las revistas suelen confiar en la palabra de Conover. A fin de cuentas, son cuatro décadas dedicadas al periodismo encubierto sin escándalos ni polémicas.

“Estoy lista para trabajar en la CIA”. Camila Osorio bromea solo a medias. Parte de su trabajo consiste en localizar a gente que no quiere ser encontrada. “Una vez me tocó buscar a una mujer que había sido testigo de un crimen en Nueva York en los noventa. El caso se había reabierto, había un juicio de por medio y nadie conseguía dar con ella. Lo único que sabíamos era el nombre y que estaba en algún lugar de Francia”. Dio con la escurridiza testigo antes que los abogados. El ‘fact-checking’ tradicional -el que se produce dentro de los propios medios- es anónimo y está sujeto a normas de confidencialidad muy estrictas. Hazañas como la de Camila rara vez salen a la luz. Todo lo contrario que el ‘fact-checking’ de moda en los últimos tiempos. “El de fact-checker es el mejor trabajo del mundo”, dice Jon Greenberg, periodista de PolitiFact, una plataforma de ‘fact-checking’ dedicada a establecer la falsedad o veracidad de testimonios mayoritariamente políticos. Para él lo más satisfactorio de ser ‘fact-checker’ es la “visión de túnel” que le proporciona sobre los asuntos que investiga. “En los mejores días se parece mucho a ser detective”, subraya. “No intentamos hacer el periodismo más excitante del mundo, lo que queremos es proporcionar a un público razonadamente escéptico el periodismo más fiable que se pueda encontrar”. Labor que le valió a PolitiFact un Premio Pulitzer por sus investigaciones periodísticas. Tras treinta años de profesión, Greenberg detecta una de las fallas del ‘fact-checking’ en las redacciones: “Suele considerarse un trabajo menor, y por eso se encomienda a periodistas muy jóvenes. Inevitablemente, el periodista veterano suele minusvalorar su trabajo o desautorizarlo. Entiendo que para los ‘fact-checkers’ esto es frustrante, y además tiene consecuencias en la credibilidad del reportaje”. Él aboga por una mayor profesionalización del oficio.

The Washington Post puntúa las declaraciones políticas, cuanto más se alejen de la verdad reciben un mayor número de ‘pinochos’

Y es que lejos de ser un trabajo gratificante para el ego, el ‘fact-checker’ tiene que corregir a periodistas de prestigio internacional y mantenerse en las sombras. “Cuando empecé a plantearme ser ‘fact-checker’ hubo quien me advirtió que periodistas a los que admiro me cogerían manía por tocar sus artículos. Pero nada de eso. Al contrario; muchos reporteros del New Yorker entienden que un ‘fact-checker’ está para ayudar y para garantizar que un artículo de ocho mil o diez mil palabras llegue al kiosco sin errores que cualquiera, por muy bueno que sea, podría cometer”. Paradójicamente -añade Camila- los más desconfiados son los recién llegados. Cada fact-checker trabaja en un solo reportaje cada vez y suele terminar verificando siempre a los mismos autores. La idea es que se establezca un vínculo muy estrecho entre ambos. Jon Lee Anderson lo confirma: “Durante veinte años siempre he mantenido una relación muy buena con mis ‘fact-checkers’. Hablo con ellos regularmente. A fin de cuentas, esto es un trabajo en equipo; su misión es que tu reportaje y, por extensión, la revista queden lo mejor posible”. Pero a veces impera la discordia. Pasó en Harper’s hace unos meses. Katie Roiphe, una escritora feminista, ultimaba un artículo sobre el movimiento #MeToo cuando se topó con que una de las personas que aparecían en la pieza no quería contestar a sus preguntas. Roiphe le pidió a su ‘fact-checker’ que intentase conseguir alguna declaración. Sin embargo, la insistencia asustó a la fuente y Roiphe, odiada en los círculos feministas neoyorquinos por nadar a contracorriente, fue acusada de negligencia y acoso. En una entrevista posterior la escritora dijo que las formas del ‘fact-checker’ le habían parecido demasiado agresivas y le culpó del malentendido. Pero también reconoció que la comunicación entre ambos no había sido especialmente fluida.

“Para los periódicos es impensable mantener un departamento de ‘fact-checking’ por la cantidad de noticias de última hora que manejan”. Según explica Kyle Pope, las principales cabeceras han ido renunciando a los departamentos centrados exclusivamente en la verificación y los editores han absorbido esas tareas. Es lo que sucede, por ejemplo, en el Washington Post. “Normalmente el periodista le envía un borrador a su editor y entre ambos comprueban que todos los datos son correctos. Luego el borrador pasa por el copy-editor y, en última instancia, el editor jefe de esa sección le echa un vistazo antes de mandarlo a la imprenta”, explica Joshua Alvarez, del equipo editorial del periódico. Además de un sistema de ‘pinocchios’, el The Washington Post tiene ‘fact-finders’ o buscadores de hechos; personas dedicadas a bucear en archivos, sumarios judiciales y todo tipo de documentos burocráticos para suministrar datos a los reporteros embarcados en investigaciones complicadas. Desde hace años tiene también una sección de ‘fact-checking’ dedicada a analizar y puntuar las declaraciones políticas. Cuanto más se alejen de la verdad de los datos, reciben un mayor número de ‘pinochos’.

“Chris Longo, el hombre detenido cerca de Cancún acusado de matar a su familia y que llevaba semanas fingiendo ser Finkel…”

“Fire and Fury”, el libro en el que Michael Wolff, un columnista de Hollywood Reporter, describe los primeros meses de Donald Trump en la Casa Blanca, se convirtió en un ‘bestseller’ antes de su llegada a las librerías. En él detalla cómo en el entorno de Trump nadie confía en el nuevo presidente; quien no le considera un imbécil integral sospecha estar ante un tarado cuyos impulsos pueden llevar al desastre más absoluto. En ese aspecto, el libro no sorprende; no cuenta nada que nadie, al margen de sus partidarios, no se imagine ya. Sin embargo, hace un trabajo excelente poniendo nombres y apellidos detrás de muchas acusaciones y regala chascarrillos a diestro y siniestro. Pese a que muchos periodistas están de acuerdo con la tesis fundamental de “Fire and Fury” -Trump es una persona inestable que jamás se imaginó amasando tanto poder-, no pocos han advertido que el libro de Wolff debe leerse con escepticismo por la cantidad de errores de bulto que trae; errores en su mayoría tontos y, precisamente por eso, fácilmente verificables. Pero si ni siquiera los fallos que se pueden detectar con una búsqueda rápida en Google se han corregido, ¿cómo fiarse de la cantidad de confidencias que comparte Wolff? “Es como en un juicio: si la prueba se ha obtenido bajo métodos no válidos, se anula. Para mí, este libro no tiene ninguna credibilidad”, valora Greenberg. “Las editoriales rara vez emplean ‘fact-checkers’ para revisar los libros que van a sacar al mercado”, explica Ted Conover.

Lo único que hacen es un repaso rápido para evitar que las informaciones más sensibles puedan acarrear demandas. Es decir, que en estos casos el periodista lidia con abogados, no con verificadores. A menos, claro, que se lo pague de su bolsillo.Eso es precisamente lo que hizo Michael Finkel con su libro ‘True Story’. El periodista se dejó diez mil dólares en ‘fact-checkers’. Aunque en su caso la cantidad puede parecer excesiva, sobre todo teniendo en cuenta que se le auguraba una mala performance en el mercado, Finkel no estaba pensando en el dinero. Estaba pensando en su reputación. Había sido despedido del New York Times por mentir en un reportaje sobre la explotación infantil en África Occidental. Tras semanas en la región, le sobraba material. No obstante, sus editores le pidieron que se ciñese a la historia de un niño concreto y él concentró todos los testimonios en Youssouf Malé. El reportaje pasó el filtro de los ‘fact-checkers’ de la revista, pero no los de Save the Children, la ONG que le había facilitado los contactos, y dieron la voz de alarma.

Dos horas antes de que el diario se disculpase públicamente por lo ocurrido, Finkel recibió la llamada del Oregonian, un diario de Portland. Pensó que querían preguntarle por su despido, pero en realidad buscaban su opinión sobre un tal Chris Longo, el hombre que acababa de ser detenido cerca de Cancún acusado de matar a su familia y que llevaba semanas fingiendo ser Finkel. Tras conocer la historia, el verdadero Finkel -ya condenado al ostracismo- invirtió los tres años siguientes en conocer a Longo, un mentiroso compulsivo con rasgos psicópatas. Quería entender qué le había llevado a borrar del mapa a sus seres queridos y, en cierto modo, quería redimirse. El resultado es un relato fascinante sobre los límites de la verdad. “Longo me hizo comprender que nunca vas a poder saber con absoluta certeza si alguien te está contando todo lo que sabe”, explica Finkel. “Por eso decidí que mi truco sería eliminar todos los trucos; me desnudaría ante al lector y le confiaría mis propias frustraciones a la hora de escarbar en su mente”.

Ante tantas ‘fake news’ la pregunta es cuándo empezar a hacer ‘fact-checking’. Una de dos: lluvia o sol. Cuestión de elección

Así, durante más de trescientas páginas desgrana hasta dónde ha podido investigar y qué es lo que se le escapa. No parece mala fórmula, habida cuenta de que “True Story” lleva más de diez años en la calle y nadie ha encontrado un solo error. El proceso de verificación en el que Finkel invirtió diez mil dólares también ayudó. “Fue muy duro y llevó su tiempo, pero yo había puesto mucho cuidado en grabar todas mis conversaciones con Longo y, además, conseguí que uno de los ‘fact-checkers’ hablase con él por teléfono”. Gracias a “True Story” pudo regresar al periodismo. Hoy firma en revistas como National Geographic o GQ y ha escrito un segundo libro sobre un ermitaño que, harto del mundo, se refugió en los bosques de Maine durante tres décadas. Aunque en todos sus textos se observa la transparencia que ejerció en “True Story”, en algunas revistas sigue sin ser bienvenido. Él lo sabe, lo entiende y tampoco parece importarle demasiado.

A usted tampoco le desvelará saber si aquel día llovía o lucía un sol de justicia. El relato de Gabriel García Márquez será extraordinario o mediocre con cualquier climatología. Y, aun así, esa menudencia, que tanto dio que hablar entre los mejores periodistas del momento, sigue quitando el sueño. A nosotros, sin ir más lejos. Hemos intentado, infructuosamente, averiguar qué pasó realmente con el colombiano y su error microscópico. Pero todavía no podemos asegurarle qué parte corresponde a la leyenda y cuál a la verdad. “Lo esencial del ‘fact-checking’ es saber cuándo parar, cuándo no hay más datos que recabar”, apunta Greenberg. En las antípodas, Kyle Pope: “Al contrario: vista la cantidad falsas, la pregunta es cuándo empezar a hacer fact-checking”. Una de dos: lluvia o sol. Cuestión de elección.

 

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